Polvo serán, más polvo enamorado. Francisco de Quevedo
Uno se llamaba Robert Waller y tenía un PH.D. in business. Era profesor a tiempo completo de management, economía y matemática aplicada. Llegó a ser dean del College of Business en Indiana University y se retiró en 1986.
El otro era actor, se había casado cinco veces (ahora va por la sexta) y contaba ocho hijos. Le gustaba pasearse con un orangután. Fue republicano y alcalde de su pueblo. Copio un diálogo de uno de sus personajes: le dicen “cada vez hay más restricciones para fumar”, él con el cigarrillo en los labios contesta “y cada vez hay más hijos de puta a los que les importa una mierda”.
* * *
Dejo el auto en una calle de Olivos cerca de Maipú. Llego a la dirección anotada y toco timbre en un cuarto H. La señora que atiende me entrega el libro que compré por Mercado Libre e insiste que es una pena (no sé por qué) no haber podido conocer a su marido, que intuyo farmacéutico por el tipo de libros que oferta.
En una bolsita de papel marrón me llevo Los Viejos Puentes de Madera (Emecé, 1993). No era lo que sus admiradores prometían.
* * *
Clint Eastwood se hizo famoso por Feos, Sucios y Malos y por su mascota, el orangután. Clint Eastwood filmó el libro de Robert Waller, filmó con Meryl Streep, Los Puentes de Madison.
Yo quería hablar sobre esa película, pero tuve la curiosidad de leer primero el libro, pequeño, que le dio origen. Al igual que El Padrino, una gran film surgido de un libro, valga la redundancia, pequeño.
Clint Eastwood venía de ser Harry El Sucio, Waller de su clase de matemática ¿Alguien puede imaginar una combinación así de imposible para el último melodrama que nos partió el corazón? Nunca digas nunca.
Steven Spielberg había adquirido los derechos de Los Puentes de Madison, parece que la iban a protagonizar Robert Redford y Glenn Close, no hubiera sido lo mismo, estaríamos pensando siempre en Nuestro Años Felices o Atracción Fatal y esos fantasmas nunca nos hubieran dejado en paz. Eastwood trae un pasado opaco, un no pasado y Meryl La Decisión de Sophie y África Mía. Hay fantasmas que expulsan y fantasmas que atraen.
Hay también un tráiler de la película que dura noventa segundos. Sólo invierte siete en Francesca (Meryl Streep) y Robert (Clint Eastwood) el resto lo dedica a mostrarnos paisajes de nubes cargadas al atardecer, un río, el campo y la brisa, un camino de tierra serpenteando y una camioneta que avanza, el puente Roseman, la granja, su molino y la voz de ella diciéndonos que guarda en su corazón imágenes de ese cálido verano y de la quietud que precede a la tormenta.
Ese tráiler es la película.
1965. La historia cuenta la vida rutinaria y monótona de Francesca, devota ama de casa que vive en una granja con su familia. El marido y los hijos se han ido, están en la feria del estado de Illinois. A su puerta toca Robert que ha llegado hasta allí para hacer unas fotos de los puentes cubiertos por encargo del National Geographic. Se enamoran. Ella tiene 45 y él 52.
La relación nos la entregan sucesivos flash-backs. La película abre con los hijos de Francesca leyendo su testamento. No quiere ser enterrada junto al marido, en el cementerio. Pide la incineren y echen sus cenizas al río. Desconcertados, en un cuaderno encuentran un porqué, de cómo sin querer su madre se enamoró de otro hombre y de que forma los cuatro días que pasa junto a él cambian para siempre su vida, o no.
Escuchamos al amor acercarse, nos rosa, respira a nuestro lado, no lo intuimos, no es una construcción, no está en lo que se dice… Como en las pinturas de Botero donde todo es gordo, aquí todo es amor. Aquí el amor no nace, no se desenvuelve. Siempre está presente, no puede disimular ni postergarse. Bueno, así es como el amor es, algo distinto debería llamarse de otro modo ¿Me equivoco?
La promesa de la felicidad perfecta será para ellos, nostalgia, un recuerdo de cuatro días.
Quizá lo sea para todos y por eso lloramos, todos, en la escena de la lluvia.
El se ha ido y ella va con su marido a la ciudad. Diluvia, Francesca espera en la camioneta, sola y, sin proponérselo, aparece Robert, se miran, él no se acerca, ella no se baja, él entiende, sube a la suya y arranca. Llega el marido, salen, un semáforo y, el destino, hace que se detengan detrás del auto de Robert, queremos que se miren, que intenten mirarse a través de los vidrios empañados, la lluvia cae y cae, las escobillas van y vienen, no alcanzan, Francesca sufre de verdad, no de película, lleva su mano a la manija de la puerta, va y viene, no le alcanza, Robert acelera, gira a la derecha y se separan para siempre.
En mi memoria, Robert mirando por el retrovisor, mirando lo que deja atrás.
Robert renuncia a la felicidad y todos entendemos por qué.
Francesca renuncia a la felicidad y todos entendemos por qué.
Un elogio a la infidelidad.
Waldo Williams, 30 de Abril, 2012
lunes, 30 de abril de 2012
lunes, 23 de abril de 2012
118. El Cielo puede Esperar
Aprendí de Auster, que somos, de algún modo, los lugares donde habitamos.
Avenida Santa Fé 1380, 3° E, Barrio Norte, Buenos Aires. Departamento tradicional a la calle donde viví hasta los cinco años con mis padres, mi abuela Hebe y mi bisabuela Nane. Recuerdo la entrada al edificio, casi un mausoleo Medici y a Pablo el portero, un oso polaco, literalmente.
Fui todo lo feliz que puede ser un chico mimadísimo. Único hijo, nieto y bisnieto.
Me recuerdo juntando papelitos en un casco blanco, para tirarlos por la ventana a las princesas de la primavera que pasaban en sus carrozas, andando en el triciclo azul por los pasillos, poniendo mi lanchita pof pof en la bañera, yendo del cuarto de mis padres al mío a través de una puerta secreta en el fondo de un placard, jugando a casarme con Nane, ella envuelta en la cortina del living haciendo de novia… me recuerdo escuchando un disco de María Elena Walsh y otro de El Club de Anteojito y Antifaz.
Recuerdo el llanto incontrolable del primer día de jardín de infantes (papá me tuvo que traer de vuelta) y el llanto final cuando se vendió ese departamento.
