Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



sábado, 6 de julio de 2013

143. Polka dots


Estoy parado en la esquina de San Martín de Tours y Figueroa Alcorta.

Levanto mi botita de gamuza 45 grados manteniendo la punta del taco firme sobre el suelo. Mitad de la suela de crepe se balancea entre el cuero y el vacío. Parece un castor bostezando. Con desesperanza le sonrío a ese zapato con vocación de muppet, le digo: ya no hay tiempo para Poxiram, mirá, ahí llega Alicia dentro de un abrigo a rayas en tonos esmeralda y arena con cinturón de fieltro gris. Alicia es todo un PNT de Carolina Herrera a las puertas del Malba.

Le pregunto si quiere que hagamos la remake de La Dama y el Vagabundo, la podría dirigir Baz Luhrmann. Ella contesta que prefiere una versión stop-motion filmada por Tim Burton, que al menos una vez en la vida quiere ser una muñequita de verdad. Le digo que seguramente Helena Bonham Carter le doblará la voz. Alicia, sacando su billetera Louis Vuitton “Curieuse”, susurra que mientras no sea Shakira, ella no tiene ningún problema.

La billetera es de cuero color lila, Alicia me lee la mente y como hablándose a sí misma deja caer «el isologo repetido y evidente es para japoneses» y compra dos entradas para la exhibición de Yayoi Kusama.

En el hall chicas y no tanto, con redondeles color fluo, pegados en la cara y en la ropa. Los sacan de una planchuela que entregan con el programa de la muestra.

Mirá ese lunar, le digo a Alicia, señalando a la rubia con cara de conejo que lo lleva puesto en la punta de la nariz. Le queda gracioso, claro, tiene diecinueve años.

Son Polka dots... Desde final del siglo XIX.. ¿Sabés porque los llamaron así? Por un baile que hacía furor... Aunque nada tiene que ver una cosa con la otra... Más allá que ese baile se hizo popular al tiempo que se puso de moda vestirse con lunares.

Yo miro al vacío y me pregunto ¿De dónde saca esas cosas? Debo haberlo hecho, sin querer, en voz alta. Alicia responde «hay una neurona en mí que codifica todo lo que tenga que ver con moda». Yo también la tengo, pero sólo codifica cosas relativas a Jeniffer Aniston.

 Llegamos al segundo piso, descorremos una cortina negra y vemos como se proyectan diapositivas que muestran una Yayoi joven en New York, con trenzas y vestido rosado con flores celestes y amarillas, lleva una sombrilla también floreada. Camina por lugares desolados, largos paredones, calles de cemento, vidrieras cubiertas por carteles de ofertas, una sombra, alguien que la mira desde una escalera. A cada paso se la nota más triste. Abatida. El extrañamiento de una extranjera. El extrañamiento del artista ante el mundo cuando cae el artificio de su obra.

Luego una serie de early works. Siempre me gustan mirar primeros trabajos. Es como una versión africana del autor, primitiva y esencial.

Detrás de nosotros dos de esas mujeres que piensan que el universo existe para que ellas lo glosen. Comentan que Yayoi nació en Kioto como Murakami... Como Yoko Ono... Se embelesan (además de inconexas están erradas, Yoko nació en Tokio). Sus comentarios son como un crochet sin gracia, señala Alicia, laxo, lleno de agujeros, inútil.

No dicen que nació en una familia japonesa tradicional, y que la madre le hacía seguir al padre cuando se iba con sus amantes, para luego obligarla a describir las escenas de sexo, descargando toda su ira sobre ella. A Yayoi le aterrorizó lo sexual durante toda su vida. Desde pequeña comenzó a sufrir alucinaciones visuales y auditivas.

En la siguiente sala trabajos neoyorquinos típicos del pop: reproducción mecánica, repetición, acumulación, por ejemplo de falos blandos (gracias a Dios, a esta altura estamos lejos de The Master of the Gloss).

Hacemos una fila larga para entrar a un espacio espejado por los cuatro lados, el observador se ubica en el centro y se multiplica largamente rodeado de falos inflables blancos con lunares colorados. Simpático. Siempre me gustó el efecto que producen los espejos enfrentados. Pero no fue algo nuevo... de chico he pasado horas en el hall del edificio donde vivía Enrique Reppen, viendo como marchaba un ejército de mí-mismos que copiaban todos mis movimientos.

Seguimos hasta un living-comedor oscuro, iluminado por luz negra y cubierto de puntos de colores fluorescentes. Un poco aterrador cuando sabemos que esos puntos son una alucinación recurrente de Yayoi. Algunos se sacan fotos como si estuvieran en la cocina de Mickey Mouse.

