Verano del 82 o del 83. Quizá me equivoque, no importa, fue hace tanto tiempo que la perspectiva juega a favor de la memoria incierta. El pretérito perfecto, ese cuyas acciones se inician y concluyen en el pasado, es siempre lejano, no importa cuánto.
Siesta irresponsable, calor sofocante. No hay SMSs, ni redes sociales. Sólo amigos.
Esteban Martini, un tío y Daniel Rolleri se encuentran en el amarradero de CUBA en Núñez. Los padres de Daniel están en Miramar los de Esteban en el sur. Diciembre es un mes de casamientos, enero de liberación de adolescentes. Sólo ellos saben lo que hacen, sólo ellos saben con quién y dónde están.
Abordan el barco del gordo (de Esteban…de Jorge, el padre de Esteban). No es el Caribe, no. El Caribe era un grumete de madera donde aprendimos a navegar. Este es el otro, el nuevo, uno de fibra de vidrio, un eighteen de nombre olvidado. Dos cocas y facturas y caladril para la nariz y al río de una vez por todas.
El sol revienta, la brisa es mínima, el velero apenas se mueve a fuerza de bordes y bordes. La costa está ahí nomás. Esa costa sin gracia, de enormes bloques de cemento; la cancha de River, la ciudad universitaria y el arco que describe la autopista. Cubismo puro. Juan Gris y río barroso.
Ningún vértigo, la mayor y la genoa cuelgan inertes, son sábanas secándose al sol. El río está bajo, no llegan a cruzar el canal Mitre, quedan varados, el quillote encajado en esa ciénaga que es el Plata. Les da igual, nada importante dejaron en la ciudad. Nada que extrañar. Los adolescentes no extrañan.
Entonces se quitan las herings y saltan al agua. El calor puede más que el espanto de lo turbio, del fango, de la contaminación. Se agotan caminando como astronautas en un planeta acuático, bochornoso, plástico y marrón. La tarde parece infinita, no termina nunca.
Se desafiaron, rieron, intentaron lo imposible. Se saben sucios, las espaldas arden. Cansados esperan que la suerte cambie.
Cruzan algunas gaviotas escapando de la pampa, destino: incierto. Un viento rachado les empieza a pegar, saben que es tiempo de salir de la varadura…si el río sube algo, si lo escoramos un poco, si todo ayuda nos vamos, piensan mecánicamente, despreocupados.
El viento, duro y seco, empuja unas olas cortas que levantan al barco, ligero y lo dejan caer, muerto, de nuevo sobre el lecho del río. Golpe tras golpe, una demolición profesional. El ruido y la lluvia y los cabos mojados y la tensión en el cuerpo y en las velas. El castigo se va acelerando y cuando llega a su máximo, en seguida, ya es tarde, ni siquiera pueden rescatar los chalecos salvavidas. Esos mazazos sobre la quilla del barco la deshacen y el agua inunda, rápido, la cabina. No hubo tiempo para temer ese final probable, tampoco para imaginar las consecuencias. Sin entender ni cómo ni por qué el barco da media vuelta y queda a la deriva, sólo parte del el casco y una banda lateral, ligera, se mantienen fuera del agua y los amigos se aferran como pueden al guardamancebo, ese cable de acero, que en un velero oficia de límite, de protección al borde de la cubierta.
La tarde que no terminaba de irse, pronto se hace noche de tormenta y los rayos caen sobre el agua y sobre la ciudad y los truenos apenas se escuchan tapados por el viento, por el desconcierto.
Se toman con todas sus fuerzas del cable áspero, metálico, todo está empapado y el riesgo ahora es que resbale entre los dedos, el desafío es no distraerse, no soltarlo. Las olas los lleva y los trae, los empuja sobre el casco, tragan agua, están a centímetros pero se pierden de vista, se les nubla la vista, tienen la ciudad ahí, cerca, pero es imposible alcanzarla, se repiten para convencerse, para no tentar acciones heroicas. Temen que en algún momento el agua los arrastre, los lleve. Están cansados, el frío los quiebra, orinarse, experimentar esa tibieza primitiva y cercana, es el único placer que les queda.
Nadie sabe que salieron a navegar. Nadie los busca. Son nadie.
Alrededor es una mancha negra, impredecible y asesina. Los minutos se cuentan por horas, empiezan a perder las fuerzas o a pensar que pronto las van a perder y se van a dejar ir. Se preguntan a qué distancia estarán del canal, calculan las probabilidades de ser embestidos por una enorme chata de río y el agua vuelve a golpearlos sobre el casco y las manos empiezan a lastimarse y el desánimo y la resignación y la angustia se les mete en la sangre.
Y toda esta secuencia se repitió una y mil veces y ninguno supo qué los mantuvo agarrados (nunca mejor dicho) a ese guardamancebo hasta el amanecer de un día nublado.
Lo peor había terminado, alguien los vería, pronto llegaría el rescate.
Pasan las horas y es lo único que pasa. Nadie a la vista y menos ellos, que ocupan una superficie menor a la de una tabla de windsurf.
Es el mediodía, nadar es imposible, una mezcla de cansancio, lógica y miedo lo impide; pero también es imposible resistir una segunda noche, todos lo saben, nadie lo dice.
A lo lejos una lancha. Le hacen señas, como pueden, parece detenerse, sigue su camino y el desánimo les patea la cabeza. Insultan la suerte sin mirarse. Pero al rato el destino pega la vuelta y despacio, con el motor regulando, llega el rescate, el piloto dudó y prefirió la certeza.
Suben al bote, no sé si en silencio o a los gritos, quizá hubo un abrazo largo, unas palabras sueltas. Al tomar distancia ven como el mástil parece dirigirse hacia el fondo del río, cómo hundiéndose en el lecho, como aferrándose él también a una vida.
He contado su historia cien veces, la repetición fijó los detalles que la hacen épica, creo que mi relato no defrauda a los protagonistas.
Mil veces los envidié. La envidia es el gris contemplar del bien inalcanzable. La envidia no es verde, la envidia es gris. El gris es carente de aventura, de hermandad hasta el fin de los días, de pactos de sangre, de vueltas de la muerte, de celebraciones, de cadenas más fuertes que las cadenas de los años.
Yo fui parte y yo elegí quedar fuera.
Guillermo García Avogadro, Tigre, Mayo 2011
lunes, 6 de junio de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
MUY BUENO!
ResponderEliminarAlain
Comparto totalmente lo relativo al color gris de la envidia.Mas aun, estimo incolora a la misma. En cambio, el verde es ESPERANZA, así como el AZUL, vida.
ResponderEliminarEl relato me recuerda a Pérez Reverte. Transmite la esperanza, incertidumbre y el ..Y ahora, qué, pues el cómo, quedó atrás.