Güemes 3757 1°C, Palermo, Buenos Aires. De los cinco a los veintiocho, toda la primaria, la secundaria y las universidades y el sofá de pana marrón dónde me recibí de psicólogo. Mi primer cuarto, mi cuarto y mis amigos Federico y Daniel del colegio y Luisito y Marcelo, los hijos del portero. Jugábamos en casa y en los palieres del edificio. Jugábamos con una ametralladora de madera que papá había recortado para ajustarla a mi tamaño ¿Estará en algún lado? ¿Dónde estará? Y la televisión en blanco y negro y más tarde en colores y los posters, primero de Billiken y luego de Mafalda.
En el año 72 ese edificio voló por los aires. Una explosión de gas que mató a Luis, el papá de Luisito y Marcelo.
Mansilla 3026 PB A, Barrio Norte, Buenos Aires. Dos ambientes a la calle, dos ambientes grandes (caso contario no hubieran entrado tantos muebles, también grandes). Era el departamento de mi abuela Hebe. Allí pasé los fines de semana entre los cinco y los doce, y seis meses del año 72 mientras ponían en condiciones el departamento de Güemes. Volví al paraíso abuela-bisabuela, mis padres a una segunda luna de miel en Primera Junta, en otro dos ambientes cedidos por el tío Carlos. En la calle Mansilla vi las mejores películas de grandes, me la pasé disfrazado de rey, superhéroe, robot y payaso, aprendí a jugar a las cartas y a servir bien el té y de nuevo fui todo lo feliz que puede ser un chico mimadísimo.
Rivadavia 4447 5° B, Primera Junta, Buenos Aires. Donde pase los mejores fines de semanas con mis padres, un interminable cantar La Gallina Turuleca a tres voces todo el tiempo.
Güemes 3757 1°C, Palermo, Buenos Aires. Aquí viví también sólo con mamá, luego de la separación, cuando nos preguntaban si éramos hermanos (yo tenía diecisiete y ella treinta y seis y los dos parecíamos mucho menos) y después se nos unió mi prima Julia, Julita, y allí me visitaron mis primeras novias y lloré rupturas y festejé el mundial 78 y recién me fui para casarme.
Lamadrid 822, Río IV, Córdoba. La casa de mi abuelo Julio Belisario Molina, Papalito (papa Lalito). Aquí pasé los tres meses de verano, todos los veranos hasta los diecisiete, más de mil quinientos días. En el cuartito de la terraza, en siestas abrazadoras me hice lector. En la misma terraza monté mis primeras representaciones teatrales, mis primos Julita (Michi en ese entonces) y Benjamín (Poli) de cuatro y seis años, eran las primeras figuras de ese elenco. Me acuerdo que los carnavales pasaban por la puerta de esa casa. Me acuerdo haber pedido limosna en ese zaguán, hasta que un día mamá me descubrió.
Wernike 341, 1° 6, contra frente, Ciudad Jardín, Buenos Aires. Departamento que mi suegro nos cedió cuando me casé con Gabriela. La primera vez que viví en el Gran Buenos Aires, para mí fue como mudarme, más o menos, a Birmania. Lo pinté yo y yendo y viniendo con pinceles y latas me sentí el cartonero Báez, pero feliz. Aprender a convivir. Aprender. Los sábados a la noche, de la primavera, caminando bajo las tipas, de regreso del centro, del teatro y del cine. Todo nuevo, todo.
Güemes 3757 1°C, Palermo, Buenos Aires. Año 1995. Me separo de Gabriela y de Wernike 341 traigo sólo mis libros y la loza de mi abuela, en cajas que apilo en mi cuarto. Trabajo en YPF, paso a Coca-Cola y luego a Cargill. Parece que todos quieren que firme para ellos, me pagan cifras disparatadas para comprar mi voluntad. Todos están locos, pienso que en algún momento sanarán y las cosas volverán a la normalidad. Dejo de usar subte y colectivo, definitivamente.
Soler 3811, 7°A, Palermo, Buenos Aires. Mi primera propiedad. Un poco del 96 y otro del 97, no llegamos al año. Dúplex muy luminoso con balcón terraza, vista abierta, resuelta, diría un agente inmobiliario. Pensé que iba ser la primera y única. Ingenuo. No la habito hasta que nos reconciliamos con Gaby. El verano y la noche, tumbados, mirando las estrellas. Ahora trabajo para BAT y me mandan a Londres, la locura continúa. Cerramos todos y allá vamos.
Riverdale Road 42B Richmond, London. Año 1997. Apartamento de tres pisos, nosotros ocupamos dos. El lugar más lindo, mezcla de La Dama y el Vagabundo con Mary Poppins a cuadras de donde vivió y pintó William Turner. Cerca del aeropuerto de Heathrow, todavía se escuchaba pasar al Concorde. Siempre nublado, siempre lluvioso, sólo un día se pudo andar en bicicleta. Un día gris, frío y al final, y como no podía ser de otro modo, mojado. Inglaterra debe ser el único lugar, donde, naturalmente, juegan golf bajo el aguacero. Vivir en Europa. Vivir. Vivir hasta que me dicen, una tarde, que murió Hebe. Y sólo recuerdo el escalón donde me puse a llorar y la voz que se me fue y el cuerpo que enlenteció por semanas, y la claridad de ideas que ya no tuve y la convicción que había dejado de ser, muy a mi pesar, un chico.
De la entrada principal de Bello Horizonte, 300 metros oeste, 200 sur, San José, Costa Rica. Condominio de cinco edificios con jardín y pileta y ausencia total de aire acondicionado frio-calor. No se necesita, el clima es un eterno final de primavera. Pero llueve, mucho, todos los días. A la selva no se la mantiene regándola, la selva pide más. Desde la ventanas se ven los cerros y luego los volcanes. No Se inventaron los nombres de las calles y menos las numeraciones, tampoco los GPS, la orientación se basa en la memoria y en la ubicación del sol y las estrellas. Tierra de sismos y de correr en la madrugada debajo de un dintel. Lugar que inspira romanticismo, playas solitarias playas muy american express, bosques y bosques y cascadas, baños a la luz de la luna y la lava bajando del Arenal. Largas siestas y más amigos que los que se pueden contar Alicia y Peter y Rodolfo y Maria y Manuel y Sole y Arturo y Mili y Clara y Fernando y Jaime y Carlos y la plenitud y los muchos viajes y ese eterno final de primavera que duro del 98 al 2001, mucho tiempo para algo tan bueno.
Soler 3811, 7°A, Palermo, Buenos Aires. Año 2001, BAT que me llevó a Costa Rica y me puso a cargo de los seis países de Centro América ahora me devuelve a Buenos Aires. Los primeros días vivo en el Hilton de Puerto Madero como un extranjero. Soy un extranjero. Soler nos queda chico, durante casi un año guardamos todas nuestras cosas en un depósito, lejos. Festejamos con mago mi cumpleaños, buscamos donde mudarnos, buscamos lo que la ciudad no da.