Cierra otro cubo oscuro y espejado que se atraviesa siguiendo un camino en forma de ese, bordeado por agua. Desde el cielo, caen hilos con pequeñas lucesitas que lentamente cambian de color y se extienden al infinito en todas direcciones. Mágico. Recorrido que no dejaremos de contar, inútilmente, es una experiencia visual imposible de traducir en palabras.

La exposición termina en el subsuelo, un gran espacio donde todo es blanco, paredes, muebles, objetos. El público es invitado a que pegue sus propios lunares.
Es difícil encontrar un espacio libre.

Muchas obras con polka dots, llevan nombres del tipo Obliteración del Mundo y Auto-obliteración.

Obliterar significa anular. Los puntos que cada uno de nosotros vamos pegando cubren todo y de algún modo anulan ese mundo blanco, frío y distante. Como las alucinaciones de Yayoi, tratando de borrar el recuerdo de sus padres.

En 1977 Yayoi se internó por su propia voluntad en un hospital neuropsiquiatrico, donde vive y trabaja. Ella dice «si no pudiera hacer arte me suicidaría».

Salimos, Buenos Aires tiene todos los climas, hoy tiene el de Londres, gris, húmedo y melancólico. En la avenida los árboles se recortan locos, rojos con lunares blancos.

Waldo Williams, Buenos Aires, 7 de junio, 2013

miércoles, 3 de julio de 2013

142. Hasta los feos son lindos



Mientras las personas son jóvenes y la composición musical de su vida está aún en sus primeros compases, pueden escribirla juntas e intercambiarse motivos, pero cuando se encuentran y son ya mayores, sus composiciones musicales están ya más o menos cerradas y cada palabra, cada objeto, significa una cosa distinta en la composición de la una y de la otra. Milan Kundera

Son las once de la noche y dejé a mi tía en su casa.
Mi abuela le puso Rosa Rosita con la esperanza que la llamaran por el segundo nombre, Rosita, evitando apodos como “Porota”, el de su hija mayor.
Su éxito fue parcial. Todos siempre le dijeron rosarrosita sin-pausa-alguna.
Tiene setenta y seis años, buena salud y aunque vive en Barrio Norte, sólo se atiende en el Hospital Británico, en Barracas. Ella y mami siempre estuvieron convencidas que no había como los ingleses para manejar un hospital… Quizá algo tengan que ver las películas de guerra y las dulces y bellas y abnegadas enfermeras asistiendo a recios y atléticos y valientes soldados.

Cuando el rol de una pasa a ser, primariamente, el de chauffeur (de niños y mayores) casi puedo asegurar que se está cerca del borde del abismo, asistencialismo a dos puntas, vaca con el lazo puesto.

Es jueves, hace un frío de guillotina, en la calle no hay nadie y yo me muero de hambre. Casi una escena de Los Miserables, si no fuera porque voy manejando una Range Rover Evoque.
En una esquina, un espacio donde estacionar fácil, todo un signo. A metros está Romario, otro llamado que no dejo pasar.

Adentro está algo oscuro, paredes de colores fuertes y mucho neón. Buscó una mesa. En la barra, como bellas durmientes recién hechizadas, las meseras conversan entre sueños, mientras los pedidos, a su lado, se hielan.

Hago señas hasta que viene una. Son argentinas típicas: pelo largo, buena cola y pocas lolas. Pantalón, botas y sweater negro, todo muy ajustado. Ligeras y casi altas.

Cuando yo tenía su edad todo mi guardarropa era un tapadito seis octavos navy blue, dos polleras por debajo de la rodilla, dos zapatos de taco bajo (azules y marrones) tres camisas con puntillas, de cuello alto y abotonadas en la espalda, una bufanda escocesa en tonos oscuros y… no mucho más. Era el inicio de los ochenta y en materia de moda yo seguía los dictados de Louisa M. Alcott.

Le pido una pizzita, tratando de acortar, con mis modos, la distancia. No tiene registro de mi intento y me sigue tratando como a su abuela, aunque sin ningún cariño ni respeto.

Pensaba comer algo rápido y salir enseguida para casa. Tardan siglos. El fuego del horno lo encendió Dante.

Espero y espero, miro a mí alrededor. En todas las mesas chicos y chicas entre diecisiete y veintiuno. Todos son lindos, hasta las feítas, hasta los gordos bajitos son lindos. Me quedo en shock.

Nacieron al inicio de los noventa, antes de las grandes migraciones a Tigre y Pilar.

