Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



jueves, 29 de julio de 2010

38. Cortar el bife con cuchillo y tenedor

Borges describía al paraíso con forma de biblioteca infinita.
En ese contexto, le gustaba citar la paradoja de la triple dinastía de Directores ciegos de nuestra Biblioteca Nacional: Mármol, Grousac y él mismo, Borges.


Los conjuntos de tres, son los que estéticamente más me gustan (hagan su propia experiencia: ni dos, ni cuatro objetos crean el mismo efecto que tres, no sé por qué…pero es así).

Antes de ser padre soñaba con crear una triple dinastía de Guillermos: (por orden de aparición) mi padre, yo y mi hijo. Al nacer mellizos tuve que revisar la idea, llegando los dos el mismo día y a la misma hora no había excusas para justificar que sólo uno llevara ese nombre (fuera esto bueno, malo o neutro para él).
Así uno se llamó Andrés y el otro Benjamín. Me gustan los nombres sonoros, con acento ortográfico en la última sílaba.

El nombre Benjamín es parte de otra serie y creó su propia triple dinastía: mi tío, mi primo (ustedes ya lo conocen, es el Dr. Zorrilla) y mi hijo Benjy.

Pero hoy quiero hablar sobre mi tío Benjamín.

Mi tío Benjamín me enseño a cortar el bife con cuchillo y tenedor, atar los cordones de los zapatos y hacerme el nudo de la corbata (cuando deje el bochornoso corbatín con elástico). El proceso siempre fue igual, se negaba a ayudarme en esas tareas y me empujaba hacerlo por mí mismo.

Mi tío Benjamín era muy morocho y atlético, lo recuerdo en la casa de mi abuelo Papalito haciendo esa complicada figura gimnástica llamada bandera (se tomaba del pasamanos de la escalera con los dos brazos y a pura fuerza elevaba todo su cuerpo hasta ponerlo completamente horizontal y paralelo al piso, como una bandera desplegada en su mástil).

Cuando lo conocí era visitador médico, algunos veranos yo lo acompañé en su recorrida (no trabajaba mucho que digamos) por los pueblos de Córdoba. Al rayo del sol de una siesta implacable, dejaba abierta las puertas delanteras de su Citroën 2CV (si ustedes recuerdan, las puertas de ese auto estaban unidas por la bisagra al parante central, así se podían dejar abiertas con el auto en movimiento, ya que abrían en la misma dirección que la marcha) y allá íbamos nosotros refrescados (¿?) por el viento caliente de febrero. Yo no tendría más de once años y comentaba con mi tío una lectura que en ese entonces me aterrorizaba “El Exorcista” (tanto miedo me infundió ese libro que nunca pude ver la película, ni siquiera segundos de una sola escena).

Aún en ojotas y pantalones cortos transmitía seguridad, confianza en sí mismo, dominio de la situación.

Mi tío Benjamín me enseñó a ser un jugador decente de metegol prohibiéndome desde siempre el hábito infantil del molinete.

Ya grande estudió para recibirse de Ingeniero Agrónomo, era a mediado de los setenta y a las tardecitas salíamos por el campo a cazar bichos (se lo pedía algún trabajo práctico de vaya a saber qué materia). Me acuerdo todavía, de unas cajas de tabaco en lata, redondas y azules, donde él los guardaba.

También nos llevaba al río y nos metíamos en un bosquecito y cruzábamos arroyos, cubiertos de matas con espinas, nadando largos (¿?) trechos por debajo del agua. En esa época éramos expedicionarios.

Yo lo quería a mi tío Benjamín. Pero no era fácil, la familia lo tenía por poco trabajador, disperso y mujeriego, machista y conflictivo, un dolor de cabeza para mi tía July. Pero yo lo quería y no era fácil manejar esa tensión.

Como era previsible un día se separó de mi tía, se volvió a casar, tuvo otros hijos, se mudó y dejé de verlo por un largo tiempo.

Lo rencontré años más tardes en Buenos Aires, muy delgado, con pelo largo y barba, participando en el culto de Sai Baba. El gran hacedor de asados a leña, se había vuelto estrictamente vegetariano.

