Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



viernes, 23 de diciembre de 2011

95. Casablanca

Con mi primer Sueldo me compré una video-reproductora Drean (como los lavarropas y lo menciono sólo para que dimensionen el tipo de tecnología envuelta) lo hice en el Scioli (cuando ese nombre remitía exclusivamente a casa de electrodomésticos) de Salguero y Santa Fé. Año 81, 82 tal vez, del siglo pasado.



Caja en mano y con un servicio a mi nombre (beneficio de llamarme igual que mi papá) inauguré el video-club de la esquina con Casablanca.



A los dieciocho años ya tenía mi trench-coat, o sea piloto para heavy-duties (fotografiar a mujeres infieles, recuperar cartas comprometedoras…) cruzado y con cinturón, que usaba sin paraguas (sólo así lucía bogartiano, con los hombros bien cargados de lluvia, como la mansarda de un edificio noble).



Era fan de ese Bogart, aunque nunca había visto la mítica película. Conocía del impermeable y los tics por Sueños de un seductor de Woody Allen; e infería la psicología del personaje de Rick, a partir de la de su primo hermano Philip Marlowe, detective que el mismo Bogart interpretó antes en El largo adiós.



Había visto la mitad de la parodia de los Hermanos Marx (Una noche en Casablanca) en un cine de la Avenida de Mayo, pero por algún motivo que no recuerdo abandoné la sala antes del final.



Era como ese goleador que busca definir en la final y la pelota se le va una y otra vez al travesaño y a la tribuna; así me sentía yo con Casablanca hasta que me compré la Drean.



Película blanco y negro en televisor de 20 pulgaditas, cinta vista no menos de setenta mil veces, todo bien esfumado, por no decir nitidez tendiente a cero.



Casablanca cuenta la historia de amor de Rick Blaine (Humphrey Bogart) e Ilsa Lund (Ingrid Bergman)… y Victor Laszlo (Paul Henreid). Sí, es un triángulo amoroso, triángulo más inestable e impredecible que el isósceles (mi predilecto) o el acutángulo (tan despreciable como el verbo coadyuvar).



Rick e Ilsa tienen su romance en París pero los nazis entran a la ciudad (sólo por eso ya los odio) y ellos se ven forzados a dejarla; en realidad sólo Rick lo hace, ella nunca llega al andén y él termina abandonado, en un vagón de tren, diciéndole adiós a nadie.



Años después, Rick administra un café-casino-clandestino en Casablanca donde conviven tropas alemanas y expatriados en busca del exilio definitivo. Luce amargado y no es para menos.



Una noche la razón de esa amargura llega de nuevo a su vida. Ilsa entra en el Café de Rick junto a Victor, su marido y líder de la resistencia Checa, buscan el salvoconducto que les permita volar a América y alguien les ha dicho que allí pueden comprarlo. Nosotros sabemos que Rick los tiene, pero sólo hay dos, y desde que entró Ingrid Bergman –fotografiada siempre en su perfil izquierdo, nuestro preferido- son tres las personas que los desean (y yo bien podría haber sido la cuarta).



Solos en el café desierto Ilsa y Rick. El se niega a entregarle los documentos y ella lo amenaza con una pistola pero incapaz de disparar le confiesa que sigue amándolo y que cuando lo encontró por primera vez creía que su marido había muerto en un campo de concentración, pero no, había logrado escapar y entonces regresó a él, sin poder dar explicación. Rick quizá fantasea que esta vez se quedará con Ilsa cuando Laszlo se vaya. Ilsa tal vez le da motivo, desea que su marido escape de los alemanes.



Luego Laszlo confrontará a Rick, cree que algo sucede entre él y su mujer. La ama (a esta altura ¿Quién no?) e intenta provocar que Ilsa y Rick tomen las cartas con tal de salvar la vida de ella. Rick calla.



La Gestapo sospecha, sigue el movimiento de todos, descubre lo que está a punto de pasar.



Bajo el cielo estrellado del desierto Rick maneja, perseguido por los nazis… él mismo ha de llevar a Ilsa hasta el avión donde la espera su marido, le dice que si se queda se arrepentirá “tal vez no hoy, tal vez no mañana, pero sí pronto y para el resto de tus días”.



Sin volver la vista atrás Ilsa y Laszlo embarcan con destino a Lisboa. Niebla. El fin.



* * *



Conté la película evitando sus escenas memorables… porque para mí es mucho más que esas escenas.



El tema de la película es el sacrificio. Todos en un momento, de algún modo, ofrecen el suyo, resignar a quien aman.



Trabajar todos los días dieciséis horas para comprar una casa o viajar a Nepal no es un sacrificio, es una inversión.



Del sacrificio no se obtiene nada para sí de modo directo. No es un hoy por ti mañana por mí. Como dice Alejandro Vázquez “el sacrificio es uno mismo. No lo haces por tu instinto (como casi todo lo que hacemos) ni lo haces en tu beneficio (como casi todo lo que hacemos). El sacrificio sale de lo más humano de vos, no del animal que llevas dentro”.



Me pregunto ¿Fue este tema lo que me encantó de Casablanca hace treinta años atrás? Hoy es muy distinto, tengo bien claro cuándo y cómo enfrenté el momento de la verdad…pero con veinte años ¿En qué sacrificio podía estar pensando?



Creo que la clave está en la escena siguiente al diálogo entre Rick y Laszlo, cuando éste toma conciencia de los sentimientos de Ingrid Bergman y Bogart. La conversación se ve interrumpida cuando un grupo de oficiales nazis, bajos las ordenes del temible mayor Strasser comienza a cantar Die Wacht am Rhein, casi un himno patriótico de la Alemania en guerra. Laszlo, enfurecido pero dueño de sí, aún a riesgo de perderlo todo pide a los músicos que toquen La Marsellesa, el himno nacional de Francia hasta el momento de la ocupación. El director de la orquesta busca a Rick con su mirada y éste asiente con la cabeza (y cada vez que lo vuelvo a ver me emociono) y Laszlo comienza a cantar, solo, pero a los pocos compases todos se le unen ahogando el canto nazi. En represalia Strasser clausura el club.



Rick podría haber clavado la vista en el suelo negándole ese momento de gloria a Laszlo, y quitando a Ilsa un justo motivo de orgullo por su marido. Pero no, él asiente con la cabeza, consciente de las consecuencias.



No importa la edad, siempre hay un momento en la vida donde un amor nos hace dudar…y es ahí entonces cuando nos preguntamos si seremos capaces de una renuncia como la que Rick hace, si locamente enamorados nuestro obrar mantendrá nobleza, si locamente enamorados evitaremos la mera conveniencia, el instinto.



Jóvenes nos hacemos la pregunta y románticos imaginamos mil respuestas. Luego de los años, conocemos la única, la que dimos e inexorable cerró el círculo.



Tengo conmigo un fotograma; en plata y negro Bogart de smoking blanco frente a Ingrid Bergman. Los perfiles ocupan toda la pantalla y sus caras están cruzadas por sombras como barrotes. Ilsa apenas entreabre los labios y mirándolo enamorada vuelca, ligera, su cabeza a un lado a punto de besarlo. Un beso en cautiverio.



No es el arquetipo del sacrificio lo que nos atrae, no, son los besos prisioneros que todos tenemos.

Guillermo García Avogadro, 26 de Diciembre 2011

lunes, 19 de diciembre de 2011

94. Opereta

El teatro Colón era un recinto donde la maravilla imperaba y donde la cotidiana realidad no tenía acceso
Manuel Mujica Láinez


Estoy sentada en la platea 87 de El Colón, cuarta fila al centro. Está por empezar La Viuda Alegre, de Franz Lehár, la opereta; no Parsifal de Wagner, el rito sagrado.

La Viuda Alegre, parece un chiste, pero no.

Parsifal fue la primera ópera que vi, en un palco bajo, impar, con Patricio. Ese día me acuerdo conocí a su madre, Lucía, en el living de su casa, sentada en un sofá debajo del retrato de ella misma firmado por Andy Warhol. Lo primero que pensé fue ¿Cuánto le habrá cobrado? Cuando Patricio me preguntó que me parecía, riéndome algo le dije ¡Kitsch! El también se rió y sólo dijo … Lucía era una divina, más allá del cuadro, aclaro.

Patricio nunca había ido antes al palco familiar, él prefería el paraíso, muchos lo consideraban esnobismo; no sabían que fue allí donde descubrió el género bajo la guía de Osvaldo Pontino, su profesor de Cultura Musical en el secundario. Pontino, dicen, supo dirigir la orquesta sinfónica de la GGT, una vez frente a Perón y Evita; pero en los setenta era un hombre grande y cansado y todos contaban la anécdota, que nadie presenció, de cuando llegó abrió la libreta y empezó a llamar para dar lección: Bárbara Durand ¡Ausente! Mariana Fritz ¡Ausente! Y así hasta que levanta la vista, ve cuarenta varones y se corrige…perdón, pensé que estaba en el colegio de las chicas. Pontino con partitura en mano, como si fuera La Fija, lo fue encantando con tramas y acordes de alto voltaje.

Esa noche de tres horas y más de Parsifal, además de pasar revista en detalle a cada vestido, zapato, collar y aros, comí –uno tras otro- Cadburies con pasas de uva, cuando todavía eran importados, sin parar.

Escucho, desde el foso, como la orquesta afina los instrumentos. Estoy sola, ninguno de los chicos quiso venir. Un zapato me aprieta y me lo saco.

Mi acto preferido es el tercero, cuando en la casa de campo de Hanna, una viuda rica, se monta una fiesta replicando al Maxim´s de París, incluyendo bailarinas y mobiliario de cabaret y restaurante fino. Pero hoy paso de la cuisine francaise, muero por un taco pastor (no por chimichangas ni nachos, cosas inexistentes en México) comido en la barra de El Huequito del DF. Definitivamente hoy no estoy para el gran abono, el pasado arrecia y no me suelta. Me pongo el zapato me levanto y me voy.

El centro es un horror, camino rápido hasta la Avenida Santa Fé, pero antes de llegar me detengo en un ciber-locutorio (antes de su extinción definitiva). Máquina tres, me indica el hombre y pareciera que mi vestidito negro de satén bordado de Givenchy y mis Majorica, no le dicen nada. Mejor. Googleo el nombre completo de Patricio y no puedo creer la cantidad de resultados que me arroja ¡69.000 no es un mal número! Puro pasado sólido y excluyente ¡Hacia atrás todo, hacia adelante nada!

Hacia adelante sólo el reflejo de mi cara en una pantalla que no da más. A veces yo tampoco.

