Nota. Este artículo es parte de una serie, cuya primera entrada es la 96, del martes 10 de enero.
Viajo en el asiento de adelante, mucho mejor vista, vamos a Gubbio, a través de pueblitos laterales, subiendo y bajando.
(Trabalenguas) El termómetro no da tregua. Paramos en un bar, pareciera que hace trescientos años que está ahí. Pido un chocolate caliente y con desilusión veo que lo preparan con un polvito embolsado muy Nesquick. Me dan a elegir entre treinta variedades. Pido el más Rusell Crowe (en Gladiator) que encuentro, el equivalente al Gitanes negro y sin filtro que fumaba papá. Es un chocolate amargo y espeso, espeso como un Serenito caliente. Delicioso.
La ciudadela medieval se recuesta sobre la ladera de un cerro. Hace recordar, no sé por qué, a Romeo y Julieta de Zeffirelli. Calles empinadas, angostas y muros de piedra blanca que se continúan en dinteles, en fuentes y barandas de piedra, en balcones, arcadas y plazas también de piedra.
La metáfora obvia es la telaraña, de piedra, claro, pero no es el caso de Gubbio hoy. La tarde es fría y serena.
Esta noche me gustaría ponerme el vestidito verde de gasa, pienso, y las esmeraldas (que no traje) pero sé que me voy a agarrar una pulmonía… pero sé también que Campanita nunca se enferma y que en El País de Nunca Jamás, todos son jóvenes y fuertes y que seguramente valdría la pena intentarlo.
El laberinto de calles desemboca, alto, en la explanada del ayuntamiento. Balconea sobre el valle de Umbria. El sol está cayendo, del palacio baja una escalera ancha y macisa, pero grácil y liviana que avergüenza a la tan comentada de la Biblioteca Lorenziana. Más arriba una iglesia. La pared del poniente cavada sobre la dura base del cerro.
Los ojos de Enrico no pueden ser más negros, no pueden ser más penetrantes. Son ojos inquisidores. Tiene razón Francesco Bernoulli cuando dice “las mujeres aman los autos que no tienen nada que esconder”. Ustedes saben, Francesco es un fórmula uno. Enrico no esconde nada. Es seguro de sí. Es lo qué es.
Caminamos junto a un arroyo de aguas claras que baja encajonado entre canteros. A lo lejos, un teatro romano, las ruinas del teatro.
Volvemos de noche, guiados no por el sentido de la orientación, guiados sólo por la ley de gravedad.
La fuerza de la gravedad entre dos objetos, es inversamente proporcional a la raíz cuadrada de la distancia que los separa, dice Enrico y a esta altura ya me da un poco de miedo.
Io sono vicino a te. Mi sento attrazione. Newton aveva ragione digo y me arreglo el pelo y lo miro a los ojos que reflejan modestas lucesitas y Enrico me toma de las dos manos, fuerte.
Senza cuore saremmo solo macchine, dice con ironía en los labios.
Alfa Romeo, concluyo y nos reímos y me abraza y lo abrazo y así caminamos calle abajo, lento. No sé puede hacer más lento.
* * *
Estoy en mi cuarto del hotel, el Nun Assisi, un antiguo convento restaurado. Todo es muy claro, el piso de madera color marfil, las sábanas y las cortinas y los muebles y el techo muy blancos, arcos de ladrillo a la vista, livianos, rarísimos. Comeremos en el restaurante, aquí y después de un siglo vuelvo a ser Campania (¿O Cenicienta?) por un rato.
Veo que todo haya quedado perfectamente ordenado.
Estoy ligera, no me faltan alas.
Alicia Lis, Assisi, 1 de Febrero, 2012
miércoles, 1 de febrero de 2012
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