Así aparece en un video de esos años en los que me acompaña al aeródromo de Don Torcuato a tirarme en paracaídas.

Mi tío Benjamín no era el mismo. Tenía dificultades económicas y vendía masajeadores hechos por él mismo en madera, bajo el nombre de Ja-ben.

Dicen (dicen) que quiso sacar el registro de conductor profesional para manejar un taxi y lo bocharon. Yo no lo creo, no lo quiero creer. Mi Tío Benjamín había hecho hoyo en uno jugando al golf.

Unos días después, sin avisar, ni explicar por qué, muy fiel a su estilo, decidió irse y se fue para siempre, sin más, de modo brutal.

No fui a su entierro, nunca voy, escribo y se me llenan los ojos de lágrimas.

Cuando era muy chico estuve a punto de caer a un lago. Tamy la bóxer de mi tío Benjamín corrió, saltó y con sus patas delanteras me hizo a un lado empujándome sobre la tierra.

Yo lo quería a mi tío Benjamín.

Guillermo Garcia Avogadro, 29 de Julio


lunes, 26 de julio de 2010

37. Terapia

Son las 4 y 50 del domingo y el departamento está helado. El hijo de Oscar no prende la caldera los sábados.
El hijo de Oscar heredó de su padre el trabajo de portero. Oscar murió antes de que yo llegara al edificio y sin embargo nadie llama al hijo por su nombre. Yo ni siquiera lo sé. El chico (ya tiene más de cuarenta) se quedó con el trabajo pero el padre le robó el nombre (una verdadera fiesta para Eric Erickson).
Tengo puesto un pijama de franela y un sweater y un pañuelo al cuello.
Me repaso con los dedos la barba crecida del fin de semana, áspera e irregular. Me gusta la sensación de abandono planeado.
Silencio absoluto. Miento, escucho una canilla gotear (escucho una canilla gotear dentro de mi…).
Recorro con la mirada mi biblioteca. Ya saben, vivo en un departamento (dos ambientes a excelente pulmón de manzana) atestado. He tenido que tomar medidas drásticas, de los libros que me interesan, sólo guardo las páginas que he subrayado; doy por sentado que el resto no es más que relleno y lo mando a la basura.
A Emily Dikinson (¿Casualidad? es el segundo “son” de alguien – Dikin-son; Erick-son - justo cuando empecé hablando del robo del nombre por un padre muerto).
De nuevo, a Emily Dikinson su maestra la regañaba, en el siglo XIX, por anotar y subrayar los libros. Ella contestaba que nadie paga diez centavos por un kilo de libros viejos. Con el e-book pisándonos los talones yo uso la misma defensa con los que se horrorizan por mi método de archivo no-digital.

Acabo de ver en una maratón la primera temporada de In-treatment (en terapia) que me prestó Alicia.
Si no lo saben ya, la serie se organiza semanalmente a través de cinco sesiones de terapia de Paul, en las cuatro primeras como analista en la última como paciente.
La serie puede ser vista como la contra-cara de 24 Horas. Donde en una hay tortura, en la otra encontramos interpretación para hacer conciente-lo-inconciente.
Las dos simulan pasar en tiempo real (aunque tarden quince minutos para cruzar Los Angeles o la sesión dure escasos veintitrés).
Mientras que la principal audiencia de una es machos de derecha (concientes de ello o no) la otra es psicoanalizados varios, creo, preferentemente mujeres (habría que ver quiénes fueron los anunciantes cuando la pasaron por HBO).
Para los dos grupos, ambas ficciones son adictivas (no se puede dejar de ver un capítulo detrás de otro). A mí me pasó exactamente lo mismo en los dos casos ¿Seré un esquizofrénico moderado? ¿Ser-macho-de-derecha-y-psicoanalizado-con tendencias-femeninas será el inicio de un proceso de extrañamiento y de despersonalización como indicaría el inevitable Otto Fenichel?


Las sesiones lucen realistas pero no hay silencios embarazosos, tiempos muertos, reiteraciones o narración de banalidades. Sobra la tensión, los descubrimientos, los reproches, las amenazas, demandas, llantos, catarsis, actuaciones y enfrentamientos. Transferencias, contra-transferencias y re-contra-transferencias.