Viene a mí el recuerdo de una noche en Amsterdam y Googleo ahora a Diego, tan lejos. Diego fue mi primer novio, creo que en el jurásico, vive en Barcelona y tiene dos hijos. En el Blog del grupo de historia del arte que lidera, aparece su foto, relajado, con los anteojos en la mano, junto a unas estudiantes llenas de cosas por venir. Yo me quedo mirándolo como si también fuera un fantasma y quizás lo sea. Internet como juguete para masoquistas, internet como el sucesor del bolero y las revistas del corazón con poster central a todo color.

Abro la cartera y busco una libreta pequeña. Más de la mitad tiene una caligrafía, menos de la mitad otra. La libreta la empezó mami cuando murió papá, luego yo la continué. Mami siempre la llevaba con ella, yo también. Anotamos poesías para situaciones de emergencia. Un talismán que nos protege, una magia doméstica, un conjuro rimado.

Leo, me leo.

Suavemente, creyendo en lo que me decía, me dijo:
"Adiós, Fernando, hasta la próxima reencarnación”
A veces yo también lo creo firmemente.
Me veo, entonces, más alto y elegante,
igual oscuro de piel,
hablando una lengua melodiosa y precisa,
con otras palabras menos torpes saludándola,
seguramente volvería a ser en una playa,
una amiga de esas que siempre están de más también estaría
pero ella sería la misma, inconfundible,
aquella que ya una vez reconocí en esta vida pródiga.
Y nos veo muy cerca desde ese mismo instante.
Hay muchos y diversos hijos y profundas siestas campesinas,
hablamos casi nada, ninguna señal al costado
nos distare de nosotros: estamos celebrándonos.
Veo nombres como los de Blas y Camila,
vestigios de otros remotos tiempos
apenas sospechados por el insomnio.
Otras veces, sin embargo, no veo mucho que digamos,
y me convierto en un incrédulo de ella.
Y sólo existe desolación y error.
Mis ojos, entonces, se dirigen al sueño
Y allí la encuentro…pero alejada de mí:
la veo abandonándome, en brazos ajenos,
el dolor se hacer perfectamente intenso,
despierto y la vigilia imita al sueño.


Fernández Sánchez Sorondo, Primeros Auxilios

Cierro la libreta. Manucho escribe (pero por motivos diferentes de los míos)…"casi rosándose conviven en la atmósfera del gran teatro quienes hallan allí la fuente de su felicidad y quienes encuentran el páramo de su tortura."

Apostemos a lo primero, apostemos a creer en lo que ella le dice. Me parece que si apuro el paso llego para el tercer acto ¡Rubio champagne, life at last, happy ending and merry christmas para todos!

Alicia Lis, 19 de Diciembre, 2011


lunes, 12 de diciembre de 2011

93. No hay Biblias

Y no me puedo enderezar
Y estoy parado
Nací para trabajar
Y no hay trabajo.
Juan Carlos Baglietto, Mienten


En Buenos Aires no hay Biblias. No digo que Dios ha muerto, digo que si usted va a comprar una Biblia no encuentra. La semana pasada quedaban dos y seguro que el buen especulador ya se hizo de ellas. Un funcionario tiene en el puerto retenidos un par de containers con libros. No es porque sea arte degenerado, lo hace con el objetivo de promover la industria nacional. Más aún, tampoco se consiguen Océano Mar de Baricco o Vida, Instrucciones de Uso de Georges Perec. Nada que ver con el secularismo entonces, no es una conjura masónica.


* * *

Hace días murió un dictador, otro, en medio oriente. El hombre había prohibido el teatro y el cine, no por cuestiones ideológicas, no… temía que apoyándose en su prestigio social un actor se constituyera como líder rebelde. Insisto, no era porque el arte pudiera ser fermento de ideas destituyentes… tampoco a los jugadores de fútbol se los podía llamar por su nombre, sólo por su número, salvo el hijo del dictador, claro.

* * *

En los inicios del cine a sus actores no se les conoce el nombre (en ese entonces, a los de teatro, con varios siglos de ventaja, por supuesto que sí). Las actrices se identifican como la chica de la Edison o la chica de la Biograph. No porque las películas fueran cortas y no hubiera espacio para los créditos; los empresarios sabían que en el momento que un nombre se da a conocer, su precio empieza a subir.

Nunca en la historia fue fácil acceder al conocimiento (al que importa, no a la lista de precios de Amazon). Nunca fue fácil darse a conocer, ni alcanzar al conocido ni mantenerse en esa posición. Nunca, tal vez nunca.

En 1907 la chica de la Vitagraph era la actriz más popular de la pantalla con un sueldo de 22 dólares por su doble tarea de actriz y costurera a tiempo parcial; el amor del público hizo que en pocos años se hiciera famosa como Florence Turner, historia parecida a la de Anna Nilsson, Mary Pickford y elenco.

* * *

En los setenta yo tenía ocho años. Los sábados a la noche dormía en un catrecito que mi abuela armaba al lado de su sofá-cama y juntos veíamos Hollywood en Castellano por Canal 11.

No importa que la tele fuera en blanco y negro porque El Ocaso de una Estrella (Sunset Boulevard) no fue rodada en colores, era (es) un film noir. Esa película me impactó, aun más que el capitulo apertura de Mission Impossible (visto desde el mismo catrecito). A esa edad ya era cinéfilo y fan de ese holliwood y de la forma en que la película se cuenta y de las cosas que viene a decir.

El Ocaso es la historia de Norma Desmond (Gloria Swanson) antigua estrella del cine mudo. Incapaz de aceptar que pasaron sus días de esplendor, sueña con retornar a las pantallas de la mano de Joe Gillis (William Holden) un guionista perseguido por las deudas y treinta años más joven, al que convierte en su amante. Gillis, a su manera, no se resigna a ser un desconocido. La historia comienza con la voz en off de Gillis narrando la historia. Gillis está muerto, flotando boca abajo en la piscina de Norma. La película es un largo flashback.

Cuando Joe la ve por primera vez, dice “…Usted es Norma Desmond. Salía en las películas mudas. Usted era grande”. Norma contesta “Soy grande. Son las películas las que se han hecho pequeñas”.

Norma le pide la ayude con un guión, lo esclaviza como empleado y como amante y el quiere huir -conoce a una guionista joven, se enamora- pero no puede y vuelve y todos los intentos de Norma, a su vez, por volver son inútiles, rechazados con todo respeto (La Paramount existe porque yo existo) y finalmente, celosa, despechada, le pega tres tiros y llega la policía y las cámaras y las luces de los noticieros se encienden, como en un estudio y ella baja, enajenada, las escaleras de su mansión convencida que ha vuelto a filmar. Su imagen se va haciéndose borrosa. Fundido a negro. Fin.

A Mary Pickford le ofrecieron el papel de Norma, pero cuando le hacen la propuesta está muy borracha y la rechaza. Anna Nilsson junto a Buster Keaton interpretan los amigos de Norma con los que juega bridge, calladamente, se interpretan a sí mismos. El museo de cera, en palabras de Gillis.

Nunca fue fácil darse a conocer, ni alcanzar al conocido ni mantenerse en esa posición.

Durante años creí que la peor situación era la de no poder conservar el re-conocimiento, como Norma. Yo era joven y daba por sentado que alcanzarlo era posible, natural.

Hoy veo a esos chiquitos de seis, siete años, que sus madres los mandan cada tarde a escuelas de arte, danza, teatro, pintura; les leen y leen, les estimulan una vida artística…¿Se convencerán en algún momento que tienen ese don? ¿Lo tendrán? ¿Sufrirán buscando, sin alcanzar, lo que los otros le niegan?

Lo peor es no poder darse a conocer. Eso es lo que hoy creo. Quizás sean cosas de la edad.

Y no me puedo enderezar
Y estoy parado


Waldo Williams, Buenos Aires, 12 de Diciembre 2011

lunes, 5 de diciembre de 2011

92. Soldado al instinto

Con una falta total de gente con la que coexistir, como hay hoy ¿Qué puede un hombre de sensibilidad hacer, sino inventar sus amigos, o cuanto menos, sus compañeros de espíritu?
Fernando Pessoa

El señor S. es un importante directivo de la corporación global T. Humm…la corporación T. opera en 150 países donde trabajan, digamos, en cada location, 10 directivos tan importantes como el señor S.; 1,500 en total. Aunque es un amigo no creo que luego de esta cuenta se ofenda si lo llamamos, por motivos prácticos y económicos, simplemente s.


s. es lector de Lapicerapices. Nos lee con avidez pero en estilo importante directivo, “high line issues”, no más de tres minutos de atención, buscando captar el concepto. Lo hace muy bien. La forma a veces puede ser un estorbo, está acostumbrado a los bullet points del power.


s. me cuenta que fue al concert (modo pretencioso que los colegios bilingües llaman a la fiestita de fin de año) de su hijo de nueve. El chico bailaba algo (¿bailaba algo?) con una compañerita de su edad. A s. la chica le cae bien. Luego se da cuenta que se parece, que le recuerda a su primera novia, que por eso, seguramente, le había gustado. Sin embargo, cuando conversamos se corrige y dice que en realidad esta chica no era tan flaca y tenía más gracia que su novia del recuerdo.


¿Y entonces? Nada. Aunque hacemos esfuerzos no encontramos mucha conexión ni del lado de lo físico ni del lado de la interpretación ¿A qué le remitía? ¿Con qué conectaba?


* * *


Internet conecta. Conecta oferta y demanda. Conecta hombres y mujeres de hoy con hombres y mujeres del pasado. Internet recobra vínculos perdidos. Internet recobra primeros novios y novias. A montones todos los días.


* * *


Freud escribió en sus Tres Ensayos que el objeto estaba soldado al instinto. Las personas que nos gustan, que deseamos, esas personas son secundarias, algo que viene después. La relación primaria, es menos con el otro que con nuestro propio deseo. El deseo lanzado necesita un blanco a como de lugar. Lo que nos distingue es más nuestro deseo que el objeto deseado.


Quizás ese sea el motor de búsqueda de tanta novia juvenil (no Google).


La primera novia es una fotografía que cautiva la imaginación de los hombres. Las fotos son un recuerdo y como dice el psicoanalista inglés Adam Phillips “si ese tipo de recuerdo es exageradamente deseado lo es porque representa un ideal y de alguna manera registra algo de nuestra propia historia, sólo nos cautiva lo que una vez hemos sido o querido ser”.


Así, novios y novias de hoy, en sus cuarentas, se buscan a sí mismos en una foto que no necesariamente coincide con la imagen real (más flaca y menos grácil). Están acostumbrados a que ni siquiera ellos pueden reconocerse en una foto de aquellos tiempos. Esos hombres y mujeres buscan lo que fueron, quisieron o creyeron ser. Independientes, libres, seguros de sí, atractivos, ricos en tiempo y proyectos, potentes. El deseo está primero. La búsqueda precede al blanco. No es que la flecha no lo precise, sólo lo precede.


