martes, 16 de noviembre de 2010
57. La Edad de la Inocencia
No sé qué imagen se harían Ustedes de un escribano con ese nombre, pero el real tiene poco más de treinta años y llevaba en su mano La edad de La Inocencia de Edith Wharton. Toda una sorpresa que me alegró la mañana. No tanto por su porte de surfer –estaba recién llegado de Guanacaste- sino por el libro que leía, el libro de una infidelidad que no fue.
El chico me llevó en una Nissan Xterra al despacho de don Conrado Cevallos padre -el notario que todos nos imaginábamos antes de encontrarnos con el hijo- donde firmé rápidamente los papeles para extender el arrendamiento de una finca y cumplir así con el objetivo del viaje.
Estaba en la ciudad del enorme acueducto romano. Ocho cuadras de longitud y veinticinco mil bloques de granito unidos sin ningún tipo de argamasa. Todas las piedras son bien diferentes entre sí, aunque todas estén cortadas en forma de cuña para ir construyendo el arco. Cuando lo vi por primera vez entendí el significado cabal de piedra angular, la última piedra que ponemos para cerrar el arco y al cerrarlo lo sostiene. Una arquitectura para distribuir el peso hacia abajo y los costados. Una arquitectura para resistir los rigores. Una arquitectura con terapia incorporada.
Segovia es la ciudad donde una niña fue coronada reina y esa reina fue la increíble Isabel de Castilla.
Cruzo un pórtico medieval con ángeles sucios amuchados como palomas, camino por el dédalo de la judería, me encanta la ciudad vieja pero sin embargo nada me distrae de mis recuerdos de La Edad de la Inocencia.
Debo reconocer que leí el libro luego de ver la película de Martin Scorsese.
Historia de un triángulo amoroso imposible, un triángulo de dos lados.
En la New York de fin de 1800, Newland Archer (Daniel Day Lewis) es un caballero que está comprometido con May Welland (Winona Ryder). Todo cambia cuando él conoce a la prima de ésta, la condesa de Olenska (Michelle Pfeiffer) que acaba de abandonar en Europa a su infiel marido.
Los amantes mantienen una relación intensa pero platónica por meses. Repentinamente Olenska le anuncia a su amante que volverá a Europa para establecerse sola. Newland planea romper con todos los esquemas sociales y abandonar a su mujer para seguir a Olenska pero May le informa que está embarazada. Newland renuncia a seguirla y ella parte sola. Nosotros nos enteramos, pero Newland no, que Olenska sabía por May de la llegada del bebé.
La historia continúa veintiséis años después y cuenta cómo se desarrolla el matrimonio de Newland y May, sin amor pero cumpliendo con todos los deberes que la sociedad les impone. May muere. Tras enviudar Newland viaja a París. Ya en la ciudad vacila, duda de rencontrarse con su amante, le pide al hijo que entre solo a la casa de Olenska. Taciturno, recuerda los momentos pasados con esa mujer. Las imágenes lo atrapan, no precisa volver a ver a su antiguo amor. No me quedaré mucho tiempo, dice Newland, apretando los labios con esfuerzo.
Scorsese declara “Los temas de La Edad de la Inocencia son los que me atraen desde hace veinte años. La culpabilidad. El deseo. No poderlo cumplir. Estar obsesionado por alguien. No poder satisfacer esa obsesión”.
Me casé y viví amando a Patricio mi marido, pero siempre, en secreto, me pregunté qué hubiera pasado de haberme enamorado locamente de otro, las respuestas me las daba más la tradición religiosa que mi propio corazón (suena cursi, sí…bueno, entiéndame, estamos dentro del mundo de la novela romántica del siglo XIX).
Llego al Alcázar (en árabe casa del rey) tiene forma de barco, lo rodea un acantilado profundo, roca dura y negra como el acero. El castillo fue construido, reconstruido, incendiado y vuelto a levantar. Sin embargo hay elementos, dinteles, una columna, el arco de una ventana, que permanecen iguales a como los conoció Isabel cuando esperó escondida aquí que la coronaran.
En un balcón, una cruz sobre el piso de piedra. De allí se le cayó al vacío el hijo de un rey a su ama. La mujer no lo dudó, ella también se arrojó a la muerte.
Vuelvo sobre mis palabras (recuerden, en este blog no corregimos ni una sola línea) No es la religión, no, nuestros hijos son la piedra angular, ellos nos sostienen y hacen resistentes.