Una parejita a mi lado conversa con sonrisas y miradas, en otra mesa cuatro amigos, todos con camperas que alguna vez fueron de sus padres, más allá un grupo grande de mujeres y varones, relajados, sin histeria, naturales, en frente de mí tres amigas festejando. Todos son lindos. Me pegunto ¿Por qué? ¿Es el brillo de los ojos, la piel fresca, el pelo fuerte, los cuerpos flexibles? No, no, es otra cosa. No es algo físico. Es un modo de ser, de estar.

Su vida es de ellos y todavía no ven las olas de responsabilidad que ya están en viaje. Son inmortales. Saben lo que no quieren y lo dicen. Eligen hacer lo que les gusta. Pueden ir y venir y volver a empezar. Están más cerca del amor que del olvido. Los no, fueron los justos y necesarios. Nada es para siempre, todo es un ensayo general. El mundo es ligero y ellos son el mundo. Una pompa de jabón es ligera.

Su belleza está en esa liviandad. Como las acuarelas, los haiku, los móviles de Calder.

#    #    #

Al día siguiente, por teléfono, le cuento a Guillermo mi experiencia nocturna. Está ocupado con una visita de Londres. Dice: “esos chicos son autos poco rodados, sin marcas, sin opacidades. Todos los autos nuevos son lindos, hasta los modelos más feos de la década del 70 están buenos  si los vemos hoy, en versión 0 KM en la vidriera de una concesionaria.
Los autos son bolas de acero sobre ruedas, de a miles, yendo en todas a direcciones a diferentes velocidades. Imposible que no se toquen,  rocen. Imposible moverse sin fricción, sin trato. Moverse, cambiar, deja huellas. "


 Paradoja, donde yo veo levedad, el encuentra solidez.

#    #    #

Esa misma tarde me encuentro con Waldo en el Malba y le muestro el borrador de esta entrada. Levanta la vista y educativo responde que con Guillermo estoy recreando de algún modo la tesis de La Insoportable Levedad del Ser, la tensión entre lo liviano y lo pesado y con envidiable memoria recita la frase que ahora abre mi texto.

En la juventud habría belleza porque es el momento del intercambio, donde podemos construir algo juntos, donde todos los significados están abiertos.

Me pregunto quién de los tres está mas cerca de la verdad.

Ninguno de los chicos de anoche se hará esta pregunta por muchos años.

Todavía tienen poco que añorar.

Alicia Lis, 3 de julio, 2013

viernes, 21 de junio de 2013

141. Obsesión


Un perro de color rojo estira hasta el desgarro cada músculo de su cuerpo. Un perro deudor de Guernica y sus caballos. Un perro como una lanza dirigida a la noche infinita. Un perro  escapando de la tierra, que sabe, lo devora. Un perro y dos o tres colores. Un perro de Rufino Tamayo en mis sueños. Un perro, de algún modo, compartido.

Me despierto. Andrés está a mi lado, abrazadito a mí, el cuerpo tibio y el aliento fresco. Recompensas. Le acaricio el pelo, la cabeza.

En la mesa de luz “El Hombre que Amaba los Perros”, el libro que terminé de leer ayer y cuenta la historia de una obsesión, de  una ideología. Cuenta la historia del  asesinato de León Trotsky a manos de Ramón Mercader.

Durante las primeras cincuenta páginas me llamó la atención el modo en que los personajes se refieren al Socialismo. Si remplazáramos Dictadura del Proletariado, Bolchevique, Soviets o Revolución por Pedro, Irene, Martín o Juan, el libro podría seguirse sin dificultad alguna.
Leído de un modo u otro, ese texto es siempre una historia de amor. Amor a una idea o a un amante. Es la misma cosa, la misma obsesión.

Las ideas nos constituyen. Somos nuestras ideas, nos dan un sentido y nos arropan. Ideas de cómo debe ser un buen gobierno, una pintura, una mujer, un paisaje nocturno, un caballo, un trabajo, una comida, un viaje.
Por nuestras ideas hacemos cosas temerarias, mezquinas, absurdas o altruistas.

La idea obsesiva es esa que nos asedia y persiste más allá de nuestra razón.

Por una idea Ramón Mercader abandona todo: lengua, relaciones, tierra, historia, personalidad, suerte, destino y termina clavando una piqueta de montañismo en el cráneo a León Trotsky.

Duda antes y después del asesinato, duda de su mentor y de las razones para llevar adelante la misión. En el momento que levanta el arma homicida, duda de su ideología y de las implicancias de ese acto. Duda, pero sin embargo actúa conforme a una obsesión.

La idea obsesiva es un mundo único, limitado y excluyente.
Nunca es fácil la mudanza de ideas, pero a veces nos resistimos a cambiarlas aún cuando a nuestro alrededor todo las desmiente.
Las ideas protegen pero las obsesiones nos hacen esclavos. No podemos o no queremos librarnos de ellas, tenemos miedo a vivir fuera.

