Ojalá pase algo que te borre de pronto
Una luz cegadora, un disparo de nieve
Silvio Rodriguez
Una vez me dijeron que Silvio escribió esta letra pensando en el general Pinochet, que donde se canta nieve debe escucharse nievi, que sería un fusil ruso usado en la revolución cubana o el nombre de un francotirador. Ambas cosas son altamente improbables (digo, en Wikipedia, debería estar alguno de los dos términos, descritos con algún nivel de precisión y error, pero no, ninguno de los dos aparece, raro, nada, nada de nada).
No lo creo, no, Silvio no escribió que el deseo se fuera tras Pinochet, o que ojalá que no pudiera tocarlo, ni siquiera con sus canciones. No, sólo de una mujer se puede decir Ojalá por lo menos que me lleve la muerte, para no verte tanto, para no verte siempre.
Prefiero pensar que Silvio le escribía a Emilia, a los dieciocho años, la novia que le enseñó muchas cosas, que le enseñó a César Vallejos.
Escuché Ojalá por primera vez cantada por los Zupay, en Barrancas de Belgrano, en un recital de la primavera Alfonsinista, junto a Victoria, Victoria Mansilla, mi prima de Rosario. Hacía días que había terminado con Diego, mi novio de la facultad, que me eneseñó los pasteles de Carlos Alonso. Esa noche copié cada verso, así como me iba acordando, en la libreta donde atesoro poesías para ser usadas en caso de emergencia. La leí muchas veces cuando murió Patricio. Ojalá le canta, creo, al amor que se frustra antes de verse agotado, un amor muerto que sigue con vida, un amor fantasma.
Robert Kinkaid, fotógrafo del National Geographic, seguro que sabía algo de español. Robert bien podría haber escuchado a Silvio largamente.
Hice este comentario una tarde en la casa de Guillermo, con el sol del otoño sobre la laguna. Ni él, ni Alejandro Bulacio me tuvieron muy en cuenta, discutían (ellos no pueden conversar, sólo discutir) sobre si Kant puede ser explicado de modo gráfico, sencillo. Uno estaba de acuerdo el otro tampoco.
Aquí mi modesto aporte, desde el rincón de las revistas Vogue.
Según aprendimos en el Círculo DIOR, en la ética de Kant los sentimientos no tienen lugar al momento de tomar una decisión moral.
Sabemos que Kant separa radicalmente razón y pasión, que en él la responsabilidad moral obra como una contención, como un dique contra todo sentimiento.
Parece duro, la ética siempre lo es, pero lo que pretende Kant es escapar de la visión clásica, donde se propone un ideal de vida buena, una buena forma de vivir.
Kant busca el modo en que una acción pueda juzgarse respetando la libertad y la conciencia de cada cual. Kant busca salirse del infranqueable orden natural. Kant empuja al hombre a ser su amo, a confeccionar las leyes por las que se regirá.
El problema moral aparece cuando razón y pasión señalan direcciones opuestas, muy opuestas. Veamos.
Robert toca a la puerta de Francesca, en Madison County. Italiana, casada con un ex combatiente y madre de tres hijos. Está sola, todos se han ido por cuatro días a una feria en Idaho. Se enamoran y se plantea entonces el dilema moral.
Robert le pide que se vaya con él y Francesca responde "Por más que te desee y quiera estar contigo y ser parte tuya no puedo escapar de mis responsabilidades. Pero si me lo pides no podré luchar, no me darían las fuerzas. No me hagas abandonar esto, no puedo vivir reprochándome mi egoísmo. Si me voy ahora, ese sentimiento me convertirá en una mujer muy diferente de la que amas."…
Francesca no es feliz, quizá está aburrida y ve como los años vuelan, la vida pasa. Los hijos son grandes y no la necesitan tanto. No la necesitan. Pero siente que no es el momento, que es demasiado tarde o demasiado pronto, que todavía tiene obligaciones con su familia, deberes que ella eligió, feliz, atrás, en un tiempo donde todo era porvenir.
Ella sigue a Kant, quizás sin haberlo leído, Francesca renuncia a lo que siente por Robert, a darle otra chance a su felicidad, sin tener en cuenta las consecuencias que esto tiene sobre ella. Sólo sigue lo que le dicta la razón. Quedándose junto a su familia, nos dice que valora más la unidad familiar que su propia alegría. Sus sentimientos le dicen, ni siquiera armes una valija, sal ya, corre, no mires atrás. Pero Francesca, libre, actúa siguiendo el deber que ella misma se traza.
La unidad familiar tiene más valor que tu felicidad. Francesca parece estar convencida que el modo en que obró, podría convertirse en regla de vida para sus hijos, para sus yernos y nueras, para sus nietos, para todos. La unidad familiar tiene más valor que tu felicidad.
Francesca no le hizo a nadie, lo que no le hubiera gustado que a ella le hicieran. Francesca es una buena alumna de la Critica della Ragion Pratica.
¿Pero estamos seguros, bien seguros, que si hubiera sido ella la que estaba en la feria de Idaho no hubiera podido comprender?
¿Estamos seguros, bien seguros, que si la que trae el dilema es su hija, ahora casada, la respuesta sería la misma? Escucho a mi abuela diciendo ¿Chi lo sa?
Todos tenemos un amor fantasma.
Comparto con Francesca los versos de Silvio.
Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan
para que no las puedas convertir en cristal.
Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo.
Ojalá que la luna pueda salir sin ti.
Ojalá que la tierra no te bese los pasos.
Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto:
una luz cegadora, un disparo de nieve,
ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones:
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.
Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda.
Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz.
Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti,
a tu viejo gobierno de difuntos y flores.
Alicia Lis, 8 de mayo, 2012
martes, 8 de mayo de 2012
120. Amor fantasma
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Pobre Alicia! No comprende que en este punto Kant y los autores clásicos hubieran pensado que la solución al problema que plantea era la misma. En el caso de Kant por el deber ser pensado como la mejor acción, en el caso de la moral de prudencia (Aristóteles, Tomás, Pipper), porque había sumido libremente formar una familia, y era consecuente con ello, obrando justamente. Los que ven la moral de otra manera son los utilitaristas, los que suman felicidades, que terminan sumando placeres, y en general egoismos (la moral de mirarse el pupo que le dicen en el barrio). Eligió lo bueno, eligió pensando en los demás, eligió libre y responsablemente. Eligió bien. José
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