Pampa 3469, 6° B, Belgrano R, Ciudad de Buenos Aires. Departamento grande y cómodo con vista a las tipas de Melián, nuestra avenida más linda. Hace años cuando era vendedor de un mayorista de golosinas, hacía la zona… cruzar las vías y el mundo era otro, armonioso, sensato, inalcanzable, apenas entrevisto. Vivimos allí nueve años. Papá decía que ese departamento parecía una casa de artículos regionales por los tapices de guatemala y las estatuillas griegas y los huacos colombianos y los cestos del amazonas y las alfombras turcas y el alabastro egipcio y las figuras africanas y los tesoros de cien viajes. Años duros, de buscar y desesperar e intentar contener la desesperación y médicos y tratamientos estándares y tratamientos ciencia-ficción y abogados y psicólogas y trámites e instituciones y puertas y llaves y escaleras a ningún lugar. Y el año que nevó en Buenos Aires, en el 2007, Gabriela volvió a quedarse embarazada y en octubre nacieron Benjamín y Andrés y el mundo cambió. El mundo cambió, definitivamente.
Barrio Santa Bárbara, Lote 810, Troncos del Talar, Tigre, Buenos Aires. Nos mudamos en febrero del 2011, luego de nueve años en Belgrano R. . Benjamín y Andrés ya habían conocido el mar (gracias, papá, dijo Andy cuando lo vio) pedían hacer pis y andaban en triciclo solos. Construimos una casa cómoda, en dos plantas con vista a una laguna y a las diarias puestas de sol. Todavía no planté ningún árbol. Los chicos empezaron el colegio. A los cincuenta años se tienen más dudas que certeza. La duda no como método, la duda como condición de vida. Es una casa amarilla. El tiempo corre, lo veo en el jardín, en el cambio de las estaciones, lo veo en mis hijos, en el material de estas reflexiones. Nada indica que esta sea mi última, perdón, penúltima casa. El Cielo puede Esperar. Esperará.
Guillermo García Avogadro, 23 de abril, 2012
Avenida Santa Fé 1380, 3° E, Barrio Norte, Buenos Aires. Departamento tradicional a la calle donde viví hasta los cinco años con mis padres, mi abuela Hebe y mi bisabuela Nane. Recuerdo la entrada al edificio, casi un mausoleo Medici y a Pablo el portero, un oso polaco, literalmente.
Fui todo lo feliz que puede ser un chico mimadísimo. Único hijo, nieto y bisnieto.
Me recuerdo juntando papelitos en un casco blanco, para tirarlos por la ventana a las princesas de la primavera que pasaban en sus carrozas, andando en el triciclo azul por los pasillos, poniendo mi lanchita pof pof en la bañera, yendo del cuarto de mis padres al mío a través de una puerta secreta en el fondo de un placard, jugando a casarme con Nane, ella envuelta en la cortina del living haciendo de novia… me recuerdo escuchando un disco de María Elena Walsh y otro de El Club de Anteojito y Antifaz.
Recuerdo el llanto incontrolable del primer día de jardín de infantes (papá me tuvo que traer de vuelta) y el llanto final cuando se vendió ese departamento.
Güemes 3757 1°C, Palermo, Buenos Aires. De los cinco a los veintiocho, toda la primaria, la secundaria y las universidades y el sofá de pana marrón dónde me recibí de psicólogo. Mi primer cuarto, mi cuarto y mis amigos Federico y Daniel del colegio y Luisito y Marcelo, los hijos del portero. Jugábamos en casa y en los palieres del edificio. Jugábamos con una ametralladora de madera que papá había recortado para ajustarla a mi tamaño ¿Estará en algún lado? ¿Dónde estará? Y la televisión en blanco y negro y más tarde en colores y los posters, primero de Billiken y luego de Mafalda.
En el año 72 ese edificio voló por los aires. Una explosión de gas que mató a Luis, el papá de Luisito y Marcelo.
Mansilla 3026 PB A, Barrio Norte, Buenos Aires. Dos ambientes a la calle, dos ambientes grandes (caso contario no hubieran entrado tantos muebles, también grandes). Era el departamento de mi abuela Hebe. Allí pasé los fines de semana entre los cinco y los doce, y seis meses del año 72 mientras ponían en condiciones el departamento de Güemes. Volví al paraíso abuela-bisabuela, mis padres a una segunda luna de miel en Primera Junta, en otro dos ambientes cedidos por el tío Carlos. En la calle Mansilla vi las mejores películas de grandes, me la pasé disfrazado de rey, superhéroe, robot y payaso, aprendí a jugar a las cartas y a servir bien el té y de nuevo fui todo lo feliz que puede ser un chico mimadísimo.
Rivadavia 4447 5° B, Primera Junta, Buenos Aires. Donde pase los mejores fines de semanas con mis padres, un interminable cantar La Gallina Turuleca a tres voces todo el tiempo.
Güemes 3757 1°C, Palermo, Buenos Aires. Aquí viví también sólo con mamá, luego de la separación, cuando nos preguntaban si éramos hermanos (yo tenía diecisiete y ella treinta y seis y los dos parecíamos mucho menos) y después se nos unió mi prima Julia, Julita, y allí me visitaron mis primeras novias y lloré rupturas y festejé el mundial 78 y recién me fui para casarme.
Lamadrid 822, Río IV, Córdoba. La casa de mi abuelo Julio Belisario Molina, Papalito (papa Lalito). Aquí pasé los tres meses de verano, todos los veranos hasta los diecisiete, más de mil quinientos días. En el cuartito de la terraza, en siestas abrazadoras me hice lector. En la misma terraza monté mis primeras representaciones teatrales, mis primos Julita (Michi en ese entonces) y Benjamín (Poli) de cuatro y seis años, eran las primeras figuras de ese elenco. Me acuerdo que los carnavales pasaban por la puerta de esa casa. Me acuerdo haber pedido limosna en ese zaguán, hasta que un día mamá me descubrió.
Wernike 341, 1° 6, contra frente, Ciudad Jardín, Buenos Aires. Departamento que mi suegro nos cedió cuando me casé con Gabriela. La primera vez que viví en el Gran Buenos Aires, para mí fue como mudarme, más o menos, a Birmania. Lo pinté yo y yendo y viniendo con pinceles y latas me sentí el cartonero Báez, pero feliz. Aprender a convivir. Aprender. Los sábados a la noche, de la primavera, caminando bajo las tipas, de regreso del centro, del teatro y del cine. Todo nuevo, todo.
