Nota. Este artículo es parte de una serie, cuya primera entrada es la 96, del martes 10 de enero.
Siena. El hotel está en la calle Via del Pittori (Calle de los Pintores… en nuestro país hubiera sido avenida Regimiento Patricios…). Anoche hablé con los chicos, como si nunca me hubiera ido. Bien ¿O mal? No sé. Luego le pasaron el teléfono a Rebeca de Winter, hoy los llevará al museo de Leonardo, le sorprende como se manejan en italiano ¿No entiendo por qué? Son mis hijos.
Habíamos llegado tarde, check-in y cada paisano a su rancho. Lexotanil y agua San Pellegrino, nada memorable.
Hoy basta de jean y botas y campera de cuero de rinoceronte. Elijo un vestido de lana de Donna Karam (soft-yellow Provenza). Me voy a helar, recurro –como mamá- a la camisetita debajo…uuuuh ¡Qué sexy!... Botitas de Manolo Blahnik (modelo Imbelita de la serie Cervantes. Estreno) y saquito bordeaux con pasamanería de La Oveja Negra. Pelo bien cepillado (100 veces de cada lado) y echarpe de seda y alpaca tejida al crochet. Nada de pintura, apenas un poquito de base y brillo en los labios. Mi nombre es Lis, Alicia Lis.
* * *
Enrico me mira y no puede disimular la pregunta que se hace ¿Dónde quedo la niñera renguita? Caminamos Siena uno al lado del otro. Creo que Florencia tiene demasiada prensa, entiendo que una es renacentista y la otra medieval, que la cantidad de obras de arte que hay en ésta y aquella no se pueden comparar… pero desde la plaza hasta la catedral, Siena gana fácil.
Según la guía Fodors, la catedral es la iglesia gótica más imponente de Italia. No sé, pero entrar mete miedo, su interior completamente a rayas, como una cebra fuera de escala; pisos de mármol que relatan a modo de enormes cuadros escenas fuertes del tipo La matanza de los inocentes con chicos muertos por todos lados. Por encima de los arcos de las naves, casi a cuarenta metros, una al lado de la otra, cabezas de decenas de papas, obispos y amigos de lo sacro que te clavan los ojos desde las alturas. Extraño lugar dónde, paradójicamente, es difícil salir a menos que uno se lo proponga firmemente. Hay que sacarse a la rastra de ahí dentro.
Entramos a la Piazza del Campo, está muy, muy inclinada, Siena está construida sobre una colina y nadie hizo nada para evitarlo. Divina, rosada y desierta en este invierno.
Miramos la torre Mangia, increíblemente alta. Mirada cómplice. Penso che la principessa non è ancora pienamente recuperato. Y yo que soy muy respuetosa de la opinión médica, doy mi conformidad y me dejo llevar como si fuera Campanita, mi personaje favorito de todos los tiempos. Desde arriba ver las calles que suben y bajan, espiraladas alrededor de la plaza da vértigo y no lo digo metafóricamente, toda la ciudad me daba vueltas y Enrico tuvo que sostenerme firme por el talle y yo Gracias, Enrico Salvatore.
- No me llame así por favor, díagme solo Enrico.
- E perché? Pregunto.
- Tiene musicalidad, sí, mi padre tenía razón... silencio largo. Hace unos años, en cable, a tarda notte, di por casualidad con la película que él había visto... El protagonista no era ni Redford ni De Niro era Dustin Hoffman, rengo, asmático, sucio, hambriento, miserable, Enrico Salvatore Rico, Ratso le decían y era un estafador y tratante de blancas... Midnight Cowboy... Nunca se lo perdoné. No sé si fue de bestia, o... non lo so, non lo so...
Luego nos perderíamos por las calles y los colores verde esmeralda y durazno y llegaríamos a la iglesia de San Francisco, enorme nave –románica, creo yo- completamente oscura y vacía. Detrás mío, Enrico pone sus manos sobre mis hombros, como tomando distancia, en la primaria. Vitrales de San Francisco frente al Papa. Yo digo “a mi de chica tampoco me gustaba Alicia, me recordaba mucho al cuento, a la sobrevalorada Alice ¿Por qué no Alejandra, Inés o Cecilia? Me hacía llamar Lucía... como la santa patrona de la vista... simpre me preocupó el tema de ver, de la ceguera... de Dios, de la visión de Dios, que todo lo ve, en todo momento ¿Omnipresente?que está en todos lados, que nada escapa a su mirada “
Dios no es, dice Enrico. Los padres de la iglesia intentando definirlo, llevaban a grado superlativo las potencialidades humanas... si yo sé algo, un poco...El lo sabe todo, es omnisciente... si yo puedo hacer ciertas cosas, Dios puede hacrelo todo es omnipotente... Pero Dios no tiene nada que ver con lo humano, nada, es incomprensible, es ota cosa, Dios es lo que no es.
Apenas si escuchaba. Apenas... “Si prega di tenere a me. Ho molto freddo. Molto..” digo y entonces me abraza y nos quedamos abrazados en silencio hasta que él dice ¿De chica le gustaba Peter Pan? Y yo pienso ¿Cómo lo hace? y el sabrá, lo sé, que me estoy preguntando exactamente eso.
Alicia Lis, Siena, 30 de Enero 2012
lunes, 30 de enero de 2012
102. La niñera renguita
miércoles, 25 de enero de 2012
101. Tú también eres mentira
Nota. Este artículo es parte de una serie, cuya primera entrada es la 96, del martes 10 de enero.
Estamos en el café Le Giubbe Rosse, en la plaza de La Republica, donde paraba Giovanni Papini. Me sirven un chocolate espeso y picante, un señor de ochenta que ha intercambiado versos con una amiga también de ochenta, me da diez años menos.
El marido de Catalina (me pidió por favor no lo citara por su nombre) está frente a mí. Llamémoslo, Vittorio. Vittorio trabaja en la Specola Vaticana, el observatorio astronómico que depende del Papa. Todos los investigadores son jesuitas (el director es un argentino, Gabriel Funes) pero a él siempre le han comisionado trabajos, es físico-matemático y viaja todos los meses a Castel Gandolfo. Es más joven que Catalina y tiene el mismo Patek Philippe que llevaba Patricio (World Time, platinum). Ingenuamente hace un comentario, éste lleva a otro y luego a una pregunta mía e incrédulo de que no lo supiera me confirma con economía científica que sí, que Patricio le había ofrecido casamiento a los veintiuno a Catalina, que desde chicos estaban enamoradísimos, que la familia se opuso, que de ninguna manera avalarían endogamia… los dos estuvieron muy tristes mucho tiempo… y yo no lo escuché más y le sonreí con mi sonrisa encantadora (Alicia n° 30) y le agradecí y me fui a caminar sola, con la cabeza dentro de una escafandra. Era como que me habían chupado la energía de los últimos días, toda la energía. Había olvidado en la mesa el bastón que Vittorio me había prestado y caminaba con dificultad y dolor pero no me daba cuenta, pesada y desdibujada… lenta como los autos que tienen prohibido ir rápido, lenta como el bus ecológico que de tan silencioso que es casi me atropella y manda al cielo sin que me diera cuenta. Saldi, saldi, saldi por todos lados. Aunque pusiera mi precio más bajo ¿Quién querría a esta renguita? Nunca conocemos a nadie. Nunca. Saldi, saldi, saldi quiero agotar el stock de mis recuerdos. Hoy iba a salir a los pueblitos de la Toscana por cuatro días ¿Qué hago? ¿Qué hago, ahora?
* * *
Por la ventanilla del Alfa veo como atravesamos calles diminutas, tanto que hasta las 4x4 parecen pequeñas. Ni loca acepté el bastón recuperado por Vittorio, iba a parecer de un tour de Pami, además prefiero el brazo de Enrico. Atrás quedó ¿Atrás quedó? La revelación y el asombro y el enojo y la pena y la aceptación… todo había pasado hace cuarenta años, cuando ni siquiera Patricio me conocía, hubiera preferido que me lo dijera pero no, no fue así… Everyday is a new beginning dice la ranita cuando la besa el príncipe (versión formateada para protagonista femenina). Dejé a los chicos con Rebeca de Winter y su niñera portuguesa (bajo un manto mezcla de celos, culpa y liberación y más culpa por lo de liberación) y voy camino a San Gimignano y Siena.
* * *
San Gimignano, lindo sí, tal vez un poco sobrevaluada (quizá no estoy en mi mejor día) ciudadela medioeval amurallada con altas torres de color terracota. Quedan doce pero fueron como setenta, tienen la fisonomía de esos edificios hechos con cajitas de pasta de diente para la maqueta escolar. Desproporcionadas. De las tres hipótesis de su construcción la segunda es la más probable, pero prefiero la última, más cercana a Julio Verne: 1° protección, 2do. Status y 3ro. … como el espacio era escaso para guardar sus piezas de tela, se elevó en torres siguiendo la proporción de los rollos, presagiando así nuestros edificios de propiedad horizontal.
Entramos caminando, los autos están prohibidos, el tobillo todavía me duele algo, Enrico me toma de la cintura y yo de su hombro.
Pequeña iglesia gótica, completamente cubierta de frescos, ingenuos, del paraíso y el infierno ¿Hay algo más naif que esas dos entidades absolutas y eternas? (al tipiar escribo terrenas en vez de eternas. Sí, son completamente terrenas, a ningún Dios en su sano juicio se le ocurriría el diseño de semejante arquitectura). Cualquiera que haya visto a ésos que se tatúan intrincadamente todo el cuerpo, los recordará cuando entre a esta iglesia.
