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lunes, 16 de mayo de 2011

62. Ninguno de los dos va a la cita (Borges y Calamaro)

La última vez que nos vimos eramos primos
la próxima vez quizas seamos extraños
segun pasan los años puede ser qu ellegue a ser
un viejo desconocido, el novio del olvido.

Andrés Calamaro


Un Jorge Luis Borges mayor se encuentra con el Borges adolescente.El mayor vive en 1969 y el menor en 1918. Los dos comparten un banco sobre el río, mientras el anciano ve correr el Charles en Oxford; el joven pierde su vista frente al Ródano en Ginebra. Borges dice querer olvidar ese momento para no perder la razón.

El Borges narrador se reconoce en un estilo criollo silbado por el chico. No le es indiferente, le trae recuerdos de un patio de Palermo. Prefiere estar sólo pero sin embargo se queda, dice, para no lucir incivil. Busca demostrarle que los dos son Borges y que lo que están viviendo no es un sueño.

Hablan de su historia, pero fatalmente hablan de letras. Medio siglo no pasa en vano, piensa Borges y comprende que no pueden entenderse. Son demasiado distintos y demasiado parecidos. No pueden engañarse, lo cual hace más difícil el diálogo. Cada uno es el remedo caricaturesco del otro. Aconsejar o discutir es inútil.

Se proponen verse al día siguiente pero los dos faltan a la cita.

Apretada síntesis de El Otro, J.L. Borges, El Libro de Arena.

Lo fantástico del cuento está menos en la trama que en el título. Borges se refiere a sí mismo, en la juventud, como “el otro”. Hoy son dos personas bien diferentes. Nada permanece, todo cambia y enfrentar dos versiones de uno mismo tan separadas por el tiempo nos pone al límite de perder la razón.

Dice Daniel Zuñiga, “…esta narración no habla del encuentro de Borges consigo mismo. Es la historia nuestra de todos los días cuando nos vemos en una foto, o cuando una persona vuelve a nuestra vida y trae con ella recuerdos del pasado. Es la historia de nuestro eterno chocar con lo que alguna vez fue y no puede repetirse; pero sobre todo de nuestra imperiosa necesidad de olvidar, porque de lo contrario viviremos el tormento de esa versión anterior que -incapaz de comprendernos o nosotros a ella- parece que toma vida con el único fin de provocarnos la terrible duda de si, en nuestro pasado, no habremos soñado alguna vez con lo que nos hemos convertido…”. Gracias Daniel, sólo el plagio o la cita, podían hacer justicia a esta elegante conclusión.

Vuelvo por un momento al texto de Borges.

Dice el joven – Si Usted ha sido yo ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que le dijo que él también era Borges?

- Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo.

Aventuró una tímida pregunta -¿Cómo anda de su memoria?

Le contesté – Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan.

La memoria suele parecerse al olvido. Dormir es distraerse del mundo. Pensar es olvidar diferencias. El olvido es la única venganza y el único perdón.

En un siglo donde la guarda y el acceso a los recuerdos es el canon, la regla, Borges pareciera que equipara el valor del Olvido al del del Recuerdo.

El olvido, como la memoria, selecciona lo que desea guardar. El descanso y el perdón lo requieren.

Quizá cuando el pasado agobia, cuando abruma el tiempo perdido, en vez de ir a buscarlo, en contra de Marcel y Sigmund, convenga distraerse de él, de nosotros mismos.

Llegar a ser el novio del olvido, puede ser un honesto programa de trabajo. Una tarea que permita enamorarnos otra vez.

Más allá de todo, la pregunta de Zuñiga sigue interrogándome artera, en mi cabeza… ¿En nuestro pasado, no habremos soñado alguna vez con lo que nos hemos convertido?

Conclusión provisional “Ten cuidado de soñar algo con mucha fuerza, puedes alcanzarlo”.

Guillermo García Avogadro, 16 de Mayo, frente al Río de la Plata

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