Güemes 3757 1°C, Palermo, Buenos Aires. Año 1995. Me separo de Gabriela y de Wernike 341 traigo sólo mis libros y la loza de mi abuela, en cajas que apilo en mi cuarto. Trabajo en YPF, paso a Coca-Cola y luego a Cargill. Parece que todos quieren que firme para ellos, me pagan cifras disparatadas para comprar mi voluntad. Todos están locos, pienso que en algún momento sanarán y las cosas volverán a la normalidad. Dejo de usar subte y colectivo, definitivamente.
Soler 3811, 7°A, Palermo, Buenos Aires. Mi primera propiedad. Un poco del 96 y otro del 97, no llegamos al año. Dúplex muy luminoso con balcón terraza, vista abierta, resuelta, diría un agente inmobiliario. Pensé que iba ser la primera y única. Ingenuo. No la habito hasta que nos reconciliamos con Gaby. El verano y la noche, tumbados, mirando las estrellas. Ahora trabajo para BAT y me mandan a Londres, la locura continúa. Cerramos todos y allá vamos.
Riverdale Road 42B Richmond, London. Año 1997. Apartamento de tres pisos, nosotros ocupamos dos. El lugar más lindo, mezcla de La Dama y el Vagabundo con Mary Poppins a cuadras de donde vivió y pintó William Turner. Cerca del aeropuerto de Heathrow, todavía se escuchaba pasar al Concorde. Siempre nublado, siempre lluvioso, sólo un día se pudo andar en bicicleta. Un día gris, frío y al final, y como no podía ser de otro modo, mojado. Inglaterra debe ser el único lugar, donde, naturalmente, juegan golf bajo el aguacero. Vivir en Europa. Vivir. Vivir hasta que me dicen, una tarde, que murió Hebe. Y sólo recuerdo el escalón donde me puse a llorar y la voz que se me fue y el cuerpo que enlenteció por semanas, y la claridad de ideas que ya no tuve y la convicción que había dejado de ser, muy a mi pesar, un chico.
De la entrada principal de Bello Horizonte, 300 metros oeste, 200 sur, San José, Costa Rica. Condominio de cinco edificios con jardín y pileta y ausencia total de aire acondicionado frio-calor. No se necesita, el clima es un eterno final de primavera. Pero llueve, mucho, todos los días. A la selva no se la mantiene regándola, la selva pide más. Desde la ventanas se ven los cerros y luego los volcanes. No Se inventaron los nombres de las calles y menos las numeraciones, tampoco los GPS, la orientación se basa en la memoria y en la ubicación del sol y las estrellas. Tierra de sismos y de correr en la madrugada debajo de un dintel. Lugar que inspira romanticismo, playas solitarias playas muy american express, bosques y bosques y cascadas, baños a la luz de la luna y la lava bajando del Arenal. Largas siestas y más amigos que los que se pueden contar Alicia y Peter y Rodolfo y Maria y Manuel y Sole y Arturo y Mili y Clara y Fernando y Jaime y Carlos y la plenitud y los muchos viajes y ese eterno final de primavera que duro del 98 al 2001, mucho tiempo para algo tan bueno.
Soler 3811, 7°A, Palermo, Buenos Aires. Año 2001, BAT que me llevó a Costa Rica y me puso a cargo de los seis países de Centro América ahora me devuelve a Buenos Aires. Los primeros días vivo en el Hilton de Puerto Madero como un extranjero. Soy un extranjero. Soler nos queda chico, durante casi un año guardamos todas nuestras cosas en un depósito, lejos. Festejamos con mago mi cumpleaños, buscamos donde mudarnos, buscamos lo que la ciudad no da.
Pampa 3469, 6° B, Belgrano R, Ciudad de Buenos Aires. Departamento grande y cómodo con vista a las tipas de Melián, nuestra avenida más linda. Hace años cuando era vendedor de un mayorista de golosinas, hacía la zona… cruzar las vías y el mundo era otro, armonioso, sensato, inalcanzable, apenas entrevisto. Vivimos allí nueve años. Papá decía que ese departamento parecía una casa de artículos regionales por los tapices de guatemala y las estatuillas griegas y los huacos colombianos y los cestos del amazonas y las alfombras turcas y el alabastro egipcio y las figuras africanas y los tesoros de cien viajes. Años duros, de buscar y desesperar e intentar contener la desesperación y médicos y tratamientos estándares y tratamientos ciencia-ficción y abogados y psicólogas y trámites e instituciones y puertas y llaves y escaleras a ningún lugar. Y el año que nevó en Buenos Aires, en el 2007, Gabriela volvió a quedarse embarazada y en octubre nacieron Benjamín y Andrés y el mundo cambió. El mundo cambió, definitivamente.
Barrio Santa Bárbara, Lote 810, Troncos del Talar, Tigre, Buenos Aires. Nos mudamos en febrero del 2011, luego de nueve años en Belgrano R. . Benjamín y Andrés ya habían conocido el mar (gracias, papá, dijo Andy cuando lo vio) pedían hacer pis y andaban en triciclo solos. Construimos una casa cómoda, en dos plantas con vista a una laguna y a las diarias puestas de sol. Todavía no planté ningún árbol. Los chicos empezaron el colegio. A los cincuenta años se tienen más dudas que certeza. La duda no como método, la duda como condición de vida. Es una casa amarilla. El tiempo corre, lo veo en el jardín, en el cambio de las estaciones, lo veo en mis hijos, en el material de estas reflexiones. Nada indica que esta sea mi última, perdón, penúltima casa. El Cielo puede Esperar. Esperará.
Guillermo García Avogadro, 23 de abril, 2012
lunes, 16 de abril de 2012
117. Si los más chicos no fueran tan chicos
La huella de un sueño no es menos real que la de una pisada
Georges Duby
Llegábamos a la casa de mamá. No a la casa de la calle Azcuénaga, en los altos de su farmacia. Llegábamos a una casa tradicional de Martinez, cerca del río. Yo no era una niña, era una mujer.
Llegábamos y preparaba dos valijas y un bolso, pocas cosas. No teníamos ningún compromiso, con nada ni con nadie. Había cierta tensión en el ambiente, nadie hablaba.
Enrico guarda todo en el baúl de su auto, no en el Alfa Romeo, en un auto argentino de los ochenta. Nos íbamos a vivir juntos a un departamento pequeño frente a un parque inmenso.
Mamá lo mira callada y Enrico le dice que ella sabe lo que él me quiere y que se quede tranquila, que trabajará de lo que sea necesario.
Un signo de interrogación se dibuja sobre su cara, no como una reacción alérgica, como un grafismo infantil ¿A qué le teme? Arranca el auto y partimos.
Despierto y realizo que me estoy despertando y trato de no moverme y mantener el ritmo de la respiración con la ilusión de volver al sueño, por un rato, pero la realidad se impone y me levanto y tapo a los más chicos, para que no se enfríen. Ningún psicólogo infantil ha descrito, creo, el salto cualitativo en el desarrollo humano que significa mantenerse tapado mientras se duerme. Bajo a hacerme un té.