Martin Scorsese venía de filmar El Toro Salvaje cuando rodó La edad de la Inocencia, en ese entonces decía “Estar obsesionado por alguien y no poder satisfacer esa obsesión, la convierte en peligrosa. Es la obsesión de Travis Bickle en Taxi Driver, obsesión que termina explotando y destruyendo todo en un baño de sangre. Aquí la destrucción se hace más educada, más elegante. Tampoco es total. Hay mucha sangre derramada, pero se trata de otra sangre, la sangre de las emociones. La Edad de la Inocencia puede que sea el más violento de mis films”.
La sangre de las emociones.
Llueve ligero, a paso rápido doy con el hostal donde vivió Antonio Machado. Miro a través de una reja y espero que el santo me toque con su genio
“Alma quiero anotar en mi cartera,
La gracia de tu rama verdecida”
Fin del viaje.
Alicia Lis, Segovia, 16 de Noviembre, 2010
viernes, 12 de noviembre de 2010
56. El agua cubre un lagarto
Ricardo Güiraldes en 1915 paga de su bolsillo la publicación de El Cencerro de Cristal. Nula repercusión, sobran los ejemplares. No los quema, no. Los tira al fondo de una laguna para convertirlos en barro esencial.
Acabo de leer la entrada de Guillermo sobre la vida de las fotos.
Hace años que las evito. No hago una escena si alguien me pide una, pero las evito.
Como en las mudanzas, donde tratamos de reunir elementos afines en una misma caja, con el único propósito de poder rotularla de manera concluyente con un “CDs de Jazz” o “Repasadores”, creyendo así que el universo tiene un sentido, un orden, busco en plan Abaddon cada retrato –como decía mi abuela- que haya en casa.
Lo saben, vivo en un dos ambientes a excelente pulmón de manzana en la calle Las Heras. No sobra el espacio.
Indago los fondos del placard, los cajones del escritorio, el freezer, entre las hojas del diccionario Oxford, en el cubo de libros que oficia de mesita de luz, en los estantes de la biblioteca, en bolsillos, en carpetas, en sobres y en cajas debajo de mi cama. Desarmo álbumes y marcos, primero con delicadeza quirúrgica luego de cualquier manera, rápido, sin que importe el daño colateral. Dejo de contar cuando llego al número setecientos quince.
Estoy parado en el dintel de la puerta, el vidrio del espejo está empañado, el agua cubre un lagarto de fotografías en el fondo de la bañadera. En el borde, cerca de la canilla que gotea, una foto mía, muy chico, flaquito, al lado de una maceta con un gomero desangelado. La imagen es muy triste.
En mi cabeza se gatillan centenares de imágenes iguales.
Destruyo imágenes con la modesta ilusión de terminar con el pasado, pero el pasado siempre está ahí, en mi cabeza.
Williams James dice que lo recordado es el último recuerdo, no lo que nos pasó. Cada vez que recordamos, cargados con la particularidad del momento, vamos modificando irremediablemente lo ocurrido. Así las historias se hacen más esenciales, algunas se desdibujan otras devienen épicas.
Aunque pudiéramos extirpar con éxito nuestro pasado, como en Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos, creo que -sosteniéndose en una vivencia lateral y mínima- algo en nuestro interior, a su manera, lo volvería a reconstruir, porque somos lo que fuimos, con nuestras grandezas y mezquindades, con los amores perdidos y vueltos a perder, con las certezas y las vacilaciones y lo valiente y lo cobarde y lo seguros e inseguros y lo consecuentes y dispersos que pudimos ser. Somos lo que tejemos y si destejemos no somos nada.
Nuestro pasado es, de algún modo, nuestra conciencia moral.
Chuang Tzu fue el emperador que levantó la muralla China. También mandó a quemar todos los libros previos a su gobierno, quería borrar el recuerdo de su madre, una cortesana. Fracasó.
Abolir el pasado es un trabajo para dioses, remediarlo una iniciativa heroica pero posible a los hombres. Como Chuang Tzu, dos tareas enormes y de signo opuesto.
Todos tenemos un muro pendiente.
Mis fotos llegaron al mundo en un entorno líquido, como en los funerales de los pueblos del Amazonas, me dejan del mismo modo. El agua limpia las heridas pero no cicatriza.
Debería ser de noche y llover torrencialmente, pero no, es de tarde, hace calor y no se mueve ni una hoja. En el jardín de la planta baja, una tortuga.
Waldo Williams, 12 de Noviembre
jueves, 11 de noviembre de 2010
55. Dos minutos y cuarenta y cuatro segundos
Las fotos tienen su ciclo de vida, en un primer momento atraen, son motivo de alegría; luego crean nostalgia, más tarde nos tienta cortarlas en dos; al final evitamos ciertos sobres, vuelven rápido a su caja.
