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lunes, 27 de febrero de 2012

109. El Padrino I

Los italianos dicen que la vida es tan dura que el hombre debe tener dos padres que velen por él; por eso todos tienen un padrino.
Tom Hagen, Consigliere de la Familia Corleone

El Padrino se estrenó en 1972.


Tenía 10 años y gobernaba Lanusse, todavía ni Cámpora al Gobierno ni Perón al poder. El general volvería en noviembre y yo, genéticamente niño-gorila, esperaba ver a los muchachos peronistas por la tele. Los vi y también al pelado agitando el rifle sobre el palco y como izaban a un militante de los pelos. Cuando la gente empezó a rodar, muerta, sobre los campos de Ezeiza se cortó la transmisión. En ese mismo año 72’ Reutemann debutaba haciendo el mejor tiempo en la clasificación pero la carrera la ganaba Jackie Stewart… Y mientras con mamá seguíamos el romance apasionado de Rolando Rivas y Mónica Heguera Paz, en Trelew con la excusa de un intento de fuga La Marina ejecutaba a 16 miembros de organizaciones armadas. Esas mismas organizaciones secuestran y asesinan a un directivo de Fiat y a un General, también hacen estallar bombas en el Sheraton Hotel. Es detenido El ángel de la muerte, Robledo Puch, un menor de edad con once homicidios en su cuenta y a Nicolino Locche, El intocable, lo re-tocan y pierde la corona mundial en Panamá. Una revista nueva, Satiricón, parodia el poster promocional de El Padrino, sustituye el perfil de Brando por el de Perón manteniendo la tipografía y los maderos cruzados que el titiritero empuña para mover los hilos de su marioneta. Tiempos difíciles, tiempos violentos y aún no habíamos pasado lo peor.

Me moría por ver El Padrino, pero era prohibida, para catorce, para dieciocho, no sé, era prohibida. Probé con disfraces, pero aún con buena voluntad el espejo me desalentó a salir a la calle.

Entonces mi abuela me la contó en detalle poniendo mucho énfasis en las escenas del casamiento de Connie. Seguía siendo una de gánsteres, pero con una deuda impresionante con la hermanas Brontë.

No se extrañen ni se escandalicen, durante la revolución francesa las familias acomodadas disputaban las primeras filas para ellos y sus niños durante las faenas de la guillotina. Mi abuela tenía ascendencia gala.

No recuerdo cuando vi la película por primera vez… ¿Fue en la parroquia (¿!) proyectada en súper 8 por el seminarista Col Areco?... Se me mezcla con Perros de Paja (¿!)… ¿O fue en un cine–bar de la calle Araoz con una novia de la facultad… Se me mezcla con Chinatown… Estoy seguro que primero leí el libro… Quizás sólo la haya visto en video.

Contrasentido. La película es considerada una de las mejores de todos los tiempos compitiendo centímetro a centímetro con Citizen Kane y el libro nunca llegó a ser más que un buen best seller.

Ambos cuentan la historia de la familia Corleone. Los vemos bailando el vals, cantando una canzonetta, tomándose fotos de grupo o preparando pasta o comiendo comida hecha mientras velan sus armas. Los vemos acarreando colchones para que todos tengan donde dormir o discutiendo entre hermanos o abrasándose o apretando los dientes frente a la cama del padre herido. Nos identificamos por los lazos de familia, por el modo en que viven en familia, no por su violencia, por los abusos, por el crimen.

Años atrás visité Cafarnaúm, el lugar donde nació el apóstol Pedro y su hermano Andrés. Sobre la arena del desierto apenas se ven los cimientos de lo que pueden haber sido las antiguas construcciones. Celdas pequeñas, como las de un panal, compartiendo un modesto patio interno. Allí vivía la familia, toda la familia. Me llamó la atención la cercanía. Allí los vínculos no se entrelazan como cordones de zapatos, se entretejen como alma de alfombra.

El origen de la familia quizá le deba menos al amor que a la supervivencia. La familia nos da de comer cuando la comida es algo que hay que salir a cazar y nos protege cuando el afuera es despiadado y salvaje. Como en cualquier otra organización económica y militar, en la familia hay jerarquías, división del trabajo y un modo indiscutido de tomar decisiones.

En la familia todo, sin la familia nada.

De los diez mandamientos, los tres primeros tienen que ver con Dios. El cuarto nos pide honrar al padre, que es honrar la familia. Para protegerla se hace todo lo que deba ser hecho.

El Padrino cuenta la historia por la supervivencia de los Corleone, la familia más respetada de New York. Son tiempos de cambio, Vito -el padre- es baleado por negarse a entrar al negocio de las drogas. Es necesario encontrar el remplazo. Cuatro hermanos de sangre y uno adoptivo que no cuenta -Tom no es italiano- tampoco Connie, por ser mujer. Santino, rápido deja de ser una opción: lo acribillan en una estación de peaje; Freddo, el mayor, sale del juego por inútil. No hay alternativa, o es la menos pensada. Me corrijo, es la más clásica… como una revisita de Rey Lear, Michael, el menor, el héroe de guerra, el universitario, el que voluntariamente fue apartado de los negocios del grupo será el elegido para conducir la guerra, ejecutar la venganza y salvar la familia.

Cuando los críticos americanos vieron el film -tan desapegados, tan contenidos, tan autosuficientes- les impactó el espíritu de clan de los Corleone, férreo, primitivo, cerrado. Estaban menos acostumbrados a esa lealtad tribal que a la violencia del puñal, el lazo y el garrote que Hollywood prodigaba en cada toma.

Como toda tragedia, El Padrino habla del destino y de los excesos. El destino de Michael era proteger la familia, el poder subsistir como familia, el poder hacer, pero se excede, inevitable y sólo queda persiguiendo el poder, el poder…el poder…

Algunas familias se deshacen por exceso de poder, otras ¡Oh paradoja! por exceso de súper (comida) y barrio cerrado (seguridad). Quizás en ambos casos estemos hablando de lo mismo.

Sea como sea el que quiera vivir su propia aventura deberá primero deshacerse de la familia. Pero tome el camino que tome, siempre, en algún momento se arrepentirá. Tarde o temprano. Le pasó a Michael (estoy pensando en la saga completa, no sólo en la primera parte). Este es el dilema del film y mirarnos en ese espejo es lo que nos atrae, no la atmósfera, no la trama, no las réplicas memorables.

* * *

Había escrito estas líneas cuando en la casa de mi sobrino encontré un libro de Tintín. Rápido, lo releo. Ese y luego otros dos más. La historieta de Hergé evita a toda costa la rutina, la vida familiar. Nadie tiene empleo fijo, Tintín es periodista pero nunca lo vemos trabajar; no tiene parientes –ni él ni sus amigos- y por las dudas no hay mujeres. Tintín es aventura (empresa de resultado incierto que presenta riesgos) en estado puro.

Tintín quizás sea la contracara naif de El Padrino, un padrino belga para niños, añoranza de una edad sin ataduras, donde sólo cuenta el coraje, el arrojo, el deleite romántico por lo casual, por el todo o nada, seguro de nosotros, sin rendir cuentas, ni a nadie ni a uno.

Le hago a Tom Hagen una propuesta que no podrá rechazar… “La vida es tan dura que todo hombre debería ser, al menos una vez, su propio Padrino”.

Waldo Williams, 27 de febrero 2012


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