Dos plazas de pura piedra, dos ferias, verdura y carne y panes y en cada una, puestos de venta de pajaritos en sus jaulas primorosas. Decenas, muy tranquilos, parecen felices con su vida asegurada.
Enrico me llama y ofrece un sándwich ¡Delicioso! de jabalí. Lo comemos en un balcón soleado, sobre el paisaje toscano. Me muestra la hoja de un olivo, verde brillante hacia la planta, verde ceniciento hacia afuera… son estas hojas las que ayudan a crear los paisajes esfumados de sus pintores, a la distancia nada tiene un límite preciso.
Ninguna ley religiosa o moral castigaría a Patricio por lo que hizo, o no hizo. Igual me siento... estafada... decepcionada... ¿No decir algo, es lo mismo que mentir...? … Para la economía de la Historia ¿introducir en el universo un conjunto de acontecimientos ficticios es equivalente a suprimir una serie de hechos reales?... ¿son dos actos que de algún modo se anulan o uno solo interpretado por actores de diferente escuela?... ¿O acaso la irrupción de un conejo y el desaparecer de la secretaria no son parte del continuo de la misma representación mágica?... El fotógrafo que cuida el encuadre para evitar se vea la ciudad de El Cairo detrás de las pirámides… ¿nos miente al mostrarlas recortadas sobre el desierto...? ¿Por qué la gente miente? Guillermo Avogadro diría porque estamos regidos por el principio del placer, los chiquitos empiezan a mentir cuando se dan cuenta que si aseguran que no rompieron el libro, recibirán abrazo, caso contrario reto... Siempre estamos buscando placer duradero, para nosotros, lo más rápido posible... Decir la verdad no es lo natural... es cultural, requiere aprendizaje, premio y castigo, toda sociedad necesita cuatro quintos de verdad para poder funcionar... ¿Y las parejas?... Nada me conforma, nada me consuela. Enrico termina el sándwich de jabalí y limpia la palma de su mano sobre el costado de una piedra. ¿Quién soy yo, para juzgar que cosa? No he dejado de mentirle, nunca he sido niñera en mi vida...
Alicia, tú también eres mentira y sobre vos nadie construirá su iglesia.
Alicia Lis, San Gimignano, 25 de Enero 2012
Estamos en el café Le Giubbe Rosse, en la plaza de La Republica, donde paraba Giovanni Papini. Me sirven un chocolate espeso y picante, un señor de ochenta que ha intercambiado versos con una amiga también de ochenta, me da diez años menos.
El marido de Catalina (me pidió por favor no lo citara por su nombre) está frente a mí. Llamémoslo, Vittorio. Vittorio trabaja en la Specola Vaticana, el observatorio astronómico que depende del Papa. Todos los investigadores son jesuitas (el director es un argentino, Gabriel Funes) pero a él siempre le han comisionado trabajos, es físico-matemático y viaja todos los meses a Castel Gandolfo. Es más joven que Catalina y tiene el mismo Patek Philippe que llevaba Patricio (World Time, platinum). Ingenuamente hace un comentario, éste lleva a otro y luego a una pregunta mía e incrédulo de que no lo supiera me confirma con economía científica que sí, que Patricio le había ofrecido casamiento a los veintiuno a Catalina, que desde chicos estaban enamoradísimos, que la familia se opuso, que de ninguna manera avalarían endogamia… los dos estuvieron muy tristes mucho tiempo… y yo no lo escuché más y le sonreí con mi sonrisa encantadora (Alicia n° 30) y le agradecí y me fui a caminar sola, con la cabeza dentro de una escafandra. Era como que me habían chupado la energía de los últimos días, toda la energía. Había olvidado en la mesa el bastón que Vittorio me había prestado y caminaba con dificultad y dolor pero no me daba cuenta, pesada y desdibujada… lenta como los autos que tienen prohibido ir rápido, lenta como el bus ecológico que de tan silencioso que es casi me atropella y manda al cielo sin que me diera cuenta. Saldi, saldi, saldi por todos lados. Aunque pusiera mi precio más bajo ¿Quién querría a esta renguita? Nunca conocemos a nadie. Nunca. Saldi, saldi, saldi quiero agotar el stock de mis recuerdos. Hoy iba a salir a los pueblitos de la Toscana por cuatro días ¿Qué hago? ¿Qué hago, ahora?
* * *
Por la ventanilla del Alfa veo como atravesamos calles diminutas, tanto que hasta las 4x4 parecen pequeñas. Ni loca acepté el bastón recuperado por Vittorio, iba a parecer de un tour de Pami, además prefiero el brazo de Enrico. Atrás quedó ¿Atrás quedó? La revelación y el asombro y el enojo y la pena y la aceptación… todo había pasado hace cuarenta años, cuando ni siquiera Patricio me conocía, hubiera preferido que me lo dijera pero no, no fue así… Everyday is a new beginning dice la ranita cuando la besa el príncipe (versión formateada para protagonista femenina). Dejé a los chicos con Rebeca de Winter y su niñera portuguesa (bajo un manto mezcla de celos, culpa y liberación y más culpa por lo de liberación) y voy camino a San Gimignano y Siena.
* * *
San Gimignano, lindo sí, tal vez un poco sobrevaluada (quizá no estoy en mi mejor día) ciudadela medioeval amurallada con altas torres de color terracota. Quedan doce pero fueron como setenta, tienen la fisonomía de esos edificios hechos con cajitas de pasta de diente para la maqueta escolar. Desproporcionadas. De las tres hipótesis de su construcción la segunda es la más probable, pero prefiero la última, más cercana a Julio Verne: 1° protección, 2do. Status y 3ro. … como el espacio era escaso para guardar sus piezas de tela, se elevó en torres siguiendo la proporción de los rollos, presagiando así nuestros edificios de propiedad horizontal.
Entramos caminando, los autos están prohibidos, el tobillo todavía me duele algo, Enrico me toma de la cintura y yo de su hombro.
Pequeña iglesia gótica, completamente cubierta de frescos, ingenuos, del paraíso y el infierno ¿Hay algo más naif que esas dos entidades absolutas y eternas? (al tipiar escribo terrenas en vez de eternas. Sí, son completamente terrenas, a ningún Dios en su sano juicio se le ocurriría el diseño de semejante arquitectura). Cualquiera que haya visto a ésos que se tatúan intrincadamente todo el cuerpo, los recordará cuando entre a esta iglesia.
Dos plazas de pura piedra, dos ferias, verdura y carne y panes y en cada una, puestos de venta de pajaritos en sus jaulas primorosas. Decenas, muy tranquilos, parecen felices con su vida asegurada.
Enrico me llama y ofrece un sándwich ¡Delicioso! de jabalí. Lo comemos en un balcón soleado, sobre el paisaje toscano. Me muestra la hoja de un olivo, verde brillante hacia la planta, verde ceniciento hacia afuera… son estas hojas las que ayudan a crear los paisajes esfumados de sus pintores, a la distancia nada tiene un límite preciso.
Ninguna ley religiosa o moral castigaría a Patricio por lo que hizo, o no hizo. Igual me siento... estafada... decepcionada... ¿No decir algo, es lo mismo que mentir...? … Para la economía de la Historia ¿introducir en el universo un conjunto de acontecimientos ficticios es equivalente a suprimir una serie de hechos reales?... ¿son dos actos que de algún modo se anulan o uno solo interpretado por actores de diferente escuela?... ¿O acaso la irrupción de un conejo y el desaparecer de la secretaria no son parte del continuo de la misma representación mágica?... El fotógrafo que cuida el encuadre para evitar se vea la ciudad de El Cairo detrás de las pirámides… ¿nos miente al mostrarlas recortadas sobre el desierto...? ¿Por qué la gente miente? Guillermo Avogadro diría porque estamos regidos por el principio del placer, los chiquitos empiezan a mentir cuando se dan cuenta que si aseguran que no rompieron el libro, recibirán abrazo, caso contrario reto... Siempre estamos buscando placer duradero, para nosotros, lo más rápido posible... Decir la verdad no es lo natural... es cultural, requiere aprendizaje, premio y castigo, toda sociedad necesita cuatro quintos de verdad para poder funcionar... ¿Y las parejas?... Nada me conforma, nada me consuela. Enrico termina el sándwich de jabalí y limpia la palma de su mano sobre el costado de una piedra. ¿Quién soy yo, para juzgar que cosa? No he dejado de mentirle, nunca he sido niñera en mi vida...
Alicia, tú también eres mentira y sobre vos nadie construirá su iglesia.
Alicia Lis, San Gimignano, 25 de Enero 2012
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lunes, 23 de enero de 2012
100. Muy en contra de lo que indicaría mi genero
Nota. Esta entrada es parte de una serie, cuya primera entrega es la 96, del martes 10 de enero, 2012.
