Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



viernes, 21 de mayo de 2010

18. Los Auténticos de la Divina Unidad

Acabo de cortar con Samanta, mi hermana.
Vive en Sídney, 12 horas de diferencia, allá eran las cinco de la mañana, para mí el momento del té.
Hablamos poco, la adoro, pero hablamos poco.
Quizá la lectura del blog le dio ánimo para llamarme. Lo entiendo Samanta, no es grato ser el que siempre busca el contacto.
Me llamó para pedirme hable con mi sobrina: tiene 16, no quiere seguir estudios formales, pidió su parte de la herencia (¿?) y piensa unirse a la tribu aborigen que se hace llamar “Los Auténticos de la Divina Unidad” en el desierto Australiano.
Quedé sorprendido por el increíblemente García-Marquiano nombre de la tribu, por la vocación de mi sobrina Victoria, pero más aún por el pedido de mi hermana.
Hace años que no tengo contacto con la chica, apenas si la reconozco en las fotos que suben a Facebook; nos separan tres décadas, dos océanos y mi incapacidad para comunicarme más allá de mi círculo íntimo (que tiene el tamaño de un anillo de compromiso).
Además ¿Ejemplo de qué puedo ser yo…? Apenas terminé el bachillerato (en Ginebra, sí, pero a las trompadas) me anoté en 4 facultades y no terminé estudio alguno. Jamás tuve un trabajo bajo relación de dependencia (bueno…a lo mejor esto sea positivo; la relación de dependencia, no aparece a simple vista, una relación muy sana ¿no?) me casé y me separé lo más pronto posible, vivo en un departamento de dos ambientes, en la calle Las Heras, interno, con vista a excelente pulmón de manzana pero evitando todo ser animado (léase mascotas y plantas).
Samanta insistía. Yo no sabía cómo esquivar esa responsabilidad.
Le conté de un pequeño libro (los pequeños libros, siempre van bien con las mujeres) “Cineclub” del canadiense David Gilmour.
El hijo del protagonista ha tenido algunos incidentes con drogas, fuma demasiado, no lee, no hace deportes y se niega a terminar el colegio secundario, su madre (separada) ya no sabe qué hacer.
El padre, crítico de espectáculos sin empleo, se lo lleva a vivir con él. Ninguna exigencia, sólo un acuerdo mínimo: ninguna droga y ver juntos tres películas por semana. Punto, nada más, ni trabajo ni estudio ni urbanidad ni nada. Sabe que no lo puede obligar, que la presión sólo va producir distanciamiento; que si lo pierde en ese momento de la vida no lo va a recuperar.
Igual, duda, duda mucho
¿No me estaré haciendo el moderno a costa de mi hijo? Sin embargo no se desdice “Ninguna exigencia, sólo un acuerdo mínimo: ninguna droga y ver juntos tres películas por semana”.
Ver películas y conversar sobre ellas sin intentar encontrar moralejas, sólo por el placer compartido de ver y hablar sobre cine: Pulp Fiction, La Dolce Vita, El Padrino, Annie Hall, El Satánico Dr. No, Cantando Bajo la Lluvia, El Resplandor, Los Cuatrocientos Golpes, Gigante, La Princesa que Quería Vivir, Manhattan…
Y aquí me detuve.
El libro habla de la importancia de defender, contra todo, la relación.
Me vino a la cabeza una frase de Khalil Gibran, que en los ochenta le escuché repetir muchas veces al tío Benjamín “los hijos son como flechas lanzadas al viento”.
Uno sólo se afirma en el piso, contiene la respiración, tensa la cuerda, apunta, suelta y deja volar.
A simple vista, parece una excusa para quitarse responsabilidades. Sin embargo, no es otra cosa, que describir la vida tal como es.
Difícil cosa ser padre. Difícil cosa es mantener el vínculo y dejar volar en una dirección que quizá nosotros no hubiéramos seguido.
Le dije a Samanta que comprara Cineclub (garanticé devolverle el dinero si la lectura la desilusionaba). Hablamos de otras cosas. Largamente.
Ella debe haber visto el amanecer en la bahía, yo vi caer la noche en Buenos Aires. Cortamos. No volvió a pedirme que llamara a su hija Victoria, mi sobrina.

Waldo Williams, 21 de mayo.

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