Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



viernes, 28 de mayo de 2010

20. Yo Argentino, vos Godo

Alicia es más mágica que el mahi-mahi: come-come y no engorda.
Alicia es la única mujer con la que realmente podés ir a un restaurante y compartir un plato. Alicia jamás te va a pedir una “ensaladita de verdes con trocitos de nada”. En este punto Alice es un amigazo.

Ella una vez me contó que la abuela de su abuela llegó desde Francia en barco a vela. El mito familiar narra un viaje interminable; se avanzaba y retrocedía según el parecer de los vientos. Nadie refutó jamás ese disparate con carácter de gesta fundacional.

Todos los argentinos descendemos de los barcos.

Mi abuelo Manuel García llegó con sus padres y su hermana María desde Málaga (¿Premonición? Había nacido en la calle República Argentina). Vendieron su negocio de telas para tapicería e invirtieron aquí en un negocio rentable (una fábrica de cigarrillos) que rápidamente fue a la quiebra (no se hizo enteramente humo, todavía están en pie un par de galpones destartalados).
Mi abuelo Manuel fue un emprendedor, llegó a ser sub-gerente general del banco Supervielle (el gerente general era el mismísimo dueño) y director de varias compañías. Se casó con mi abuela (Hebe, igual que la de Alicia!) y murió joven. Fue un hombre elegante, jovial y jamás pensó en volver a España.
Mi padre es la primera generación de argentinos, aunque se considera tan criollo como Sarmiento.
El tendría siete… ocho años, viajaba en el asiento de atrás del auto. Sus padres Manuel y Hebe discutían por alguna trivialidad y entonces papá salió en defensa de su madre gritándole al abuelo Manuel ¡Callate Godo!
Infiero que puede haber sido en los meses de mayo o julio. Yo argentino, vos Godo.

Las historias de inmigrantes de los siglos XIX y principio del XX me conmueven.
Venían (como hoy se van, siempre lo mismo) huyendo de un tembladeral. Buscando un futuro (en realidad, aunque sea, un modesto presente).
Venían hombres y mujeres -grandes o jóvenes- y también chicos-chicos, muchas veces acompañados pero otras tantas veces solos.
Dejaban todo, perdían todo contacto, no volvían nunca o volvían tarde...cuando ya no podían reconocer a nadie (cuenta mi abuela que don Tino, el almacenero de la esquina, llegó a su casa natal en Pamplona, de sorpresa, treinta años después y su madre murió al instante de la emoción. Una bestia, decía mi abuela).

Mi prima Julia, mi hermana Julia, se fue a Canarias en el 2002.
Primero llegó Carlos, su marido, comprando el pasaje con la venta de los electrodomésticos con menos uso.
Trabajó como carpintero en los edificios que en ese año se levantaban sin parar.
Vivió con lo justo y con lo justo compró los pasajes para Julita, Justina y Tomás. Fue la última vez que vi a mi sobrino, en Ezeiza le regalé una brújula, que dicen, no soltó durante todo el vuelo.
Vivieron como ilegales, con miedo a ser deportados y perder todo por segunda vez.
Trabajaron y educaron a sus hijos y abrieron su propio negocio con un crédito del estado español. Ordenaron sus papeles, nadie piensa en volver. Los Hijos de Justina y Tomy se percibirán tan españoles como El Mío Cid.
Escapamos y volvimos escapando.
Los dolores fueron los mismos, pero hoy nos hablamos por celular y compartimos fotos por internet al instante.
La inmigración de ayer es muy igual y muy distinta a la de hoy, si no la vieron, vean, por favor, Vientos de Agua de Campanela.

Quise mucho a mi tía María (la hermana del abuelo Manuel).
Cuando murió yo era chico y quisieron evitarme el dolor: entonces me contaron, que la tía, había vuelto a España…

Guillermo García Avogadro, 27 de mayo

miércoles, 26 de mayo de 2010

19. Narda no es de nadie, Doña Petrona sí

Me gusta como cocina Narda (Lepes…¿Es necesario aclarar?).
Me dicen que fue novia de Andy Kusnetzoff, pero tiene treinta y ocho y sigue soltera.
Yo a esa edad ya tenía una hija de catorce. Ningún cargo, sólo comparo, que es mi modo de pensar.
No es muy linda, es canchera pero no tanto, agradable pero no necesariamente ¡Siempre arriba! al estilo Maru Botana.
Narda (en el canal Gourmet) está recreando las recetas de Doña Petrona C. de Gandulfo.
Para mi abuela Hebe, Doña Petrona era lo más. Época donde el “de” era tan imprescindible como la cartera o la cédula (¿Llevás cédula, Alicia, llevás pañuelo?). Maru, la super-madre argentina ¿“de” quién será? ¿Eh?
Modesta gloria la del señor Gandulfo, gran hacedor de asados.
Doña Petrona tenía una incondicional ayudante, Juanita, suficientemente muda como Bernardo (del Zorro, of course).
Narda no es de nadie pero sí tiene ayudante ¡La tía Viviana! Que no es ni muda, ni respeta mucho la fama y el criterio de su sobrina.
Si tuviera mi vieja video, la grabaría. Mi blu-ray no tiene esa opción. Seguramente lo encontraré en U-tube. La abuela, hubiera copiado la receta en su cuadernito.