A través de la vida de Ramón Mercader recorremos todas las etapas de una idea obsesiva: fascinación, entrega, dependencia, duda, negación, frustración, enojo y cinismo.

Fascinación, entrega y dependencia, marcan el inicio. El amanecer, el enamoramiento, Ramón durante la Guerra Civil Española lleno de ideales, luchando por la República, luego captado por la Unión Soviética y entrenado como un agente de elite.

Duda primero y negación ante la evidencia luego, aparecen cuando no podemos sostener nuestra idea pero al mismo tiempo no sabemos, no tenemos donde ir. Ramón, en Ciudad de México, durante los días que anteceden a su crimen.

Frustración, enojo y cinismo, llegan cuando nos alejamos de la idea, tarde y mal. Ramón después de purgar su condena; son los días del exilio en Moscú y más tarde en la Habana.

La historia de Ramón Mercader fascina porque, aún de modo grotesco, representa la relación de cada uno con nuestras ideas. ¿Tomamos nosotros responsabilidad de lo hecho o culpamos al mundo por lo que nos pasa? ¿Tomamos el control o nos dejamos, ciegos, llevar?

Hasta aquí la obsesión como karma. Exceso de confianza, voluntad inquebrantable, tormento, dependencia, desmesura.

*  *  *

Año 1976. A los catorce años con mi amigo Diego Pochat fuimos a ver Equus de Peter Shaffer a un teatro de la calle Corrientes. No sé por qué la elegimos ni cómo nos dejaron pasar, en la obra Miguel Angel Solá y la protagonista femenina se desnudaban en el escenario, y al menos yo tenía más cara de once que de dieciocho.

El argumento. Al psiquiatra Martin Dysart le piden que trate a Alan, un joven que dejó ciego a los caballos que amaba, en un establo, sin razón aparente.

Lentamente Dysart comienza a conectar elementos de la vida de su paciente: el fervor religioso de la madre, la falta de contacto con otros chicos y una temprana fascinación por los caballos.

Dysart, envuelto en un matrimonio sin sentido, no puede evitar cierta curiosidad por la devoción de Alan hacia los caballos y se cuestiona tímidamente el valor de curarlo.

La madre ha impuesto dura censura sobre el sexo. En su delirio Alan ritualizará el montar desnudo por las noches. Este acto lo lleva a un éxtasis físico y psicológico, su versión del orgasmo.

Dysart sigue investigando y descubre la atracción que Alan siente por Jill. En una dramática sesión, revivirán todo lo que sucedió antes del incidente en el establo.

Alan y Jill entran en un cine pornográfico, él se excita con la imagen de una mujer bajo la ducha y allí, en ese momento, descubre su naturaleza sexual y termina llevando a la chica al establo.

Llueve torrencialmente. Ellos se quitan la ropa pero él queda paralizado al escuchar el ruido de los caballos, enloquece y pide, a los gritos, perdón a Equus, la deidad equina. Pide perdón pero a la vez desea librarse de la opresión que el dios de sus delirios  le impone. Jill huye asustada y Alan ciega a los animales en un intento desesperado por liberarse de su carga.

Han pasado treinta y siete años de esa escena y cuando la revivo siento la misma turbación y claridad que me tomó esa noche.

Duilio Marzio era el psiquiatra y cerraba la obra mirando a la platea y diciendo:

«El será libre de su locura ¿Y luego qué?
Sentirá que lo aceptan ¿Y luego qué?
¿Piensan que sentimientos así de intensos, pueden volcarse fácilmente sobre otros objetos?
Yo quisiera convertir a este chico en un buen marido, en un ciudadano respetable, creyente en un dios único y abstracto... Pero lo más probable es que mis logros lo conviertan en un fantasma.
¿Hay algo peor que quitarle a un hombre su pasión, quitarle lo que adora?
Ustedes lo ven, la pasión puede ser destruida por un médico. No se puede crear. Muy pocos logran desatarla.»


*  *  *

La moneda de la obsesión tiene dos caras, de un lado Alan del otro Ramón Mercader. A veces asusta, a veces envidiamos quien la tiene. Ciertos días queremos llevarla en nuestra mano, otros enterrarla, lejos. Así somos.

Dirá el doctor Martin Dysart «Lo normal es ver la sonrisa de dios en los ojos de un chico. También es normal la mirada muerta de millones de adultos. La normalidad en ambos casos, como un dios, sostiene y mata. Lo común, lo normal, lo corriente mudado en algo bello. Lo normal es el promedio convertido en agente letal, el dios asesino que la salud requiere. Yo soy su sacerdote.»