* * *


Fernando Pessoa es uno de los grandes poetas de la lengua portuguesa.


Tuvo una vida discreta. De día se ganaba la vida como traductor. De noche escribía. No escribía su propia poesía, escribía la obra de varios autores diferentes en preocupaciones y estilo. Publicó obras de Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Bernardo Soares. Publicó críticas a su obra firmadas por esos autores. Murió a los 47 años.


Pessoa es casi todo flecha.
Pessoa se las arregló bien solo.
Pessoa tuvo una vida discreta.

Waldo Williams, 5 de Diciembre 2011

martes, 29 de noviembre de 2011

91. Cantando bajo

A partir de ahora buscaré los siempre en los jamases
Muriel Barbery

Una dosis semanal de Cantando bajo la lluvia reduce significativamente el riesgo de estados de tristeza y melancolía.


En Argentina se estrenó en 1952, el año en que murió Eva Perón.

Es mi película favorita aunque nunca la vi en el cine. La tuve, sucesivamente, en formato súper 8, video y DVD. Puedo quitarle el volumen, asumir todos los papeles y recitar sus líneas, en español e inglés, mientras silbo y como una Cerealita (soy multi-tasking).

De chica no quería ser ni princesa ni hada ni maestra ni mamá, quería ser corredora de fórmula 1, si hubiera sido hombre, no lo dudo, hubiera elegido ser Gene Kelly. Más de una vez revolee el paraguas un día de lluvia.

Cuando se inició el rodaje de Cantando bajo la lluvia, tenían el título, el elenco pero no la famosa escena, donde en realidad llovió leche, que fotografiaba mucho mejor que el agua. Aún así se mantuvo el nombre original; Cantando bajo la leche daba muy Popea, muy imperio romano y nadie quería cambiar a Gene por Victor Mature.

El día que se rodó la escena, Gene tenía cuarenta grados de fiebre y no podía bailar con energía suficiente para que sus pasos sonasen bien en cámara. Dos bailarinas tuvieron que acompañar sus movimientos, fuera de cuadro y sobre un charco, para alcanzar la fuerza que la escena requería. Mejor, a Gene se lo ve bailar muy relajado y al mismo tiempo todo el número refleja la pasión de un corazón recién enamorado.

La historia es la historia del cine cuando los estudios de Hollywood eran máquinas de crear ilusión, esa cosa que se requiere para poder vivir la vida, igual que el agua, el oxígeno y el bautismo. Piensen, por un momento, en algunos cines que hayan conocido, el Gran Rex, El Metropolitan, El Opera, no eran salas, eran templos paganos a escala monumental, en esas iglesias se mantenía viva la llama de la esperanza, de la esperanza de poder alcanzar un sueño, les pido recuerden a Cecilia –Mia Farrow- en La Rosa Púrpura del Cairo.

El tema de la película es Hollywood y el pretexto la historia de amor entre Don Lockkwood (Kelly) y Kathy Selden (Debbie Reynolds).

Don es una estrella del cine mudo y su pareja cinematográfica es Lina Lamont (Jean Hagen) una rubia, no tan tarada como parece. La industria está cambiando dramáticamente; el cine sonoro llega arrasando y hay que reconvertir la última película de Don y Lina en musical, pero tienen un problema: la voz de Lina es horrible. Así las cosas el personaje de Debbie Reynolds, dobla en secreto a Lina aunque finalmente triunfa la verdad, el amor y el éxito, todo servido en la misma copa.

Debbie era puro encanto y juventud (diecinueve años y su primer protagónico) el experimentado Gene se enamoraba, en los sets, locamente de ella pero en los camerinos no paraba de protestar: la consideraba incapaz, negada para el baile, sin embargo bailó todos sus cuadros. Paradoja, no cantó (aunque hubiera podido hacerlo) ninguna canción. Quién la dobló fue Jean Hagen, la Lina que debe abandonar el mundo del cine por causa de su voz horrible.

Debbie comentó años después que sobrevivir a su infancia y filmar esta película fueron las experiencias más duras de su vida ¿Exageración? Fred Astaire la encontró al fin de un día de rodaje, llorando bajo un piano, con los pies ensangrentados y la moral deshecha a puro comentario filoso de Gene. Habían filmado el cuadro Good Morning, donde bailan los dos Con Donald O´Connor. Es la escena que justifica que Don cante luego,

I´m singin´ in the rain
Just singin´ in the rain,
What a glorious feeling,
And I´m happy again.
I´m laughing at clouds
So dark, up above,
The sun´s in my heart
And I´m ready for love…

Cantando bajo la lluvia es, quizás sea, la obra más famosa en su género, pero fue nominada sólo a dos Oscars menores y no ganó ninguno.

Cantando bajo la lluvia nos da ganas de vivir y no sólo a mí que soy una romántica, que se hubiera muerto si alguien le declaraba su amor en un estudio, con iluminación, puesta de sol y brisa perfecta, suficiente para que la falda vuele ligera y el alma salga, fresca, a flote. A Woody Allen le pasa lo mismo y en vez de escribir estas líneas de homenaje, se filma una película completa para bailar el último cuadro a las orillas del Sena con Goldie Hawn.

Durante años estuve convencida que el cine sostenía la esperanza a fuerza de imágenes de pent-houses con vistas al Central Park, gente divina en convertibles impecables cruzando el Golden Gate, tardes de velero y champagne en Hyannis Port, White Tie nights a puro Cole Porter, decisiones heroicas y amores eternos. Pero no, la esperanza se cimenta en que todo eso se construye sobre vidas sufridas y desdichadas, envidias y desplantes, casualidades, presupuestos desbordados, cartón pintado, extras y dobles por siempre desconocidos, discos rígidos, software y servidores, sueños, apuro, carrera, vacilación, premeditado engaño.

Esperanza, aun con los peores materiales se puede levantar algo bueno para todos.

A partir de ahora buscaré los siempre en los jamases.

Alicia Lis, 29 de noviembre, 2011

lunes, 21 de noviembre de 2011

90. Sorprendente e intolerable

¿Qué ves? ¿Qué ves cuando me ves?
Cuando la mentira es la verdad
Divididos

Son las doce de la noche, diluvia y hace frío. Adentro de casa también llueve, inexplicablemente se rompió un caño y ha inundado todo. Estoy dormido y desesperado, no tengo claro que hacer. Debo, creo, salir a la calle para cerrar la llave de paso general. Me abrigo con un viejo piloto verde, sé que voy a terminar enfermo de algo. Afuera está oscuro y el viento húmedo me traspasa.


De nuevo bajo techo. Con Gabriela nos lleva más de tres horas sacar el agua que está en todos lados. El trabajo luce infinito, soy Mickey Mouse en El Aprendiz de Brujo y no dejo de pensar en los que pierden su vida entera cuando los ríos se desmadran. A las tres de la mañana me cambio el pantalón pijama por otro seco e intento calentarme con un café con leche. En el bolsillo del viejo piloto verde encuentro un permiso de trabajo, en la foto, yo y esa misma prenda, los dos, con cara de miedo y quince años menos. En Septiembre del 97 lo había gestionado para trabajar en Londres. Recuerdo que el día siguiente –era el cumpleaños de Gabriela- nos fuimos de excursión (vivíamos de excursión) a conocer Windsor Castle, que no se inundó, pero sí que se prendió fuego.


Estábamos en la Capilla de la Reina cuando entró un tour de ciegos. Tour de ciegos luce a colmo infantil… ¿Sabés cuál es el colmo de un turista?... Esa imagen es lo único que recuerdo de aquella estancia, me aturdía ese grupo que escuchaba con atención su guía y luego, cuando se podía, pasaba la mano sensualmente sobre un bajo relieve, sobre un trabajo en mármol o madera. Caminaban lentamente, cada uno direccionando la cabeza para diferente lado. Era sorprendente e intolerable a la vez, parecían disfrutar de lo que yo tenía por una condena ¿Debía alegrarme o sentir compasión?


* * *


Un veterinario en un pequeño zoológico abre la jaula del faisán dorado y entra de la mano de un chico. Primero le hace tocar las plumas rojas, luego acariciar las doradas. Se toma su tiempo, como siempre, aunque esta vez quiere que la experiencia termine rápido, el chico es ciego. Hacen lo mismo en otras jaulas y al llegar a la de una mulita, el chico pide, que le enseñen, de nuevo, el color rojo ¿Tienen los colores cualidades táctiles? Me refino ¿Qué evoca en él la textura roja de esas plumas?


¿El rojo de la pluma es equivalente al de su próxima manzana? Si la respuesta fuera negativa ¿Por qué el rojo de mi pantalón de baño en un río de las sierras, cuando niño, debería valer igual que el rojo de los crayones de Benjamín y Andrés, mis hijos, que duermen sin saber nada de la inundación y de mi vida pasada?


Algunos daltónicos perciben el verde como si fuera rojo (no logro imaginar cómo los científicos pueden determinar eso). No me veo en el campo, buscando tranquilidad y perdiendo la mirada en una vasta llanura roja, con árboles añosos de frondosas copas, rojas también. Esos campos marcianos no exasperan a los daltónicos, por el contrario los llena de profunda paz ¿Qué es el verde, qué es el rojo? ¿Es la experiencia vivida o el tipo de radiación no absorbida, digamos por una serpiente, digamos por un cardenal?


Roselino de Compiege (siglo XI) negó la realidad de las especies. La especie no es algo real, sí los individuos que la constituyen.


¿Se habría Roselino animado a decir que no existen los colores, sólo las experiencias individuales que los constituyen?


Amanece (que no es poco) sobre el piso de largos listones de madera arruinados por la inundación, cinco o seis gotas resistieron mis trabajo, el sol las ilumina, brillan apenas, color a derrota.


Guillermo García Avogadro, exhausto, 21 de Noviembre 2011

lunes, 14 de noviembre de 2011

89. Doblan las campanas

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.
John Donne


Albores del siglo XXI, había convencido al joven ejecutivo de la tabacalera que los ciegos no fuman porque les está vedado el placer de las cambiantes volutas de humo jugando con el aire. Nada, sólo mezcla del Informe sobre Ciegos con un poco de osadía comercial, en un momento de necesidad imperiosa de fondos. Al joven ejecutivo le encantó, hizo que se lo presentara a sus jefes y finalmente terminé en Miami hablando cuarenta y cinco minutos sobre la nada misma ante cien delegados del mundo entero. La conferencia disparó decenas de estudios de mercado, quizá con suerte, algún artista recibió sponsoreo para hacer fotos del tipo de las de Mehmet Ozgui. Cada uno hizo su negocio y yo en un Camaro convertible y con todos los gastos pagos me fui a visitar la casa de Hemingway en Key West.