La ciudad no está dormida está agazapada.
Ejercicio absurdo y doloroso preguntarse que habría sido de una, si las cosas hubieran sido de modo diferente.
Si los más chicos no fueran tan chicos, si lo hubiera conocido antes, si Patricio estuviera aquí, o… si no hubiera estado nunca.
En tren de fantasear, fantaseo. Viaje de estudios a Italia, mejor, beca al mejor promedio, Él está iniciando la carrera de Historia y se paga los estudios como mecánico y piloto de pruebas y es tímido y yo le robo un beso en una esquina, una tarde y le pido que me bese bien, en los labios. Y a los dos nos gusta perdernos por la ciudad, que siempre está desierta y charlar interminablemente en cafés abiertos sólo para nosotros y el cine, el cine, el cine y toda la pintura del renacimiento Toscano. Y vuelvo a Buenos Aires y él me sigue y al principio no me gusta mucho la idea, me da miedo perder mi independencia y él tiene miedo de no poder mantenernos en una ciudad que se agazapa y luego nos dejamos llevar y evitamos darnos cuenta de lo que hacemos y nos vamos a vivir juntos a un departamento mínimo y los dos trabajamos mucho y no nos redescubrimos porque desde el principio fue como si nos conociéramos desde siempre y luego y luego todo, todo lo demás. De la mano.
¿Y si el peso de la rutina y el esfuerzo se terminaban cobrando nuestro amor, dejando sólo algunos buenos recuerdos y la intención de recomenzar o nunca más comenzar nada con nadie? ¿Y si los hijos no venían o él se negaba a tenerlos? ¿O si los caminos en algún momento, sin mucha explicación, empezaban a distanciarse? O peor aún… ¿Y si sólo cambia lo circunstancial y más allá de los nombres y los oficios, hay algo que permanece y yo no pudiera escapar de la muerte, de su muerte? Sea dicho, nadie ha probado ser inmortal, al menos hasta ahora.
Ejercicio absurdo y doloroso preguntarse que habría sido de una, si las cosas se hubieran dado de modo diferente. No lo fueron y si entonces algo distinto se daba, tampoco podríamos imaginar el hoy, que en su momento sólo era otro mañana.
En el sueño somos dramaturgo, comediante, teatro, artificio y auditorio. En el sueño somos todo. Todo para nosotros. Es un regalo que nos hacemos para nuestro entero disfrute. Disfrutamos al recordarlo, al compartirlo y cuando jugamos a descifrarlo.
El soñador es un escritor ingenuo, en seguida se le nota a donde apunta, las segundas intenciones.
Como en el sueño de una joven, que Freud cuenta, donde el padre invita a comer a una mujer y de postre pide cerezas. La joven, quería ser esa, que nadie le quitara el amor del padre. Los sueños son obvios.
Siempre queremos ser esas, las del sueño.
En esa obviedad radica su encanto. En escuchar lo que queremos oír, apenas disimulado, dispuesto para que lo rescatemos, y así bajo el manto de esa fantasía que la noche ha traído permitirnos aceptar lo tan deseado.
La vida es muy, muy pequeña. Los sueños no.
Los sueños son claros y distintos. La vida balbucea.
Alicia Lis, 16 de Abril, 2012
Georges Duby
Llegábamos a la casa de mamá. No a la casa de la calle Azcuénaga, en los altos de su farmacia. Llegábamos a una casa tradicional de Martinez, cerca del río. Yo no era una niña, era una mujer.
Llegábamos y preparaba dos valijas y un bolso, pocas cosas. No teníamos ningún compromiso, con nada ni con nadie. Había cierta tensión en el ambiente, nadie hablaba.
Enrico guarda todo en el baúl de su auto, no en el Alfa Romeo, en un auto argentino de los ochenta. Nos íbamos a vivir juntos a un departamento pequeño frente a un parque inmenso.
Mamá lo mira callada y Enrico le dice que ella sabe lo que él me quiere y que se quede tranquila, que trabajará de lo que sea necesario.
Un signo de interrogación se dibuja sobre su cara, no como una reacción alérgica, como un grafismo infantil ¿A qué le teme? Arranca el auto y partimos.
Despierto y realizo que me estoy despertando y trato de no moverme y mantener el ritmo de la respiración con la ilusión de volver al sueño, por un rato, pero la realidad se impone y me levanto y tapo a los más chicos, para que no se enfríen. Ningún psicólogo infantil ha descrito, creo, el salto cualitativo en el desarrollo humano que significa mantenerse tapado mientras se duerme. Bajo a hacerme un té.
La ciudad no está dormida está agazapada.
Ejercicio absurdo y doloroso preguntarse que habría sido de una, si las cosas hubieran sido de modo diferente.
Si los más chicos no fueran tan chicos, si lo hubiera conocido antes, si Patricio estuviera aquí, o… si no hubiera estado nunca.
En tren de fantasear, fantaseo. Viaje de estudios a Italia, mejor, beca al mejor promedio, Él está iniciando la carrera de Historia y se paga los estudios como mecánico y piloto de pruebas y es tímido y yo le robo un beso en una esquina, una tarde y le pido que me bese bien, en los labios. Y a los dos nos gusta perdernos por la ciudad, que siempre está desierta y charlar interminablemente en cafés abiertos sólo para nosotros y el cine, el cine, el cine y toda la pintura del renacimiento Toscano. Y vuelvo a Buenos Aires y él me sigue y al principio no me gusta mucho la idea, me da miedo perder mi independencia y él tiene miedo de no poder mantenernos en una ciudad que se agazapa y luego nos dejamos llevar y evitamos darnos cuenta de lo que hacemos y nos vamos a vivir juntos a un departamento mínimo y los dos trabajamos mucho y no nos redescubrimos porque desde el principio fue como si nos conociéramos desde siempre y luego y luego todo, todo lo demás. De la mano.
¿Y si el peso de la rutina y el esfuerzo se terminaban cobrando nuestro amor, dejando sólo algunos buenos recuerdos y la intención de recomenzar o nunca más comenzar nada con nadie? ¿Y si los hijos no venían o él se negaba a tenerlos? ¿O si los caminos en algún momento, sin mucha explicación, empezaban a distanciarse? O peor aún… ¿Y si sólo cambia lo circunstancial y más allá de los nombres y los oficios, hay algo que permanece y yo no pudiera escapar de la muerte, de su muerte? Sea dicho, nadie ha probado ser inmortal, al menos hasta ahora.