Mi gusto gastronómico (salvo excepciones: cuando era chica no existía el sushi) fue modelado por la cocina de mi abuela.
Fideos con manteca (con mucha manteca, como pide Anthony Bourdain); Huevos, jamón y papas fritas; Arroz con jamón y queso gratinado; Chicken-pie (el mejor de la tierra incluyendo las dos islas británicas); Arroz con pollo (sufra, Arguiñano, sufra); Paté de sha, Ñoquis caseros con tuco (experiencia ítalo-tántrica;) Alfajorcitos de maicena ¡Que menú!
Pero la educación del paladar, creo, pasa menos por los platos y los ingredientes, que por el modo particular de cortar, picar, sazonar, adobar, freír y dorar.

No encuentro y seguiré buscando hasta el día último de mi paso por restaurantes la comida de la abuela Hebe.

Sólo en un caso fue superada Hebe. Estábamos en New Orleans y fuimos al Red Fish (cuisine creole). Pido un mahi-mahi (pescado con propiedades mágicas. Una vez comido en pedacitos, su alma se recompone en nuestro interior y nos acompaña por siempre). Mahi-mahi Red Fish. Delicioso. Bajé dos cambios (yo como muy rápido) para que me durara más: un bocadito y otro y otro…mmmmnnnn…exquisito…Y por primera y única vez…volví a repetir el plato, en remplazo del postre. Las tres siguientes noches hice lo mismo ¡Goooorda!



Alicia Lis, 26 de mayo

viernes, 21 de mayo de 2010

18. Los Auténticos de la Divina Unidad

Acabo de cortar con Samanta, mi hermana.
Vive en Sídney, 12 horas de diferencia, allá eran las cinco de la mañana, para mí el momento del té.
Hablamos poco, la adoro, pero hablamos poco.
Quizá la lectura del blog le dio ánimo para llamarme. Lo entiendo Samanta, no es grato ser el que siempre busca el contacto.
Me llamó para pedirme hable con mi sobrina: tiene 16, no quiere seguir estudios formales, pidió su parte de la herencia (¿?) y piensa unirse a la tribu aborigen que se hace llamar “Los Auténticos de la Divina Unidad” en el desierto Australiano.
Quedé sorprendido por el increíblemente García-Marquiano nombre de la tribu, por la vocación de mi sobrina Victoria, pero más aún por el pedido de mi hermana.
Hace años que no tengo contacto con la chica, apenas si la reconozco en las fotos que suben a Facebook; nos separan tres décadas, dos océanos y mi incapacidad para comunicarme más allá de mi círculo íntimo (que tiene el tamaño de un anillo de compromiso).
Además ¿Ejemplo de qué puedo ser yo…? Apenas terminé el bachillerato (en Ginebra, sí, pero a las trompadas) me anoté en 4 facultades y no terminé estudio alguno. Jamás tuve un trabajo bajo relación de dependencia (bueno…a lo mejor esto sea positivo; la relación de dependencia, no aparece a simple vista, una relación muy sana ¿no?) me casé y me separé lo más pronto posible, vivo en un departamento de dos ambientes, en la calle Las Heras, interno, con vista a excelente pulmón de manzana pero evitando todo ser animado (léase mascotas y plantas).
Samanta insistía. Yo no sabía cómo esquivar esa responsabilidad.
Le conté de un pequeño libro (los pequeños libros, siempre van bien con las mujeres) “Cineclub” del canadiense David Gilmour.
El hijo del protagonista ha tenido algunos incidentes con drogas, fuma demasiado, no lee, no hace deportes y se niega a terminar el colegio secundario, su madre (separada) ya no sabe qué hacer.
El padre, crítico de espectáculos sin empleo, se lo lleva a vivir con él. Ninguna exigencia, sólo un acuerdo mínimo: ninguna droga y ver juntos tres películas por semana. Punto, nada más, ni trabajo ni estudio ni urbanidad ni nada. Sabe que no lo puede obligar, que la presión sólo va producir distanciamiento; que si lo pierde en ese momento de la vida no lo va a recuperar.
Igual, duda, duda mucho
¿No me estaré haciendo el moderno a costa de mi hijo? Sin embargo no se desdice “Ninguna exigencia, sólo un acuerdo mínimo: ninguna droga y ver juntos tres películas por semana”.
Ver películas y conversar sobre ellas sin intentar encontrar moralejas, sólo por el placer compartido de ver y hablar sobre cine: Pulp Fiction, La Dolce Vita, El Padrino, Annie Hall, El Satánico Dr. No, Cantando Bajo la Lluvia, El Resplandor, Los Cuatrocientos Golpes, Gigante, La Princesa que Quería Vivir, Manhattan…
Y aquí me detuve.
El libro habla de la importancia de defender, contra todo, la relación.
Me vino a la cabeza una frase de Khalil Gibran, que en los ochenta le escuché repetir muchas veces al tío Benjamín “los hijos son como flechas lanzadas al viento”.
Uno sólo se afirma en el piso, contiene la respiración, tensa la cuerda, apunta, suelta y deja volar.
A simple vista, parece una excusa para quitarse responsabilidades. Sin embargo, no es otra cosa, que describir la vida tal como es.
Difícil cosa ser padre. Difícil cosa es mantener el vínculo y dejar volar en una dirección que quizá nosotros no hubiéramos seguido.
Le dije a Samanta que comprara Cineclub (garanticé devolverle el dinero si la lectura la desilusionaba). Hablamos de otras cosas. Largamente.
Ella debe haber visto el amanecer en la bahía, yo vi caer la noche en Buenos Aires. Cortamos. No volvió a pedirme que llamara a su hija Victoria, mi sobrina.

