Puedo llevarla a Segovia en el auto, dijo el abogado.
Suena a mala novela, quizá por eso me negué y no por temor a que la viudita fuera acosada en su Mercedes. El Dr. Menéndez y Pelayo sería incapaz de eso.
Una mala novela es donde sucede, todo aquello que, por previsible, decimos, no, no, esto no puede pasar… y sin embargo…pasa una vez más.
Es más probable que haya decido hacer el viaje en tren porque soy fiel a mis creencias “las autovías no son el mejor lugar desde donde mirar un paisaje”.
Y aquí estoy ahora viendo pasar la meseta castellana por mi ventana.
El cielo está cargado con mil tonos de grises. Llueve y el vidrio se cubre de gotas ligeras, cabecitas de alfiler.
Tengo puesto remera, jean y zapatillas básicas que compré en El Corte Inglés (¿No es un poco paradójico el nombre de la más emblemáticas de las cadenas españolas?). Vistiendo completamente no-logo, luzco lista para un casting de Gap.
El vidrio refleja mi perfil, no soy una nenita, aunque en el andén unos chicos de veinte y pico me miraban y no en plan de salida-con-mi-tía-abuela.
La vejez tiene tres etapas, la primera supone la pérdida de frescura; la mirada y la sonrisa no tienen el mismo brillo, los gestos se endurecen, aparecen líneas en el contorno de los ojos y en la comisura de los labios, el pelo olvida gracia y movimiento y a la larga hay que cortarlo un poco. Yo ya estoy ahí y se qué Gap no me llama ni loco para su próxima campaña. En la próxima etapa, lo sé (y espero que el gimnasio me ayude a mantenerla a raya) es cuando el cuerpo deja de respondernos como siempre, nos cansamos más, nos doblamos menos, nos duelen más cosas más seguido. La tercera y última es cuando se pierde el interés por lo que nos rodea, cuando cada vez son menos las cosas que nos retienen, quizás sea una preparación para la despedida.
Tres pérdidas. Primero perdemos la imagen donde nos gusta reconocernos (y que sólo los escritores logran perpetuar en la foto publicada en la solapa de sus libros). Luego, la pérdida de la confianza en nuestro físico, perdemos seguridad. Por último perdemos interés en el mundo, que es lo que más nos aleja de lo humano (vean en cambio, la avidez por el mundo de los chicos-chicos). Alejarnos de lo humano, nos acerca a otra cosa.
Este mismo viaje lo hice feliz, recién casada, hace veinticinco años. Hoy lo hago sola y estoy triste. Recuerdo que en ese viaje, como en un cuento de García Márquez, me hice un rasguño mínimo en la yema del índice que no dejó de sangrar durante más de dos meses. Toda la ruta quedó indicada con un hilito de sangre. Copio a Francoise Sagan, Conocía el remodimiento y el fastidio. La tristeza, no. Ahora siento algo que me envuelve, como una seda enervante y dulce, que me separa de los demás. Hay un secreto vínculo entre vejez y tristeza.
Ojalá (Oh! Alá) que salga el sol.
Ojalá que me encuentre ya, de sorpresa, con alguien querido.
Ojalá que me abracen.
Ojalá.
Alicia Lis, Segovia. 9 de Noviembre
martes, 9 de noviembre de 2010
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