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viernes, 12 de noviembre de 2010

56. El agua cubre un lagarto

Ricardo Güiraldes en 1915 paga de su bolsillo la publicación de El Cencerro de Cristal. Nula repercusión, sobran los ejemplares. No los quema, no. Los tira al fondo de una laguna para convertirlos en barro esencial.

Acabo de leer la entrada de Guillermo sobre la vida de las fotos.

Hace años que las evito. No hago una escena si alguien me pide una, pero las evito.

Como en las mudanzas, donde tratamos de reunir elementos afines en una misma caja, con el único propósito de poder rotularla de manera concluyente con un “CDs de Jazz” o “Repasadores”, creyendo así que el universo tiene un sentido, un orden, busco en plan Abaddon cada retrato –como decía mi abuela- que haya en casa.

Lo saben, vivo en un dos ambientes a excelente pulmón de manzana en la calle Las Heras. No sobra el espacio.

Indago los fondos del placard, los cajones del escritorio, el freezer, entre las hojas del diccionario Oxford, en el cubo de libros que oficia de mesita de luz, en los estantes de la biblioteca, en bolsillos, en carpetas, en sobres y en cajas debajo de mi cama. Desarmo álbumes y marcos, primero con delicadeza quirúrgica luego de cualquier manera, rápido, sin que importe el daño colateral. Dejo de contar cuando llego al número setecientos quince.

Estoy parado en el dintel de la puerta, el vidrio del espejo está empañado, el agua cubre un lagarto de fotografías en el fondo de la bañadera. En el borde, cerca de la canilla que gotea, una foto mía, muy chico, flaquito, al lado de una maceta con un gomero desangelado. La imagen es muy triste.

En mi cabeza se gatillan centenares de imágenes iguales.

Destruyo imágenes con la modesta ilusión de terminar con el pasado, pero el pasado siempre está ahí, en mi cabeza.

Williams James dice que lo recordado es el último recuerdo, no lo que nos pasó. Cada vez que recordamos, cargados con la particularidad del momento, vamos modificando irremediablemente lo ocurrido. Así las historias se hacen más esenciales, algunas se desdibujan otras devienen épicas.

Aunque pudiéramos extirpar con éxito nuestro pasado, como en Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos, creo que -sosteniéndose en una vivencia lateral y mínima- algo en nuestro interior, a su manera, lo volvería a reconstruir, porque somos lo que fuimos, con nuestras grandezas y mezquindades, con los amores perdidos y vueltos a perder, con las certezas y las vacilaciones y lo valiente y lo cobarde y lo seguros e inseguros y lo consecuentes y dispersos que pudimos ser. Somos lo que tejemos y si destejemos no somos nada.

Nuestro pasado es, de algún modo, nuestra conciencia moral.

Chuang Tzu fue el emperador que levantó la muralla China. También mandó a quemar todos los libros previos a su gobierno, quería borrar el recuerdo de su madre, una cortesana. Fracasó.

Abolir el pasado es un trabajo para dioses, remediarlo una iniciativa heroica pero posible a los hombres. Como Chuang Tzu, dos tareas enormes y de signo opuesto.

Todos tenemos un muro pendiente.

Mis fotos llegaron al mundo en un entorno líquido, como en los funerales de los pueblos del Amazonas, me dejan del mismo modo. El agua limpia las heridas pero no cicatriza.

Debería ser de noche y llover torrencialmente, pero no, es de tarde, hace calor y no se mueve ni una hoja. En el jardín de la planta baja, una tortuga.

Waldo Williams, 12 de Noviembre

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