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miércoles, 11 de enero de 2012

97. Empiezan a ver y ven frescos por todos lados

Nota. Este artículo es parte de una serie, cuya primera entrada es la 96, del martes 10 de enero.


Enrico estaciona el Alfa Romeo Giulietta donde puede, casi recostado sobre una pared. Mi tobillo va de mal en peor, además de hinchado ahora tornó violeta, parece que tuviera una berenjena como media, casi un Arcimboldo.

Enrico me abre la puerta. Metro ochenta, morocho ¿Cuarenta? Ligeramente canoso, secreto vínculo con George Clooney. Pantalones de lana gris y sweater cuello alto color camel, zapatos marrones de cuero graneado, Crocket & Jones, creo. Fue chauffeur aquí de Jimmy Carter, Jane Fonda y Sean Penn (gracias, Catalina).

En el viaje, para probar mi italiano y su capacidad de dialogo (inteligencia es capacidad de diálogo. Lery Bulacio) le cuento de la película que entreví, esa del italiano con bigotazo cebándole mate al piloto de un avión. A punto estaba de hacerle mi comentario sobre la globalización, cuando me dijo que sí, que era Viven, la de los uruguayos que se cayeron en las montañas y tuvieron que comerse entre ellos, que él las prefería con subtítulos… ¡Idiota de mí! Me guardé el comentario pensando el sentimiento de vergüenza ajena de un londoner al encontrarse con un pub en Palermo Viejo o un new yorker frente a los carteles de SALES en Patio Bulrich.

Estamos frente al Campanile di Giotto, 90 metros de altura, 10 euros por persona. Siempre estas cosas son caras, a la gente le gusta ver el mundo desde arriba. Entre los tres deseos más repetidos está viajar, volar y ser invisible. Bueno, subir a torres y cúpulas y montañas es remedar, un poco, ortopédicamente, a los pájaros. Miro la estructura de mármol, gótica en el corazón del renacimiento y luego mi tobillo, una y otra vez. Imposible. Enrico me dice que no va a ser más difícil que subir en hombros a Queen Latifah a la Torre de Pisa y él lo hizo. Niego con la cabeza mientras pregunto ¿Cómo? Le hago sillita de oro, así, con mis manos, responde. De ninguna manera, pienso, aunque tenga jeans y medias de lana y botas y un saco seis octavos de piel de rinoceronte. Ni que fuera Gertrude Stein dejo que me suban así.

Enrico enciende un MS y me corrijo, el secreto vínculo es con Cortázar no con Clooney. Está igual que en la foto que le sacó Sara Facio.

La carne es débil y luego de cavilar, digamos veinte segundos acepté la propuesta. Hice bien.

Subí en brazos y todavía arriba, frete a la vista y la brisa llevaba conmigo su perfume, Eau Sauvage. Enrico es clásico.

La luz era por primera vez en este viaje la luz dorada de la Toscana, piel de Marilyn Monroe, sfumato di Leonardo. Infaltable, allá abajo, sobre las tejas un cartel de Martini. Del otro lado del Arno otro cupulone. Me encanta cupulone, pero callo la palabra porque me da un poco a cosa sexual y no quiero abusar. Enrico me pregunta Alice ¿Hai visto questo cupulone? San Miniato saiAhhhh, digo…y pienso me leyó la mente…mejor no pienso más.

Bajamos. Enrico fresco como si lo hubiera hecho con una luciérnaga en el pecho. Le pido me lleve hasta Santa Croce. En la basílica las pinturas de Giotto o de sus ayudantes o de los discípulos de éstos se deshilvanan, luz color de durazno de los vitrales sobre el durazno de los frescos ¿Pintaban tanta fruta, como excusa para abundar en sus colores? El renacimiento como fruttivendolo en verano. La tumba de Michelangelo frente a la de Galileo. Rossini codo a codo con Machiavelli. Todos los nombres italianos saben a comida rica.

Salimos. Comemos pizza scachatta, pago por peso no por porción. Prefiero la de El Cuartito, le digo a Enrico que le causa gracia el nombre… ¿No pensará que lo dije con doble sentido? Me vuelve a leer la mente y cambiando el tema cuenta que la fachada de Santa Croce es de fines de mil ochocientos y fue costeada por el inglés Francis Sloane. Ahhhh, vuelvo a decir, verborrágica y me disculpo por la pobreza de mi italiano. La excusa de perdón, no sé, yo no soy de este barrio. Enrico insiste con San Miniato y le doy el gusto.

Cruzamos el Arno y vamos subiendo en zigzag hasta la Piazza Michelangelo donde hay una reproducción del David que no me gusta, que rebaja el mármol a reloj Swatch. Vista gloriosa y créanme no es un adjetivo excesivo de guía de turismo. Más aún, la tarde estaba tristemente nublada.

Dejamos la macchina, más escalones y subida tomados del brazo. Entro sola a San Miniato del Monte. Apenas iluminada, más oscuridad que luz y canto gregoriano a lo lejos, voces largamente cantadas que ¡Oh ignorante! imagino vienen de una grabación.

Los ojos empiezan a ver y ven frescos por todos lados, un inmenso Cordero de Dios del alto mismo de la iglesia, los pisos de mármol blanco y negro dibujan los signos del zodíaco, avanzo y en la cripta tras un cortina de columnas finas, cinco monjes cantando y claro nosotros (él me seguía dos pasos atrás, en silencio como una japonesa) Enrico y yo escuchando, bobos, un buen rato.

Antes de salir, un banco me buscó y recé, creyente. Después de haber pasado por decenas de iglesias-museo, donde si están dando misa una se molesta porque te distrae de la arquitectura y su arte, encontré ésta, oscura, fresca y fuera de circuito (por ahora) donde podía sentir que era un lugar de recogimiento.

Recogimiento en italiano puede ser también ricordo, memoria.

Memoria de Dios y de los queridos (evito el seres, porque me remite a extraños habitantes de otras galaxias).

Enrico con una estampa de San Antonio de Padova, dice su oración muy cerca del muro.

Termina y le pido me lleve a casa. Llueve.


Alicia Lis, Florencia, 11 de enero, 2012


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