Recuerdos vagos, una mesa de escribir donde apenas entraba la máquina, muy incómoda ¡Y yo que me quejo de ésta de fórmica de la cocina. En comparación es el despacho massimo de Mussolini! Lo más relevante, las bibliotequitas en el baño, que yo copié con dedicación y llené de literatura modulable de a quince minutos tipo El Diario Privado de Adán y Eva de Mark Twain.

Hemingway nació en 1899, un mes antes que Borges, aunque en cualquier foto en donde se lo ve luce siempre mucho menor, parece un sobrino lejano, vital, joven y seguro de sí, tanto como la inexperiencia lo permite.

Su padre era médico y le gustaba la caza y la pesca. La madre, música, hubiera preferido tener una hija. Ernest aprendió a tocar el violonchelo, pero primero a manejar la caña y la carabina que el padre le regala antes de pegarse un tiro. Algunos biógrafos dicen, no lo he podido comprobar, que su madre, a escondidas, lo vestía de nena. Luego de la barba, la pipa y los músculos, algo difícil de imaginar.

Rechazó entrar a la universidad de medicina y los estudios superiores para ser concertista. Dejó todo y se fue lejos, a Kansas, a trabajar en periodismo.
Un defecto en el ojo izquierdo (otro rasgo Borges) hizo que participara en la primera guerra sólo como camillero, a su pesar. En París fue sparring y para matar el hambre cazaba palomas en los Jardines de Luxemburgo hasta que publica Fiesta, su primer éxito. En 1940 termina Por Quién Doblan las Campanas. La novela puede haber envejecido, la cita premonitoria de John Donne nunca lo hará.

Su literatura estuvo cruzada por bohemia parisina, vivencias de guerra, corridas de toros, pescas imposibles, safaris africanos, luchadores por la libertad, sangre y arena. Publicó más de doce trabajos y dejó tres mil páginas manuscritas. Hemingway celebró el arrojo personal, el coraje, la hombría y recibió un Nobel, era centro de atención allí dónde pisaba pero nada de eso impidió que el dos de julio de 1961 se disparara a sí mismo con una escopeta. Depresión y alcoholismo. Fin.

En el funeral su hijo Gregory conoce a Valerie, la asistente, y se enamoran, los dos son locos por la música. Dos años antes Hemingway le había confesado que la amaba y se divorciaría para casarse con ella.

Gregory es apuesto, médico y conquista a quien su padre deseó sin éxito.

Apenas habían pasado unas semanas de la luna de miel cuando Valerie descubre en el auto un rouge y ropa interior que no le pertenece. Lo enfrenta denunciando infidelidad. No era eso, Gregory se vestía, a veces, con ropa de mujer.

La vida continúa, hijos y proyectos en común y durísimos tratamientos por electroshock y drogas y más drogas. Una tarde Gregory le comunica a Valerie que cambiará su sexo, pero que esa decisión en nada debería afectar su relación, que podrían seguir viviendo como amigas, salir de compras e ir a la peluquería. Ella se ve obligada a contarles a los hijos el deseo del padre de convertirse en mujer. Gregory le pega una bofetada y los abandona.

El colegio médico le quitará la licencia para ejercer la profesión. Tiempo después muere en una cárcel de mujeres. Había sido detenida por volver de una fiesta desnuda y borracha, entró en prisión y allí el corazón se detuvo.

Margaux, la nieta de Ernest, también se suicida, aunque prefiere los sedantes a la escopeta. Ella cambia la grafía de su nombre Margot cuando se entera que sus padres la concibieron bajos los efectos de varias botellas de Château Margaux. Exitosa modelo, nunca pudo terminar un libro a causa de la dislexia. Le da fin a su vida un día antes del aniversario de la muerte del escritor.

Sagas familiares. Mandatos. Algunos favorecen la esperanza otros la hacen añicos.

Cumplir con los mandatos nos tranquiliza, aseguran nuestra pertenencia a la familia. Ser educados, decir la verdad, esforzarnos, sacarnos diez. Todos queremos tener un lugar en el mundo aunque sea doloroso o nos limite.

Pero a veces también los hijos, oscuramente, queremos aliviar la carga de alguien, evitarle un dolor. Esas tareas, casi siempre, tienen poco que ver con lo que los padres de verdad necesitan. Así, muchos recorremos viejas historias una y otra vez. Lealtades inesperadas que nos hacen sufrir.

¿Gregory siendo médico y mujer le aliviana la carga a un padre que se suicida, o esas decisiones le sirven para ocupar su lugar en la familia que ninguno tuvo?

¿Hemingway gatilla contra sí para decirle al padre, no importa el éxito alcanzado, yo también me voy del mismo modo, no te sientas mal, no te sientas sólo? ¿Margaux con su mínima imprecisión calendaria perfectamente meditada ruega que de alguna u otra manera la incluyan dentro de la saga de los valientes y los intelectuales?

Sagas familiares. Mandatos. Algunos favorecen la esperanza otros la hacen añicos.

Y aquí estoy yo, en esta cocinita mínima, con los vidrios que miran al vacío, solo. Me casé y me divorcié y no tuve hijos ni perro ni nada. Evité recibirme de alguna cosa, me gano la vida vendiendo espejos de colores a estafadores titulados; a mis amigos no hace falta contarlos, con sólo un golpe de vista se sabe cuántos son… ¿A quién le estoy siendo leal, a qué mandato obedezco? Me cuesta imaginar que éste era el futuro que mis padres querían. Creí que podía ser una isla, completo conmigo mismo. No hice otra cosa que disminuirme. Las campanas doblan por mí.

Waldo Williams, 14 de Noviembre, 2011

lunes, 7 de noviembre de 2011

88. Es bueno tener palenque

No hay hechos, sólo interpretaciones
Friedrich Nietzsche

Tengo sólo tres Amorrortus verde; Estudio sobre la Histeria (regalo de las chicas en mi despedida de soltera) Moisés y la Religión Monoteísta (regalo de Waldo, la mejor novela policial después de La piedra Lunar, dijo) y El Chiste y su Relación con el Inconsciente (regalo también, de Patricio mi marido, cuando cumplí cuarenta).


No sé si Freud lo expuso, pero yo estoy convencida que quien reserva para sí el derecho de interpretar lo que acontece, el derecho a determinar el significado de nuestros actos y omisiones, ese, es un hombre muy, muy poderoso. Escapen del que sentencia…lo que vos querés decir es…

Se ha vuelto habitual que Waldo y Guillermo interpreten cada una de mis líneas, pareciera que me invitaron a participar de Lapicerapices, casi exclusivamente, para asegurarse una cuota de poder. Siempre es bueno tener palenque donde rascarse… y ya sabemos que toda actividad rítmica y auto-acariciatoria no es más que masturbación (sólo para que vean que yo también soy capaz de interpretar).

Escuchaba las Variaciones Goldberg en la versión de Glenn Gould, porque me relajan más que un Lexotanil, que en mí tiene tanto efecto como una pastilla de menta. Nunca fue mi intención dejar pistas de nada, creo.

En mi versión se lo escucha a Gould tarareando sobre el piano; era un hombre excéntrico, siempre llevaba ropa de invierno, nunca dejaba que lo tocasen e inventó una decena de seudónimos para escribir críticas hostiles contra sus propias interpretaciones. Los melómanos coinciden que el cenit de la ejecución de las Variaciones se alcanzó dos veces y ambas en manos de Gould, la primera con veinte años, sentado en una pequeña silla hecha por su padre, luego a los cincuenta sentado en la misma silla, muy deteriorada.

La de los veinte es una versión enérgica y frenética, la segunda pausada e introspectiva. Yo escuchaba la segunda, menos apropiada para una chica de mi edad, pero más conveniente al tránsito caótico de mi alrededor.

* * *

A Guillermo, lo ha dicho hasta el cansancio, le gustan las mujeres de pelo largo. Llama la atención que refiera con amoroso deleite a una escena donde Juliette Binoche se lo corta a tijeretazos mirando una pared, no un espejo ¿Qué estará queriendo significar, eh?

Pienso ¿Nos enamoramos siempre de la misma persona, de lo mismo?

Lo que estoy segura es que hay un montón de cosas de las cuales no nos enamoraremos jamás, algunos ejemplos: botinetas, medias tres cuarto, poliéster, Lladrós, animadores, ginebra –aunque la llamemos gin y la mezclemos con tónica- vuelos trasatlánticos, cactus, chihuahuas y pequineses, proverbios chinos, te verde, secadores de pelo, impresoras, San Clemente del Tuyú, cayos a la Madrileña, Audis A4, inviernos… Hay hombres que evito mirar por temor a soñarlos, otros que aún mirándolos no los veo.

Despejamos la mitad de la incógnita, pasemos a la segunda.

Que pasaría si mañana llegáramos, digamos a Barcelona y encontramos que la moda es salir a la calle con una caja de cartón cubriendo la cabeza y la mitad del pecho. Pregunto ¿En ese lugar, identificaríamos a la persona de la cual podríamos enamorarnos a la misma velocidad que en una clase sobre Maestros del Surrealismo, aquí, a cara descubierta –la moda no prendió, todavía- en el Sívori? Lo dudo.

Hay cualidades físicas que algo deben tener que ver con el enamoramiento…pero… ¿Siempre buscamos las mismas cosas? Siempre el mismo color de auto, el mismo largo de falda, siempre el mar, idéntico perfume, igual melodía, mismo autor y hora del día. También lo dudo.

La partitura de las Variaciones Goldberg le fue encargada a Bach, quien recibió en pago una copa de oro con cien louis d'or dentro, sin embargo se hizo famosa con el nombre de Goldberg, su intérprete, que murió tempranamente a los veintinueve años de tuberculosis.

Hay dos versiones famosas, las dos interpretaciones diferentes de Gould, una frenética la otra introspectiva.

Sólo existen las interpretaciones, pareciera. Gould decía que el murmullo que se escucha en sus grabaciones salía incontrolablemente de su boca en aquellos momentos que el piano no era capaz de interpretar la obra completamente.

No son los ojos, es el impacto abrumador de su mirada. No son sus labios ni sus dientes, son las cien pequeñas flechas de su sonrisa. No son sus palabras, son sus énfasis. No es el largo del pelo, es el modo astutamente femenino de cortarlo.

No es la economía, es la interpretación, bebito.

Alicia Lis, 7 de Noviembre, 2011

lunes, 31 de octubre de 2011

87. Un laberinto, un lienzo en blanco

Art Happens
James Whistler

Alicia debería haber sido regisseur y no oftalmóloga.