Ejercicio absurdo y doloroso preguntarse que habría sido de una, si las cosas se hubieran dado de modo diferente. No lo fueron y si entonces algo distinto se daba, tampoco podríamos imaginar el hoy, que en su momento sólo era otro mañana.
En el sueño somos dramaturgo, comediante, teatro, artificio y auditorio. En el sueño somos todo. Todo para nosotros. Es un regalo que nos hacemos para nuestro entero disfrute. Disfrutamos al recordarlo, al compartirlo y cuando jugamos a descifrarlo.
El soñador es un escritor ingenuo, en seguida se le nota a donde apunta, las segundas intenciones.
Como en el sueño de una joven, que Freud cuenta, donde el padre invita a comer a una mujer y de postre pide cerezas. La joven, quería ser esa, que nadie le quitara el amor del padre. Los sueños son obvios.
Siempre queremos ser esas, las del sueño.
En esa obviedad radica su encanto. En escuchar lo que queremos oír, apenas disimulado, dispuesto para que lo rescatemos, y así bajo el manto de esa fantasía que la noche ha traído permitirnos aceptar lo tan deseado.
La vida es muy, muy pequeña. Los sueños no.
Los sueños son claros y distintos. La vida balbucea.
Alicia Lis, 16 de Abril, 2012
viernes, 13 de abril de 2012
116. Ponete el oso, Hebe
Mañana, mañana y mañana, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos
William Shakespeare
El mejor momento del otoño es a la hora de irse a dormir. No requerimos de esa magia menor, el aire acondicionado, y el peso de la sábana es placentero y de algún modo (para mí) narcótico.
No sé que día ni que hora es, caigo fusilado, con la dicha secreta de la inconciencia instantánea ¡Al fin, bienvenida inconciencia!
* * *
Me despierto en medio de la noche, son las tres de la mañana, agradezco que todavía falte bastante para las siete.
Me soñé el sueño recurrente. Soñé con mi abuela Hebe. Es más o menos siempre igual, charlamos algo, disfrutamos el encuentro, el mero hecho de estar en el mismo instante y en el mismo lugar... soy de algún modo, un poco niño. Luego, voy tomando conciencia que todo va a terminar y en un segundo realizo que se murió y con ese efecto de condensación que tienen los sueños enseguida me percibo lejano y atribuyo a esa lejanía la causa de su muerte.
La culpa es un lobo.
Sueños, agua para el sediento. Arena para el sediento.
* * *
El nueve de marzo cumplí cincuenta años, estaba en la selva misionera, Andrés y Benjamín de cuatro años fueron los primeros en saludarme. La etimología de la palabra saludo es salvación. Los hijos son una salvación. También una paradoja, por un lado nos dan la posibilidad de trascender, por otro intensifican el sentimiento de finitud de la vida.
Alain Posse dice que el único miedo de un padre es morirse, dejar huérfano a sus hijos, no despertar. Es así.
* * *
Cincuenta años. No los festejé. Nunca me sentí cómodo con esa celebración, ser el centro de atención sin ningún mérito más que sostenerse ante el paso del tiempo. Mera cuenta que no cuenta. Sin cuenta.
Waldo dejó en casa un libro de Paul Auster. En un cuento narra la historia de Auggie, kiosquero y fotógrafo que al descubrirlo como un escritor de renombre decide mostrarle su obra. Doce álbumes negros e idénticos, más de cuatro mil fotografías. Cada uno representa un año entero. La toma, siempre la misma, una esquina de Brooklyn a las siete de la mañana. Todas iguales.
Parecidas pero no iguales, dirían mis hijos de cuatro.
Poniendo atención Auster descubre las variaciones de la luz a medida que cambian las estaciones, el tráfico diferente según los días de la semana, personas que pasan y van repitiéndose, haciéndose conocidos. Cambios sutiles. Auster se da cuenta que Auggie está fotografiando el tiempo natural y el tiempo humano.
Mañana, mañana y mañana, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos. Murmura Auggie.
Nunca sentí el peso de cumplir ningún digito, el nueve de marzo del 2012, yo no era muy diferente que el ocho. Vivir es deslizarse, más rápido, menos. Deslizarse como en un reloj de arena, al principio los día duran meses, luego los meses días y al final –quizá- nuevamente todo se enlentezca… o no.
Estamos hechos de tiempo. De tiempo biológico, de tiempo cultural.
* * *
Mi abuela Hebe tenía un sacón de piel de muton (rima insalvable). Yo le decía, ponete el oso, Hebe. Me encantaba ir a su lado, bien cerca, sobre la piel suave, acurrucado, con la mano en su bolsillo, calentito, mimoso, como siempre.
A mis seis, siete, Hebe tendría la edad que yo tengo ahora. Sí, soy un padre –abuelo. Soy un padre moderno.
Me gusta cuando mis hijos quieren que me siente con ellos, a ver sus dibujitos por enésima vez.
Estoy en el sofá, Andrés a un lado, Benjamín al otro y ellos se acurrucan, calentitos, mimosos y es lo mismo de siempre pero al revés.
Damos vuelta el reloj de arena y la columna fina, reinicia la caída.
Guillermo García Avogadro, 13 de Abril, 2012
William Shakespeare
El mejor momento del otoño es a la hora de irse a dormir. No requerimos de esa magia menor, el aire acondicionado, y el peso de la sábana es placentero y de algún modo (para mí) narcótico.
No sé que día ni que hora es, caigo fusilado, con la dicha secreta de la inconciencia instantánea ¡Al fin, bienvenida inconciencia!
* * *
Me despierto en medio de la noche, son las tres de la mañana, agradezco que todavía falte bastante para las siete.
Me soñé el sueño recurrente. Soñé con mi abuela Hebe. Es más o menos siempre igual, charlamos algo, disfrutamos el encuentro, el mero hecho de estar en el mismo instante y en el mismo lugar... soy de algún modo, un poco niño. Luego, voy tomando conciencia que todo va a terminar y en un segundo realizo que se murió y con ese efecto de condensación que tienen los sueños enseguida me percibo lejano y atribuyo a esa lejanía la causa de su muerte.
La culpa es un lobo.
Sueños, agua para el sediento. Arena para el sediento.
* * *
El nueve de marzo cumplí cincuenta años, estaba en la selva misionera, Andrés y Benjamín de cuatro años fueron los primeros en saludarme. La etimología de la palabra saludo es salvación. Los hijos son una salvación. También una paradoja, por un lado nos dan la posibilidad de trascender, por otro intensifican el sentimiento de finitud de la vida.
Alain Posse dice que el único miedo de un padre es morirse, dejar huérfano a sus hijos, no despertar. Es así.
* * *
Cincuenta años. No los festejé. Nunca me sentí cómodo con esa celebración, ser el centro de atención sin ningún mérito más que sostenerse ante el paso del tiempo. Mera cuenta que no cuenta. Sin cuenta.