Los equipos digitales cambiaron la cultura fotográfica. Hoy se registra todo, siempre hay a mano un dispositivo que recrea, casi, el cuadro a cuadro del cine. No hay distinción, no hay recorte, siempre el universo completo, siempre, sin sorpresas.
No existe sorpresa cuando todo está a la vista. Totalidad y repetición, tedio.
Antes (palabra propia de la vejez) cada disparo estaba precedido por un… Mirá que buena va a estar esta foto. Había evaluación, selección. Cuidábamos cada disparo. Era una cuestión técnica, económica y cultural. Elegíamos los temas y los planos. Imágenes -concentradas alrededor de claros momentos vitales- que aumentaban o disminuían según el va-y-ven del costo de la película. La adolescencia se llevaba gran parte de la cuota.
Fines de los setenta, inicio de los ochenta. Dólar barato, película para fotografiar.
Tengo en mi mesa los sobres de esos años. En cada foto aparece Daniel Rolleri, ente los quince y los veinticinco.
Estamos con Daniel en una mesa de Los Inmortales, con el elenco de Los Mellizos Menaechmi. Foto en blanco y negro compartida con mozos mirando a cámara. Otras al lado del rastrojero del inefable Alberto Estévez, en bicicleta y con las alpargatas en la mano; en cueros, muertos de calor en la cabina de sonido de un teatro; abrazados en posición fin-de-cuadro-musical a la salida de un ensayo en el San Martín; de pantalón gris y camisa blanca compartiendo la línea de coro al lado del maestro Albinarrate; en un asado del colegio sirviendo vino a Oscar Traversaro; con remeras Hering, pelo revuelto y sal y zapatillas Rahína caminando por la Ipanema del viaje de egresados; con blazer azul en la puerta del Jockey Club, en el Caribe con Esteban y Guillermo Martini, en el balcón de su casa, en Miramar, en todos lados… fotografiados por su (Asahi) Pentax, más precisamente por la de Carlos, su papá.
Daniel fue mi primer amigo. Lo conocí a los cinco, en el normal 6 de Palermo. Ahí fuimos los payasos que roban caramelos en la canción de María Elena Walsh. Terminamos juntos el jardín, entramos y egresamos del Guada, nos metimos en Derecho, él se recibió de abogado, yo de psicólogo. Los mejores años fueron los años donde el teatro nos ganó.
Googleo. Presente del indicativo del verbo buscar.
Google viene de Googol, número compuesto por un uno seguido de cien ceros, no tiene más utilidad que representar una cifra enorme. El nombre fue dado por el matemático Edward Kasner quien se lo robó a su sobrinito. Repita en vos alta googol…no puede ser otra cosa que un balbuceo infantil.
Googleo Daniel Rolleri, 58,000 resultados. Una cifra inútil y enorme, donde se mezcla Daniel Alejandro Rolleri con un Deiniel Rolleri.
Daniel se recibió de abogado con la misma convicción que lo hizo Manuel Mujica Laínez. Le gustaba la náutica y ya había en su conversación un vocabulario ambientalista. Se fue a Estados Unidos a buscarse a sí mismo e hizo un post-grado en literatura. Aquí los blancos en mi registro comienzan a ser enormes. Se casó en España, recibí la participación, luego la historia se adelgaza hasta desaparecer. Soy el único responsable de esa pérdida.
Hoy veo su registro en U-Tube, hablando en un español que no es de aquí y no es de allá. Es el capitán del MarViva y su porte y decir nos recuerdan los documentales de Cousteau, que a él le gustaba parodiar. Lo que más me impresionó es cuánto se parece a su padre, al Carlos Rolleri que conocí con la edad que tiene Daniel hoy. Oscar Wilde decía, casi como una advertencia, Todas las hijas terminan siendo como sus madres. He comprobado una y otra vez, que la misma regla aplica a los varones.
El barco de Daniel está amarrado en Barcelona y es parte de una campaña para concientizar sobre el problema del atún en nuestros mares. Con lógica de hierro Daniel dice que mientras haya pescado en el super, la gente piensa que el único problema de los océanos es la basura que nos arroja de vuelta a la playa. Entonces allí está él para recordarnos que la cosa no es tan así. Quizá sea una causa perdida, que como dice Waldo, son las únicas por las que vale la pena pelear.
Recuerdo las líneas de Sábato, Leemos en la primera hoja del diario sobre un terremoto en la India que terminó con la vida de mil personas y nos asombramos una vez más de la fuerza destructora de la naturaleza, damos vuelta la página, leemos que nuestra selección fue derrotada en el minuto final y nos amargamos largamente mientras revisamos los comentarios. Lo único que sucede es lo que nos sucede a nosotros. Sólo lo muy cercano nos conmueve.