El día de la visita que no fue y de la conversación que no tuvo lugar (¿Puede haber existido un momento doblemente negado? Sí, claro, pero sólo por esa extraña regla matemática que indica que menos por menos es más) retomo, ese día Alicia en su auto escuchaba las Variaciones Goldberg ¿Casualidad? De ninguna manera.


Las Variaciones son parte de la banda sonora de El Paciente Inglés, obra enorme que contiene una decena de películas.


La primera es la historia de amor del conde László Almásy (Ralph Fieness) y Katharine Clifton (Kristin Scott Thomas; increíblemente –léase de de manera literal- linda). Ella es casada, él no. Se encuentran en el desierto africano durante la segunda guerra mundial. László traza mapas, Katharine acompaña a su marido fotógrafo; todos están perdidos y lo saben. El desierto con sus dunas cambiantes y huellas que desaparecen tras el viento es un laberinto perfecto, el desierto puede ser también un lienzo en blanco.


La película se ordena a través de una serie de flashbacks con Almásy yaciente y desfigurado por el fuego, bajo el cuidado de Hana (Juliette Binoche, tan linda como siempre pero más) en un monasterio italiano, ruinoso.


Recuerden, hago una síntesis salvaje de una película inmensa y enfáticamente fotográfica.


El Paciente Inglés tiene dos momentos memorables (miento, tiene muchos, pero aquí me estoy refiriendo sólo a la versión base) y esos dos momentos tienen que ver con pinturas.


Uno es de Hana, iluminando con antorchas los frescos de la capilla del monasterio, mientras se deja volar con un arnés abrazada a Kip (Naveen Andrews) soldado que llega a ese refugio.


El otro es de Katharine, dentro la Cueva de los Nadadores, sola, con una lámpara de aceite. Las figuras pintadas sobre la roca, sutiles, oscuras, esenciales parecen moverse bajo la luz dorada. Vuelven a nadar, desnudas, después de siglos, esa noche delante de sus ojos.


Mucho tiempo después de ver la película descubrí que los frescos no eran obra de un escenógrafo de Hollywood sino de Piero della Francesca y se los podía apreciar en la Basílica de San Francisco en Arezzo. La Cueva de los Nadadores es Wadi Sora, en el desierto de Libia y creo, me han dicho, está muy, muy dañada.


Alicia iba a ir a una exposición de pintura con Waldo y en su auto sonaba un tema de El Paciente Inglés.


Pintura rupestre que resalta la flexibilidad, la sensualidad de los cuerpos en el agua, en el medio del desierto (algo así como el deseo a la tercera potencia).


Pintura del renacimiento, obra maestra, redescubriendo esos mismos cuerpos largamente perdidos.


El origen y la vuelta al origen, subrayando la idea de belleza como universal del que participan las cosas bellas. Lo bello como retorno a lo bello. Lo bello como entidad única.


Pareciera que Alicia no fue del todo inocente y voluntariamente evitó ir a la exposición para poder plantear la idea –monumental en términos de Waldo- “…necesitamos de diversas muestras de arte para captar lo bello que está detrás de cada obra, quizás sea inmaterial seguir haciéndolo si ya lo hemos aprendido…”. La no visita como puesta en escena de una reflexión medieval.


El subrayado de lo que estaba escuchando, lo deja como pista para los espíritus policiales y cinéfilos.


* * *



Para escribir estas líneas volví a ver El Paciente Inglés durante el fin de semana, menos por la intención de ser preciso que por interés genuino de no dejarme ninguna opinión en el tintero. Rescato, ahora, dos escenas que quizá refuten el pensamiento de Alicia.


László y Katharine pasan por primera vez la noche juntos, refugiados dentro de su auto, mientras afuera los cerca una tormenta de arena. El desierto los puede sepultar para siempre, pero ellos apenas se rozan, sólo en las caras se les deja ver la pasión que reprimen. Tarde en la mañana son rescatados y cada uno duerme en la habitación de un hotel confortable. Ha pasado un día completo y László se despierta, aún sucio y revuelto por la arena. Al borde de la cama, de pie, lo espera Katharine con un vestido ligero y sutil y blanquísimo y muy fino. El la abraza y se arrodilla y la besa y le rasga, animal ese vestido y va corte. La escena siguiente, un primer plano sobre su cara que al alejarse nos lo deja ver cosiendo con delicadeza el encaje rasgado.


Segunda escena. Hana es enfermera y ha sufrido dos golpes simultáneos, la muerte de su prometido en el frente –cuando la guerra llega al fin- y la de su amiga al explotar una mina enterrada en el camino. Está convencida que aquello que toca, muere. Decide entonces bajarse de la caravana militar para guardar los últimos días de su paciente inglés en un monasterio abandonado. Lleva uniforme de soldado, gris. Se quita el casco y el pelo cae largo y revuelto, un ícono de la sensualidad femenina. La vemos tomar una tijera y cortarlo rápido, sin cuidado. Cada corte la hace más bella. En la escena siguiente cambia el uniforme por un vestido modesto. Más bella aún.


Cualquier hombre y cualquier mujer pueden enamorarse de László y Katharine y Hana. De los tres al mismo tiempo y tentarse, siguiendo a Alicia, y decir que los tres participan de la idea universal de belleza.


Sin embargo, modestamente, con Guillermo de Ockham opino que no existen los universales.


Sólo existen individuos, individuales. Lo universal no existe fuera de la mente. No existe la humanidad, es sólo una palabra que reemplaza a diferentes e incontables seres humanos. Es una palabra que los sustituye en la oración, que ocupa su lugar por la fuerza de las convenciones.


El mundo no es ordenado, no hay formas puras, patrones; no hay una idea única de belleza o de equilibrio o de lo que sea que alcanzamos a partir de contemplar ciertas personas que participan de esa cualidad. El mundo no es un teorema que una vez aprehendido no necesita ser resuelto nuevamente.


Cada persona debe ser resuelta. El enamoramiento y la belleza se dan espontáneos y de modo diverso. Cada uno es uno. László y Katharine y Hana lo saben.


El Arte Sucede. La vida también. Cada cosa se resuelve cada vez.


Guillermo García Avogadro, 31 de Octubre, 2011

lunes, 24 de octubre de 2011

86. Historias

Leo la entrada donde Alicia me participa. Es completamente cierto que en su auto sonaban las Variaciones Goldberg y tenía puesto un vestido con grandes círculos de colores. Lucía cansada, quizás alguna discusión con sus hijas, aunque ella prefiera describirlo como un estado entre el sueño y la vigilia (casualmente las Variaciones nacen del insomnio del Conde Kaiserling que alberga al clavicordista Johann Goldberg con el único objetivo de entretenerlo durante las noches…).

Para nada recuerdo la monumental frase …necesitamos de diversas muestras de arte para captar lo bello que está detrás de cada obra, quizás sea inmaterial seguir haciéndolo si ya lo hemos aprendido… Tal vez cierto mal humor por la espera (se me había quedado el auto) y una urgencia por volver temprano, la llevaron a que dijera, escuetamente, no creo que haya algo muy distinto en esta exposición –mientras hojeábamos el catálogo del año anterior- es tarde… ¿Querés qué te acerque a algún lado?

Alicia lucía cansada. Me preocupó, en las mujeres como ella el cansancio es una de las formas que toma la tristeza. Alicia estaba triste y quería quedarse sola.

* * *

Como Alicia -totalmente sesgado por la narración de Sábato- siempre tuve a Lavalle por un héroe romántico, por un hombre que habiendo batallado en ciento cinco combates por la libertad de este continente, en su gesta final para terminar con la tiranía de Rosas y acosado por el fantasma de Dorrego, de modo inexplicable, decide huir hacia el norte desértico y cansino, norte donde encuentra la muerte, de modo casual, a manos de las fuerzas federales.

Guillermo presenta otra historia, la de un Lavalle que al igual que el Coronel Kurtz de Apocalipsis Now, descubre, maduro, el horror de la guerra, las de la emancipación y las civiles, de todas las guerras.

Cualquier guerra se resume en matar. En matar y matar hombres y hombres y Lavalle en un atardecer pampeano entiende que ése es su don, la destreza para dar muerte. Decide entones incendiarlo todo, un colosal incendio que barra también con la gloria de la campaña de los andes, al fin una guerra más. El combustible es una orgía de ordalías y ejecuciones que no bastan para llevarle tranquilidad alguna y termina dándose muerte por su propia mano, como un cobarde, como un valiente.

La Historia son historias, como apunta Gustavo Bulacio. Solamente.

* * *

Zelig de Woody Allen es un falso documental para contar la historia de Leonard Zelig, el camaleón humano que en su deseo de obtener la aprobación de los demás toma atributos y rasgos de quienes lo rodean, volviéndose negro en compañía de Louis Armstrong y haciendo suyas por mero contacto las habilidades de médicos, músicos y pilotos.

Tras sobreponerse una temporada a su mal, la falta de identidad, vuelve a caer en el conformismo y la existencia camaleónica y huye del país. Zelig es seguido en el periplo intercontinental por la Dra. Eudora Fletcher (Mia Farrow) esposa, terapeuta y responsable de su cura, quien finalmente lo encuentra en la comitiva bávara de Hitler.

En la mitad del discurso del fuhrer, molesto por la presencia de los americanos, se introduce una segunda película basada en esos hechos reales. Zelig dentro de Zelig. Un documental dentro de otro. Eudora y Leonard, protagonizados por apolíneos e inmarcesibles estrellas de los años cuarenta, alcanzan su final made in Holliwood, escapando de sus perseguidores nazis a bordo de una avión piloteado por él. Baten el record mundial de vuelo transoceánico. Nada en ese film luce como los acontecimientos que narra el primero, tan falso como el segundo.

Años más tardes dirá el inevitablemente inglés Jeremy Irons “no importan los géneros, todo lo que filma Hollywood es ciencia ficción”.

* * *

Alicia nos cuenta, naturalmente, un encuentro, una charla que no fue. Lo real es insignificante sin trascendencia alguna. Ella lo recrea, crea un motivo que merezca el recuerdo.

Zelig evidencia la imposibilidad de llegar a ser como uno es. No somos muy diferentes de Alicia, todos queremos ser recordados de un modo especial, aceptados, queridos. Nos rescribirnos.

En la Historia perduran, complementarios y contrapuestos, cada intento de eternidad, versiones de nosotros mismos, agradables a distintos lectores, incompatibles con el principio de identidad.

Zelig, el falso documental y el falso documenta al cuadrado son la extensión visual de esa incertidumbre. De la incertidumbre de la Historia, de las historias de cada uno de nosotros.

Tres pájaros picotean una piedra, pobres.

Waldo Williams, 24 de Octubre, 2011


viernes, 14 de octubre de 2011

85. El ya no era parte

Esperaba a Waldo en la Vicente López. Un oprobio, si no fuera por las medialunas.