Waldo Williams, 21 de mayo.

miércoles, 19 de mayo de 2010

17. Feissbück

Cuando éramos chicos (fines de los 70…) los amigos llegaban a casa en cualquier momento, sin avisar y pasaban a ser parte de lo que estuviera pasando. También se iban en algún momento, por lo general cuando ellos lo decidían o cuando los tiempos muertos nos mataban de sueño.
Los encuentros y las salidas eran grupales. A la corta o a la larga, todos terminábamos sabiendo todo de todos.
Las opiniones eran radicales, las discusiones podían no terminar nunca ni llegar a ningún lado (bueno, esto no ha cambiado mucho).
Los amigos de los amigos, terminaban siendo nuestros amigos, o más aún, novios o novias.
Nos tranquilizaba saber que el grupo (quizá la palabra más repetida) estaba ahí. Nos gustaba sentirnos parte de lo mismo: colegio, barrio, club o lo que fuere.
Hablábamos todos al mismo tiempo. Peleas y reconciliaciones. Encuentros y desencuentros. Intimidad nula, dispersión mucha, compromiso lo justo. El tiempo parecía estirarse hasta el infinito.
Nadie entendía muy bien cómo funcionaban las cosas, pero todos aprovechábamos lo que teníamos a mano, en todo sentido.
Feissbück es la versión amplificada a escala planetaria de ese momento adolescente e irrecuperable. Sí, irrecuperable, aunque parezca una paradoja.

Hace unos meses atrás, por la insistencia de amigos abrí una cuenta en Feissbück, no fui más allá de eso, jamás volví a ella. Hasta ayer.
Mi amigo Alejandro Bulacio, un fan de Feissbück, varias veces me tiró anzuelos para que picara y participara. Ale-es-insistente. Finalmente, más para complacerlo que por otra cosa, dejé en su muro (creo) un comentario sobre su posición en relación al tema del matrimonio gay. Lo juro, no fueron más de cuatro modestos renglones.
En seguida aparecieron en mi casilla de correo personal, comentarios de desconocidos que –imagino que alentados por mis cuatro líneas- me enviaban también sus opiniones.
Al instante también se sumó mi prima Julita desde Canarias, reclamando por qué glosaba las opiniones de amigos y no colgaba una modesta foto de mis hijos (sus sobrinos queridos).
Empezaron a aparecer ex compañeros del primario que estaban buscando a un maestro de sexto grado que seguramente ya no está con nosotros.
Hice sin querer un comentario inapropiado que leyó medio mundo. Perdón, no era mi intención.
Otros dos desconocidos me ofrecían su amistad, no entiendo bien por qué y nuevamente mi prima y entonces salí del correo y desconecté el laptop. Estaba aterrado.
Entiéndame, yo soy de esos que nunca atienden el teléfono. Que evita los encuentros con más de tres personas al mismo tiempo, que le cuesta un mundo responder un mail personal. No estoy preparado para las múltiples cabezas de la Hidra Feissbuck. Al menos, no todavía.
Acepté un poco a regañadientes participar en Lapicerapices. Lo hice porque me juraron que hoy todo pasa por Twitter, que nadie quiere ni leer ni escribir largo, que casi iba ser un diario personal escrito a tres manos y que todo quedaba en un controlado intercambio epistolar con los ocasionales lectores del blog. Tampoco tendría obligación de contestar los comentarios si no quería (aunque la política del blog es dar respuesta a todos los que nos escriben).
No sé… me parece que me estoy metiendo en camisa de once-mil varas.

Ah ¿Por qué llamo a “Feissbück”, Feissbück?
Hay una tradición hebrea que dice que sólo escribir correctamente el nombre de un demonio dormido, basta para liberarlo.
Tengo el laptop encendido, sé que la Hidra puede aparecer en cualquier momento. Estoy en guardia.

Guillermo García Avogadro, 19 de mayo.

lunes, 17 de mayo de 2010

16. Las cortinas de humo

Este verano leí El Cerebro de Kennedy de Henning Mankell.
El cerebro de Kennedy fue robado (y nunca encontrado) luego de su asesinato.
Compré el libro porque tenía curiosidad sobre este incidente, pero en la novela no pasa de ser su título y una nota lateral que funciona como metáfora del ocultamiento de la verdad, de las cortinas de humo (una metáfora de una metáfora).
El tema del libro son las investigaciones llevadas a cabo en África, para descubrir medicamentos contra el SIDA. Truculenta-trama del uso de humanos enfermos, pobres y negros en el desarrollo de nuevos medicamentos. Políticamente correcto pero completamente absurdo y dañino.
¿Cuál es el disparador del relato? La arqueóloga Louise Cantor regresa a su país y va a ver a su hijo Henryk, joven a quien encuentra muerto en la cama. Creyendo que le han asesinado decide investigar lo sucedido.
Si bien la madre tiene un contacto cercano con su hijo, impacta lo poco que de él sabe. Lo falso, lo tergiversado, lo incompleto. Cada capítulo evidencia un desconocimiento creciente, una realidad que se hace cada vez más opaca.
Mientras leía, pensaba en mis siete hijos y me decía ¡Esto también me puede pasar a mí!
Aterrador.