Vuelvo la vista sobre las viejas fotos, hay una muy chica que está perdiendo el color. Es un cumpleaños, tendremos no más de ocho, yo estoy bailando (¿bailando?) con Liliana, la hermana de Daniel, él nos hace muecas. Tan lejos y tan cerca.
Daniel, payaso, oficial naval, amigo, explorador, Joe Black, fotógrafo, defensor de causas perdidas, dos minutos y cuarenta y cuatro segundos de imagen en internet, donde quiera que estés un abrazo, como en Casablanca, por los buenos tiempos.
Las fotos vuelven rápido a su caja.
Guillermo García Avogadro, 11 de Noviembre, 2010
martes, 9 de noviembre de 2010
54. Una mala novela
Suena a mala novela, quizá por eso me negué y no por temor a que la viudita fuera acosada en su Mercedes. El Dr. Menéndez y Pelayo sería incapaz de eso.
Una mala novela es donde sucede, todo aquello que, por previsible, decimos, no, no, esto no puede pasar… y sin embargo…pasa una vez más.
Es más probable que haya decido hacer el viaje en tren porque soy fiel a mis creencias “las autovías no son el mejor lugar desde donde mirar un paisaje”.
Y aquí estoy ahora viendo pasar la meseta castellana por mi ventana.
El cielo está cargado con mil tonos de grises. Llueve y el vidrio se cubre de gotas ligeras, cabecitas de alfiler.
Tengo puesto remera, jean y zapatillas básicas que compré en El Corte Inglés (¿No es un poco paradójico el nombre de la más emblemáticas de las cadenas españolas?). Vistiendo completamente no-logo, luzco lista para un casting de Gap.
El vidrio refleja mi perfil, no soy una nenita, aunque en el andén unos chicos de veinte y pico me miraban y no en plan de salida-con-mi-tía-abuela.
La vejez tiene tres etapas, la primera supone la pérdida de frescura; la mirada y la sonrisa no tienen el mismo brillo, los gestos se endurecen, aparecen líneas en el contorno de los ojos y en la comisura de los labios, el pelo olvida gracia y movimiento y a la larga hay que cortarlo un poco. Yo ya estoy ahí y se qué Gap no me llama ni loco para su próxima campaña. En la próxima etapa, lo sé (y espero que el gimnasio me ayude a mantenerla a raya) es cuando el cuerpo deja de respondernos como siempre, nos cansamos más, nos doblamos menos, nos duelen más cosas más seguido. La tercera y última es cuando se pierde el interés por lo que nos rodea, cuando cada vez son menos las cosas que nos retienen, quizás sea una preparación para la despedida.
Tres pérdidas. Primero perdemos la imagen donde nos gusta reconocernos (y que sólo los escritores logran perpetuar en la foto publicada en la solapa de sus libros). Luego, la pérdida de la confianza en nuestro físico, perdemos seguridad. Por último perdemos interés en el mundo, que es lo que más nos aleja de lo humano (vean en cambio, la avidez por el mundo de los chicos-chicos). Alejarnos de lo humano, nos acerca a otra cosa.
Este mismo viaje lo hice feliz, recién casada, hace veinticinco años. Hoy lo hago sola y estoy triste. Recuerdo que en ese viaje, como en un cuento de García Márquez, me hice un rasguño mínimo en la yema del índice que no dejó de sangrar durante más de dos meses. Toda la ruta quedó indicada con un hilito de sangre. Copio a Francoise Sagan, Conocía el remodimiento y el fastidio. La tristeza, no. Ahora siento algo que me envuelve, como una seda enervante y dulce, que me separa de los demás. Hay un secreto vínculo entre vejez y tristeza.
Ojalá (Oh! Alá) que salga el sol.
Ojalá que me encuentre ya, de sorpresa, con alguien querido.
Ojalá que me abracen.
Ojalá.
Alicia Lis, Segovia. 9 de Noviembre
viernes, 5 de noviembre de 2010
53. Sólo el color y la forma
Me bajo en el centro y cerca de El Prado encuentro un restaurante con menú de nueve euros donde comen los locales. Empiezo por guisantes con jamón (arvejas. El mozo me pregunta ¿Punto medio? Las tratan igual que nosotros a la carne). Luego cocido, que es cerdo, tan exquisito como el primer plato. En cada mesa, al lado de la carta, una botella de medio litro de vino tinto. En cada mesa, inclusive en la de las abuelas.
Natilla, la cuenta y directo al museo Reina Sofía.
