Once de la noche. Mi cuarto es grande y de techos altos, pero vaya a saber por qué decidí tener sólo mi cama, también grande; dos mesas de luz, que técnicamente no lo son, una es un antiguo mueble chino para guardar medicinas y la otra una mesita de apoyo, con bandeja, que traje de la casa de mamá. De un lado una lámpara Tolomeo de pie, del otro una idéntica, más pequeña, de mesa. Una banqueta laaaarga, para apoyar lo que sea y nada más. Créanme, alrededor sobra mucho espacio, subir a mi cama da la sensación de estar en el planeta de El Principito. Bueno, si ese es el efecto, ahí puede haber un buen motivo para las decisiones decorativas que tomé.
La mesa de luz debe haber sido pensada como un espacio de guarda para lo que necesitamos durante la noche, pero en mi caso, por mucho tiempo fue el mueble donde iba a parar todo aquello que no tenía su lugar, un aro roto; facturas inservibles; llaves perdidas; tarjetas de presentación de gente irrecordable; un playmobil sin cabeza de los chicos; fotos descartadas que me resistía a tirar; alguna pila; un par de Vanity Fairs viejas; una cajita con recuerdos varios y otra con gomitas para el pelo; libros interminables; cargadores de celulares históricos; alguna cremita… Ustedes saben.
Desde que duermo sola todo eso quedó en el mueble chino de numerosos cajoncitos, y yo me mudé al lado que era de Patricio, al aldo de la bandeja. Ahora, allí, una jarra de agua mineral y su vaso (de base ancha, difícil de volcar) un anotador y un lápiz HB con buena punta; una almohadilla pequeña, de tela suave, rellena con diminutas cascaritas de trigo sarraceno que me encanta poner sobre mis párpados a la hora de dormir (casi como la mano de mamá cuando chiquita) un par de anteojos de repuesto; el celu; el Ipad y nada más. Debajo, una cestita dónde dejar reloj, cadenitas y varios. En realidad siguen siendo muchas cosas, nada muy minimalista, pero sí mucho más útil.
* * *
No veo nada, estoy en completa oscuridad. Me encanta así, al acostarme me aseguro que no se filtre luz por ningún lado.
Siempre dormí con camisones largos, de puro algodón igual que mis sábanas (Frette, como las del Alvear Palace Hotel). Nunca entenderé por qué los varones duermen con pantalones y sacos abotonados. Nunca. A Patricio yo le había comprado en Mark&Spencer un par de camisones de hombre. Estaba entusiasmado, lo intentó, le puso garra, pero no dejaba de despertarse a medianoche desnudo hasta la cintura, con la mitad de la prenda retorcida y arrugada. No perseveró, una pena.
Sólo se escucha el zumbido del aire acondicionado en veinticinco grados, suficiente como para taparme, apenas. Estoy acostada de lado, la cabeza sobre una almohada muy chatita, muy, de pluma de ganso, casi un osito de peluche hecho almohada, cuando viajo es lo primero que pongo en la valija. Por suerte no ocupa mucho espacio.
Me gusta sentir como se reparte el peso del cuerpo, sobre un tobillo, la cadera, el contorno del brazo, una mejilla.
Toda mi cabeza, pesada, sobre la oreja izquierda; siento, claramente, como late.
Este es el momento del día (de la noche) donde pienso qué estarán haciendo otros, primero, vecinos que apenas trato y que de a uno van apagando sus luces a pocos metros de casa ¿Cómo habrá sido su día, cuáles serán sus historias? Decenas de historias, parecidas o no, que lentamente se irán adormeciendo. Luego el círculo se estrecha e imagino algunos pocos conocidos… ¿Qué les pasará por la cabeza, estarán pensando lo mismo que yo… alguno pensará en mí, como yo pienso en él, ahora?... A veces, que esto se pueda dar es imposible, por los usos horarios… ¡Qué fastidio! Del otro lado del mar, a las tres de la mañana, sólo hay espacio para sueños o insomnio ¿De alguien seré pesadilla, de alguien deseo postergado… y sublimado?
En algún momento, impreciso, me quedo dormida.
* * *
En otro momento, igual de impreciso, me despierto.
Estaba soñando con la estancia de los padres de Patricio en Miramar, kilómetros de playa y acantilados, casi un Hyannis Port gaucho. Allí estaba su hermana, que no me permite que la nombre, digamos Dulce Liberal, como le hubiera gustado llamarse si la madre de José Alfredo Martínez de Hoz no le hubiera ganado de mano. Dulce Liberal II había construido un muro de cemento entre su propiedad y las otras y a mí me hacía sentir un poco sapo de otro pozo, angustiada.
Entre dormida y despierta, creo, identifico los restos diurnos que dispararon ese sueño… era la visión desde mi ventana del lento construir de una torre, primero hogar y luego prisión de una princesita muy parecida a Gwyneth Paltrow, muy parecida a mí.
Luego, me parece, prendo la luz, tomo el anotador y realizo que ese primer despertar y mis devaneos fueron parte del sueño y que la historia de la torre no era ningún resto diurno, algo que pasó en la realidad… sino un sueño anterior, que recuerdo muy antiguo… y me impresiono de la velocidad con que pasa el tiempo… era un sueño que creo haber tenido recién casada, sin hijos, ni arrugas por las que preocuparme.
Con el lápiz HB en la mano me pregunto, en la confusión de la madrugada, si efectivamente existió ese sueño hace tantos años o si no será parte del recién soñado donde el creador también se encargó de generar la ilusión de otro muy antiguo, recobrado. Creo que eso es lo que pasó.
Sueños inventados desplegando sueños inventados, como pavos reales entre espejos que se enfrentan. Nada nuevo, lectores de Borges, estrategias para disimular el insomnio… O para no pensar en él, ahora, con cuatro horas de diferencia, despertando.
¿Seré de ti pesadilla, seré de ti un deseo postergado?
Alicia Lis, 4 de Abril 2012
miércoles, 4 de abril de 2012
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