Querido Waldo, esta mañana encontré tus notas de anoche.
La soledad es parte de la condición humana (venimos solos y nos vamos solos, tú sabes).
Son tantas las inseguridades personales, tenemos tanto para tapar, que la ignorancia propia y la del otro tienen un porvenir enorme (esto lo avala millones de horas de terapia en todo el mundo occidental ¿No?).
La comunicación nunca fue fácil. Imagino que en la era de las cavernas se pasaba del goce individual de dibujar bisontes al garrotazo o al sexo, sin escalas intermedias. Fue hace milenios, pero los cambios grandes llevan su tiempo.
Así y todo, no hay que sobreactuar mucho: estos temas los venimos piloteando desde el principio.
El mundo es ancho y ajeno, pero siempre tiene un espacio dedicado a peloteros donde pasarlo bien (perdón por el símil, todavía tengo chicos-chicos).

Vamos Waldo, que lo que Mankell cuenta de Louise Cantor sólo les pasa a las arqueólogas noruegas, que además de tener los ojos enterrados en el pasado se quedan muy encerraditas al calor de su estufa mientas afuera todo es oscuridad y rechinar de dientes. Aquí eso no pasa…los bares no cierran ni los domingos a la noche.
Un beso, Alicia.

Alicia Lis, 17 de mayo.

domingo, 16 de mayo de 2010

15. El Eclipse

Hay lugares que de tanto ir sólo se llegar caminando.
El bar se llama Eclipse y queda en Congreso.
Con Guillermo lo conocimos cuando empezamos a cortarnos el pelo en el Circulo de la Prensa. El peluquero era ciego, moría por el tango y contaba que de chico lo había atendido a Gardel en el Richmond de Florida. Reconocía a sus clientes por la forma y el tamaño de las orejas.
Hoy volví al bar Eclipse después de años. Me llamó la atención que estuviera abierto un domingo a la noche. Pero más aún que detrás de la barra estuviera Ceniza; el hombre ya era grande al final de los setenta. Siempre recordaba que le había servido a Heminway en la Cuba de Batista.
De todos los bartenders del mundo, Ceniza es el mas triste y solitario.
No me reconoció o prefirió evitarme.
El tipo nos introdujo en la pintura de Edward Hopper, el la sintetizaba en seis palabras: soledad aguda e imposibilidad de comunicarse.
Muchas veces la llevamos también a Alicia (a su madre no le gustaba nada).

Hablábamos mucho o permanecíamos callados largamente.
Pienso que de no haber conocido a Guillermo y Alicia, yo hubiera sido un personaje de Hopper.
No he consultado a mis amigos para los cambios en la imagen del blog.
Sé que a los dos les gusta la pintura que elegí.
Sé que ellos han tenido también esa sensación de transcurrir en túneles, tal como la describía Juan Pablo Castel (el pintor que mató a María Iribarne).
Es tarde y es domingo y estoy sólo.
Amigos, me alegra haber retomado nuestra conversación, al menos electrónicamente (¿Cómo habría pintado Hopper, estas relaciones de hoy basadas en la inmediatez y la distancia?)
Amigos, no he tenido un día fácil.
Les pido sean tan discretos como siempre y eviten comentar en exceso las líneas que les dejo esta noche.

Waldo Williams, 16 de mayo

viernes, 14 de mayo de 2010

14. ¿Dónde está Alicia?

Fuimos con Quety Aramburu a ver “Alicia”.
Pompy Avogadro me contó que Dolores Reel(1) le dijo “No voy porque es muy Disney y poco Burton”.
Me parece que Dolores “se olvida que Blancanieves es Disney y el Planeta de los Simios, Burton”. Me pregunto ¿Qué le está pasando a esta chiquita?

Quety trabaja mucho y sale poco. Costó encontrar fecha y hora.
Reconozco que debí tomar coraje para confesarle que la única función posible era la de Unicenter. Me acobarda cruzar ese inmenso patio de comidas lleno de pizzas, mostacholes, chorizos y woks.
Peor aún, la función de las ocho no era 3D y ¡Horror! Doblada al castellano.
Pensé, al menos en este horario no va haber niños ¡Mistake! Full of madres modernas e hijitas pochocleras.
Hay que ser muy fan de Lewis Carroll y Alicia, para seguir adelante contra tamaños desafíos.
Ahí estuvimos con Quety, divina, con una cartera –grande y violeta - de Peter Kent y unos zapatos -charol con piedras- de Atumn (consejo. Si tienes poco tiempo para describir el look de una mujer, pon atención en la cartera y los zapatos decía mi abuela Elenita).