Las seis de la tarde y Maipú era una masa indistinguible de colectivos y gente y colores opacos y el día haciéndose noche y el ruido y la nada y la confusión. Waldo, cansado, bajó de un sesenta creo, el auto se había quedado antes de llegar a la General Paz.



Mi vestidito con grandes círculos en colores primarios estaba amenazado por olas de frituras que los extractores no alcanzaban a contener. Cuando Waldo cruzó la puerta yo ya había pagado y lo invité a subir al Smart.



A salvo. Entrecerré los ojos y puse Las Variaciones Goldberg. Me dejé estar sin arrancar el auto.



El sacó de una bolsa de papel el catálogo de Arte Espacio. Le digo… ¿Cómo, ya fuiste? ¿No ibas a ir conmigo, ahora? Waldo me muestra la primera hoja, leo del 16 al 20 de Septiembre del 2010 ¿Estás jugando al túnel del tiempo...? ¿Quién es Tony…yo soy Douglas?



Waldo va hasta la última página, donde se listan los artistas participantes, al lado de cada nombre, a mano con una letra familiar pero irreconocible una puntuación, una flecha, un comentario. Lo miro sin entender. Waldo sonríe ¡No lo puedo creer…se ha hecho blanquear los dientes! Se da cuenta que me doy cuenta y se gira, como al descuido, contra la ventanilla y mirando al piso dice, me dolió un montón, no me lo hago más. Mirando al piso más fijamente aún deja caer es la letra de Quety.



¿Quety? ¿El año pasado fuiste con Quety? ¿Te veías con Quety…mi mejor amiga? Digo desconcertada.



Una probabilidad en veinte millones cuatrocientos cuarenta y siete mil trescientos treinta y ocho, si confiamos en los números de Moreno y te exceptúo a vos. Lo sé, una probabilidad baja; pero no imposible.



No me dijeron nada.



Preferimos ser prudentes, contesta Waldo, lacónico, mientras hojea el catálogo como buscando la receta de la felicidad.



Quety es una de las pocas mujeres que cuando sonríe pone distancia. La estrategia comunicacional que mejor se le da a Waldo es el monólogo. Me pregunto cuánto de la decisión de Quety de irse a enseñar francés al harem del emirato tuvo que ver con la prudente relación que mantenía con Waldo. Salvando las distancias (Waldo no habla noruego) Liv Ullmann confesó una vez Me resulta imposible vivir con Bergman, pero luego de vivir con él no podré hacerlo con otro hombre que no sea Ingmar Bergman. Si fuera hombre y no pudieran decir de mí que me aman o me admiran, me gustaría que me recordaran de esa manera.



Era evidente que Waldo quería contármelo, pero no estaba interesado en ir más allá de lo dicho ¿Quién entiende a los hombres, eh? Mis reflexiones le dan aire y despersonalizando el tema, abre el catalago y me muestra el trabajo de Fernando Goin. Sabe que me va a gustar, carbonilla de una pareja paseando en Vespa. Ella conduce, look años cincuenta. En el margen Quety le asigna 6/7 puntos. Para mí, máximo glamour.



Una idea simple, tanto que no puede ser cortada en dos. Lo simple tiene más posibilidades de ser bello que lo complejo.



La navaja de Ockham, aplicada a las artes plásticas, completa Waldo.



Tiene razón.



Guillermo de Ockham se hizo famoso por su navaja, las buenas metáforas siempre ayudan, aunque dedico su vida, creo, al problema de los Universales, tal como lo discutimos en el círculo DIOR.



¿Existen universales o sólo cosas singulares? Vamos al cuadro de la Vespa. Cuando pronunciamos la palabra moto ¿Nos referimos a ésta en particular o a una entidad “moto” universal que funda la realidad de todas las motos que andan por ahí? ¿Existe la idea de esta moto, o es una construcción de nuestra mente? ¿Por qué son parecidos algunos objetos? ¿Por qué la muestra de arte de este año luce tan similar a la del año pasado que pareciera no ser necesario visitarla? ¿El lenguaje reagrupa las cosas parecidas de modo artificial para comodidad del entendimiento humano en categoría generales o existen formas universales de las que participan las formas específicas?



A esta altura estaba un poco mareada, pero concluyamos, falta sólo una puntada, para Ockham las cosas son singulares, sólo existen motos, ésta y aquella, lo universal es erróneo.



Mi amiga Renée y yo no estamos de acuerdo con Guillermo.



¿Qué cosa hay en común entre la moto de Goin y digamos algo bien diferente, un óleo de Xul (Solar)? El ojo reconoce en esos trabajos una forma común de la que ambos participan, la de la belleza. Tiene que haber algo real en esas formas, no puede ser sólo la estrategia de una mente perezosa que clasifica a como de lugar para aprender más rápido y más fácil. No se puede clasificar nada que no se preste a ello.



Los objetos que se parecen participan de la misma universalidad y eso universal sólo lo percibimos a través de los conjuntos de cosas reales y diversas que participan de esa forma común.



Con las Variaciones de fondo, lentamente me despierto de mis reflexiones y entre sueño y vigilia digo, como justificando nuestra inmovilidad, nuestra estancia en mi auto, necesitamos de diversas muestras de arte para captar lo bello que está detrás de cada obra, quizás sea inmaterial seguir haciéndolo si ya lo hemos aprendido….



Creo que fue la única vez que dejé sin palabras a Waldo, que seguía buscando sin éxito, en la diminuta letra de Quety, la forma universal de la que él ya no era parte.



Alicia Lis, 17 de Octubre, 2011

viernes, 7 de octubre de 2011

84. Historia de Juan

Esta es la historia de Juan Galo de La Valle, hijo de Manuel José Levieux de La Vallée y Cortés, contador de las Rentas y el Tabaco del Virreinato del Río de la Plata, quien a los quince años se llamó a sí mismo Juan Lavalle, para desprenderse de su origen español y unirse como granadero al Ejército de los Andes.



En la batalla de Riobamba con menos de noventa hombres derrota a más de cuatrocientos realistas. Para San Martín sería la primera espada de su ejército… Lo que Lavalle haga como valiente, muy raro será el que lo imite y el que lo exceda ninguno. Su coraje lo distingue en las campañas de Chile y Perú y no caben en su pecho las condecoraciones que cinco naciones le entregan. A su vuelta defenderá de los indios la frontera sur del río Salado y luego, bravo e irremplazable, luchará la guerra contra el Brazil. En Ituzaingó, audaz y con la suerte en contra, triunfa sobre las tropas del imperio y asciende a General en el campo de batalla.



De regreso, los unitarios, que buscan retornar al poder lo convencen de enfrentar a Dorrego, gobernador de Buenos Aires, a quien apresa y ejecuta…y luego las dudas, el infortunio y el tiempo y el pedido de un pasaporte y el exilio en Montevideo y Rosas en el gobierno largamente.



* * *



Han pasado diez años y quizás convencido de poder terminar con la tiranía, con Rosas, con su hermano de leche, vuelve a la patria.



Desembarca en Entres Ríos, vence en Yeruá y lanza una arenga…La hora de la venganza ha sonado. Vamos a humillar el orgullo de esos cobardes asesinos. Es preciso degollarlos a todos. Muerte, muerte sin piedad…Derramad a torrentes la inhumana sangre para que esta raza maldita no tenga sucesión…



Leerlo fue conectarlo con el enloquecido general Walter Kurtz (Marlon Brando) de Apocalypese Now, ex boina verde de gran formación y enorme inteligencia. En una grabación de 1968 Kurtz dice…Debemos matarlos. Debemos incinerarlos. Cerdo tras cerdo, vaca tras vaca. Poblado tras poblado. Ejércitos tras ejército… Me llaman asesino ¿Cómo se dice cuando los asesinos acusan a otros de asesinos?...Mienten. Los odio. De verdad los odio…



Kurtz era uno de los oficiales más extraordinarios que produjo América. Luego se unió en Vietnam a las fuerzas especiales, después sus ideas y sus métodos se volvieron dementes. Rodeado de primitivos, en el medio de la selva es el dueño de la vida y de la muerte.



Dice el general Paz en sus Memorias… En el ejército de Lavalle no se pasaba lista, no se hacía ejercicio periódicamente, no se daban revistas. Los soldados no necesitaban licencia para ausentarse por ocho o por quince día, y lo peor es que estas ausencias no eran inocentes, las hacían para ir a merodear y a devastar el país.



La teoría y la disciplina militar son un modelo de organización y una coartada. La guerra es poco racional, es demencial. La guerra es matar más hombres que el otro, tantos más, tanto más rápido, tanto más brutalmente para que el otro abandone, se rinda, desaparezca. La guerra es el horror de la guerra. La guerra no es el clarín, ni la bandera inmaculada ni el caballo blanco, es el barro y la carga a degüello y el general ya se había dado cuenta. Brutal y sin retorno. No se vuelve a la inocencia.



Lavalle llega hasta las puertas de Buenos Aires pero no ataca, le escribe a Dolores, su mujer, No he encontrado sino hordas de esclavos, tan envilecidos como cobardes y muy contentos con sus cadenas... No concibas muchas esperanzas… Su lucha contra Rosas no entusiasma a los paisanos, los franceses retacean el apoyo prometido, el fantasma de Dorrego lo persigue, entonces mueve sus hombres hacia el norte, a los Andes, hacia el calor, el viento y la tierra, hacia sus principios, hacia la primera gloria, pero como queriendo incendiarla, para siempre.



Santa Fé es saqueada y los soldados no vuelven al ejército sino después de cincuenta días de desorden, borrachera y escándalos.



Lavalle está en el corazón de las tinieblas. Nada se respeta ni las manadas de yeguas, ni las crías de mulas que se destrozan para hacer botas.



Descontentos, antiguos jefes, poco a poco se irán yendo, Chilavert, Montero, Paz, Elía, Vega, Pueyrredón, Salvadores, Pieres…



Fusila y fusila, cuanto más grande sea el número, menos caras en el recuerdo. Fusila y fusila; al baqueano Viana y también el Capitán Rodríguez, que entra a San Pedro con bandera blanca en alto y al gobernador Méndez y al gobernador Villafañe y a Franco y a Guerrero y también a Boedo, Pereda y Chavez. A estas alturas, Dorrego es sólo un grito más y sentirse Dios, una gran tentación.



Lavalle, cuenta Paz, ya no era el atildado oficial de la escuela de San Martín. Su vestimenta y sus actitudes mostraban un cambio enorme: desaliñado, sin cuidar de sí ni de la disciplina de su ejército, daba la impresión de andar como dormido, de estar dominado por un escepticismo invencible. Como Kurtz en el medio de la selva.