Guillermo García Avogadro, 21 de junio, 2013

sábado, 15 de junio de 2013


140. Memoria

        "En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela".
Funes El Memorioso, Jorge Luis Borges

 Estaciono. Me miro en el espejo y veo una raya oscura, color bermellón sobre mi frente, la marca de Caín -pienso- aunque alergia y stress, sean la causa mas probable.

Bajo del auto, llevo pantalones grandes, con muchos bolsillos, pantalones fofos, pantalones de padre. Nada menos cool que pantalones de padre, diría Brad Pitt (seis hijos).

Camino el estacionamiento enorme de un centro comercial. Cinco mil metros cuadrados de cemento. Pisos y techos grises y varias decenas de columnas, lo cruzo y a la vista de cualquiera yo seré una sombra, gris, no puede ser de otro modo, pronto.

Sonrío, solo, me vienen a la cabeza decenas de discusiones sobre el valor de la memoria. No tiene sentido estudiar de memoria... y recuerdo el día que mi amigo Gustavo Alfonzo, en un recreo de tercer año, me pidió que le tomara el teorema de Thales antes de una prueba de matemática y empezó "dado un triángulo ABC, si se traza un segmento BC..." y recitó de memoria todo el desarrollo sin gráfico de guía frente a sí, ni entendimiento alguno. Lo acepto, en algunos casos estudiar de memoria -aunque genere prodigios- no hace mucho sentido.

Pero las discusiones de estos días, no tienen que ver con memorizar fechas de batallas ni alturas de picos de América, pasan por Internet ¿Si en la web esta todo, que sentido tiene memorizar algo? Lo importante es enseñar a razonar ¿No?
A veces algunos otros, me dan un poco de vergüenza. No hay razonamiento en abstracto, todo razonamiento supone hilvanar una relación entre ideas, comparaciones entre conceptos. Conceptos y hechos son ladrillos de cualquier pensamiento. No hay discurso posible con el mero entendimiento de categorías lógicas (todo, ninguno, algún, más grande, más chico, anterior, posterior...). Parafraseando a Carpio, no hay cubitos sólo con la cubetera (las categorías lógicas) siempre se necesita un poco de agua (los datos).
En todo razonamiento, también juega la imaginación, la libre combinación de elementos diversos... que habitualmente nuestra memoria almacena. Me resulta difícil pensar una conversación interesante, una conversación que nos lleve a alguna parte,  con alguien que domine la reglas de la gramática y la sintaxis, pero desconozca adjetivos, verbos y sustantivos y deba buscar palabra tras palabra en Google.

A esta altura no hace falta que diga que siempre fui un fan de la memoria... Cevelo, Arremeofe, Apisolocis. Recuerdo orgulloso los Virreyes del Rio de la Plata por orden de aparición (Ce) Cevallos, (Lo) Loreto,(Arre) Arredondo, (Me) Melo, (Fe) Olaguer y Feliú, (A) Avilés, (Pi) Del pino, (So) Sobremonte, (Li) Liniers y (Ci) Cisneros.

O In taberna, de Carmina Burana en Latín, aprendida a pura fonética en los colectivos 12 y 152, con el generosamente dotado por estos menesteres, Daniel Rolleri.

In taberna quando sumus,
non curamus quid sit humus,
sed ad ludum properamus,
cui semper insudamus.
Quid agatur in taberna
ubi nummus est pincerna,
hoc est opus ut queratur,
si quid loquar, audiatur...

Cuando paso por la entrada junto a los empleados que están por abrir las tiendas, río solo otra vez. Un defensor de la memoria, su cultor... descubre a los cincuenta años que en la raíz de la tristeza (me cuido de decir depresión) está la memoria del pasado.

Entristecemos cuando pasamos mas tiempo mirando atrás que adelante.

Alejandro Bulacio, otro amigo, apunta "está bueno Lapicerápices, no importa lo que digas, todo remite a tus dieciocho años". Tiene razón. Años más, años menos... tiene razón, o casi la tiene siempre.

A buen entendedor, poca necesidad de subrayados. Ser consciente de algo no asegura cambio alguno.

Para muchos es laborioso y difícil aprender, generar memorias. Para mí es más difícil, olvidar, olvidarme.



Entro en la librería, crease o no, voy a comprar Ficciones.


 Guillermo García Avogadro, 15 de junio, 2013

domingo, 26 de mayo de 2013

139. ArteBA

El arte es el más bello de todos los engaños
Claude Debussy

Estacionamiento subterráneo, camposanto de autos. Lenta voy buscando mi espacio. Leo un cartel «lugar especial para 4x4, mayor seguridad, máximo confort» no lo puedo creer, dejo el Smart en los lindes de ese jardín de paz para elefantes y todo me confirma que estoy en lo correcto cuando pienso que esas camionetas, en la ciudad, son obscenas. Sólo para el campo, la ruta o el pool escolar.