Empieza la cinta y al rato escuchamos a Johny Deep (El Sombrerero) hablando en español neutro pero ceceoso ¡Sí ceceoso! Ya sé, en principio esto es suficiente para levantarse e irse, pero –créase o no- la cosa funciona y no luce como mero vedetismo del actor que hizo el doblaje.
Disfruté con la escena del té, me encantó que la reina blanca (o sea, la buena) sea tan freak como su hermana, la reina roja (o sea, la mala).
Elena Bonham Carter (la mujer de Burton) hace de la reina roja, con una cabeza enorme y unos labios que le tiemblan por los nervios (delicioso, hasta donde puede serlo un labio nervioso). En una posible versión local la reina roja hubiera sido –les aseguro- estridente; aquí es contenida y la platea (al menos la mía) lo agradece.
Todos los animales creados son adorables, en especial el sapo que teme confesar haberse comido un postre.
Aún la tantas veces vista escena del agigantamiento / reducción es deliciosa, en especial cuando Alicia queda atrapa dentro de la tetera.
La escena final con el dragón es ¡Una pena! Rutinaaaaria.
Saldo final, a las diez de la noche, salimos bastante felices y libre de prejuicios. Digamos…3 Alicias-Lis y medio.

Leí mi primera Alicia (En el país de las Maravillas) a los diez años, era un libro de la colección Robin Hood.
Muchos años después me regalaron la versión anotada de Martin Gardner.
La lectura original fue el placer del primer contacto con la fantástico, la segunda la desilusión de que te cuenten como se hace un truco de magia.

Marcela Carranza, mamá de Bruno y Licenciada en Letras especializada en literatura infantil está molesta con varias licencias que se tomó Burton (especialmente que Alicia se convierta en una empresaria-imperialista de la época victoriana…).
Entiendo que a Marcela –quizá me equivoco- le hubiera gustado que la película fuera una ilustración minuciosa del libro, cosa que no es ni podría serlo (aunque los invito a ver el increíble parecido entre la protagonista – Mia Wasikowska - y las ilustraciones originales de John Tenniel).
Pero ¿Por qué no se puede ser fiel al relato? Sigo a Waldo cuando dice que el cuento original es una sucesión de viñetas cargadas de juegos de palabras –en inglés- rimas, y paradojas lógicas con un débil hilo conductor. Eso no es trasladable a la pantalla, al menos sin dañar el espíritu mismo del relato.
Paradoja: para mantener el espíritu del relato hay que traicionar al relato mismo.
Aceptemos de una vez que el cine es el nieto de los libros, hay una generación en el medio y muchos familiares políticos. Se puede percibir ciertos gestos y maneras del abuelo, hay un linaje común, pero la identidad es claramente otra.

Una Alicia comenta la película Alicia de Burton inspirada en dos cuentos sobre una tercera Alicia, la de Carroll…¿Dónde está Alicia?

(1) El nombre real del opinante ha sido voluntariamente alterado para proteger a mi fuente.

Alicia Lis, 14 de Mayo

martes, 11 de mayo de 2010

13. Agárrate como puedas

Tengo 48 años y estoy escribiendo sobre una película de superhéroes: Iron-man (1&2).
Películas que Alicia no vio, pero sin embargo descalifica, aunque se apresura a repetir que es parecida a
Gwyneth Paltrow, una de sus protagonistas. Tiene razón en lo segundo, se confunde en lo primero.

La televisión de mi abuela era en blanco y negro y estaba sobre una mesa rodante (en esa época todas las teles venían con mesa rodante). Yo tendría diez años y todos los sábados por la mañana veía tres dibujos animados que me encantaban
“El Increíble Hulk” “Iron-man” y “Capitán América”.
Eran raros, en realidad no eran “animados”, saltaban de una imagen estática a otra. Mucho tiempo después, en un viaje por San Luis, me enteré que esos programas se habían realizado filmando y montando las historietas de papel, de ahí su “inmovilidad”.
Eran superhéroes que no andaban en calzas ni usaban capas.
Digresión. Con mi sobrino Tomás, una vez estábamos viendo un capítulo de
Batman y me preguntó ¿Por qué Robin se puso el calzoncillo por afuera? Me reí. En ese momento no supe que contestar.
Escuchamos centenas de chistes sobre el look de los superhéroes.
Anoche en la cama, mirando la esfera fluorescente de mi viejo Jungans, encontré una respuesta a la pregunta de Tomy. Es bastante obvio:
Superman fue el primero (el proto-tipo). En 1.938 sus creadores eligieron para vestirlo las mallas habituales de los luchadores (en esa época se decía de “catch” por catch-as-catch- can o agárrate como puedas), repito, eligieron las mallas habituales de los luchadores porque les pareció que era el equipo más cómodo para correr, saltar y pegar patadas voladoras. Las botas lucen similares a las de los boxeadores: flexibles y sólidas a la vez. El calzoncillo por fuera o short: una concesión al pudor. La capa, bueno, quizá fue un intento poco feliz de darle señorío y nobleza al conjunto.
Tal vez un superhéroe de hoy tendría indumentaria diseñada y sponsoreada por Adidas o Nike.
Pero volviendo a lo mío, ni “El Increíble Hulk” ni “Iron-man” ni “Capitán América” lucían –ni lucen- anacrónicos o ridículos.
Los tres son personajes de la editorial Marvel.
Marvel es como nuestros revisionistas históricos, busca el perfil humano –la otra cara- de los superhéroes. Seguramente eso contribuyó a ganar la batalla final contra DC Comic (Batman & Superman).
Iron-man (la película) me encantó precisamente por eso, porque subraya una y otra vez el lado egocéntrico, disipado, mujeriego y fabulador de Tony Stark, fabricante de armas de guerra, creador del traje que lo convierte en Iron-man. Su personalidad no le impide mantener en equilibrio la paz mundial.
Las similitudes y diferencias con
Robocop (1987, Paul Verhoeven) son enormes. Robocop es un policía que luego de ser salvajemente atacado, gracias a una armadura tecnológica que lo sostiene y recubre, puede volver a la acción. En ambos casos todo gira alrededor de una coraza de acero y una mecánica oculta que hace invencible a quien la viste. Hasta allí los parecidos; la diferencia: el policía es un ejemplo de ser humano ejemplar.
Mientras que Robocop descansa sobre las escenas de acción, en Iron-man las peleas funcionan como amplificador de la contradicción badulaque-salvador del mundo.

