Nota. Este artículo es parte de una serie, cuya primera entrada es la 96, del martes 10 de enero.
Catalina parece bordada a mano. Los ricos (de varias generaciones) son diferentes, mal que le pese a Hemingway. Su personal de servicio, cuatro, cinco ¿Seis? Todos tienen más de sesenta años. Ya no se encuentra gente orgullosa de servir, me dice, mientras pide -en el punto junto entre la distancia y la calidez-más miel a Lucia, que es un par de ojos que predicen los deseos de Catalina segundos antes que los enuncie (cosa que una aplicación de Ipad nunca podrá emular).
Le pregunto por el microscopio sobre la cómoda del cuarto de Patricio. Gesto mínimo y Lucía acerca un álbum. Catalina me muestra una foto de dos chicos de diez años, bien juntitos pero cada uno en su camita blanca, Patricio y yo me dice, cuando enfermó de febbre entérica. No se levantó por semanas, le hicieron tantos análisis de sangre…per conoscere il loro sangue… que él también quiso conocerla y papá le enseñó a usar las lentes y se lo regaló. Yo me quedé a su lado hasta que pudo levantarse… y no me contagié, grazie a Maria Immacolata… no hubo forma de que me sacaran de ese cuarto…y mirá que recibí minacce… amenazas…
* * *
Entro sostenida por Enrico a San Marco, nunca estuve antes…estamos estrenando. Alegría de descubrir a Fra Angelico. Antes de la visita yo lo tenía por un fraile joven del convento que le habían dicho algo así como “dale, a vos que te gusta hacer dibujitos, porqué no te pintás algo en la celdas de tus hermanos”. Imaginaba que su trabajo había pasado inadvertido por años y descubierto tarde, con el fraile muerto. Pero no, Angelico llegó a los claustros ya famoso con el objetivo de pintar los frescos. Dos comentarios, uno sólo me pertenece. A mí la mayoría de los ángeles me dan un poco de asquito, con esas alas de gallina que les pintan. Pero los de Angelico son otra cosa, llevan alas de mariposas, tienen brillitos, son la celebración del color verde esmeralda y el coral. Enrico, discreto, dice, aunque me acusen de fetichista me encantaría que me besaran los pies las rubias que se los besan a los Cristos crucificados de Fra Angelico.
Florencia está lleno de pinturas de mujeres rubias. Me digo ¿A dónde han ido a parar? Provisoriamente respondo, a Rosario, Provincia de Santa Fé.
Enrico pregunta ¿Tiene Fé? ¿Es usted devota del santo rosario? Me volvió a leer la mente…pero esta vez fue una lectura demasiado literal. Sí, contesto, mi madre era devota de la Legión de María, lo rezaba en francés.
Comentario final (terminaron siendo tres y no dos, como sucede con toda clasificación psicológica)…El arte gótico tiene en su acumulación de signos un secreto vínculo con el surrealismo. No lo creen, vean entonces esas manos, tipos manos mágicas que abofetean y esgrimen lanzas o las bocas que escupen, todas flotando alrededor de un Cristo doliente, en cada celda del convento.
Salimos de San Marco, quizá una bisagra entre el gótico y el renacimiento. Un ayyy ahogado y una inclinación eléctrica sobre el tobillo. Tirón feo, lo estoy exigiendo demasiado. Enrico no pregunta y me lleva en brazos hasta La Accademia ¿Tendrá Catalina un palanquín? Creo que sería más vistoso pero definitivamente menos comprometido.
* * *
¿Miguel Angel, era gay? No sé, pero era vanidoso. Eso de dejar inacabada una parte de la obra no es muestra de aristotelismo, es subrayar lo difícil que es extraer un pie, una uña, un algo de la dura (sí, dura, dura) piedra.
Pensar que había un bloque de mármol que otro arruinó, tirado en el fondo de la catedral y alguien le dijo, Eh, Miguel si querés te lo podés llevar…nosotros no lo vamos a usar… y ahí nomás la bestia esculpe su David acromegálico, lo suficiente como para matar a Goliat sólo con las manos.
Enrico viene del Book-shop con un crucifijo de madera con alma de Arbol de la Vida, sobre los maderos pintados pajaritos de colores. Me lo regala, no sabe quién soy, le contamos que era la niñera del sobrino de Catalina, que me habían premiado con un viaje a Toscana, cosa de ricos. Me invita a comer ¿Le digo o no le digo?… Alice, tenés casi cincuenta y el pelo agarrado con una cinta bajo el querido sombrerito azul de Accesorize… ¿Qué te va a pasar?
* * *
Estamos sentados en la Cantina dei Sordo, el mozo me hace acordar a mi primo Carlitos. Enrico no puede creer que con el risotto fue suficiente, que no habrá para mí un corso principale, me río mucho y el también se ríe y dice la risa genera endorfinas. Los que no tienen sentido del humor se anotan en el gimnasio. Me río más, debajo del sweater no se ven mis bíceps bien trabajados.
Italia me gusta porque me gusta y por el efecto psicológico de gustarme me gusta más.
No hay película de Sofía Loren, que este momento me recuerde. Yo soy mi propia aventura.
Alicia Lis de vacaciones, Florencia, 16 de enero, 2012
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario