Es cierto, Waldo tiene una mesa de libros en vez de una mesa de luz. Toda una declaración de principios.
El primer libro que cita es El Túnel de Sábato. Es falso, ese libro no es parte de la mesa, jamás lo vi allí (aunque sólo el inicio ya tiene mérito suficiente para ser incluido en esa construcción “…Basta con decir que soy Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne…”).
Sobre Héroes y Tumbas ocupa ese lugar. Ese es el texto iniciático de Waldo, él –quizá como todo adolescente que lo leyó- pasó en algún momento por el mismo desconcierto que su protagonista ¿Por qué no lo menciona, entonces? Paradójicamente, por cuestiones literarias. Waldo enumera sus preferencias y allí está el inevitable Dioses, Tumbas y Sabios de Ceram. En una lista, citar ambos títulos, genera confusión y cacofonía (palabra cacofónica por excelencia). Entonces elige El Túnel, la primera novela de Sábato -escrita en un rancho sin luz en las sierras de Córdoba- como inicio de la serie. Remplaza la luz de la mesa por algo que remite a oscuridad tanto en el producto final como en el proceso de su creación. Otra declaración de principios.
¿Cómo llega Waldo a interesarse por Dioses, Tumbas y Sabios? A mediado de los años ochenta, yo le conté algo que no constaba ni en reseñas periodísticas ni en reportaje alguno. Mi fuente era quizá la fuente más confiable. Sábato había titulado Sobre Héroes y Tumbas, por los ecos que producía en su cabeza el libro de Ceram Dioses, Tumbas y Sabios, casi un anagrama.
Con Waldo devoramos ese texto y lo regalamos en sucesivos cumpleaños. Cuenta cómo se descubrió Troya siguiendo la lectura de la Ilíada; el Valle de los Reyes yendo tras el rastro de familias de contrabandistas de varias generaciones; de Pompeya – congelada en su momento histórico por los gases y lava del Vesubio- de Nínive y Babilonia, de Machu Pichu y Copán en Honduras, de la piedra de Rosetta y de Champollion, el hombre que develó el misterio de los jeroglíficos.
Si a la lectura de Ceram le sumamos nuestro respeto incondicional por el doctor Indiana Jones, sólo nuestra raíz clase-mediera (madre de todos los miedos) pudo haberse interpuesto para que no abrazáramos la causa de la arqueología, aunque nos hemos pasado la vida recorriendo –felices- esos potreros regados de piedras llamados sitios.
Recuerdo que Waldo en esa época fue contratado por la multinacional Cargill para dar unas charlas sobre Creatividad en Honduras. Eran dos sesiones separadas por un intervalo de una semana. Waldo llegó a la caliente y húmeda San Pedro Sula (los locales le dicen San Pedro Sauna) y apenas saliendo del avión sintió sobre la cara el calor de un lanzallamas; hizo los trámites de migración en un galpón de cinc y por calles polvorientas y finales llegó a su hotel. El libro que leía era Dioses, Tumbas y Sabios y andaba más o menos por la mitad. Waldo sentía que respiraba en la atmósfera de Saturno. De inmediato, había decidido que la semana intermedia la pasaría en New York.
Allí, una de sus primeras visitas fue al Museo de Ciencias Naturales y una de las primeras cosas que le llamó la atención era una pequeña maqueta de la única escalera ritual donde cada escalón es una larga fila de jeroglíficos. La escalera se asienta sobre la pendiente de una colina en Honduras, eran las ruinas de Copan, coincidía con el capítulo que estaba iniciando y era lo que se había perdido de visitar cuando decidió venir a New York. En vez de subir, peldaño a peldaño por la monumental escalera, contemplaba embelesado y –muy- decepcionado la reconstrucción de no más de cincuenta centímetros de alto. Estaba furioso consigo mismo, nunca se lo perdonó.
Años después cuando yo vivía en Costa Rica y estaba a cargo también de las operaciones en los otros países de Centroamérica, mi jefe brasilero -ex oficial de marina- decidió visitarme y fijó Honduras como lugar de encuentro. Guillermo agradecido. Para agasajarlo contraté un helicóptero (dos meses después de mi viaje, se perdió en la selva para siempre) y volamos por el país hasta Copán. A diferencia de otros sitios arqueológicos, Copán es muy poco visitado, sobrevolamos las ruinas (que tienen muy poco de ruinas) y aterrizamos en un valle lindero. Casi en soledad cruzamos la plaza , la cancha de pelota, entramos a los templos construidos en las alturas y finalmente dimos con la escalera ritual que Waldo perdió. Círculo a punto de cerrarse.
Si en vez de mi, fuera Hercule Poirot, podría decir algo así cómo… Waldo inicia su texto con una cita en inglés, a sabiendas que Alicia recordaría que fue ella la que lo introdujo en esos versos evitando la cacofonía de las traducciones españolas. Y esa cita es a su vez, la clave para interpretar la sustitución de un libro de Sábato por otro, que sólo yo (perdón por el momento de omnipotencia) podía develar… Todo este mecanismo, seguramente fue urdido por Waldo para rescatarnos de la pirámide de pañales bajo la cual estamos sepultados. Círculo cerrado.
A Waldo, in memoriam.
Guillermo García Avogadro, 19 de Agosto
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