De adolescente leí a
Sábato extensamente. Recuerdo mucho esa frase “las más grandes virtudes siempre están asociadas a grandes taras”.
En esa época, la adolescencia, donde uno se cree, por un lado, muy omnipotente (o inmortal como dice Guille) y por otro lleno de miserias y faltantes, esa frase fue una revelación:
“las más grandes virtudes siempre están asociadas a grandes taras”.
Puede –y casi es norma- convivir lo alto con lo bajo, lo genial con lo estúpido, lo generoso con lo egoísta… y ¡Ojo! Lo decía Sábato.
Y ahí va, y no se ofendan algunos, y ya se la ven venir… Iron-man es la puesta en escena -con tecnología cinematográfica del siglo XXI- de esas ideas de Sábato que definitivamente pueden hacer de la adolescencia un paso más amable. Lo dije, ya está.

Nota Final. Todo esto no podría ser posible sin la actuación impresionante de Robert Downey Jr. (por otra parte, ejemplo acabado de lo que venimos diciendo), actor que bajo las cámaras aplasta a cualquier coprotagonista que le pongan al lado. Quizá por eso los productores debieron elegir como su socia a Gwyneth Paltrow, que se parece tanto a Alicia.

Waldo Williams, 11 de Mayo.

lunes, 10 de mayo de 2010

12. Muy inmortales

El título de Alicia “Siempre está presente la sensación de pérdida” gatilló estos recuerdos y reflexiones.

Estaba trabajando en YPF cuando Pepe Estenssoro sufrió el accidente aéreo.
Recuerdo que al enterarnos de la noticia Mauro Keller Sarmiento me dijo “…nos creemos muy inmortales…”. No sé si fue algo que se le ocurrió en el momento o era una sentencia familiar.
Yo tenía 30 años y la frase me tocó, no dejé nunca de recordarla. El adverbio “muy” modificando a inmortales, siempre me pareció un hallazgo.
Y sí…uno anda así por la vida, viviendo como si fuera muy inmortal.
Una observación menor, describe bien este modo de ser. Comparemos la cantidad de lugares turísticos que conoce un nativo, digamos, de 35 años en comparación con los de alguien que circunstancialmente debe vivir unos meses en el mismo país. Mientras que el local siempre tiene una excusa para aplazar una visita a este o a otro sitio (…total, tiene todo el tiempo del mundo…) el extranjero –en líneas generales- planifica y ejecuta con determinación su plan de viaje. Lo verifico en mi propia experiencia, habiendo vivido en Costa Rica e Inglaterra, conozco mucho más esos países que mis amigos Ticos y que los súbditos británicos. Por el contrario, conozco Argentina mucho menos que el viajero promedio.
Releo lo que acabo de escribir, me doy cuenta que me escapo por las ramas, que me da mucho miedo el final (de nuevo, mi cabeza busca un desvío para no escribir la palabra muerte). Siempre le tuve mucho miedo a la muerte.
Quizá por eso me tranquilizaba –un poco, sólo un poco- cuando Borges decía que “si a un mono le damos un tiempo infinito, ordenando letras al azar, podría escribir una biblia completa”. Sin un final, cualquier hombre termina siendo todo los hombres (creo que esto también es de Borges en la Ciudad de los Inmortales). El no poder diferenciarnos de absolutamente nada, lleva al tedio y a la indiferencia total.
Ante la opción “Muerte en algún momento o Tedio e indiferencia absoluta por toda la eternidad”, muerte gana –al menos- por una cabeza.
Sin embargo, sin embargo…cómo me gustaría poder durar un poco más…
Creernos muy inmortales es nuestra defensa para poder seguir viviendo como muy mortales.


Guillermo García Avogadro, 10 de mayo

viernes, 7 de mayo de 2010

11. Siempre está presente la sensación de pérdida

Café de la librería El Ateneo-Grand Splendid. Miro la cúpula, recuerdo cuando mi abuela me traía aquí. En ese entonces era uno de los pocos cines donde se entraba al patio de butacas por un amplio corredor central (pasillo no va con amplio ¿No?).
En esta sala vi por primera vez Hermano sol, Herma Luna de Franco Zefirelli, cuando todavía soñaba con ser monja. Aunque estoy convencida que la mejor cinta de Franco es su versión de Romeo y Julieta, reconozco que cuando visité Asís eran algunas imágenes de Hermano sol, Herma Luna lo que me empujaba por sus callecitas, más que mi devoción confesional. Claro, cuando Francesco se despojaba de sus ropas y se alejaba, era la primera vez que veía un hombre desnudo.

