Mañana, mañana y mañana, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos
William Shakespeare
El mejor momento del otoño es a la hora de irse a dormir. No requerimos de esa magia menor, el aire acondicionado, y el peso de la sábana es placentero y de algún modo (para mí) narcótico.
No sé que día ni que hora es, caigo fusilado, con la dicha secreta de la inconciencia instantánea ¡Al fin, bienvenida inconciencia!
* * *
Me despierto en medio de la noche, son las tres de la mañana, agradezco que todavía falte bastante para las siete.
Me soñé el sueño recurrente. Soñé con mi abuela Hebe. Es más o menos siempre igual, charlamos algo, disfrutamos el encuentro, el mero hecho de estar en el mismo instante y en el mismo lugar... soy de algún modo, un poco niño. Luego, voy tomando conciencia que todo va a terminar y en un segundo realizo que se murió y con ese efecto de condensación que tienen los sueños enseguida me percibo lejano y atribuyo a esa lejanía la causa de su muerte.
La culpa es un lobo.
Sueños, agua para el sediento. Arena para el sediento.
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El nueve de marzo cumplí cincuenta años, estaba en la selva misionera, Andrés y Benjamín de cuatro años fueron los primeros en saludarme. La etimología de la palabra saludo es salvación. Los hijos son una salvación. También una paradoja, por un lado nos dan la posibilidad de trascender, por otro intensifican el sentimiento de finitud de la vida.
Alain Posse dice que el único miedo de un padre es morirse, dejar huérfano a sus hijos, no despertar. Es así.
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Cincuenta años. No los festejé. Nunca me sentí cómodo con esa celebración, ser el centro de atención sin ningún mérito más que sostenerse ante el paso del tiempo. Mera cuenta que no cuenta. Sin cuenta.
Waldo dejó en casa un libro de Paul Auster. En un cuento narra la historia de Auggie, kiosquero y fotógrafo que al descubrirlo como un escritor de renombre decide mostrarle su obra. Doce álbumes negros e idénticos, más de cuatro mil fotografías. Cada uno representa un año entero. La toma, siempre la misma, una esquina de Brooklyn a las siete de la mañana. Todas iguales.
Parecidas pero no iguales, dirían mis hijos de cuatro.
Poniendo atención Auster descubre las variaciones de la luz a medida que cambian las estaciones, el tráfico diferente según los días de la semana, personas que pasan y van repitiéndose, haciéndose conocidos. Cambios sutiles. Auster se da cuenta que Auggie está fotografiando el tiempo natural y el tiempo humano.
Mañana, mañana y mañana, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos. Murmura Auggie.
Nunca sentí el peso de cumplir ningún digito, el nueve de marzo del 2012, yo no era muy diferente que el ocho. Vivir es deslizarse, más rápido, menos. Deslizarse como en un reloj de arena, al principio los día duran meses, luego los meses días y al final –quizá- nuevamente todo se enlentezca… o no.
Estamos hechos de tiempo. De tiempo biológico, de tiempo cultural.
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Mi abuela Hebe tenía un sacón de piel de muton (rima insalvable). Yo le decía, ponete el oso, Hebe. Me encantaba ir a su lado, bien cerca, sobre la piel suave, acurrucado, con la mano en su bolsillo, calentito, mimoso, como siempre.
A mis seis, siete, Hebe tendría la edad que yo tengo ahora. Sí, soy un padre –abuelo. Soy un padre moderno.
Me gusta cuando mis hijos quieren que me siente con ellos, a ver sus dibujitos por enésima vez.
Estoy en el sofá, Andrés a un lado, Benjamín al otro y ellos se acurrucan, calentitos, mimosos y es lo mismo de siempre pero al revés.
Damos vuelta el reloj de arena y la columna fina, reinicia la caída.
Guillermo García Avogadro, 13 de Abril, 2012
viernes, 13 de abril de 2012
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