En estas tierras no hay quien me mate, gracias al terror que inspiramos, confiesa Lavalle y en ese momento, o tal vez la tarde siguiente quizá lo atraviese la frase que le deja San Martín, años atrás, al dejar el Río de la Plata… Una sola víctima que pueda economizar a su país le servirá de un consuelo inalterable… y Lavalle que nunca ha huido comienza a retirarse, en ese momento o tal vez la tarde siguiente, llevando consigo a Damasita Boedo, hermana del fusilado Mariano, que lo sigue buscando vengar su muerte o encendida por un amor raro.



Llegan a Jujuy. Golpean las puertas de varias casas, no hay nadie o nadie los quiere atender. Entran a una casa vacía, la de Zenarrusa, los soldados se acomodan en los patios y ellos en una pieza grande y tentadora, al fondo.



A las seis de la mañana se oye ruido de caballos. La partida enemiga son catorce hombres dominados por el miedo. En la casa, el único que mantiene la sangre fría es Lavalle. Nos vamos a abrir paso dicen que fue lo último que dijo. Suenan los disparos y una bala perdida lo mata.



Mienten que la bala perdida entró por la cerradura, lo dicen a sabiendas de que las balas no podían atravesar la pesada puerta de madera. Mienten, mienten…esa bala enemiga no puede haberle dado muerte. Cerrados desde adentro esos humildes pistolones nada podían hacer ¿Damasita? Imposible, los viejos leales del general no la habrían protegido jamás. Tampoco lo hicieron esos hombres que lo acompañarían hasta el último círculo del infierno.



Lavalle era un hombre derrotado. Había buscado la muerte en Famaillá sin éxito, con éxito había matado todo lo bueno de su juventud. Derrotado se quita la vida y cae en el zaguán ensangrentando la bufanda de vicuña. Como Kurtz, puede haber balbuceado…El Horror, el horror… No de la mazorca ni de la montonera, el horror de sí mismo.



Sus amigos callan y ocultan. Huyen hacia adelante, hacia el calor, el viento y la tierra, al corazón de las tinieblas.



Guillermo García Avogadro, 7 de Octubre, 2011

miércoles, 5 de octubre de 2011

83. Vanidad

Alicia inicia su entrada envuelta en una bata de toalla, eligiendo que ponerse para una vernissage. En quince líneas nos dice sobre la vanidad de las bibliotecas, lo efímero del bienestar de una salida de baño, la ropa como espina dorsal de la personalidad a construir y la sexualidad latente de un vestido rojo.

Luego a través de un brodery introduce un recuerdo de la primera juventud, una de sus primeras salidas con su futuro marido y en trescientas cincuentas palabras resume el Romance de la Muerte de Juan Lavalle. Compara hacer un resumen con trazar un mapa y ambas tareas con imitar el trabajo de Dios (en este caso Sábato) aunque sea de modo imperfecto (ella sabe que en su resumen se escapa la tensión y gran parte de la épica del relato; pero sabe también que sólo se puede sintetizar lo que se captó en esencia).

El Romance cuenta un destino sudamericano, como el de Juan Narciso De Laprida, un destino universal. Cuenta el final de una vida, perseguida por los fantasmas de la juventud; registra las vueltas de la rueda de la fortuna, ayer la primera espada del Ejército de los Andes hoy un fantasma harapiento y traza un paralelismo con la corta vida de su marido, que a la larga es la corta vida de todos.

La narración opera también como cierre a la serie última de Lapicerapices. Hablamos sobre los cerebros de Borges, de Einstein y de Kennedy. Cerebros y recuerdos. Sobre la tensión entre cabeza y corazón. Los ciento setenta soldados llevan el corazón de un jefe y una cabeza sagrada, las dos cosas.

La entrada se inicia con una cita de Borges, de alguna manera el reverso de Sábato, el homenajeado. Alicia nos invita al acuerdo pero también a continuar la polémica.

Drácula (no sé si el de Bram Stoker o el de Bela Lugosi) dice que los espejos son una manifestación de la vanidad humana.

Voy a la cocina en búsqueda de algo, un sándwich de queso, un pedazo de leber(wurst) algo…Sobre mi heladera (Siam Bolita, circa 1953) los siete tomos de En Busca del tiempo perdido y los tres del Diccionario Filosófico de Voltaire. Alicia tiene razón, Fabio Zerpa no sé.

Waldo Williams, 5 de Octubre, 2011


lunes, 3 de octubre de 2011

82. Esa noche bajo las estrellas

82. Esa noche bajo las estrellas


La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece
Jorge Luis Borges


Estoy parada en el medio del vestidor. Tengo un vestidor grande, me cuesta tirar. Si alguien acumula libros y los guarda en un cuarto llamado biblioteca, ocupando metros y metros lineales, aunque sepamos que difícilmente vuelva a releer más de cinco, no pasa nada, es el guardián de un tesoro. Ahora si la guarda es de ropa, una es una frívola y una mezquina por no donar faldas y saquitos a Cáritas. El guardián que expone con vanidad lo que ha leído es igual de frívolo y también debería hacer su donación parroquial.


Salí de la ducha envuelta en una bata de toalla que me regalaron en el Four Seasons de Carmelo. A estas batas abría que aplicarles un procedimiento análogo al que usamos para determinar la edad de los perros en años humanos, contabilizando cinco por cada mes de uso. A los seis meses, andan por los treinta y a los doce ya están para jubilarse. Gruesas, suaves y esponjosas en un principio, rápido devienen en finitas, ásperas y pesadas. Hay que saber decirles adiós. Epifanía, hoy estamos estrenando.


El principio de la primavera desconcierta, o estás muerta de frío o te asás de calor. Voy a una muestra de arte, busco algo colorido. Cuando una mujer dice no tengo que ponerme, no hay que interpretarla literalmente (nunca hay que interpretar literalmente a una mujer) lo que ella quiere decir, lo digo por experiencia propia, es no encuentro la ropa que hoy diga de mí lo que quiero que los otros lean.


Miro las perchas una por una, ordenadas por color y antigüedad. En la última, un vestido colorado con algo de brodery.


Toda mujer tiene que ponerse un vestido colorado, al menos una vez en la vida. Así lo hicieron Marilyn en Niágara y Michelle Pfeiffer en Los Fabulosos Baker Boys, única película en la que está fatalmente sexy, si pasamos por alto –claro está- Batman (donde tenía que entalcarse completamente para poderse meter dentro del traje de látex negro de Gatúbela…).


Levanto la percha, sólo una vez lo usé, cuando tenía veinte, en una de las primeras salidas con Patricio, mi novio en ese momento. Era verano, cerca de navidad y fuimos a escuchar Romance de La Muerte de Juan Lavalle en San Isidro. Su padre le había prestado un MG B de colección color verde inglés y yo llegué bastante despeinada, no había previsto ni vincha ni pañuelo para el convertible. Daba igual, a Patricio le gustaba más así, no tan prolija. Nos sentamos en las gradas altas, abajo, cercanos a Sábato y Falú los vi a Esteban Martini, Guillermo y Andrea, su novia de ese momento con un vestido colorado exactamente igual al mío. No era un modelo exclusivo.


En esa época no nos veíamos mucho, Guillermo y Waldo sentían que competían con Patricio y la diferencia de años, la experiencia e historial con Amex, era difícil de remontar. Estacionando el Taunus Ghia del padre de Esteban a Guillermo se le hubiera venido el alma al piso de verme bajar de un auto con el que había jugado de chico y al que sólo podía acceder en su versión a escala 1/64 de los Matchbox coleccionables. Creo que nunca le dije que compartimos esa noche bajo las estrellas, porque de algún modo la compartimos.


Lavalle desembarca para combatir contra Rosas en 1840, después de años de exilio. Ante el desconcierto de sus soldados, no atacan Buenos Aires y marchan hacia el norte, peregrinaje que durará casi dos años.


Y las batallas se pierden bajo el fantasma de Dorrego, a quien hace años mandó fusilar, joven, en Navarro.


Quebracho Herrado inicia el desastre final y luego de la derrota de Famaillá, sólo ciento setenta hombres permanecen fieles a su jefe. Marchan hacia el norte y ni siquiera son soldados; son seres derrotados y sucios. Algunos, muchos, no saben tampoco por qué combaten. Ciento setenta hombres y una mujer, porque también va al lado de Juan Lavalle, Damasita Boedo que en la ciudad de Salta decidió unirse al destino de esos derrotados.


El General Juan Galo de Lavalle, descendiente de Pelayo y de Hernán Cortés, parece el harapiento fantasma de aquel Lavalle de la independencia.


El General va enfermo, hace días que no duerme. En Salta, el doctor Bedoya les pide que huyan a Bolivia, de cualquier manera, pero es inútil, nunca ha huido en su vida.


Esa noche se escuchan algunos disparos. Los federales no saben a quién han muerto y tienen que salir antes de que lo adviertan. Oribe ha jurado mostrar la cabeza de Lavalle en la Plaza de la Victoria. Aquellos ciento setenta hombres inician entonces su marcha final hacia el exilio, setenta leguas hasta la frontera de Bolivia.


Días de angustia con el cadáver de un jefe querido, galopando bajo el sol de la Quebrada. Podían dispersarse en la montaña, huir en todas direcciones, después de enterrar a Lavalle, pero no se detendrán hasta Bolivia, no cejarán hasta que el cuerpo de su General tenga descanso digno.


El sol pudre el cuerpo de Lavalle. A los tres días de marcha comprenden que es imposible seguir así y resuelven descarnar el cadáver.


Llevan un montón de huesos, el corazón de un jefe y una cabeza sagrada. Al fin, en medio de la noche atraviesan el límite de la patria y pueden derrumbarse en paz, pronto no se distinguen, polvo en el polvo.


Me gratifica resumir el largo romance en sólo trescientas cincuenta palabras, quizá porque es una tarea similar a dibujar un mapa. Me encantan los mapas. El contorno del Golfo de San Jorge, de color negro, apenas salpicado por azul marino es el golfo, aun perdiendo toda su belleza está ahí.


Dibujar un mapa es remedar la acción de Dios, aunque de modo tosco e imperfecto.


Tomo un largo trago de jugo de tomate con mucha pimienta que me acerca Feliciana. Quisiera imitar la tarea de Dios y producir, re-producir aquella noche de verano en San Isidro.


Un vestido colorado que no era único, pero yo sí lo era para Patricio, bajo las estrellas. El acompañando en susurros cada línea recitada por Sábato, joven, sano y seguro de sí. Todo estaba por hacerse, las vísperas, siempre son júbilo; las realizaciones, en cambio, cargan el desasosiego de los fantasmas.


La vida convirtió en un fantasma harapiento a Lavalle a quien San Martín llamó La Primera espada del Ejército de los Andes.