Mi hijo Pancho me bajó al ipod El Gato del Dr. Rossini del maestro Fernando Albinarrate (pareciera que todo el universo se concentra en dos puntos que se reflejan y multiplican como espejos enfrentados: Wikipedia y U-Tube).
Escucho la obra de Fernando y lo veo -vital como siempre- en la pantallita…¡Cómo lo extraño! Lo perdí de vista en el 2002 cuando se fue a vivir a Paris. Ahora me enteré por Guillermo que está terminando otra ópera, La Foret Mouillée (El Bosque Mojado) con textos de Víctor Hugo. Me encantaría ir al estreno, aunque París en verano -por más playas que armen en el Sena- sea más parecido al desierto Marroquí que a una sala de conciertos auspiciada por la Sorbona. Seguramente la absurda imagen de esas fallidas playas enfatizan el carácter de ciudad abandonada por sus habitantes (Abandonada por sus habitantes ¿Es esto un oxímoron?)

Mientras escucho el primer movimiento de El Gato, escribo estas líneas para Lapicerapices.
Me encantó lo que dice Waldo sobre El Primer Trago de Cerveza (en su entrada de ayer).
Agrego algo que a él, soltero(n) militante le costaría ver.
Todos los padres sabemos -o al menos intuimos- que en la raíz del placer siempre está presente la sensación de pérdida.
Guillermo me contaba que el mejor momento de su día -el más esperado- es cuando llega a casa haciendo un poco de ruido y se arrodilla a la espera que Andrés y Benjamín (mellizos de dos años) vengan corriendo, plenos, con los brazos abiertos y las bocas felices gritando ¡Papi, Papi!
Guillermo entiende o intuye que ese momento no va a durar toda la vida y eso multiplica el placer del encuentro.
Los que tenemos hijos, en algún momento caemos en cuenta que la paternidad es una sucesión de despedidas, desde el primer momento. Ellos dejan el pecho por la mema, el gateo por los pasitos, los babaus por a los perros, mamá por las “Jime(na)s” de este mundo.
Los chicos lo saben, ellos también sienten un extraño placer cuando piden ver una y otra vez (a cualquier edad) sus fotos de cuando eran chiquitos. Querido Waldo, tenés razón cuando decís “en la raíz del placer siempre está presente la sensación de pérdida”.

Está entrando Pancho que viene de ver Iron Man 2 (¡Hacían falta dos!). Me dice que soy iguaaaal a Gwyneth Paltrow (aunque un poco mayor, agrego yo). Este chico me ama.

Alicia Lis, 7 de Mayo

miércoles, 5 de mayo de 2010

10. En la raíz del placer

Estoy sentado en la mesa de siempre del Varela Varelita en la esquina de Scalabrini Ortiz y Paraguay. Vengo desde la época del secundario. Daniel Rolleri decía que el bar no entraba en la categoría medida por tenedores; su nivel era “manos agarrando un choripán”. Sólo falté el período en que Chacho Alvarez lo oficializó como sala de conferencia de prensa.
Estoy solo en mi mesa y no espero a nadie, feliz con mis Far-West, pantalones que no había vuelto a usar desde la infancia.
Veo que la nueva diversión de Alicia es buscarle parejitas a sus libros… El Curioso Incidente del Perro a Medianoche con El Primer Trago de Cerveza…no sé.
Ella me recomendó El Primer Trago hace un par de años.
El pequeño libro de Philippe Delerm (a Alice siempre le parece encantador todo lo que sea pequeño. Aunque después de Cooper, en su vocabulario pequeño cambió por mini) recapitulo después de mi digresión, el libro es una colección de relatos breves, de experiencias placenteras como la de saborear el primer trago de cerveza. Recuerdo el que refiere a la sensación de llevar una navaja en el bolsillo y el del paseo nocturno en bicicleta (con la luz parpadeante generada por la dínamo…).
Haciendo memoria (no tengo el libro frente a mí) me doy cuenta que los placeres que describe Delerm son placeres perdidos, situaciones irrecuperables (las pilas remplazaron a las dínamos, los i-phones a las navajas).
¿Será que todo placer sensual es la antesala de una pérdida?
¿Es necesaria la sensación de pérdida inminente para que el placer se manifieste?
Quizá también, el recuerdo de un posible placer pasado e irrecuperable, sea la base del placer. En otras palabras, la nostalgia como motor del placer.
Pequeña lista provisoria de mis placeres: el olor dejado por la lluvia luego de una tormenta de verano en la terraza de mi abuelo, sacarle punta al lápiz, entrar al cine Gaumont –oscuro, silencioso y aterciopelado- de la mano de mi abuela Hebe, la llegada de papá después de un viaje…
Sí, confirmo, en la raíz del placer siempre está presente la sensación de pérdida.


