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lunes, 30 de abril de 2012

119. Elogio a la infidelidad

Polvo serán, más polvo enamorado. Francisco de Quevedo

Uno se llamaba Robert Waller y tenía un PH.D. in business. Era profesor a tiempo completo de management, economía y matemática aplicada. Llegó a ser dean del College of Business en Indiana University y se retiró en 1986.

El otro era actor, se había casado cinco veces (ahora va por la sexta) y contaba ocho hijos. Le gustaba pasearse con un orangután. Fue republicano y alcalde de su pueblo. Copio un diálogo de uno de sus personajes: le dicen “cada vez hay más restricciones para fumar”, él con el cigarrillo en los labios contesta “y cada vez hay más hijos de puta a los que les importa una mierda”.


 * * *

Dejo el auto en una calle de Olivos cerca de Maipú. Llego a la dirección anotada y toco timbre en un cuarto H. La señora que atiende me entrega el libro que compré por Mercado Libre e insiste que es una pena (no sé por qué) no haber podido conocer a su marido, que intuyo farmacéutico por el tipo de libros que oferta.

En una bolsita de papel marrón me llevo Los Viejos Puentes de Madera (Emecé, 1993). No era lo que sus admiradores prometían.

*  * *


Clint Eastwood se hizo famoso por Feos, Sucios y Malos y por su mascota, el orangután. Clint Eastwood filmó el libro de Robert Waller, filmó con Meryl Streep, Los Puentes de Madison.

Yo quería hablar sobre esa película, pero tuve la curiosidad de leer primero el libro, pequeño, que le dio origen. Al igual que El Padrino, una gran film surgido de un libro, valga la redundancia, pequeño.

Clint Eastwood venía de ser Harry El Sucio, Waller de su clase de matemática ¿Alguien puede imaginar una combinación así de imposible para el último melodrama que nos partió el corazón? Nunca digas nunca.

Steven Spielberg había adquirido los derechos de Los Puentes de Madison, parece que la iban a protagonizar Robert Redford y Glenn Close, no hubiera sido lo mismo, estaríamos pensando siempre en Nuestro Años Felices o Atracción Fatal y esos fantasmas nunca nos hubieran dejado en paz. Eastwood trae un pasado opaco, un no pasado y Meryl La Decisión de Sophie y África Mía. Hay fantasmas que expulsan y fantasmas que atraen.

Hay también un tráiler de la película que dura noventa segundos. Sólo invierte siete en Francesca (Meryl Streep) y Robert (Clint Eastwood) el resto lo dedica a mostrarnos paisajes de nubes cargadas al atardecer, un río, el campo y la brisa, un camino de tierra serpenteando y una camioneta que avanza, el puente Roseman, la granja, su molino y la voz de ella diciéndonos que guarda en su corazón imágenes de ese cálido verano y de la quietud que precede a la tormenta.

Ese tráiler es la película.

1965. La historia cuenta la vida rutinaria y monótona de Francesca, devota ama de casa que vive en una granja con su familia. El marido y los hijos se han ido, están en la feria del estado de Illinois. A su puerta toca Robert que ha llegado hasta allí para hacer unas fotos de los puentes cubiertos por encargo del National Geographic. Se enamoran. Ella tiene 45 y él 52.

La relación nos la entregan sucesivos flash-backs. La película abre con los hijos de Francesca leyendo su testamento. No quiere ser enterrada junto al marido, en el cementerio. Pide la incineren y echen sus cenizas al río. Desconcertados, en un cuaderno encuentran un porqué, de cómo sin querer su madre se enamoró de otro hombre y de que forma los cuatro días que pasa junto a él cambian para siempre su vida, o no.

Escuchamos al amor acercarse, nos rosa, respira a nuestro lado, no lo intuimos, no es una construcción, no está en lo que se dice… Como en las pinturas de Botero donde todo es gordo, aquí todo es amor. Aquí el amor no nace, no se desenvuelve. Siempre está presente, no puede disimular ni postergarse. Bueno, así es como el amor es, algo distinto debería llamarse de otro modo ¿Me equivoco?


La promesa de la felicidad perfecta será para ellos, nostalgia, un recuerdo de cuatro días.

Quizá lo sea para todos y por eso lloramos, todos, en la escena de la lluvia.

El se ha ido y ella va con su marido a la ciudad. Diluvia, Francesca espera en la camioneta, sola y, sin proponérselo, aparece Robert, se miran, él no se acerca, ella no se baja, él entiende, sube a la suya y arranca. Llega el marido, salen, un semáforo y, el destino, hace que se detengan detrás del auto de Robert, queremos que se miren, que intenten mirarse a través de los vidrios empañados, la lluvia cae y cae, las escobillas van y vienen, no alcanzan, Francesca sufre de verdad, no de película, lleva su mano a la manija de la puerta, va y viene, no le alcanza, Robert acelera, gira a la derecha y se separan para siempre.

En mi memoria, Robert mirando por el retrovisor, mirando lo que deja atrás.

Robert renuncia a la felicidad y todos entendemos por qué.

Francesca renuncia a la felicidad y todos entendemos por qué.

Un elogio a la infidelidad.

Waldo Williams, 30 de Abril, 2012

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