Al final de cada sesión digo ¡Qué actuación bárbara la de esta mujer, de este hombre, de esta chica! Todos son unos bárbaros. Pasa que todos los actores de Hollywood lo son, pero con tanta necesidad de salvar a su presidente, país o el mundo no tienen muchas oportunidades de dejar de saltar, patear, disparar y correr. No pueden darse el lujo de detenerse, conversar y emocionar-nos. Encerrados en un consultorio no tienen más remedio que hacerlo, es su única salida.

La serie nos propone el dilema de qué hacer cuando el paciente requiere algo más que la escucha del analista, hasta dónde llega nuestra responsabilidad por el prójimo y si alguien sumergido en profundos conflictos puede ayudar a otro (aquí mi respuesta preliminar es: Sí!).

El analista es Gabriel Byrne y su supervisora Dianne Wiest y todo acontece en un suburbio de clase media alta de la costa este. Todo muy americano, sin embargo la serie es la versión de un éxito israelí (Be Tipul) creado por Hagai Levi y producido para HBO por Rodrigo García, hijo del colombiano García Márquez (que se mutiló el nombre, para no pasar por lo mismo que mi portero).
Tuve curiosidad de ver la original (donde Paul se llama Dagan) pero en seguida recapacité y me di cuenta que para hacer frente a tanta adversidad psicológica se necesita de todo el glamour de Hollywood y no investigué más.

La serie es para los que disfrutan de la conversación y la re-flexión.

Les dije, vi la primera temporada en una versión trucha que me prestó Alicia (rarísimo en ella que hasta el trapo de piso lo compra de marca, Alpargatas en este caso). Todo bien, pero la grabación tiene la particularidad de que no permite poner pausa y cada vez que uno la detiene, hay que empezar todo desde el inicio nuevamente.

Siempre que nos detenemos, volvemos al principio y como ya todos lo sabemos En el principio fue el verbo (Juan 1,1)
(1).

(1) Nota. Así empieza la historia del hombre, perdón, del Dios que mandó a morir a su Hijo ¿Habrá hecho terapia? ¿Les habrá echado la culpa a los padres? ¿Habrá sabido perdonarse?

Waldo Williams, 26 de julio

viernes, 23 de julio de 2010

36. Ayer tomé un popopilo

Ayer tomé un popopilo, como dice mi hijo Andrés.

Era un 152. Con mi amigo Daniel Rolleri siempre citábamos a Carlos Perciavalle cuando decía que era una buena línea para levantar minas. Va de suyo que ninguno de los tres –por motivos diversos-nunca levantamos nada.

Había dejado la camioneta en el chapista, no pasaban taxis y me lo tomé, cosa que no hacía en años. Total, eran las tres de la tarde, no venía tan lleno y había poco tránsito.

Escribo y me siento un poco Alicia, pero me pasó a mí.

Al subir (luego de caminar unas cuantas cuadras) llevaba en la mano un puñado de monedas (que había sacado de ese cajoncito del auto donde uno las ahorra como si fuera una alcancía, para poder comprar la seguridad de un cuidador al momento de estacionar por ahí). No tenía ni idea cuanto costaba el viaje hasta Coronel Díaz y Santa Fé (aunque con cinco pesos en metálico estaba seguro que me alcanzaría). Intenté mirar el display cuando la señora que me precedía sacaba su boleto, pero sin anteojos fue imposible ver algo, metí siete monedas (de las grandes) me devolvió ocho (de las chicas, esas que son más un fastidio que una reserva de valor) las guardé junto a otras en el bolsillo y nunca supe cuánto me salió el paseo.

Aceleradas y frenadas. Desacostumbrado a vivirlas parado, me sentía como en un simulador de snowboard (digo esto e imagino lo que estarán pensando muchos. Despreocúpense, yo pensé lo mismo, hace años, cuando una mujer me contó su primer viaje en colectivo, recién a los dieciocho años).