Waldo Williams, 5 de Mayo

martes, 4 de mayo de 2010

9. Tres así para una cosa redonda

La cita de Atahualpa Yupanqui (Héctor Roberto Chavero) “un amigo es uno mismo con distinto cuero” que menciona Waldo el 29 de Abril, le llegó a través de Lery Bulacio.
Lery era un católico reglamentario que comulgaba una vez por año, creo, para que no lo dieran de baja del club.
Había estudiado teatro en Tucumán junto a
Víctor García en la década del 40 (Brook dijo de García “es el más grande del siglo XX” y Fernando Arrabal: “la revolución del teatro moderno, no la hizo Artaud sino el tucumano Víctor García”). Lery contaba que en esa época Víctor era el único que iba a clases en malla de baile negra.
Me acompaña el recuerdo de este hombre grande, de bigote ralo, persiguiendo novios indeseados con una plancha caliente (¿?) en la mano.
En la década del 80 Lery fue como un padre para mí.
Daba la sensación que venía de una familia patricia, sólo sabe el destino como terminó empleado en la dirección de cementerios, en la Chacarita de Buenos Aires.
Tenía una cultura vasta y divertida y una voz y un tono que hubiera sido la envidia de
Pepe Cibrián.
Para matar el tedio, estaba escribiendo un libro que llamó (¿se imaginan…?) Cuentos de Cementerio. Me encantaría dar con esos borradores.
El me inició en la lectura de El Amor de los Cuatro Coroneles de
Peter Ustinov y me regaló un título que me encantaba “Tres así para una cosa redonda” pero yo, ingrato, nunca lo usé en nada.
Su definición de inteligencia (que repito cuantas veces puedo) era “inteligencia es capacidad de diálogo” con homeless, filólogos, maestras, musulmanes, adolescentes, gauchos, tías: con todos. He tratado, a veces con éxito, de cultivar esa idea.
Cuando murió me encerré en casa tres días y tres noches.
Tengo unas cuantas imágenes en el recuerdo, la que prefiero, es la de Lery en mangas de camisa, ya flaco, luego de haber plantado un árbol. No estuve con él ese día, lo veo así en una foto, pequeña, cada vez que visito la casa de su hijo Alejandro.

Guillermo García Avogadro, 4 de Mayo

lunes, 3 de mayo de 2010

8. A las mujeres siempre hay que llamarlas dos veces

Estoy esperando a Quety Aramburu en el café del Malba.
Pobre Quety, con ese nombre tan lindo, Enriqueta, que a ella no le gusta nada porque lo tiene que compartir con un libro de cocina (yo nunca lo tuve en la mano, pero ella me lo confesó una vez…creo que se llama La Cocina de Quety ¡Qué original!).
Pedí un Campari con tónica. Quety no llega. Raro. Siguiendo el consejo de Flor Altamiranda la llamo dos veces al celular (a una mujer siempre hay que hacerle dos llamados: con el primero encuentra el aparato pero no llega a contestar –la cartera es una jungla, obvio- en el segundo ya lo tiene en la mano). La llamo por tercera vez: nada.
Mi hija Bubu (sí, igual que el amigo del oso Yogui) me prestó (esa chica me ama) su Mini Notebook Sony Vaio, que le trajo el novio de Miami ¿La vieron? Es mínima, no sé, todo lo mini me encanta. Escribo algo para Lapicerápices.

Al final de mi entrada del 26 de abril mencioné El Curioso Incidente del Perro a Medianoche de Mark Haddon. Nadie le prestó atención: mis amigos intelectuales optaron por el camino chismo-biográfico… (Chiste. Gracias, Guille, me encantó lo que me dijiste en tu entrada del 27, sos un caballero). Del perro, bien gracias.
El libro lo recomendó Fernando Gonzáles del Solar, el marido de Clara Cantilo. Fer es un divino, pero viniendo de un ingeniero industrial del ITBA y director de un holding de compañías, no era el tipo de sugerencia que uno acepta como mandato divino, sin embargo (no me hice caso y…) seguí su consejo.
Lo compré en la librería que está frente a la placita de Belgrano R y lo terminé casi ese mismo día en el restó Cond’é.
El libro cuenta la historia de Christopher Bone de 15 años. Christopher sufre un autismo moderado. Memoria prodigiosa, seguidor de esquemas y verdades; fanático de Sherlock es, de alguna manera, la versión del detective clásico dañado irremediablemente por el lavado intensivo en la washing-machine del siglo XX.
Un autista-detective motorizado por la muerte del perro de su vecina.
La novela puede leerse como una metáfora de la crisis de lo hiper-lógico; pero sí fuera sólo esto no pasaría de ser una puesta en escena ingeniosa.
La historia de Christopher -contada en primera persona- te estruja el corazón, porque al final, como siempre, no es la búsqueda de la verdad lo que lo (nos) mueve, sino la búsqueda de amor (hasta Sherlock, buscaba más el reconocimiento de Watson que la verdad. Recordemos que el doctor era su biógrafo).
Creo que hasta Fer del Solar lloró.
Lo recomiendo, money-back warranty por mí en caso que desilusione (imposible).
En casa lo puse al lado de El Primer Trago de Cerveza.

Está llegando Quety, divina con un vestidito gris mariposa de Tissage y unas sandalias verdes de Carmen Steffens ¡Al fin mandó a los jeans de vacaciones!

Alicia Lis, 3 de Mayo.