Café de la librería El Ateneo-Grand Splendid. Miro la cúpula, recuerdo cuando mi abuela me traía aquí. En ese entonces era uno de los pocos cines donde se entraba al patio de butacas por un amplio corredor central (pasillo no va con amplio ¿No?).
En esta sala vi por primera vez Hermano sol, Herma Luna de Franco Zefirelli, cuando todavía soñaba con ser monja. Aunque estoy convencida que la mejor cinta de Franco es su versión de Romeo y Julieta, reconozco que cuando visité Asís eran algunas imágenes de Hermano sol, Herma Luna lo que me empujaba por sus callecitas, más que mi devoción confesional. Claro, cuando Francesco se despojaba de sus ropas y se alejaba, era la primera vez que veía un hombre desnudo.
Mi hijo Pancho me bajó al ipod El Gato del Dr. Rossini del maestro Fernando Albinarrate (pareciera que todo el universo se concentra en dos puntos que se reflejan y multiplican como espejos enfrentados: Wikipedia y U-Tube).
Escucho la obra de Fernando y lo veo -vital como siempre- en la pantallita…¡Cómo lo extraño! Lo perdí de vista en el 2002 cuando se fue a vivir a Paris. Ahora me enteré por Guillermo que está terminando otra ópera, La Foret Mouillée (El Bosque Mojado) con textos de Víctor Hugo. Me encantaría ir al estreno, aunque París en verano -por más playas que armen en el Sena- sea más parecido al desierto Marroquí que a una sala de conciertos auspiciada por la Sorbona. Seguramente la absurda imagen de esas fallidas playas enfatizan el carácter de ciudad abandonada por sus habitantes (Abandonada por sus habitantes ¿Es esto un oxímoron?)
Mientras escucho el primer movimiento de El Gato, escribo estas líneas para Lapicerapices.
Me encantó lo que dice Waldo sobre El Primer Trago de Cerveza (en su entrada de ayer).
Agrego algo que a él, soltero(n) militante le costaría ver.
Todos los padres sabemos -o al menos intuimos- que en la raíz del placer siempre está presente la sensación de pérdida.
Guillermo me contaba que el mejor momento de su día -el más esperado- es cuando llega a casa haciendo un poco de ruido y se arrodilla a la espera que Andrés y Benjamín (mellizos de dos años) vengan corriendo, plenos, con los brazos abiertos y las bocas felices gritando ¡Papi, Papi!
Guillermo entiende o intuye que ese momento no va a durar toda la vida y eso multiplica el placer del encuentro.
Los que tenemos hijos, en algún momento caemos en cuenta que la paternidad es una sucesión de despedidas, desde el primer momento. Ellos dejan el pecho por la mema, el gateo por los pasitos, los babaus por a los perros, mamá por las “Jime(na)s” de este mundo.
Los chicos lo saben, ellos también sienten un extraño placer cuando piden ver una y otra vez (a cualquier edad) sus fotos de cuando eran chiquitos. Querido Waldo, tenés razón cuando decís “en la raíz del placer siempre está presente la sensación de pérdida”.
Está entrando Pancho que viene de ver Iron Man 2 (¡Hacían falta dos!). Me dice que soy iguaaaal a Gwyneth Paltrow (aunque un poco mayor, agrego yo). Este chico me ama.
Alicia Lis, 7 de Mayo
viernes, 7 de mayo de 2010
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