Saco mi entrada para ArteBA. Camino los primeros metros de la feria. Mujeres, muchas mujeres, «Alicia en el reino de las mamushkas», demasiadas, todas cortadas por la misma tijera, el sueño de todo hombre de marketing: «el segmento áureo», el target perfecto, un conjunto claro, distinto y completo. No importa la edad, todas llevan calzas negras, vestidos de punto bien coloridos, con mucho diseño atrás...y botas, botas, botas. Soy la única con una faldita por debajo de la rodilla y una campera, todo de cuero amarillo limón, que le compré a Prada. Llevo zapatos de taco.

Veo obra colgada aquí y allá, luego entrecierro los ojos y miro a todas mis congéneres, moviéndose lentamente, reducidas a sus formas y colores esenciales, son una instalación, una performance que me atrapa y me distrae del novato o del Kuitka que dejo atrás.
Alguien podría tomar una foto de ellas, a baja velocidad y luego otras más, en La Salada, en un mercado de trueque en Guatemala, en un súper, sería la serie «feria de vanidades». Muy obvio.

¿Qué es arte? ¿La novedad,la ruptura en el eje de la repetición? ¿Una idea algo distinta (si no nueva) ejecutada con maestría? ¿Una cosa que nos agrada y quisiéramos tener cerca todo el tiempo? ¿O la que nos enfrenta a lo que no queremos ver, pero al mismo tiempo no podemos dejar de mirar? ¿Lo sorpresivo, o lo de siempre, lo propio (si hay algo que sea enteramente propio) pero dicho de un modo que nosotros nunca hubiéramos podido? ¿Lo que nos armoniza? ¿Lo que nos saca de nuestro centro? ¿Una cosa inútil, pero que de modo inevitable venimos haciendo desde siempre?

¿Qué es arte? Nadie lo sabe. Recuerdo lo que me dijo Alberto Ure, en ese momento director del Centro Cultural Recoleta, una tarde que le fuimos a pedir espacio para montar una obra de Guillermo Avogadro y Fernando Albinarrate, «Yo no pongo ninguna restricción a lo que vamos a mostrar, hoy no podemos saber, lo que mañana será un clásico. No puedo dejar que mis criterios, nos priven de una obra de arte que podría ser».

Serie de fotos, fotos de cartelitos. Leo: «se busca chica», «se busca chica con cama», «se busca chica, urgente», «se busca, se busca...». Simpático. Para las centenas de «señoras» que pasan apurando el paso debe ser un cuadro aterrador, casi una denuncia social ante la escasez de empleadas «como las de antes» que todas sufren. Es casi la versión, Buenos Aires siglo XXI, de «Les raboteurs de parquet».

En otro stand una Ipad mini. Escenas de estructuras viniéndose abajo sobre un fondo blanco sinfín. Maderas, cajas, telas, botellas plásticas, sillas. El ruido de la caída apenas atenuado. Una y otra vez. No puedo dejar de mirar. Ninguna interpretación ¿Qué es arte?

Dos obras del pintor tal, una de cual, tres del otro. Así, todo, multiplicado por cien. Me cuesta apreciar la totalidad o el detalle en tamaña dispersión. Para alguien que vive armando conjuntos, buscando relaciones, tomando perspectiva, caminar por estos pasillos es una experiencia de sonambulismo.

Una pintura grande, me gusta, me acerco, es de Maccio. Luego me pasa lo mismo con otras de Russo. Me detengo largamente sobre los trabajos de Xul Solar y luego sobre una talla en madera color tizne y hueso de Berni, que iluminada de modo mágico, literalmente flota sobre el panel.
Me pregunto si será que tengo gustos bien definidos, o si esas obras tendrán valores incuestionables (que yo modestamente soy capaz de observar) o si es imposible conocer algo nuevo, si somos genéticamente limitados en nuestra habilidad para sumar, y sólo podemos jugar con dos o tres cosas y cuando creemos que evaluamos no hacemos mas que recordar. «Evaluar es recordar». Sólo nos gusta, lo que ya nos gustaba. Una paradoja, el arte como repetición.

La gente saca muchas fotos, de modo constante. Alguien tiene que decirles que confíen más en ellos mismos, que hay placer en la evocación, que el olvido purifica la realidad.
La sola imagen, omnipresente, iluminando cada aspecto de la vida va a terminar empalagando y el límite está cerca. Como esos spas que aseguran estar a salvo de señal de celular e internet, pronto promocionaran hoteles y residencias libres de imágenes.