Anoche los chicos representaron una escena, escenita, de Sueño de una Noche de Verano, en el teatrito de la villa, un lugar divino que recuerda los diseños de Andrea Palladio. Casi me muero, pensar que en casa ni siquiera los puedo tener diez minutos pintando con crayones. Es enero y hace mucho frío y me acuerdo de los eneros imposibles de Buenos Aires, cuando yo tenía seis y papá me llevaba cada noche a plaza Houssay, frente a la facultad de medicina, a aprender andar en bici. La calle Azcuénaga con las persianas de los negocios bajas y la basura esperando ser recogida y allí donde había luz un enjambre de bichos y de vez en cuando una heladería y un helado (nunca de frutilla, muy en contra de lo que indicaría mi género)…y veo a Pablo y Pili abrazados con sus tíos y primos recibiendo nuestro aplauso y pienso si acaso una tragedia, si nos quedáramos sin nada… ¿Serían fuertes los suficiente para construirse desde cero…? No llegué a responderme, el marido de Catalina me toma de los hombros y me ofrece un sambuca y la charla me termina llevando a otra orilla, más segura, menos atemorizante. Aún así, las nubes vuelven y vuelven.
* * *
Veo como maneja Enrico, lo hace con gusto, pareciera que inclusive estacionar en espacios mínimos le causa placer.
Por fuera el palacio Pitti luce roca amurallada gris e inexpugnable. A mediados del mil quinientos, Leonor Álvarez de Toledo y Pimentel-Osorio, mujer de Cosme de Medicis (que es la suma de los Kennedy, Rothschild, Slims y más) como toda madre en buena posición decidió mudarse de la ciudad para criar sus hijos en un lugar más sano, en las afueras, y así fue como empezó todo.
Visitamos las habitaciones principales, El descubrimiento, uso y abuso de la perspectiva o La perspectiva como laberinto de la arquitectura… Sobre una ventana real (de mampostería, digo) no pueden no tentarse y recortan sobre ella macetones con plantas bien pintados, en perspectiva, of course. En otra parte el techo simula estar cubierto por un tapiz, en los vértices, en la zona de tensión, los bordes están arrugados para crear la ilusión perfecta y así hasta el cansancio.
Pinturas y pinturas en proporción foto panorámica de viaje de egresados. Un hombre sentado de espaldas sobre una cerca de piedra, a su lado cuatro bloques de mármol, uno a continuación del otro, antes de ser esculpidos, de diferente tamaño… Ahora en el recuerdo, me vienen como enormes terrones de azúcar. Paradoja: en la obra Duchamp, el azúcar es sustituida por cubitos de mármol ¿Habrá visto Marcel este trabajo, le habrá gatillado las mismas sensaciones que a mí? ¿Chi lo sa?
Florencia es mármol, fachadas, tumbas, fuentes, mesas, tutti mármol. Cuando al escultor reconocido le preguntan cómo creó, digamos, la madre con el niño, responde mirándose las manos…quité todo lo que no fuera ni la madre ni el niño.
Enrico lee un sobrecito de edulcorante “la escultura es como la vida, no es cuestión de agregar cosas, es cuestión de quitar todo lo que no sea vida”.
Alonso dice lo mismo de la pintura y literalmente le borra un ojo al obispo que ha pintado. Ganancia más qué perdida.
Estamos en lo alto del jardín, jardín de Boboli, clima de La Cumbre en nuestra Córdoba, seco y cálido, sol tibio y luz durazno. Terraza al paisaje toscano de vides y cipreses, verdes en pleno invierno. Paisaje de Leonardo. Una se queda un rato y quiere quedarse para siempre. Enrico revuelve, lento, su café. Da ganas de ser jardinero, da ganas de besar suave y húmedamente. Le pregunto si siempre le gustó manejar, si ama a los autos. Enrico sentado a mi lado y mirando a lo lejos, hablándose a sí mismo… mi padre fue el octavo y último hijo, el día que nació echaron a su madre y a sus siete hermanos de la casa, la primera noche durmieron bajo un puente, enterrados, para no pasar frío. Durante diez años fueron vagabundos, a esa edad empezó a escuchar que Mussolini esto, que Mussolini aquello y decidió solo ir a pedirle trabajo. Viajó a Roma y llega a la termini y pregunta a un vendedor de diarios dónde puede encontrar a Mussolini, le responde que en Palazzo Venezia y allí va mi padre y lo espera todo el día. Tarde en la noche sale Mussolini en un auto descapotado, mi padre le hace una seña, el Duce lo ve, pide detenerse y el soldado que viajaba en el estribo lo sienta a su lado. Mussolini sonríe y dice “es la primera vez que me piden trabajo y no limosna, mándenlo a Maranello”. Mi padre trabajó sesenta años como mecánico, tenía tanta y tan antigua grasa debajo de las uñas, que el día de su muerte los de la funeraria no pudieron limpiarlo y fue enterrado con las manos en los bolsillos del traje. Yo no quise eso para mí, fui piloto de pruebas en la fabbrica mientras estudiaba historia y ahora soy “private driver”, aunque hubiera preferido ser “private detective”. Ríe. Ningún músico es una abogado frustrado digo yo y se ríe más (no conocía la publicidad de Converse).
Vamos saliendo, una pintura pequeña, dorso de mujer, desde la mitad de la espalda hasta la mitad de los muslos. Piel blanca, azulada, gris, verdosa, fosforescente como una luna. Pienso, una cola como una luna, sí cola, aunque los españoles digan que se dice culo, que la cola es de los gatos… yo prefiero cola que es algo redondo y no culo que es algo puntiagudo.
Enrico busca las llaves del auto en el bolsillo y sonríe, disimulando ¡No les digo, me volvió a leer la mente!
Alicia Lis, contenta en la Toscana, 23 de Enero 2012
Anoche los chicos representaron una escena, escenita, de Sueño de una Noche de Verano, en el teatrito de la villa, un lugar divino que recuerda los diseños de Andrea Palladio. Casi me muero, pensar que en casa ni siquiera los puedo tener diez minutos pintando con crayones. Es enero y hace mucho frío y me acuerdo de los eneros imposibles de Buenos Aires, cuando yo tenía seis y papá me llevaba cada noche a plaza Houssay, frente a la facultad de medicina, a aprender andar en bici. La calle Azcuénaga con las persianas de los negocios bajas y la basura esperando ser recogida y allí donde había luz un enjambre de bichos y de vez en cuando una heladería y un helado (nunca de frutilla, muy en contra de lo que indicaría mi género)…y veo a Pablo y Pili abrazados con sus tíos y primos recibiendo nuestro aplauso y pienso si acaso una tragedia, si nos quedáramos sin nada… ¿Serían fuertes los suficiente para construirse desde cero…? No llegué a responderme, el marido de Catalina me toma de los hombros y me ofrece un sambuca y la charla me termina llevando a otra orilla, más segura, menos atemorizante. Aún así, las nubes vuelven y vuelven.
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Veo como maneja Enrico, lo hace con gusto, pareciera que inclusive estacionar en espacios mínimos le causa placer.
Por fuera el palacio Pitti luce roca amurallada gris e inexpugnable. A mediados del mil quinientos, Leonor Álvarez de Toledo y Pimentel-Osorio, mujer de Cosme de Medicis (que es la suma de los Kennedy, Rothschild, Slims y más) como toda madre en buena posición decidió mudarse de la ciudad para criar sus hijos en un lugar más sano, en las afueras, y así fue como empezó todo.
Visitamos las habitaciones principales, El descubrimiento, uso y abuso de la perspectiva o La perspectiva como laberinto de la arquitectura… Sobre una ventana real (de mampostería, digo) no pueden no tentarse y recortan sobre ella macetones con plantas bien pintados, en perspectiva, of course. En otra parte el techo simula estar cubierto por un tapiz, en los vértices, en la zona de tensión, los bordes están arrugados para crear la ilusión perfecta y así hasta el cansancio.
Pinturas y pinturas en proporción foto panorámica de viaje de egresados. Un hombre sentado de espaldas sobre una cerca de piedra, a su lado cuatro bloques de mármol, uno a continuación del otro, antes de ser esculpidos, de diferente tamaño… Ahora en el recuerdo, me vienen como enormes terrones de azúcar. Paradoja: en la obra Duchamp, el azúcar es sustituida por cubitos de mármol ¿Habrá visto Marcel este trabajo, le habrá gatillado las mismas sensaciones que a mí? ¿Chi lo sa?
Florencia es mármol, fachadas, tumbas, fuentes, mesas, tutti mármol. Cuando al escultor reconocido le preguntan cómo creó, digamos, la madre con el niño, responde mirándose las manos…quité todo lo que no fuera ni la madre ni el niño.
Enrico lee un sobrecito de edulcorante “la escultura es como la vida, no es cuestión de agregar cosas, es cuestión de quitar todo lo que no sea vida”.
Alonso dice lo mismo de la pintura y literalmente le borra un ojo al obispo que ha pintado. Ganancia más qué perdida.