El edifico en el pasado fue un hospital. El frente da a una plaza seca ¿Hay alguna que no lo sea en Madrid?
Las salas generales, largas, blancas y de techos bien altos albergaron soledad, dolor y esperanza. Hoy lo mismo pero sublimado en –algunas- obras de arte.
Camino lento esperando que alguna pintura me gane el ojo. La primera alegría “Peña Literaria en el Bar Pombo”. Ramón González de La Serna (Greguerías) y sus amigos (Borges que lo mencionaba siempre con cariño ¿Se habrá sentado alguna vez a esa mesa?). Bodegón bien pintado y un sifón sublime, envidia de Duchamp y su mingitorio sin agua ni orines.
Juan Gris a veces sí (me gusta mucho) a veces no (me gusta nada). Éste me gusta, una guitarra que luce enorme, henchida y colombianísima, respirando con fatiga al lado del Journal y el Dubonet infaltable. Al frente un trabajo de no recuerdo quién (que mal Alice, que mal…). Nada más que la palabra Dubonet. Cada letra de color diferente. Una pintura que es sólo el color y la forma de cada sílaba del alcohólico y entrañable licor.
Salvador Dalí tiene un período cubista de no sé cuantas obras que no puedes dejar de ver. Describo una (tarea inútil si las hay) tres payasos (muy típicos de la escuela) en formato muy alargado, a un lado un velero resuelto por tres triángulos, un velero esencial. En el cielo flota una nube por demás algodonosa. El detalle en ese conjunto es más potente y significante que toda su colección de relojes a punto de caramelo.
Tome a cualquiera que alguna vez haya hojeado un libro del tipo 100 obras maestras de la pintura universal (libro donde es prácticamente imposible encontrar una estampa japonesa) y pregúntele ¿Qué cuadro recuerda de Picasso? y dirá Guernica, aunque lo único que recuerde sea la palabra Guernica.
El Guernica es un buen ejemplo de que puede existir arte por encargo. Picasso lo terminó en dos meses a pedido del gobierno Republicano para ser expuesto en la Feria Universal.
Impresiona el cuadro y cada uno de sus bocetos, algunos en blanco y negro y muchos en color.
La monocromía final fue una decisión meditada, tanto como los dientes que apuñalan encías o las manos que ciñen sus víctimas, quebradas, al igual que cada línea de la tela.
Nota de color (redundante en un museo de arte). La audio-guía presenta un locutor que lleva el peso de la narración y tres invitados especiales, los hijos de Picasso y Miró y la hija del escultor Caraballo. Cada invitado lee su texto con precisión evangélica. Sin embargo, en un momento la hija de Caraballo parece liberarse del ritual y la ortodoxia y se despide confesando que prefiere los trabajos clásicos de su padre, previos a la influencia de su amigo Picasso, el homenajeado.
En el segundo piso, más Tapies que en la Fundación Tapies de Barcelona; cedidos por Telefónica que me parece no sabía donde colgar semejante colección y un par de Bacon, que siguen sin decirme nada.
La parte nueva del museo debe haber costado su dinero y tanto su gramática como la solución propuesta no le llegan ni a los talones al viejo hospital. Encima parece que no sé que madera amazónica usaron medio de contrabando haciendo que los de Greenpeace se les pusieran bien en contra.
Fin del recorrido, cansadita hice esfuerzos para entrar al café, inútil, nunca entendí el mecanismo de apertura de las puertas. No lo lamento, adentro luce un barracón oscuro. Doy media vuelta y cruzo a un VIP donde pido un chocolate con manzanilla (la combinación es propia).
Alicia Lis, Madrid, 5de Noviembre
miércoles, 3 de noviembre de 2010
52. No hay
Describo lo que veo al pasar a mi llegada a Barajas.
Me pregunto ¿Existieron alguna vez los años 50 con esa moda disciplina-disciplina, completamente perdida y apenas entrevista en los comerciales de wiskies y champanes? Digo ¿Será que todo ese mundo tan Jackie se lo tragó para siempre la quiebra de Pan-Am, dejándonos sólo esos bolsitos celestes que tanto usaron ¡Oh paradoja! los obreros de la construcción que llegaron caminando desde Bolivia?
¡Una transfusión de Desayuno en Tiffany! ¡Urgente, por favor!
Juntos vamos creando nuestro estilo muy Me-pongo-lo-que-quiero-¿Y-qué? mientras nos recortamos sobre las vidrieras impecables, clásicas y precisas de Hermes, Bulgary y Burberry.
No hay contradicción alguna.
Alicia Lis, Madrid, 3 de Noviembre