Un castigo adicional, los que sonrientes se toman fotos con la obra de León Ferrari o Gyula Kosice o cualquiera ¿Qué escribirán en sus facebooks? ¿Desde estas hermosas obras de arte les escribo unas líneas, para hacerles saber que lo estamos pasando muy bien? El mundo como postal y banalidad. A veces tengo instintos asesinos.

En la sección Arte Joven, unas figuras de arcilla de Angeles Rodriguez, que son como jeroglíficos color terracota, tipos móviles, 3D, parte huaco parte historieta. Las leo de izquierda a derecha y aunque no entienda su lenguaje, me complace la poesía de sus formas.
Más allá, una artista de Bahía Blanca (perdón, olvidé el nombre) que pinta con tinta china, paisajes de la meseta, sobre papel, que guarda arrugado y luego plancha con descuido. Dos cosas nuevas que me gustaron, quizá solo para contradecirme.
 
Llego hasta el espacio Chandom. Fila de veinte personas «para entrar a un cuartucho donde te pasan un videíto» como diría mi amiga Quety. Yo soy una chica de personalidad fuerte y no me dejo influenciar con facilidad. Me pongo a esperar. Detrás de mí una pareja, son jóvenes, estudiantes. Ella tiene cara con forma de corazón, el pelo negro, pesado, lacio de verdad y los ojos y la sonrisa llena de luces. El tiene mirada inquisidora, verde y profunda. La mira como nunca vi que alguien mirara a otro. Ese chico sólo vino a verla a ella. Sólo tiene ojos para ella.
Llegamos hasta la puerta, que es como una puerta de hotel. La mujer que guarda la entrada me pregunta si estamos juntos, le digo que no, me dice si prefiero entrar sola o lo hago con ellos. Me sonrío (disimulo lo fóbica que soy) y contesto que prefiero sola.

La instalación es de Aili Chen y recrea el cuarto de la película Hiroshima Mon Amur de Alain Resnais. Es el decorado de la habitación 118 del hotel donde los amantes tuvieron sus encuentros amorosos.
A la autora le interesa la superposición de los límites de la percepción. Ese espacio íntimo, el cuarto de hotel, es un decorado tomado de una película y trasladado ahora al espacio público de la feria. Público y privado, ficción y realidad.

Al entrar una se transforma en la protagonista de la película. El arte genera emoción a partir de un engaño, de una confusión de la percepción.

La habitación en blanco, negro y tonos de grises. La cama desecha,en la mesa de luz, los relojes pulsera y un atado de cigarrillos. A un lado cerca de las ventanas abiertas a la bahía, un servicio de té, sobre la silla las medias de seda de ella, más lejos una valija pequeña. Luz incierta previa al amanecer, se escucha un dialogo en francés. Yo me siento en la esquina de la cama, con la punta del zapato juego con las cobijas que caen sobre el suelo. Casi lloro. No es bueno que el hombre esté solo.

El arte es el más bello de los engaños.
Hay gente que es feliz engañándose.



Alicia Lis, domingo 27, soleado

sábado, 11 de mayo de 2013

138. Las Tetas de Tiresias

A Guillermo Silveira, que tanto en nosotros creía.


En los años ochenta Guillermo era un artista post-moderno clásico. El tipo de músico que esparcía partituras y cucharitas de café sobre las cuerdas del piano y ejecutaba pulsando directamente sobre ellas.

Guillermo nos convocaba a todas sus producciones, a Rizo, a Costa, a Daniel a Alby, a mí. Guillermo tenía una fé inquebrantable en nuestro genio. Quizá porque suscribía de modo natural lo dicho por Whistler, «Art happens».

También estaba convencido que todos los hombres eran gays y las mujeres lesbianas.

Creo que en ambas cuestiones, estaba, al menos, parcialmente, muy equivocado.

Tengo un recuerdo, es decir, siempre me estoy acordando de una tarde de marzo o de principios de abril. Guillermo tendría unos veintidós y yo no más de veinte y en su casa, en una pausa me dice, sin impostura, que no importaba la conversación que tuviera con alguien, siempre sentía que cuanto más hablaba, más se alejaba del otro y a mí, oh paradoja, me pasaba lo mismo y no sé si compartí esto con él. Creo que no.

Nada ha cambiado, cuanto más escribo, lector, más cosas nos separan.

