La huella de un sueño no es menos real que la de una pisada
Georges Duby
Llegábamos a la casa de mamá. No a la casa de la calle Azcuénaga, en los altos de su farmacia. Llegábamos a una casa tradicional de Martinez, cerca del río. Yo no era una niña, era una mujer.
Llegábamos y preparaba dos valijas y un bolso, pocas cosas. No teníamos ningún compromiso, con nada ni con nadie. Había cierta tensión en el ambiente, nadie hablaba.
Enrico guarda todo en el baúl de su auto, no en el Alfa Romeo, en un auto argentino de los ochenta. Nos íbamos a vivir juntos a un departamento pequeño frente a un parque inmenso.
Mamá lo mira callada y Enrico le dice que ella sabe lo que él me quiere y que se quede tranquila, que trabajará de lo que sea necesario.
Un signo de interrogación se dibuja sobre su cara, no como una reacción alérgica, como un grafismo infantil ¿A qué le teme? Arranca el auto y partimos.
Despierto y realizo que me estoy despertando y trato de no moverme y mantener el ritmo de la respiración con la ilusión de volver al sueño, por un rato, pero la realidad se impone y me levanto y tapo a los más chicos, para que no se enfríen. Ningún psicólogo infantil ha descrito, creo, el salto cualitativo en el desarrollo humano que significa mantenerse tapado mientras se duerme. Bajo a hacerme un té.
La ciudad no está dormida está agazapada.
Ejercicio absurdo y doloroso preguntarse que habría sido de una, si las cosas hubieran sido de modo diferente.
Si los más chicos no fueran tan chicos, si lo hubiera conocido antes, si Patricio estuviera aquí, o… si no hubiera estado nunca.
En tren de fantasear, fantaseo. Viaje de estudios a Italia, mejor, beca al mejor promedio, Él está iniciando la carrera de Historia y se paga los estudios como mecánico y piloto de pruebas y es tímido y yo le robo un beso en una esquina, una tarde y le pido que me bese bien, en los labios. Y a los dos nos gusta perdernos por la ciudad, que siempre está desierta y charlar interminablemente en cafés abiertos sólo para nosotros y el cine, el cine, el cine y toda la pintura del renacimiento Toscano. Y vuelvo a Buenos Aires y él me sigue y al principio no me gusta mucho la idea, me da miedo perder mi independencia y él tiene miedo de no poder mantenernos en una ciudad que se agazapa y luego nos dejamos llevar y evitamos darnos cuenta de lo que hacemos y nos vamos a vivir juntos a un departamento mínimo y los dos trabajamos mucho y no nos redescubrimos porque desde el principio fue como si nos conociéramos desde siempre y luego y luego todo, todo lo demás. De la mano.
¿Y si el peso de la rutina y el esfuerzo se terminaban cobrando nuestro amor, dejando sólo algunos buenos recuerdos y la intención de recomenzar o nunca más comenzar nada con nadie? ¿Y si los hijos no venían o él se negaba a tenerlos? ¿O si los caminos en algún momento, sin mucha explicación, empezaban a distanciarse? O peor aún… ¿Y si sólo cambia lo circunstancial y más allá de los nombres y los oficios, hay algo que permanece y yo no pudiera escapar de la muerte, de su muerte? Sea dicho, nadie ha probado ser inmortal, al menos hasta ahora.
Ejercicio absurdo y doloroso preguntarse que habría sido de una, si las cosas se hubieran dado de modo diferente. No lo fueron y si entonces algo distinto se daba, tampoco podríamos imaginar el hoy, que en su momento sólo era otro mañana.
En el sueño somos dramaturgo, comediante, teatro, artificio y auditorio. En el sueño somos todo. Todo para nosotros. Es un regalo que nos hacemos para nuestro entero disfrute. Disfrutamos al recordarlo, al compartirlo y cuando jugamos a descifrarlo.
El soñador es un escritor ingenuo, en seguida se le nota a donde apunta, las segundas intenciones.
Como en el sueño de una joven, que Freud cuenta, donde el padre invita a comer a una mujer y de postre pide cerezas. La joven, quería ser esa, que nadie le quitara el amor del padre. Los sueños son obvios.
Siempre queremos ser esas, las del sueño.
En esa obviedad radica su encanto. En escuchar lo que queremos oír, apenas disimulado, dispuesto para que lo rescatemos, y así bajo el manto de esa fantasía que la noche ha traído permitirnos aceptar lo tan deseado.
La vida es muy, muy pequeña. Los sueños no.
Los sueños son claros y distintos. La vida balbucea.
Alicia Lis, 16 de Abril, 2012
lunes, 16 de abril de 2012
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