Waldo dejó en casa un libro de Paul Auster. En un cuento narra la historia de Auggie, kiosquero y fotógrafo que al descubrirlo como un escritor de renombre decide mostrarle su obra. Doce álbumes negros e idénticos, más de cuatro mil fotografías. Cada uno representa un año entero. La toma, siempre la misma, una esquina de Brooklyn a las siete de la mañana. Todas iguales.
Parecidas pero no iguales, dirían mis hijos de cuatro.
Poniendo atención Auster descubre las variaciones de la luz a medida que cambian las estaciones, el tráfico diferente según los días de la semana, personas que pasan y van repitiéndose, haciéndose conocidos. Cambios sutiles. Auster se da cuenta que Auggie está fotografiando el tiempo natural y el tiempo humano.
Mañana, mañana y mañana, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos. Murmura Auggie.
Nunca sentí el peso de cumplir ningún digito, el nueve de marzo del 2012, yo no era muy diferente que el ocho. Vivir es deslizarse, más rápido, menos. Deslizarse como en un reloj de arena, al principio los día duran meses, luego los meses días y al final –quizá- nuevamente todo se enlentezca… o no.
Estamos hechos de tiempo. De tiempo biológico, de tiempo cultural.
* * *
Mi abuela Hebe tenía un sacón de piel de muton (rima insalvable). Yo le decía, ponete el oso, Hebe. Me encantaba ir a su lado, bien cerca, sobre la piel suave, acurrucado, con la mano en su bolsillo, calentito, mimoso, como siempre.
A mis seis, siete, Hebe tendría la edad que yo tengo ahora. Sí, soy un padre –abuelo. Soy un padre moderno.
Me gusta cuando mis hijos quieren que me siente con ellos, a ver sus dibujitos por enésima vez.
Estoy en el sofá, Andrés a un lado, Benjamín al otro y ellos se acurrucan, calentitos, mimosos y es lo mismo de siempre pero al revés.
Damos vuelta el reloj de arena y la columna fina, reinicia la caída.
Guillermo García Avogadro, 13 de Abril, 2012
miércoles, 4 de abril de 2012
115. ¿Seré de ti pesadilla?
Once de la noche. Mi cuarto es grande y de techos altos, pero vaya a saber por qué decidí tener sólo mi cama, también grande; dos mesas de luz, que técnicamente no lo son, una es un antiguo mueble chino para guardar medicinas y la otra una mesita de apoyo, con bandeja, que traje de la casa de mamá. De un lado una lámpara Tolomeo de pie, del otro una idéntica, más pequeña, de mesa. Una banqueta laaaarga, para apoyar lo que sea y nada más. Créanme, alrededor sobra mucho espacio, subir a mi cama da la sensación de estar en el planeta de El Principito. Bueno, si ese es el efecto, ahí puede haber un buen motivo para las decisiones decorativas que tomé.
La mesa de luz debe haber sido pensada como un espacio de guarda para lo que necesitamos durante la noche, pero en mi caso, por mucho tiempo fue el mueble donde iba a parar todo aquello que no tenía su lugar, un aro roto; facturas inservibles; llaves perdidas; tarjetas de presentación de gente irrecordable; un playmobil sin cabeza de los chicos; fotos descartadas que me resistía a tirar; alguna pila; un par de Vanity Fairs viejas; una cajita con recuerdos varios y otra con gomitas para el pelo; libros interminables; cargadores de celulares históricos; alguna cremita… Ustedes saben.
Desde que duermo sola todo eso quedó en el mueble chino de numerosos cajoncitos, y yo me mudé al lado que era de Patricio, al aldo de la bandeja. Ahora, allí, una jarra de agua mineral y su vaso (de base ancha, difícil de volcar) un anotador y un lápiz HB con buena punta; una almohadilla pequeña, de tela suave, rellena con diminutas cascaritas de trigo sarraceno que me encanta poner sobre mis párpados a la hora de dormir (casi como la mano de mamá cuando chiquita) un par de anteojos de repuesto; el celu; el Ipad y nada más. Debajo, una cestita dónde dejar reloj, cadenitas y varios. En realidad siguen siendo muchas cosas, nada muy minimalista, pero sí mucho más útil.
* * *
No veo nada, estoy en completa oscuridad. Me encanta así, al acostarme me aseguro que no se filtre luz por ningún lado.
Siempre dormí con camisones largos, de puro algodón igual que mis sábanas (Frette, como las del Alvear Palace Hotel). Nunca entenderé por qué los varones duermen con pantalones y sacos abotonados. Nunca. A Patricio yo le había comprado en Mark&Spencer un par de camisones de hombre. Estaba entusiasmado, lo intentó, le puso garra, pero no dejaba de despertarse a medianoche desnudo hasta la cintura, con la mitad de la prenda retorcida y arrugada. No perseveró, una pena.
Sólo se escucha el zumbido del aire acondicionado en veinticinco grados, suficiente como para taparme, apenas. Estoy acostada de lado, la cabeza sobre una almohada muy chatita, muy, de pluma de ganso, casi un osito de peluche hecho almohada, cuando viajo es lo primero que pongo en la valija. Por suerte no ocupa mucho espacio.
Me gusta sentir como se reparte el peso del cuerpo, sobre un tobillo, la cadera, el contorno del brazo, una mejilla.
Toda mi cabeza, pesada, sobre la oreja izquierda; siento, claramente, como late.
Este es el momento del día (de la noche) donde pienso qué estarán haciendo otros, primero, vecinos que apenas trato y que de a uno van apagando sus luces a pocos metros de casa ¿Cómo habrá sido su día, cuáles serán sus historias? Decenas de historias, parecidas o no, que lentamente se irán adormeciendo. Luego el círculo se estrecha e imagino algunos pocos conocidos… ¿Qué les pasará por la cabeza, estarán pensando lo mismo que yo… alguno pensará en mí, como yo pienso en él, ahora?... A veces, que esto se pueda dar es imposible, por los usos horarios… ¡Qué fastidio! Del otro lado del mar, a las tres de la mañana, sólo hay espacio para sueños o insomnio ¿De alguien seré pesadilla, de alguien deseo postergado… y sublimado?
En algún momento, impreciso, me quedo dormida.
* * *
En otro momento, igual de impreciso, me despierto.
Estaba soñando con la estancia de los padres de Patricio en Miramar, kilómetros de playa y acantilados, casi un Hyannis Port gaucho. Allí estaba su hermana, que no me permite que la nombre, digamos Dulce Liberal, como le hubiera gustado llamarse si la madre de José Alfredo Martínez de Hoz no le hubiera ganado de mano. Dulce Liberal II había construido un muro de cemento entre su propiedad y las otras y a mí me hacía sentir un poco sapo de otro pozo, angustiada.