Estamos en lo alto del jardín, jardín de Boboli, clima de La Cumbre en nuestra Córdoba, seco y cálido, sol tibio y luz durazno. Terraza al paisaje toscano de vides y cipreses, verdes en pleno invierno. Paisaje de Leonardo. Una se queda un rato y quiere quedarse para siempre. Enrico revuelve, lento, su café. Da ganas de ser jardinero, da ganas de besar suave y húmedamente. Le pregunto si siempre le gustó manejar, si ama a los autos. Enrico sentado a mi lado y mirando a lo lejos, hablándose a sí mismo… mi padre fue el octavo y último hijo, el día que nació echaron a su madre y a sus siete hermanos de la casa, la primera noche durmieron bajo un puente, enterrados, para no pasar frío. Durante diez años fueron vagabundos, a esa edad empezó a escuchar que Mussolini esto, que Mussolini aquello y decidió solo ir a pedirle trabajo. Viajó a Roma y llega a la termini y pregunta a un vendedor de diarios dónde puede encontrar a Mussolini, le responde que en Palazzo Venezia y allí va mi padre y lo espera todo el día. Tarde en la noche sale Mussolini en un auto descapotado, mi padre le hace una seña, el Duce lo ve, pide detenerse y el soldado que viajaba en el estribo lo sienta a su lado. Mussolini sonríe y dice “es la primera vez que me piden trabajo y no limosna, mándenlo a Maranello”. Mi padre trabajó sesenta años como mecánico, tenía tanta y tan antigua grasa debajo de las uñas, que el día de su muerte los de la funeraria no pudieron limpiarlo y fue enterrado con las manos en los bolsillos del traje. Yo no quise eso para mí, fui piloto de pruebas en la fabbrica mientras estudiaba historia y ahora soy “private driver”, aunque hubiera preferido ser “private detective”. Ríe. Ningún músico es una abogado frustrado digo yo y se ríe más (no conocía la publicidad de Converse).
Vamos saliendo, una pintura pequeña, dorso de mujer, desde la mitad de la espalda hasta la mitad de los muslos. Piel blanca, azulada, gris, verdosa, fosforescente como una luna. Pienso, una cola como una luna, sí cola, aunque los españoles digan que se dice culo, que la cola es de los gatos… yo prefiero cola que es algo redondo y no culo que es algo puntiagudo.
Enrico busca las llaves del auto en el bolsillo y sonríe, disimulando ¡No les digo, me volvió a leer la mente!
Alicia Lis, contenta en la Toscana, 23 de Enero 2012
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jueves, 19 de enero de 2012
99. Doppio di coppia
Nota. Este artículo es parte de una serie, cuya primera entrada es la 96, del martes 10 de enero.
¡Doppio di coppia, doppio di coppia! Me despierta Pablo, atrás viene Pili. Apenas si me puedo mover debajo del plumón (me gusta dormir con la ventana algo abierta, que entre frío, y con mucho peso encima). Hola tetitas, no las toco, ya sé, son partes privadas dice Pablo y no lo puedo retar y sonrío tratando que no me vea –mucho- y lo abrazo y Pili vuelve con el ¡Doppio di coppia! y Pablo entonces me pide que vayamos a ver el bote de papá (que no llegó a conocer y me mata escuchar cuando lo menciona en presente como si lo fuéramos a encontrar en el muelle).
Y aquí estoy ahora frente a un doble par construido en cedro, color castaño rojizo, vetas pronunciadas, brillo dorado y sensual. Catalina les prometió que los llevaría a remar por el Arno. En cada asiento, una plaquita de bronce, grabados los nombres de Patricio y Catalina con una tipografía muy especial. Luego ella me contaría que la habían tomado de antiguas runas Islandesas, que de adolescente Patricio estaba fascinado con sus sagas. Juro que sentí un poco de celos y les pedí que se abrigaran bien, que siempre fueran con el chaleco salvavidas y que por sobre todo ¡Hicieran caso!
* * *
Enrico me espera mientras se hacen los preparativos para el canotaje, como suben los botes a las Audis, las lunch-boxes hipercalóricas, los mini-trajecitos O´Neill de neopreno y una manta de marta cibelina azabache, que en el mundo de las pieles se la llama diamante negro ¿Me explico?
Entro al Alfa y buscando cierta complicidad él repite la frase de Fitzgerald “los ricos son diferentes” y yo manteniendo mi papel contesto como si fuera Hemingway “sí, tienen más plata, Enrico…”. “Enrico Salvatore Lanza di Montesemolo, deletrea ¿A los Uffizi, verdad?”
* * *
El descubrimiento de la perspectiva es a la pintura del renacimiento lo que los efectos especiales digitales son al cine del siglo XXI. Terminan imponiéndose sobre todo, tapándolo todo, terminan por convencernos que todo es un engaño. El renacimiento que me gusta es cuando la perspectiva es pobre, esos retratos donde el empeño se pone en la psicología del personaje. La perspectiva es una pesadilla pero sólo con Escher nos damos cuenta.
Me encanta la pintura medieval con sus oros y azules plenos (cuanto les debe Klimt!) con sus aureolas como escafandras y los trabajos con ¿punzón? sobre el dorado, recuerdo una crucifixión (perdí el nombre del autor) donde Jesús tiene los ojitos como si los hubiera pintado Basurto y una pollerita de tul de bataclana, con brillitos ¡Una joya, una joyita!
Caminamos lentamente, a veces me apoyo sobre Enrico (si se llamara Néstor, no dudaría en sustituirlo sólo por Él) no es amor, es comodidad.
Entramos en la sala donde están La Primavera y El Nacimiento de Venus. Un puñado de observaciones: Boticcelli era un uomo, un maschio, nada que ver con Caravaggio; seguro que pintó estos cuadros siendo joven; si en otra vida fui hombre, fui Boticcelli o al menos una uña de Boticcelli.
Boticcelli sabe pintar mujeres rubias, tanto que hace que parezca que las rubias son lindas.
Enrico toma distancia de mí y con los ojos clavados en El Nacimiento me dice Usted, Alice, tiene el color de pelo de Simonetta Vespucci (la bella Simonetta, la musa del renacimiento, pienso). Suerte que dijo pelo (capelli)… la venus, you know, está completamente desnuda ¿Por qué dice eso, Enrico Salvatore? Pregunto, entelenovelada por el nombre. Stesso colore, stessi fili d'oro biondo rossastro, morbido (Mismo color, mismo hilo de oro rubio rojizo, suave…me mató…). Hago que no entiendo, digo mi consabido Aaaahhh y camino hacia una anunciación (una de cientos)… Su virgen debe haber sido argentina, es la única con cara de molesta, de estar recibiendo viento en la cara, ufff que denso este tipo, digo este ángel… y luego adanes y evas y adanes y evas, uno más divino que el otro. El cambio en el renacimiento fue el paso de pintar apóstoles cosmonautas a mujeres desnudas…si todavía hoy, creo, la revista Playboy se vende en bolsita cerrada, no me imagino lo que fue y cómo se consiguió pintar tantas primeras mujeres con tan detallado y delicado bello púbico.
Nos Estamos yendo. Caravaggio no me gusta pero hay un escudo -restaurado por los amigos de Maggiore Rent- con la cabeza de medusa que atrae por lo feroz, primario y espeluznante. Me alejo de Enrico y con los ojos clavados en las serpientes pregunto ¿De dónde viene Enrico Salvatore… Lanza di Monesemolo…es tan… tan opera…? ¿…No? “Me lo puso mi padre. Me dijo que le gustó su musicalidad, que era el nombre de un personaje de película americana, no se acordaba… de Robert Redford, de De Niro… él no iba mucho al cine” contesta sin sacar los ojos de Medusa. Me pregunto si sabrá que para Freud esa cabeza decapitada de Medusa simboliza la castración de la mujer, de los genitales de la mujer, por eso los hombres se quedan de piedra, petrificados al mirarla ¡Todo en este país es tan sexual! Me pongo colorada, pero la oscuridad de la sala me evita un segundo momento de vergüenza.
Salimos, afuera ninguna nieta de la bella Simonetta Vespucci, sólo chinas embutidas en tapados fofos como bolsas de dormir color gris Valium o negro entierro.
Con estudiado descuido me saco el sombrerito azul de Accesorize y dejo caer la cinta que me sujeta el pelo, cruzamos el Ponte Vecchio, en un una mala película pasarían los chicos con Catalina remando. No pasan y me pregunto que estoy haciendo. Nada, histeriquiando un poco mientras avanzo dando saltitos sobre mi pie sano.
Alicia Lis, de vacaciones ¡Al fin! en Toscana, 19 de enero, 2012
¡Doppio di coppia, doppio di coppia! Me despierta Pablo, atrás viene Pili. Apenas si me puedo mover debajo del plumón (me gusta dormir con la ventana algo abierta, que entre frío, y con mucho peso encima). Hola tetitas, no las toco, ya sé, son partes privadas dice Pablo y no lo puedo retar y sonrío tratando que no me vea –mucho- y lo abrazo y Pili vuelve con el ¡Doppio di coppia! y Pablo entonces me pide que vayamos a ver el bote de papá (que no llegó a conocer y me mata escuchar cuando lo menciona en presente como si lo fuéramos a encontrar en el muelle).
Y aquí estoy ahora frente a un doble par construido en cedro, color castaño rojizo, vetas pronunciadas, brillo dorado y sensual. Catalina les prometió que los llevaría a remar por el Arno. En cada asiento, una plaquita de bronce, grabados los nombres de Patricio y Catalina con una tipografía muy especial. Luego ella me contaría que la habían tomado de antiguas runas Islandesas, que de adolescente Patricio estaba fascinado con sus sagas. Juro que sentí un poco de celos y les pedí que se abrigaran bien, que siempre fueran con el chaleco salvavidas y que por sobre todo ¡Hicieran caso!
* * *
Enrico me espera mientras se hacen los preparativos para el canotaje, como suben los botes a las Audis, las lunch-boxes hipercalóricas, los mini-trajecitos O´Neill de neopreno y una manta de marta cibelina azabache, que en el mundo de las pieles se la llama diamante negro ¿Me explico?