Fantasma sí, harapienta no. Me pongo un chemise de seda con grandes círculos en colores primarios; cuelgo el vestidito con brodery para siempre, salgo, Waldo me espera en el Almacén de Arte.


Alicia Lis, 3 de Octubre, 2011

lunes, 26 de septiembre de 2011

81. A veces una noche

Pueden guardarte en una jaula por nada
Pero el amor es más fuerte
Andrés Calamaro


Me acuesto, mi cabeza está cansada de palabras corporativas (forecast, budget, tasks…) en la laguna el metálico croec-croec de las ranas, monocorde y naturalmente sincronizado. Mis hijos se van durmiendo mientras se cantan a sí mismos su versión de Manuelita, en vez de arrancarse los dientes golpeándose contra el borde de la cama. A veces una noche puede ser casi idílica.

En su última entrada Waldo nos recuerda la película de Abraham Zapruder, en la que se ve cómo el cerebro de Kennedy se derrama hacia atrás en el momento del impacto de la bala. Algo caerá sobre el vestido de Jackie, algo en el tapizado del convertible, en el agente de seguridad que cubre el cuerpo del presidente, en un guardabarros, en el asfalto de Dallas.

¿Dónde están los recuerdos? ¿Dónde han ido a parar? ¿Dónde la noche interminable de la segunda guerra? ¿Dónde el viento frío de enero, sobre la cara, el día del primer discurso a la nación? ¿Dónde la piel suave de Marilyn? ¿Dónde la secuencia de las diecinueve medicinas diarias? ¿Dónde el día que le tomaron la foto con su hijo John, saludando desde abajo del escritorio en el salón oval?

¿Dónde están los recuerdos? En cualquier lugar.

* * *

Conocí a Fernando Albinarrate cuando tenía dieciséis años, pero ningún piano, todavía. Tengo la sensación que era tarde y había terminado su práctica en uno desvencijado, infame del aula de música del Colegio San Miguel, en el borde más clase media de Barrio Norte. Llevaba un montgomery azul (en esa época ya no usábamos sobretodos, pero las madres muy protectoras no se resignaban a las camperas que no te tapaban el traste) estaba guardando las partituras Riccordi en una bolsa de tela azul, muy al estilo bolsa de hacer las compras. Calzaba anteojos de pasta y gruesos, insondables cristales verdosos, que hoy, treinta años después pareciera no necesitar.

En esa misma aula, su maestra advirtió, a los seis años, que precisaba lentes. Recuerdo cuando me contó el primer día que vio la cara de su su madre con mirada y sonrisa de madre y no como una nube sonora y borrosa. En el caso de Alby, primero fue el verbo, los tonos, el ritmo y mucho tiempo después las imágenes.

Su madre era Lola… ¿Puede haber nombre mejor que Lola, Lolita, para el personaje de la madre de un músico? Don Raúl, el padre, en su piso de soltero contaba haber tenido armado en un rincón su Rick´s Cafe, al estilo de la Casablanca de Bogart. Nunca estuve en ese piso, pero compartimos varios comidas en el Riobamba, antes que desangelara en pizzería.

Los tres vivían en un departamento de dos ambiente en la calle Juncal y pronto tuvieron que apretarse un poco más… había llegado a la casa un piano Kimball. Junto a ese piano, pasé las mejores tardes en los inicios de los ochenta.

Hace pocas semanas atrás, en un escenario de Buenos Aires, Alby le confirma a Alicia Terzian que su música es teatral, que ama al teatro. Raro, nunca fuimos, creo, juntos al teatro, aunque sí muchas veces al cine, muchas con Lolita y Raúl y con almuerzo en Edelweiss. Alby era fan de Bette Davis, La Malvada era una de sus favoritas, también de Charles Laughton y La noche del cazador. Hasta aquí ninguna coincidencia.

A los dos nos encantaba la Comedia Musical, , con mayúscula.

A mí desde que mi abuela Hebe me llevó al cine Callao a ver Erase una vez en Hollywood y a la salida bailé con mis siete años dos cuadras seguidas de la avenida. Nada nuevo.

Alby, creo, seducido por el jazz de Los Aristogatos.

Yo soy desafinado y en el baile, bien me puedo comparar, con una estaca pampa, bien clavada en una cancha de básquet.

Juntos escribimos tres comedias musicales y Alby particularmente componía para que yo pudiera darme un gusto en el escenario. También se lo dieron Marisa, Ticha, Tere, Sandra, Gabriela, Fernanda, Alejandra, Cecilia, Miguel, Daniel, Gustavo, Ezequiel, el gordo Costa, Julito, Ezequiel, Rizzo y decenas de coreutas.

Mi psicoanalista le recomendó el suyo. Digamos que somos primos por parte de terapeuta.

Alby dejó Derecho, se dedicó a la música y vive en París desde hace años. Yo también dejé Derecho, me recibí de Psicólogo y por años no escribí una sola línea.

Asimetría e inversión.

Alby estuvo en Buenos Aires la última semana de agosto para el estreno internacional de su Gavroche. Desde la tercera fila, a lo único que yo prestaba atención era a su piano. Como siempre, tocaba como si no pasara nada, como si estuviera practicando algo en su casa, tranquilo, dominando todo. No tengo vocabulario musical, no sé cómo explicarlo, había densidad sonora, profundidad. Algo fuerte, orgánico. Era el piano que yo recordaba de tantas veces, pero calzando el traje de Superman y con la capa roja al mango. Era el piano Kimball pero con genética de superhéroe.

Me paro y camino queriendo pasar por sombra en el medio del concierto, había vibrado el celular y tenía que llevar de urgencia a Benjamín al médico, a una guardia, lejos, a más de una hora de allí. Levanto un par de veces la mano, como diciendo, acá estoy, arriba, impecable, quiero que me veas, pero los focos del escenario son más fuertes y no da gritar ¡Grande Alby! ¡Maestro! No da y me voy, silbando bajito La Suma Navideña el primer hito de su curriculum.

Las salas oscuras siempre me cobijan, demoro la salida, antes de cruzar la puerta agudizo la mirada y recorro las plateas, nadie de los viejos tiempos.

¿Dónde están? En Cualquier Lugar.

Guillermo García Avogadro, 26 de Septiembre 2011


martes, 20 de septiembre de 2011

80. Organo predilecto

El cerebro es mi segundo órgano predilecto
Woody Allen


Y te aclaro, Alice, por las dudas, que el corazón no es el primero.


La película JFK de Oliver Stone, gatilló en 1992 la creación del Assassinations Records Review Board, entidad independiente con la misión de recopilar y proteger datos sobre la muerte de Kennedy, no para identificar sus asesinos. El Board cesó sus actividades en 1998 con un informe de 32 carillas. Como todo informe oficial, arroja más sombras que luces.

Veamos que dice acerca del segundo órgano predilecto (estoy seguro) de Kennedy.

En la autopsia del presidente hubo dos cerebros: el primero y auténtico, hecho jirones por el impacto de una bala con entrada frontal. El atentado quedó grabado en la memoria colectiva gracias a la película de 8 milímetros de Abraham Zapruder, en la que se ve cómo el cerebro de Kennedy se derrama hacia atrás en el momento del impacto de la bala. En el hospital de Dallas lo sacaron del cráneo, lo pusieron en una jarra blanca y faltaba más de la mitad.

El segundo, fotografiado en Washington después que el cadáver fuera trasladado allí en avión, apenas dañado, presentaba una herida de bala por detrás. Este es el que ha quedado registrado en la historia oficial a través del informe de la Comisión Warren. Es la prueba de que Kennedy sólo pudo haber sido asesinado por Lee Harvey Oswald, disparándole por la espalda desde lo alto de un depósito de libros.

Francis O´Neill, un agente del FBI que presenció ambas autopsias, testificó en los años noventa que en el cadáver "no quedaba mucho del cerebro" mientras que en la fotografía que guardan los Archivos Nacionales, el encéfalo aparece completo.

John Stringer, fotógrafo que retrató la autopsia afirma que las fotos que él disparó no son las que constan en el registro oficial.

Jeremy Gunn, ex director ejecutivo del Board dice que muy posiblemente los forenses revisaron dos cerebros diferentes.

Entonces, digo, alguien se quedó con la mitad que pusieron en la jarra blanca, con la mitad que no servía para incriminar a Oswald. Alguien tiene en una caja de cedro el cerebro de Kennedy.

Yo no creo, que aun habiendo sido descabelladamente riesgoso guardarlo, el encargado de deshacerse del verdadero medio cerebro de Kennedy haya llevado adelante su misión hasta el final.

Fue el caso inverso al de Tritón, leñador obligado a dar muerte a Blancanieves (de cortarle la cabeza) que cuando esgrimir el hacha quiso contra la inocente, sintió que sus fuerzas lo abandonaban. Por el contrario, el oficial americano justo antes de arrojar kilo y medio de neuronas en algún recodo del Potomac, se cargó de valor y volvió sobre sus pasos.

No era un agente de inteligencia, no, era un médico militar de Colorado, hijo de mormones, parecido a Donald Sutherland de joven. Siempre había votado por los Republicanos, pero la última vez, contrariando a sus padres lo había hecho por un católico, por Kennedy. De algún modo se las ingenió para atravesar Nuevo México y disimulando, luego, la frontera. Llegó, como no podía ser de otra manera a Suramérica, a Buenos Aires. Primero vivió en un hotel de Constitución, luego se perdió en la Chubut Galesa, donde pasaba bien desapercibido. Fue arriero, mayordomo de estancia y cuando abuelo abrió una casa de té. Jamás volvió a practicar la medicina, veía sangre y caía desmayado. En la oficina donde hacía las cuentas y atendía a proveedores, en un estante lateral, junto a La Filosofía del Diablo de Ambose Bierce, una jarra con una especie de pechuga de pollo gris. Nunca nadie preguntó nada. Desapareció con su muerte, algunos dicen que sus hijos enterraron la jarra junto al padre. Que en paz descansen.

* * *

Viene a mi memoria una tarde de Acción Católica, el padre Marqué (León Dionisio Marqué) nos dice que en los Testamentos los órganos más citados son primero el corazón y luego los riñones y las entrañas. Del cerebro nada, aunque desde siempre estuvo muy cerca de ojos, boca y orejas.

¿Somos ingenuos o lo fueron nuestros mayores?

Desde hace un tiempo, en los papeles, la cabeza es todo. Pero ¿Si le cortan el cuerpo, qué queda? Ecos de oscuridades y resplandores quisiera. Oscuridad, nada más que oscuridad y mis deseos, mis deseos sólo.

Waldo Williams, 12 de Septiembre del 2011, Federico Lacroze y Corrientes