A Guillermo le debo mucho, entre otra cosas, el entendimiento del motivo erótico como algo valioso artísticamente y valorado más allá de la pantalla del cine Devoto e Isabel Sarli. A ver, a los dieciocho yo era un chico de parroquia en el ambiente de la dictadura militar ¿Me explico? El sustantivo teta, nunca iba, nunca podía ir en la misma oración que el sustantivo arte. Arte y piel, había muerto con los griegos. Sólo los griegos tenían derecho al cuerpo desnudo. El resto, caca o prohibido para menores.

Como si fuera ayer, tengo conmigo el asombro que me produjo «Las tetas de Tiresias» título de la obra de teatro de Apollinaire, que en alguna discusión Guillermo trajo, célebre,  a la mesa.

Lo erótico y lo poético podían ser (eran) parte del mismo conjunto.

Sin embargo, años después yo acordaría con Daniel Rodriguez Mujica cuando escribe «Siempre es difícil, arriesgado, determinar el límite del erotismo, tan arriesgado como hablar del límite de la poesía».

La cuestión (como todo, con los años) se complicaba un poco.

Del otro lado del erotismo está el trazo grueso, lo obvio, vulgaridad después de copas o mera descripción anatómica. Más acá de la poesía, el lugar común, más allá el juego de palabras, la sonoridad y el ritmo vacío.

Hay límites ¿Pero dónde están? ¿Dónde empieza el otro lado? No le pregunten a Moebius, está jugando con su cinta.

Lo erótico y lo poético son parte del mismo conjunto, sí, pero es un conjunto inhallable la más de las veces, un conjunto secreto.

Casi siempre lo que llamamos poesía erótica se sale fuera de los límites, por un extremo o por el otro.

Hay excepciones, cito de memoria, con el riesgo de purificar según mi gusto a Juan Gelman.

«Habítame, penétrame.
Sea tu sangre una con mi sangre.
Tu boca entre mi boca.
Tu corazón agrande el mío hasta estallar...
Desgárrame.
Caigas entera en mis entrañas.
Anden tus manos en mis manos.
Tus pies caminen en mis pies, tus pies.
Árdeme, árdeme.
Cólmeme tu dulzura.
Que ya no puedo así, con esta sed
quemándome.

Con esta sed quemándome.

La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos»


Hay Gelman, hay otros sí, pero no muchos, la poesía erótica, es casi siempre pura imposibilidad.

Aquí algunas hipótesis de trabajo.

La poesía erótica es una manifestación exaltada de la belleza del cuerpo del otro o el recuerdo enloquecedor del encuentro amoroso ¿Sí?

En cualquier caso, la descripción del cuerpo desnudo, de las partes del cuerpo, es una necesidad.

La palabra pechos funciona en cualquier verso, teta en algunos (mucha connotación infantil) pero ya cola y cualquiera de sus sinónimos cae sin excepción en lo naif, kistch, absurdo, ridículo o bobo. Peor aún en el caso de la insalvable vagina que va del manual de anatomía al tópico de teatro de revistas, sin escalas.

Allí está la primera dificultad, narrar poéticamente la desnudez con palabras que no existen, que no fueron aún escritas. Que siempre vivieron para el chiste o la academia, pero de sonetos, nada.
Entonces ahí vienen las comparaciones, las metáforas. Contadas con los dedos de una mano, son pobres y se reducen, casi siempre, a jugosas y maduras frutas a ser disfrutadas por una boca sedienta.

Palabras con poesía pocas, metáforas menos. Vamos mal.

Ritmo. Casi siempre un remedo de El Bolero de Ravel. Una simulación, con más o menos suerte, del ritmo entrecortado y creciente del acto sexual. Variantes casi nula. El ciclo de la repetición (propia de la sexualidad) le gana ampliamente a la creatividad poética.

Tópicos. Nunca leí nada que narrara el miedo a no estar a la altura del otro, a decepcionar, a la urdimbre de instinto y cultura, al continuo entre lo espontáneo y lo probado, al temor a la pérdida, a la soledad del abrazo final, a las vísperas, a las infinitas noches previas. Nunca.

Como ya dijimos, para el amante existe una sola cosa, la manifestación exaltada de la belleza del cuerpo del otro y el recuerdo enloquecedor de un encuentro amoroso.

Termino por comprender que  la poesía erótica,  no es para nosotros, es sólo para el otro. Es un acto privado. Como palabras susurradas al oído, en la penumbra íntima. El tono y la intención es lo que importa. Lo que allá es áspero, aquí contigo a mi lado, enciende.

La poesía erótica no resiste ninguna crítica. Su afán no es ser parte de una antología. Sólo se quiere como ofrenda. El otro es un Dios al que debo agradar, ganarme su favor, suspender el devenir.

Detén el tiempo como Moisés lo hizo.

Mediodía eterno.


Waldo Williams, Eterna Cadencia, Palermo, Mayo 2013