Entro al Alfa y buscando cierta complicidad él repite la frase de Fitzgerald “los ricos son diferentes” y yo manteniendo mi papel contesto como si fuera Hemingway “sí, tienen más plata, Enrico…”. “Enrico Salvatore Lanza di Montesemolo, deletrea ¿A los Uffizi, verdad?”
* * *
El descubrimiento de la perspectiva es a la pintura del renacimiento lo que los efectos especiales digitales son al cine del siglo XXI. Terminan imponiéndose sobre todo, tapándolo todo, terminan por convencernos que todo es un engaño. El renacimiento que me gusta es cuando la perspectiva es pobre, esos retratos donde el empeño se pone en la psicología del personaje. La perspectiva es una pesadilla pero sólo con Escher nos damos cuenta.
Me encanta la pintura medieval con sus oros y azules plenos (cuanto les debe Klimt!) con sus aureolas como escafandras y los trabajos con ¿punzón? sobre el dorado, recuerdo una crucifixión (perdí el nombre del autor) donde Jesús tiene los ojitos como si los hubiera pintado Basurto y una pollerita de tul de bataclana, con brillitos ¡Una joya, una joyita!
Caminamos lentamente, a veces me apoyo sobre Enrico (si se llamara Néstor, no dudaría en sustituirlo sólo por Él) no es amor, es comodidad.
Entramos en la sala donde están La Primavera y El Nacimiento de Venus. Un puñado de observaciones: Boticcelli era un uomo, un maschio, nada que ver con Caravaggio; seguro que pintó estos cuadros siendo joven; si en otra vida fui hombre, fui Boticcelli o al menos una uña de Boticcelli.
Boticcelli sabe pintar mujeres rubias, tanto que hace que parezca que las rubias son lindas.
Enrico toma distancia de mí y con los ojos clavados en El Nacimiento me dice Usted, Alice, tiene el color de pelo de Simonetta Vespucci (la bella Simonetta, la musa del renacimiento, pienso). Suerte que dijo pelo (capelli)… la venus, you know, está completamente desnuda ¿Por qué dice eso, Enrico Salvatore? Pregunto, entelenovelada por el nombre. Stesso colore, stessi fili d'oro biondo rossastro, morbido (Mismo color, mismo hilo de oro rubio rojizo, suave…me mató…). Hago que no entiendo, digo mi consabido Aaaahhh y camino hacia una anunciación (una de cientos)… Su virgen debe haber sido argentina, es la única con cara de molesta, de estar recibiendo viento en la cara, ufff que denso este tipo, digo este ángel… y luego adanes y evas y adanes y evas, uno más divino que el otro. El cambio en el renacimiento fue el paso de pintar apóstoles cosmonautas a mujeres desnudas…si todavía hoy, creo, la revista Playboy se vende en bolsita cerrada, no me imagino lo que fue y cómo se consiguió pintar tantas primeras mujeres con tan detallado y delicado bello púbico.
Nos Estamos yendo. Caravaggio no me gusta pero hay un escudo -restaurado por los amigos de Maggiore Rent- con la cabeza de medusa que atrae por lo feroz, primario y espeluznante. Me alejo de Enrico y con los ojos clavados en las serpientes pregunto ¿De dónde viene Enrico Salvatore… Lanza di Monesemolo…es tan… tan opera…? ¿…No? “Me lo puso mi padre. Me dijo que le gustó su musicalidad, que era el nombre de un personaje de película americana, no se acordaba… de Robert Redford, de De Niro… él no iba mucho al cine” contesta sin sacar los ojos de Medusa. Me pregunto si sabrá que para Freud esa cabeza decapitada de Medusa simboliza la castración de la mujer, de los genitales de la mujer, por eso los hombres se quedan de piedra, petrificados al mirarla ¡Todo en este país es tan sexual! Me pongo colorada, pero la oscuridad de la sala me evita un segundo momento de vergüenza.
Salimos, afuera ninguna nieta de la bella Simonetta Vespucci, sólo chinas embutidas en tapados fofos como bolsas de dormir color gris Valium o negro entierro.
Con estudiado descuido me saco el sombrerito azul de Accesorize y dejo caer la cinta que me sujeta el pelo, cruzamos el Ponte Vecchio, en un una mala película pasarían los chicos con Catalina remando. No pasan y me pregunto que estoy haciendo. Nada, histeriquiando un poco mientras avanzo dando saltitos sobre mi pie sano.
Alicia Lis, de vacaciones ¡Al fin! en Toscana, 19 de enero, 2012
lunes, 16 de enero de 2012
98. ¿Tendrá Catalina un palanquín?
Nota. Este artículo es parte de una serie, cuya primera entrada es la 96, del martes 10 de enero.
Catalina parece bordada a mano. Los ricos (de varias generaciones) son diferentes, mal que le pese a Hemingway. Su personal de servicio, cuatro, cinco ¿Seis? Todos tienen más de sesenta años. Ya no se encuentra gente orgullosa de servir, me dice, mientras pide -en el punto junto entre la distancia y la calidez-más miel a Lucia, que es un par de ojos que predicen los deseos de Catalina segundos antes que los enuncie (cosa que una aplicación de Ipad nunca podrá emular).
Le pregunto por el microscopio sobre la cómoda del cuarto de Patricio. Gesto mínimo y Lucía acerca un álbum. Catalina me muestra una foto de dos chicos de diez años, bien juntitos pero cada uno en su camita blanca, Patricio y yo me dice, cuando enfermó de febbre entérica. No se levantó por semanas, le hicieron tantos análisis de sangre…per conoscere il loro sangue… que él también quiso conocerla y papá le enseñó a usar las lentes y se lo regaló. Yo me quedé a su lado hasta que pudo levantarse… y no me contagié, grazie a Maria Immacolata… no hubo forma de que me sacaran de ese cuarto…y mirá que recibí minacce… amenazas…
* * *
Entro sostenida por Enrico a San Marco, nunca estuve antes…estamos estrenando. Alegría de descubrir a Fra Angelico. Antes de la visita yo lo tenía por un fraile joven del convento que le habían dicho algo así como “dale, a vos que te gusta hacer dibujitos, porqué no te pintás algo en la celdas de tus hermanos”. Imaginaba que su trabajo había pasado inadvertido por años y descubierto tarde, con el fraile muerto. Pero no, Angelico llegó a los claustros ya famoso con el objetivo de pintar los frescos. Dos comentarios, uno sólo me pertenece. A mí la mayoría de los ángeles me dan un poco de asquito, con esas alas de gallina que les pintan. Pero los de Angelico son otra cosa, llevan alas de mariposas, tienen brillitos, son la celebración del color verde esmeralda y el coral. Enrico, discreto, dice, aunque me acusen de fetichista me encantaría que me besaran los pies las rubias que se los besan a los Cristos crucificados de Fra Angelico.
Florencia está lleno de pinturas de mujeres rubias. Me digo ¿A dónde han ido a parar? Provisoriamente respondo, a Rosario, Provincia de Santa Fé.
Enrico pregunta ¿Tiene Fé? ¿Es usted devota del santo rosario? Me volvió a leer la mente…pero esta vez fue una lectura demasiado literal. Sí, contesto, mi madre era devota de la Legión de María, lo rezaba en francés.
Comentario final (terminaron siendo tres y no dos, como sucede con toda clasificación psicológica)…El arte gótico tiene en su acumulación de signos un secreto vínculo con el surrealismo. No lo creen, vean entonces esas manos, tipos manos mágicas que abofetean y esgrimen lanzas o las bocas que escupen, todas flotando alrededor de un Cristo doliente, en cada celda del convento.
Salimos de San Marco, quizá una bisagra entre el gótico y el renacimiento. Un ayyy ahogado y una inclinación eléctrica sobre el tobillo. Tirón feo, lo estoy exigiendo demasiado. Enrico no pregunta y me lleva en brazos hasta La Accademia ¿Tendrá Catalina un palanquín? Creo que sería más vistoso pero definitivamente menos comprometido.
* * *
¿Miguel Angel, era gay? No sé, pero era vanidoso. Eso de dejar inacabada una parte de la obra no es muestra de aristotelismo, es subrayar lo difícil que es extraer un pie, una uña, un algo de la dura (sí, dura, dura) piedra.
Pensar que había un bloque de mármol que otro arruinó, tirado en el fondo de la catedral y alguien le dijo, Eh, Miguel si querés te lo podés llevar…nosotros no lo vamos a usar… y ahí nomás la bestia esculpe su David acromegálico, lo suficiente como para matar a Goliat sólo con las manos.
Enrico viene del Book-shop con un crucifijo de madera con alma de Arbol de la Vida, sobre los maderos pintados pajaritos de colores. Me lo regala, no sabe quién soy, le contamos que era la niñera del sobrino de Catalina, que me habían premiado con un viaje a Toscana, cosa de ricos. Me invita a comer ¿Le digo o no le digo?… Alice, tenés casi cincuenta y el pelo agarrado con una cinta bajo el querido sombrerito azul de Accesorize… ¿Qué te va a pasar?