Entre dormida y despierta, creo, identifico los restos diurnos que dispararon ese sueño… era la visión desde mi ventana del lento construir de una torre, primero hogar y luego prisión de una princesita muy parecida a Gwyneth Paltrow, muy parecida a mí.
Luego, me parece, prendo la luz, tomo el anotador y realizo que ese primer despertar y mis devaneos fueron parte del sueño y que la historia de la torre no era ningún resto diurno, algo que pasó en la realidad… sino un sueño anterior, que recuerdo muy antiguo… y me impresiono de la velocidad con que pasa el tiempo… era un sueño que creo haber tenido recién casada, sin hijos, ni arrugas por las que preocuparme.
Con el lápiz HB en la mano me pregunto, en la confusión de la madrugada, si efectivamente existió ese sueño hace tantos años o si no será parte del recién soñado donde el creador también se encargó de generar la ilusión de otro muy antiguo, recobrado. Creo que eso es lo que pasó.
Sueños inventados desplegando sueños inventados, como pavos reales entre espejos que se enfrentan. Nada nuevo, lectores de Borges, estrategias para disimular el insomnio… O para no pensar en él, ahora, con cuatro horas de diferencia, despertando.
¿Seré de ti pesadilla, seré de ti un deseo postergado?
Alicia Lis, 4 de Abril 2012
La mesa de luz debe haber sido pensada como un espacio de guarda para lo que necesitamos durante la noche, pero en mi caso, por mucho tiempo fue el mueble donde iba a parar todo aquello que no tenía su lugar, un aro roto; facturas inservibles; llaves perdidas; tarjetas de presentación de gente irrecordable; un playmobil sin cabeza de los chicos; fotos descartadas que me resistía a tirar; alguna pila; un par de Vanity Fairs viejas; una cajita con recuerdos varios y otra con gomitas para el pelo; libros interminables; cargadores de celulares históricos; alguna cremita… Ustedes saben.
Desde que duermo sola todo eso quedó en el mueble chino de numerosos cajoncitos, y yo me mudé al lado que era de Patricio, al aldo de la bandeja. Ahora, allí, una jarra de agua mineral y su vaso (de base ancha, difícil de volcar) un anotador y un lápiz HB con buena punta; una almohadilla pequeña, de tela suave, rellena con diminutas cascaritas de trigo sarraceno que me encanta poner sobre mis párpados a la hora de dormir (casi como la mano de mamá cuando chiquita) un par de anteojos de repuesto; el celu; el Ipad y nada más. Debajo, una cestita dónde dejar reloj, cadenitas y varios. En realidad siguen siendo muchas cosas, nada muy minimalista, pero sí mucho más útil.
* * *
No veo nada, estoy en completa oscuridad. Me encanta así, al acostarme me aseguro que no se filtre luz por ningún lado.
Siempre dormí con camisones largos, de puro algodón igual que mis sábanas (Frette, como las del Alvear Palace Hotel). Nunca entenderé por qué los varones duermen con pantalones y sacos abotonados. Nunca. A Patricio yo le había comprado en Mark&Spencer un par de camisones de hombre. Estaba entusiasmado, lo intentó, le puso garra, pero no dejaba de despertarse a medianoche desnudo hasta la cintura, con la mitad de la prenda retorcida y arrugada. No perseveró, una pena.
Sólo se escucha el zumbido del aire acondicionado en veinticinco grados, suficiente como para taparme, apenas. Estoy acostada de lado, la cabeza sobre una almohada muy chatita, muy, de pluma de ganso, casi un osito de peluche hecho almohada, cuando viajo es lo primero que pongo en la valija. Por suerte no ocupa mucho espacio.
Me gusta sentir como se reparte el peso del cuerpo, sobre un tobillo, la cadera, el contorno del brazo, una mejilla.
Toda mi cabeza, pesada, sobre la oreja izquierda; siento, claramente, como late.
Este es el momento del día (de la noche) donde pienso qué estarán haciendo otros, primero, vecinos que apenas trato y que de a uno van apagando sus luces a pocos metros de casa ¿Cómo habrá sido su día, cuáles serán sus historias? Decenas de historias, parecidas o no, que lentamente se irán adormeciendo. Luego el círculo se estrecha e imagino algunos pocos conocidos… ¿Qué les pasará por la cabeza, estarán pensando lo mismo que yo… alguno pensará en mí, como yo pienso en él, ahora?... A veces, que esto se pueda dar es imposible, por los usos horarios… ¡Qué fastidio! Del otro lado del mar, a las tres de la mañana, sólo hay espacio para sueños o insomnio ¿De alguien seré pesadilla, de alguien deseo postergado… y sublimado?
En algún momento, impreciso, me quedo dormida.
* * *
En otro momento, igual de impreciso, me despierto.
Estaba soñando con la estancia de los padres de Patricio en Miramar, kilómetros de playa y acantilados, casi un Hyannis Port gaucho. Allí estaba su hermana, que no me permite que la nombre, digamos Dulce Liberal, como le hubiera gustado llamarse si la madre de José Alfredo Martínez de Hoz no le hubiera ganado de mano. Dulce Liberal II había construido un muro de cemento entre su propiedad y las otras y a mí me hacía sentir un poco sapo de otro pozo, angustiada.
Entre dormida y despierta, creo, identifico los restos diurnos que dispararon ese sueño… era la visión desde mi ventana del lento construir de una torre, primero hogar y luego prisión de una princesita muy parecida a Gwyneth Paltrow, muy parecida a mí.
Luego, me parece, prendo la luz, tomo el anotador y realizo que ese primer despertar y mis devaneos fueron parte del sueño y que la historia de la torre no era ningún resto diurno, algo que pasó en la realidad… sino un sueño anterior, que recuerdo muy antiguo… y me impresiono de la velocidad con que pasa el tiempo… era un sueño que creo haber tenido recién casada, sin hijos, ni arrugas por las que preocuparme.
Con el lápiz HB en la mano me pregunto, en la confusión de la madrugada, si efectivamente existió ese sueño hace tantos años o si no será parte del recién soñado donde el creador también se encargó de generar la ilusión de otro muy antiguo, recobrado. Creo que eso es lo que pasó.
Sueños inventados desplegando sueños inventados, como pavos reales entre espejos que se enfrentan. Nada nuevo, lectores de Borges, estrategias para disimular el insomnio… O para no pensar en él, ahora, con cuatro horas de diferencia, despertando.
¿Seré de ti pesadilla, seré de ti un deseo postergado?
Alicia Lis, 4 de Abril 2012
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)