Nota. Este artículo es parte de una serie, cuya primera entrada es la 96, del martes 10 de enero.
¡Doppio di coppia, doppio di coppia! Me despierta Pablo, atrás viene Pili. Apenas si me puedo mover debajo del plumón (me gusta dormir con la ventana algo abierta, que entre frío, y con mucho peso encima). Hola tetitas, no las toco, ya sé, son partes privadas dice Pablo y no lo puedo retar y sonrío tratando que no me vea –mucho- y lo abrazo y Pili vuelve con el ¡Doppio di coppia! y Pablo entonces me pide que vayamos a ver el bote de papá (que no llegó a conocer y me mata escuchar cuando lo menciona en presente como si lo fuéramos a encontrar en el muelle).
Y aquí estoy ahora frente a un doble par construido en cedro, color castaño rojizo, vetas pronunciadas, brillo dorado y sensual. Catalina les prometió que los llevaría a remar por el Arno. En cada asiento, una plaquita de bronce, grabados los nombres de Patricio y Catalina con una tipografía muy especial. Luego ella me contaría que la habían tomado de antiguas runas Islandesas, que de adolescente Patricio estaba fascinado con sus sagas. Juro que sentí un poco de celos y les pedí que se abrigaran bien, que siempre fueran con el chaleco salvavidas y que por sobre todo ¡Hicieran caso!
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Enrico me espera mientras se hacen los preparativos para el canotaje, como suben los botes a las Audis, las lunch-boxes hipercalóricas, los mini-trajecitos O´Neill de neopreno y una manta de marta cibelina azabache, que en el mundo de las pieles se la llama diamante negro ¿Me explico?
Entro al Alfa y buscando cierta complicidad él repite la frase de Fitzgerald “los ricos son diferentes” y yo manteniendo mi papel contesto como si fuera Hemingway “sí, tienen más plata, Enrico…”. “Enrico Salvatore Lanza di Montesemolo, deletrea ¿A los Uffizi, verdad?”
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El descubrimiento de la perspectiva es a la pintura del renacimiento lo que los efectos especiales digitales son al cine del siglo XXI. Terminan imponiéndose sobre todo, tapándolo todo, terminan por convencernos que todo es un engaño. El renacimiento que me gusta es cuando la perspectiva es pobre, esos retratos donde el empeño se pone en la psicología del personaje. La perspectiva es una pesadilla pero sólo con Escher nos damos cuenta.
Me encanta la pintura medieval con sus oros y azules plenos (cuanto les debe Klimt!) con sus aureolas como escafandras y los trabajos con ¿punzón? sobre el dorado, recuerdo una crucifixión (perdí el nombre del autor) donde Jesús tiene los ojitos como si los hubiera pintado Basurto y una pollerita de tul de bataclana, con brillitos ¡Una joya, una joyita!
Caminamos lentamente, a veces me apoyo sobre Enrico (si se llamara Néstor, no dudaría en sustituirlo sólo por Él) no es amor, es comodidad.
Entramos en la sala donde están La Primavera y El Nacimiento de Venus. Un puñado de observaciones: Boticcelli era un uomo, un maschio, nada que ver con Caravaggio; seguro que pintó estos cuadros siendo joven; si en otra vida fui hombre, fui Boticcelli o al menos una uña de Boticcelli.
Boticcelli sabe pintar mujeres rubias, tanto que hace que parezca que las rubias son lindas.
Enrico toma distancia de mí y con los ojos clavados en El Nacimiento me dice Usted, Alice, tiene el color de pelo de Simonetta Vespucci (la bella Simonetta, la musa del renacimiento, pienso). Suerte que dijo pelo (capelli)… la venus, you know, está completamente desnuda ¿Por qué dice eso, Enrico Salvatore? Pregunto, entelenovelada por el nombre. Stesso colore, stessi fili d'oro biondo rossastro, morbido (Mismo color, mismo hilo de oro rubio rojizo, suave…me mató…). Hago que no entiendo, digo mi consabido Aaaahhh y camino hacia una anunciación (una de cientos)… Su virgen debe haber sido argentina, es la única con cara de molesta, de estar recibiendo viento en la cara, ufff que denso este tipo, digo este ángel… y luego adanes y evas y adanes y evas, uno más divino que el otro. El cambio en el renacimiento fue el paso de pintar apóstoles cosmonautas a mujeres desnudas…si todavía hoy, creo, la revista Playboy se vende en bolsita cerrada, no me imagino lo que fue y cómo se consiguió pintar tantas primeras mujeres con tan detallado y delicado bello púbico.
Nos Estamos yendo. Caravaggio no me gusta pero hay un escudo -restaurado por los amigos de Maggiore Rent- con la cabeza de medusa que atrae por lo feroz, primario y espeluznante. Me alejo de Enrico y con los ojos clavados en las serpientes pregunto ¿De dónde viene Enrico Salvatore… Lanza di Monesemolo…es tan… tan opera…? ¿…No? “Me lo puso mi padre. Me dijo que le gustó su musicalidad, que era el nombre de un personaje de película americana, no se acordaba… de Robert Redford, de De Niro… él no iba mucho al cine” contesta sin sacar los ojos de Medusa. Me pregunto si sabrá que para Freud esa cabeza decapitada de Medusa simboliza la castración de la mujer, de los genitales de la mujer, por eso los hombres se quedan de piedra, petrificados al mirarla ¡Todo en este país es tan sexual! Me pongo colorada, pero la oscuridad de la sala me evita un segundo momento de vergüenza.
Salimos, afuera ninguna nieta de la bella Simonetta Vespucci, sólo chinas embutidas en tapados fofos como bolsas de dormir color gris Valium o negro entierro.
Con estudiado descuido me saco el sombrerito azul de Accesorize y dejo caer la cinta que me sujeta el pelo, cruzamos el Ponte Vecchio, en un una mala película pasarían los chicos con Catalina remando. No pasan y me pregunto que estoy haciendo. Nada, histeriquiando un poco mientras avanzo dando saltitos sobre mi pie sano.
Alicia Lis, de vacaciones ¡Al fin! en Toscana, 19 de enero, 2012
jueves, 19 de enero de 2012
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