* * *
Estamos sentados en la Cantina dei Sordo, el mozo me hace acordar a mi primo Carlitos. Enrico no puede creer que con el risotto fue suficiente, que no habrá para mí un corso principale, me río mucho y el también se ríe y dice la risa genera endorfinas. Los que no tienen sentido del humor se anotan en el gimnasio. Me río más, debajo del sweater no se ven mis bíceps bien trabajados.
Italia me gusta porque me gusta y por el efecto psicológico de gustarme me gusta más.
No hay película de Sofía Loren, que este momento me recuerde. Yo soy mi propia aventura.
Alicia Lis de vacaciones, Florencia, 16 de enero, 2012
Catalina parece bordada a mano. Los ricos (de varias generaciones) son diferentes, mal que le pese a Hemingway. Su personal de servicio, cuatro, cinco ¿Seis? Todos tienen más de sesenta años. Ya no se encuentra gente orgullosa de servir, me dice, mientras pide -en el punto junto entre la distancia y la calidez-más miel a Lucia, que es un par de ojos que predicen los deseos de Catalina segundos antes que los enuncie (cosa que una aplicación de Ipad nunca podrá emular).
Le pregunto por el microscopio sobre la cómoda del cuarto de Patricio. Gesto mínimo y Lucía acerca un álbum. Catalina me muestra una foto de dos chicos de diez años, bien juntitos pero cada uno en su camita blanca, Patricio y yo me dice, cuando enfermó de febbre entérica. No se levantó por semanas, le hicieron tantos análisis de sangre…per conoscere il loro sangue… que él también quiso conocerla y papá le enseñó a usar las lentes y se lo regaló. Yo me quedé a su lado hasta que pudo levantarse… y no me contagié, grazie a Maria Immacolata… no hubo forma de que me sacaran de ese cuarto…y mirá que recibí minacce… amenazas…
* * *
Entro sostenida por Enrico a San Marco, nunca estuve antes…estamos estrenando. Alegría de descubrir a Fra Angelico. Antes de la visita yo lo tenía por un fraile joven del convento que le habían dicho algo así como “dale, a vos que te gusta hacer dibujitos, porqué no te pintás algo en la celdas de tus hermanos”. Imaginaba que su trabajo había pasado inadvertido por años y descubierto tarde, con el fraile muerto. Pero no, Angelico llegó a los claustros ya famoso con el objetivo de pintar los frescos. Dos comentarios, uno sólo me pertenece. A mí la mayoría de los ángeles me dan un poco de asquito, con esas alas de gallina que les pintan. Pero los de Angelico son otra cosa, llevan alas de mariposas, tienen brillitos, son la celebración del color verde esmeralda y el coral. Enrico, discreto, dice, aunque me acusen de fetichista me encantaría que me besaran los pies las rubias que se los besan a los Cristos crucificados de Fra Angelico.
Florencia está lleno de pinturas de mujeres rubias. Me digo ¿A dónde han ido a parar? Provisoriamente respondo, a Rosario, Provincia de Santa Fé.
Enrico pregunta ¿Tiene Fé? ¿Es usted devota del santo rosario? Me volvió a leer la mente…pero esta vez fue una lectura demasiado literal. Sí, contesto, mi madre era devota de la Legión de María, lo rezaba en francés.
Comentario final (terminaron siendo tres y no dos, como sucede con toda clasificación psicológica)…El arte gótico tiene en su acumulación de signos un secreto vínculo con el surrealismo. No lo creen, vean entonces esas manos, tipos manos mágicas que abofetean y esgrimen lanzas o las bocas que escupen, todas flotando alrededor de un Cristo doliente, en cada celda del convento.
Salimos de San Marco, quizá una bisagra entre el gótico y el renacimiento. Un ayyy ahogado y una inclinación eléctrica sobre el tobillo. Tirón feo, lo estoy exigiendo demasiado. Enrico no pregunta y me lleva en brazos hasta La Accademia ¿Tendrá Catalina un palanquín? Creo que sería más vistoso pero definitivamente menos comprometido.
* * *
¿Miguel Angel, era gay? No sé, pero era vanidoso. Eso de dejar inacabada una parte de la obra no es muestra de aristotelismo, es subrayar lo difícil que es extraer un pie, una uña, un algo de la dura (sí, dura, dura) piedra.
Pensar que había un bloque de mármol que otro arruinó, tirado en el fondo de la catedral y alguien le dijo, Eh, Miguel si querés te lo podés llevar…nosotros no lo vamos a usar… y ahí nomás la bestia esculpe su David acromegálico, lo suficiente como para matar a Goliat sólo con las manos.
Enrico viene del Book-shop con un crucifijo de madera con alma de Arbol de la Vida, sobre los maderos pintados pajaritos de colores. Me lo regala, no sabe quién soy, le contamos que era la niñera del sobrino de Catalina, que me habían premiado con un viaje a Toscana, cosa de ricos. Me invita a comer ¿Le digo o no le digo?… Alice, tenés casi cincuenta y el pelo agarrado con una cinta bajo el querido sombrerito azul de Accesorize… ¿Qué te va a pasar?
* * *
Estamos sentados en la Cantina dei Sordo, el mozo me hace acordar a mi primo Carlitos. Enrico no puede creer que con el risotto fue suficiente, que no habrá para mí un corso principale, me río mucho y el también se ríe y dice la risa genera endorfinas. Los que no tienen sentido del humor se anotan en el gimnasio. Me río más, debajo del sweater no se ven mis bíceps bien trabajados.
Italia me gusta porque me gusta y por el efecto psicológico de gustarme me gusta más.
No hay película de Sofía Loren, que este momento me recuerde. Yo soy mi propia aventura.
Alicia Lis de vacaciones, Florencia, 16 de enero, 2012
miércoles, 11 de enero de 2012
97. Empiezan a ver y ven frescos por todos lados
Nota. Este artículo es parte de una serie, cuya primera entrada es la 96, del martes 10 de enero.
Enrico estaciona el Alfa Romeo Giulietta donde puede, casi recostado sobre una pared. Mi tobillo va de mal en peor, además de hinchado ahora tornó violeta, parece que tuviera una berenjena como media, casi un Arcimboldo.
Enrico me abre la puerta. Metro ochenta, morocho ¿Cuarenta? Ligeramente canoso, secreto vínculo con George Clooney. Pantalones de lana gris y sweater cuello alto color camel, zapatos marrones de cuero graneado, Crocket & Jones, creo. Fue chauffeur aquí de Jimmy Carter, Jane Fonda y Sean Penn (gracias, Catalina).
En el viaje, para probar mi italiano y su capacidad de dialogo (inteligencia es capacidad de diálogo. Lery Bulacio) le cuento de la película que entreví, esa del italiano con bigotazo cebándole mate al piloto de un avión. A punto estaba de hacerle mi comentario sobre la globalización, cuando me dijo que sí, que era Viven, la de los uruguayos que se cayeron en las montañas y tuvieron que comerse entre ellos, que él las prefería con subtítulos… ¡Idiota de mí! Me guardé el comentario pensando el sentimiento de vergüenza ajena de un londoner al encontrarse con un pub en Palermo Viejo o un new yorker frente a los carteles de SALES en Patio Bulrich.
Estamos frente al Campanile di Giotto, 90 metros de altura, 10 euros por persona. Siempre estas cosas son caras, a la gente le gusta ver el mundo desde arriba. Entre los tres deseos más repetidos está viajar, volar y ser invisible. Bueno, subir a torres y cúpulas y montañas es remedar, un poco, ortopédicamente, a los pájaros. Miro la estructura de mármol, gótica en el corazón del renacimiento y luego mi tobillo, una y otra vez. Imposible. Enrico me dice que no va a ser más difícil que subir en hombros a Queen Latifah a la Torre de Pisa y él lo hizo. Niego con la cabeza mientras pregunto ¿Cómo? Le hago sillita de oro, así, con mis manos, responde. De ninguna manera, pienso, aunque tenga jeans y medias de lana y botas y un saco seis octavos de piel de rinoceronte. Ni que fuera Gertrude Stein dejo que me suban así.
Enrico enciende un MS y me corrijo, el secreto vínculo es con Cortázar no con Clooney. Está igual que en la foto que le sacó Sara Facio.
La carne es débil y luego de cavilar, digamos veinte segundos acepté la propuesta. Hice bien.
Subí en brazos y todavía arriba, frete a la vista y la brisa llevaba conmigo su perfume, Eau Sauvage. Enrico es clásico.
La luz era por primera vez en este viaje la luz dorada de la Toscana, piel de Marilyn Monroe, sfumato di Leonardo. Infaltable, allá abajo, sobre las tejas un cartel de Martini. Del otro lado del Arno otro cupulone. Me encanta cupulone, pero callo la palabra porque me da un poco a cosa sexual y no quiero abusar. Enrico me pregunta Alice ¿Hai visto questo cupulone? San Miniato sai… Ahhhh, digo…y pienso me leyó la mente…mejor no pienso más.
Bajamos. Enrico fresco como si lo hubiera hecho con una luciérnaga en el pecho. Le pido me lleve hasta Santa Croce. En la basílica las pinturas de Giotto o de sus ayudantes o de los discípulos de éstos se deshilvanan, luz color de durazno de los vitrales sobre el durazno de los frescos ¿Pintaban tanta fruta, como excusa para abundar en sus colores? El renacimiento como fruttivendolo en verano. La tumba de Michelangelo frente a la de Galileo. Rossini codo a codo con Machiavelli. Todos los nombres italianos saben a comida rica.
Salimos. Comemos pizza scachatta, pago por peso no por porción. Prefiero la de El Cuartito, le digo a Enrico que le causa gracia el nombre… ¿No pensará que lo dije con doble sentido? Me vuelve a leer la mente y cambiando el tema cuenta que la fachada de Santa Croce es de fines de mil ochocientos y fue costeada por el inglés Francis Sloane. Ahhhh, vuelvo a decir, verborrágica y me disculpo por la pobreza de mi italiano. La excusa de perdón, no sé, yo no soy de este barrio. Enrico insiste con San Miniato y le doy el gusto.
Cruzamos el Arno y vamos subiendo en zigzag hasta la Piazza Michelangelo donde hay una reproducción del David que no me gusta, que rebaja el mármol a reloj Swatch. Vista gloriosa y créanme no es un adjetivo excesivo de guía de turismo. Más aún, la tarde estaba tristemente nublada.
Dejamos la macchina, más escalones y subida tomados del brazo. Entro sola a San Miniato del Monte. Apenas iluminada, más oscuridad que luz y canto gregoriano a lo lejos, voces largamente cantadas que ¡Oh ignorante! imagino vienen de una grabación.
Los ojos empiezan a ver y ven frescos por todos lados, un inmenso Cordero de Dios del alto mismo de la iglesia, los pisos de mármol blanco y negro dibujan los signos del zodíaco, avanzo y en la cripta tras un cortina de columnas finas, cinco monjes cantando y claro nosotros (él me seguía dos pasos atrás, en silencio como una japonesa) Enrico y yo escuchando, bobos, un buen rato.
Antes de salir, un banco me buscó y recé, creyente. Después de haber pasado por decenas de iglesias-museo, donde si están dando misa una se molesta porque te distrae de la arquitectura y su arte, encontré ésta, oscura, fresca y fuera de circuito (por ahora) donde podía sentir que era un lugar de recogimiento.
Recogimiento en italiano puede ser también ricordo, memoria.
Memoria de Dios y de los queridos (evito el seres, porque me remite a extraños habitantes de otras galaxias).
Enrico con una estampa de San Antonio de Padova, dice su oración muy cerca del muro.
Termina y le pido me lleve a casa. Llueve.
Alicia Lis, Florencia, 11 de enero, 2012
Enrico estaciona el Alfa Romeo Giulietta donde puede, casi recostado sobre una pared. Mi tobillo va de mal en peor, además de hinchado ahora tornó violeta, parece que tuviera una berenjena como media, casi un Arcimboldo.
Enrico me abre la puerta. Metro ochenta, morocho ¿Cuarenta? Ligeramente canoso, secreto vínculo con George Clooney. Pantalones de lana gris y sweater cuello alto color camel, zapatos marrones de cuero graneado, Crocket & Jones, creo. Fue chauffeur aquí de Jimmy Carter, Jane Fonda y Sean Penn (gracias, Catalina).
En el viaje, para probar mi italiano y su capacidad de dialogo (inteligencia es capacidad de diálogo. Lery Bulacio) le cuento de la película que entreví, esa del italiano con bigotazo cebándole mate al piloto de un avión. A punto estaba de hacerle mi comentario sobre la globalización, cuando me dijo que sí, que era Viven, la de los uruguayos que se cayeron en las montañas y tuvieron que comerse entre ellos, que él las prefería con subtítulos… ¡Idiota de mí! Me guardé el comentario pensando el sentimiento de vergüenza ajena de un londoner al encontrarse con un pub en Palermo Viejo o un new yorker frente a los carteles de SALES en Patio Bulrich.
Estamos frente al Campanile di Giotto, 90 metros de altura, 10 euros por persona. Siempre estas cosas son caras, a la gente le gusta ver el mundo desde arriba. Entre los tres deseos más repetidos está viajar, volar y ser invisible. Bueno, subir a torres y cúpulas y montañas es remedar, un poco, ortopédicamente, a los pájaros. Miro la estructura de mármol, gótica en el corazón del renacimiento y luego mi tobillo, una y otra vez. Imposible. Enrico me dice que no va a ser más difícil que subir en hombros a Queen Latifah a la Torre de Pisa y él lo hizo. Niego con la cabeza mientras pregunto ¿Cómo? Le hago sillita de oro, así, con mis manos, responde. De ninguna manera, pienso, aunque tenga jeans y medias de lana y botas y un saco seis octavos de piel de rinoceronte. Ni que fuera Gertrude Stein dejo que me suban así.
Enrico enciende un MS y me corrijo, el secreto vínculo es con Cortázar no con Clooney. Está igual que en la foto que le sacó Sara Facio.
La carne es débil y luego de cavilar, digamos veinte segundos acepté la propuesta. Hice bien.
Subí en brazos y todavía arriba, frete a la vista y la brisa llevaba conmigo su perfume, Eau Sauvage. Enrico es clásico.
La luz era por primera vez en este viaje la luz dorada de la Toscana, piel de Marilyn Monroe, sfumato di Leonardo. Infaltable, allá abajo, sobre las tejas un cartel de Martini. Del otro lado del Arno otro cupulone. Me encanta cupulone, pero callo la palabra porque me da un poco a cosa sexual y no quiero abusar. Enrico me pregunta Alice ¿Hai visto questo cupulone? San Miniato sai… Ahhhh, digo…y pienso me leyó la mente…mejor no pienso más.
Bajamos. Enrico fresco como si lo hubiera hecho con una luciérnaga en el pecho. Le pido me lleve hasta Santa Croce. En la basílica las pinturas de Giotto o de sus ayudantes o de los discípulos de éstos se deshilvanan, luz color de durazno de los vitrales sobre el durazno de los frescos ¿Pintaban tanta fruta, como excusa para abundar en sus colores? El renacimiento como fruttivendolo en verano. La tumba de Michelangelo frente a la de Galileo. Rossini codo a codo con Machiavelli. Todos los nombres italianos saben a comida rica.
Salimos. Comemos pizza scachatta, pago por peso no por porción. Prefiero la de El Cuartito, le digo a Enrico que le causa gracia el nombre… ¿No pensará que lo dije con doble sentido? Me vuelve a leer la mente y cambiando el tema cuenta que la fachada de Santa Croce es de fines de mil ochocientos y fue costeada por el inglés Francis Sloane. Ahhhh, vuelvo a decir, verborrágica y me disculpo por la pobreza de mi italiano. La excusa de perdón, no sé, yo no soy de este barrio. Enrico insiste con San Miniato y le doy el gusto.
Cruzamos el Arno y vamos subiendo en zigzag hasta la Piazza Michelangelo donde hay una reproducción del David que no me gusta, que rebaja el mármol a reloj Swatch. Vista gloriosa y créanme no es un adjetivo excesivo de guía de turismo. Más aún, la tarde estaba tristemente nublada.
Dejamos la macchina, más escalones y subida tomados del brazo. Entro sola a San Miniato del Monte. Apenas iluminada, más oscuridad que luz y canto gregoriano a lo lejos, voces largamente cantadas que ¡Oh ignorante! imagino vienen de una grabación.
Los ojos empiezan a ver y ven frescos por todos lados, un inmenso Cordero de Dios del alto mismo de la iglesia, los pisos de mármol blanco y negro dibujan los signos del zodíaco, avanzo y en la cripta tras un cortina de columnas finas, cinco monjes cantando y claro nosotros (él me seguía dos pasos atrás, en silencio como una japonesa) Enrico y yo escuchando, bobos, un buen rato.
Antes de salir, un banco me buscó y recé, creyente. Después de haber pasado por decenas de iglesias-museo, donde si están dando misa una se molesta porque te distrae de la arquitectura y su arte, encontré ésta, oscura, fresca y fuera de circuito (por ahora) donde podía sentir que era un lugar de recogimiento.
Recogimiento en italiano puede ser también ricordo, memoria.
Memoria de Dios y de los queridos (evito el seres, porque me remite a extraños habitantes de otras galaxias).
Enrico con una estampa de San Antonio de Padova, dice su oración muy cerca del muro.
Termina y le pido me lleve a casa. Llueve.
Alicia Lis, Florencia, 11 de enero, 2012
martes, 10 de enero de 2012
96. Una cenicienta de Botero
Llego al aeropuerto Amerigo Vespucci en Florencia con mis dos hijos chicos, los hermanos optaron por quedarse en Punta del Este con sus primos. Yo ni loca me expongo a ese coctel de arena, agua helada, exhibicionismo y charlas vergonzantes. El oficial de aduana revisa nuestros pasaportes como si fueran una bomba que debe desactivar. Los italianos, aún en crisis, se creen miel para inmigrantes ilegales y según ellos, intuyo, nacionalidad Argentina, significa sólo eso.
Gracias a Dios, Catalina –prima de Patricio- me vino a buscar con sus tres galgos y el Prefetto Generale dell’Inmigrazione que soluciona todo, disculpándose.
Catalina y su familia viven en una villa di campagna, que hubo pertenecido al padre de Patricio. Desde la galería de la casa, a lo lejos y diminutos se ven los jardines del Palacio Pitti (nombre que siempre me recuerda la línea infantil de Botticelli, no confundir, por favor, con Sandro ni a éste con El Gitano).
Llegamos y al bajar de la Audi Q7 blanca donde entrábamos todos con comodidad Orient Express -los galgos venían atrás en una segunda Q7- me doblo el tobillo ¡Malediozione!… error garrafal hacer un vuelo transoceánico con plataformas.
