Llego al aeropuerto Amerigo Vespucci en Florencia con mis dos hijos chicos, los hermanos optaron por quedarse en Punta del Este con sus primos. Yo ni loca me expongo a ese coctel de arena, agua helada, exhibicionismo y charlas vergonzantes. El oficial de aduana revisa nuestros pasaportes como si fueran una bomba que debe desactivar. Los italianos, aún en crisis, se creen miel para inmigrantes ilegales y según ellos, intuyo, nacionalidad Argentina, significa sólo eso.
Gracias a Dios, Catalina –prima de Patricio- me vino a buscar con sus tres galgos y el Prefetto Generale dell’Inmigrazione que soluciona todo, disculpándose.
Catalina y su familia viven en una villa di campagna, que hubo pertenecido al padre de Patricio. Desde la galería de la casa, a lo lejos y diminutos se ven los jardines del Palacio Pitti (nombre que siempre me recuerda la línea infantil de Botticelli, no confundir, por favor, con Sandro ni a éste con El Gitano).
Llegamos y al bajar de la Audi Q7 blanca donde entrábamos todos con comodidad Orient Express -los galgos venían atrás en una segunda Q7- me doblo el tobillo ¡Malediozione!… error garrafal hacer un vuelo transoceánico con plataformas.
Catalina me aloja en la habitación donde Patricio pasaba de joven largos meses. Él era el del medio de tres hermanos y había nacido con hipoacusia severa en el oído izquierdo. No siendo el mayor y con esa dificultad, su padre en los años cincuenta lo descartó de la línea sucesoria. Sólo existió dedicación y mirada para el mayor que fue al Liceo Francés y luego a Lausanne en Suiza y a Yale. Patricio a un colegio de curas de barrio y a la UBA. Su hermano tenía profesora de piano en casa y él aprendió no de oído sino de vista, mirando las clases desde el sofá. En los veranos el mayor acompañaba al padre en la dirección de los negocios, era su sombra. A Patricio lo mandaban de vacaciones a la Toscana, para que no moleste, creía él, a esta villa.
El hermano de Patricio murió súbitamente a los veintitrés (se atragantó y asfixió con un hueso de pollo en Beijing). El padre a los dos años, de pena irreparable, muere también y mi marido se hace cargo de todo, todo era más o menos como el imperio Sarraceno y no lo hizo nada mal.
En la cómoda (me pregunto. Si la cama es, por lo general, cómoda y la cómoda no es necesariamente nada, y si siempre están tan juntas… digo ¿Por qué no llamamos a la cama cómoda y a la cómoda, cama?). Retomo, en la cómoda veo un portarretrato de cuero, en la foto Catalina y Patricio, con gorritos de lana y mitones sobre un trineo. No tienen más de seis años. Al lado un velero en escala y un microscopio de la época de Luis Pasteur y otra foto enmarcada en plata, de nuevo Patricio de smoking y Catalina de largo en sus quince. Están divinos, parecen Antonio Banderas y Carla Bruni, jóvenes.
Lo segundo que hizo Patricio al hacerse cargo de los negocios familiares fue regalarle esta casa y todos los olivares a Catalina que ahora abre la puerta con dos cappuccinos y biscottis di pasta di mandorle. Tengo el tobillo inflamado como una cenicienta de Botero.
Me quejo, pensaba dar una vuelta a la Toscana, manejando, lento por las rutas que van uniendo pueblitos entre valle y valle. Con el pie así: imposible.
Entran corriendo los chicos, que no quieren irse, que quieren quedarse con los primos italianos. Que hay caballos y un estanque con peces con patas (sí, con patas y se llaman periophthalmus) y un altillo lleno de máscaras del carnaval de Venecia y ropa antigua y un telescopio en una torre con techo de cobre y un laberinto de ligustros y una gruta y un río y cañas de pescar y nintendo wii y un teatro y marionetas y miles de pelis… y no sé, digo yo, ganando tiempo, ya vamos a ver… veamos.
Así como llegaron, corriendo, salen. Miro a lo lejos. Antes de conocer Florencia creía que los fondos de los paisajes renacentistas con sus árboles oscuros y nítidos, su niebla, todo lo que todos conocen, era digamos, una visión onírica (palabra que detesto). Error, es el paisaje que se ve por cualquier ventana. La virgen y el ángel de La Anunciación de Leonardo podrían tener su conversación en el vano de ésta, la misma luz, la misma hora del día, cuando cae la tarde y lo claro es fosforescente y lo oscuro indescifrable.
Catalina me dice que contratemos un conducente, un chauffeur, que por qué no buscamos en internet, que no me preocupe que ella lo hace, que no me preocupe que ella tiene una niñera portuguesa que hace dormir a los chicos cantándole fados, que me vaya sola, que disfrute.
No dije ni sí ni no y me quedé con la bolsa de hielo mirando hacia lo alto. La habitación está pintada de verde con los techos profundos de bestias medievales, me la imagino iluminada por velas, todo animado al ritmo de las llamas… no muy acogedor. Prendo la tele. Película americana clase B. Un italiano de bigotazos le ofrece mate ¡Mate, correcto, mate! Al piloto de un avión de pasajeros. La frase hecha a veces no sé que es peor cobra pleno sentido.
Amerigo Vespucci, italiano al servicio de la corona de Castilla fue el primero en comprender que las tierras descubiertas por Colón eran un nuevo continente, otra cosa. Hollywood, la tele y la globalización, a veces, parecen desmentirlo.
Ci vediamo dopo.
Alicia Lis, Florencia, 10 de enero, 2012
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