Catalina me aloja en la habitación donde Patricio pasaba de joven largos meses. Él era el del medio de tres hermanos y había nacido con hipoacusia severa en el oído izquierdo. No siendo el mayor y con esa dificultad, su padre en los años cincuenta lo descartó de la línea sucesoria. Sólo existió dedicación y mirada para el mayor que fue al Liceo Francés y luego a Lausanne en Suiza y a Yale. Patricio a un colegio de curas de barrio y a la UBA. Su hermano tenía profesora de piano en casa y él aprendió no de oído sino de vista, mirando las clases desde el sofá. En los veranos el mayor acompañaba al padre en la dirección de los negocios, era su sombra. A Patricio lo mandaban de vacaciones a la Toscana, para que no moleste, creía él, a esta villa.
El hermano de Patricio murió súbitamente a los veintitrés (se atragantó y asfixió con un hueso de pollo en Beijing). El padre a los dos años, de pena irreparable, muere también y mi marido se hace cargo de todo, todo era más o menos como el imperio Sarraceno y no lo hizo nada mal.
En la cómoda (me pregunto. Si la cama es, por lo general, cómoda y la cómoda no es necesariamente nada, y si siempre están tan juntas… digo ¿Por qué no llamamos a la cama cómoda y a la cómoda, cama?). Retomo, en la cómoda veo un portarretrato de cuero, en la foto Catalina y Patricio, con gorritos de lana y mitones sobre un trineo. No tienen más de seis años. Al lado un velero en escala y un microscopio de la época de Luis Pasteur y otra foto enmarcada en plata, de nuevo Patricio de smoking y Catalina de largo en sus quince. Están divinos, parecen Antonio Banderas y Carla Bruni, jóvenes.
Lo segundo que hizo Patricio al hacerse cargo de los negocios familiares fue regalarle esta casa y todos los olivares a Catalina que ahora abre la puerta con dos cappuccinos y biscottis di pasta di mandorle. Tengo el tobillo inflamado como una cenicienta de Botero.
Me quejo, pensaba dar una vuelta a la Toscana, manejando, lento por las rutas que van uniendo pueblitos entre valle y valle. Con el pie así: imposible.
Entran corriendo los chicos, que no quieren irse, que quieren quedarse con los primos italianos. Que hay caballos y un estanque con peces con patas (sí, con patas y se llaman periophthalmus) y un altillo lleno de máscaras del carnaval de Venecia y ropa antigua y un telescopio en una torre con techo de cobre y un laberinto de ligustros y una gruta y un río y cañas de pescar y nintendo wii y un teatro y marionetas y miles de pelis… y no sé, digo yo, ganando tiempo, ya vamos a ver… veamos.
Así como llegaron, corriendo, salen. Miro a lo lejos. Antes de conocer Florencia creía que los fondos de los paisajes renacentistas con sus árboles oscuros y nítidos, su niebla, todo lo que todos conocen, era digamos, una visión onírica (palabra que detesto). Error, es el paisaje que se ve por cualquier ventana. La virgen y el ángel de La Anunciación de Leonardo podrían tener su conversación en el vano de ésta, la misma luz, la misma hora del día, cuando cae la tarde y lo claro es fosforescente y lo oscuro indescifrable.
Catalina me dice que contratemos un conducente, un chauffeur, que por qué no buscamos en internet, que no me preocupe que ella lo hace, que no me preocupe que ella tiene una niñera portuguesa que hace dormir a los chicos cantándole fados, que me vaya sola, que disfrute.
No dije ni sí ni no y me quedé con la bolsa de hielo mirando hacia lo alto. La habitación está pintada de verde con los techos profundos de bestias medievales, me la imagino iluminada por velas, todo animado al ritmo de las llamas… no muy acogedor. Prendo la tele. Película americana clase B. Un italiano de bigotazos le ofrece mate ¡Mate, correcto, mate! Al piloto de un avión de pasajeros. La frase hecha a veces no sé que es peor cobra pleno sentido.
Amerigo Vespucci, italiano al servicio de la corona de Castilla fue el primero en comprender que las tierras descubiertas por Colón eran un nuevo continente, otra cosa. Hollywood, la tele y la globalización, a veces, parecen desmentirlo.
Ci vediamo dopo.
Alicia Lis, Florencia, 10 de enero, 2012
Gracias a Dios, Catalina –prima de Patricio- me vino a buscar con sus tres galgos y el Prefetto Generale dell’Inmigrazione que soluciona todo, disculpándose.
Catalina y su familia viven en una villa di campagna, que hubo pertenecido al padre de Patricio. Desde la galería de la casa, a lo lejos y diminutos se ven los jardines del Palacio Pitti (nombre que siempre me recuerda la línea infantil de Botticelli, no confundir, por favor, con Sandro ni a éste con El Gitano).
Llegamos y al bajar de la Audi Q7 blanca donde entrábamos todos con comodidad Orient Express -los galgos venían atrás en una segunda Q7- me doblo el tobillo ¡Malediozione!… error garrafal hacer un vuelo transoceánico con plataformas.
Catalina me aloja en la habitación donde Patricio pasaba de joven largos meses. Él era el del medio de tres hermanos y había nacido con hipoacusia severa en el oído izquierdo. No siendo el mayor y con esa dificultad, su padre en los años cincuenta lo descartó de la línea sucesoria. Sólo existió dedicación y mirada para el mayor que fue al Liceo Francés y luego a Lausanne en Suiza y a Yale. Patricio a un colegio de curas de barrio y a la UBA. Su hermano tenía profesora de piano en casa y él aprendió no de oído sino de vista, mirando las clases desde el sofá. En los veranos el mayor acompañaba al padre en la dirección de los negocios, era su sombra. A Patricio lo mandaban de vacaciones a la Toscana, para que no moleste, creía él, a esta villa.
El hermano de Patricio murió súbitamente a los veintitrés (se atragantó y asfixió con un hueso de pollo en Beijing). El padre a los dos años, de pena irreparable, muere también y mi marido se hace cargo de todo, todo era más o menos como el imperio Sarraceno y no lo hizo nada mal.
En la cómoda (me pregunto. Si la cama es, por lo general, cómoda y la cómoda no es necesariamente nada, y si siempre están tan juntas… digo ¿Por qué no llamamos a la cama cómoda y a la cómoda, cama?). Retomo, en la cómoda veo un portarretrato de cuero, en la foto Catalina y Patricio, con gorritos de lana y mitones sobre un trineo. No tienen más de seis años. Al lado un velero en escala y un microscopio de la época de Luis Pasteur y otra foto enmarcada en plata, de nuevo Patricio de smoking y Catalina de largo en sus quince. Están divinos, parecen Antonio Banderas y Carla Bruni, jóvenes.
Lo segundo que hizo Patricio al hacerse cargo de los negocios familiares fue regalarle esta casa y todos los olivares a Catalina que ahora abre la puerta con dos cappuccinos y biscottis di pasta di mandorle. Tengo el tobillo inflamado como una cenicienta de Botero.
Me quejo, pensaba dar una vuelta a la Toscana, manejando, lento por las rutas que van uniendo pueblitos entre valle y valle. Con el pie así: imposible.
Entran corriendo los chicos, que no quieren irse, que quieren quedarse con los primos italianos. Que hay caballos y un estanque con peces con patas (sí, con patas y se llaman periophthalmus) y un altillo lleno de máscaras del carnaval de Venecia y ropa antigua y un telescopio en una torre con techo de cobre y un laberinto de ligustros y una gruta y un río y cañas de pescar y nintendo wii y un teatro y marionetas y miles de pelis… y no sé, digo yo, ganando tiempo, ya vamos a ver… veamos.
Así como llegaron, corriendo, salen. Miro a lo lejos. Antes de conocer Florencia creía que los fondos de los paisajes renacentistas con sus árboles oscuros y nítidos, su niebla, todo lo que todos conocen, era digamos, una visión onírica (palabra que detesto). Error, es el paisaje que se ve por cualquier ventana. La virgen y el ángel de La Anunciación de Leonardo podrían tener su conversación en el vano de ésta, la misma luz, la misma hora del día, cuando cae la tarde y lo claro es fosforescente y lo oscuro indescifrable.
Catalina me dice que contratemos un conducente, un chauffeur, que por qué no buscamos en internet, que no me preocupe que ella lo hace, que no me preocupe que ella tiene una niñera portuguesa que hace dormir a los chicos cantándole fados, que me vaya sola, que disfrute.
No dije ni sí ni no y me quedé con la bolsa de hielo mirando hacia lo alto. La habitación está pintada de verde con los techos profundos de bestias medievales, me la imagino iluminada por velas, todo animado al ritmo de las llamas… no muy acogedor. Prendo la tele. Película americana clase B. Un italiano de bigotazos le ofrece mate ¡Mate, correcto, mate! Al piloto de un avión de pasajeros. La frase hecha a veces no sé que es peor cobra pleno sentido.
Amerigo Vespucci, italiano al servicio de la corona de Castilla fue el primero en comprender que las tierras descubiertas por Colón eran un nuevo continente, otra cosa. Hollywood, la tele y la globalización, a veces, parecen desmentirlo.
Ci vediamo dopo.
Alicia Lis, Florencia, 10 de enero, 2012
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