Al ratito de subir experimenté una vieja sensación olvidada: tenía calor, estaba sobre-abrigado. Cuando uno va en auto desde el estacionamiento de la casa al del escritorio nunca siente calor ni frío: o te sacas la campera y el sweater o prendés la calefacción o el aire ¡Listo! Muy fácil. En el bondi, con las ventanillas cerradas, sin climatizador con termostato, cargando una mochila y haciendo equilibro, no es fácil ni da ganas de sacarse, ni llevar más cosas en la mano. Así uno sufre abrigado en la caldera, con la ropa que eligió para atravesar el polo.

Busco un lugar donde apoyar la espalda (como en una catedral gótica, trato de distribuir mi peso sobre arbotantes, para alivianar la carga) luego, extiendo un brazo para tomarme del pasamanos y de la manga asoma mi Rolex Explorer (diseñado para escalar el Himalaya, aunque conmigo sólo subió hasta la base de las Torres del Paine) me lo cubro –rápido y torpe- con la campera. Aunque estamos atravesando barrio norte, ese exhibicionismo no es muy apropiado.

Se desocupa un asiento, pero reacciono lento y me lo ocupan. Lo mismo me pasa dos veces más ¡He perdido todo el entrenamiento de años para analizar el pasaje, identificar parada posibles, diseñar una estrategia de acercamiento y finalmente ocupar la posición! No hay caso: conocimiento que no se utiliza, se pierde.

Finalmente logro sentarme en el último asiento, con la espalda sobre el motor gasolero pero del lado de la ventanilla. A mi lado un hombre enorme carga una valija y una caja también enorme, todo sobre su falda. Viajo, comprimido.

En realidad, uno de los motivos de mi decisión era experimentar el viaje por Santa Fé (ahora que es doble mano) en dirección contraria a la habitual y poder mirar por la ventana. Me pasé todo una vida haciendo el trayecto en sentido inverso y quería ver que se sentía. NADA. Sólo un poco de náusea al principio y luego nada.

Ya recompuesto (de la nausea) recordé que en mi pesada mochila (no estaba programada para viajes a tracción a sangre) llevaba un libro. Lo busqué, me calcé los anteojos (mezcla de Tato Bores y Malcolm X) y redescubrí el placer de leer mientras otro maneja: nada de radios AMs ni FMs ni CDs escuchado trescientas veces (no sé a ustedes, a mi me pasa que yo renuevo muy de tanto en tanto la música que cargo en el auto).

Tenía en la mano, recién comprado, el libro 100 Razones Para no ir a la Escuela de Norberto Siciliani (sí, es el padre de Griselda; docente, Conferencista y Consultor en temas de pedagogía. Si bien no figura, todavía, en Wikipedia, tuvo la previsión de tener una hija actriz que ya tiene su artículo en ese lugar).

Hojeo el libro (duda que me carcome, Dr. Zorrilla, será "ojear" de pasar el ojo sobre la letra escrita u "hojear" de pasar las hojas sin un plan determinado esperando ser sorprendido por una revelación literaria) reviso la introducción y luce auspiciosa. Voy a la contratapa y leo (hablando sobre la escuela)…”Y la vida está en lo que me pasa contigo. La vida hoy se encuentra en el desencuentro…” Mucha poesía para un libro de pedagogía, pero una línea que saboreo mientas el sol, apenas tibio, me pega en la cara.

Me tengo que bajar, contigo.

Guillermo García Avogadro, 23 de julio

lunes, 19 de julio de 2010

35. Todas las mujeres son sonámbulas

Todas las mujeres son sonámbulas.
Todas en estado de sueño realizamos actividades propias de la vigilia.
Todas cerramos acuerdos comerciales, amamantamos u organizamos una comida mientras soñamos.
Soñamos con no tener celulitis (más aún, somos capaces de hacer un trato con el diablo para no tener celulitis. El diablo lo firmaría pero –el muy diablo- nada prometería acerca de anular el efecto gravitatorio sobre nuestras redondeces…).
Soñamos con la familia perfecta (la realidad puede ser tan dolorosa que evitaré hacer comentario alguno).
Soñamos con el príncipe azul, sea lo que sea considerado príncipe y azul.

Guillermo tiene la rara cualidad de hacer simple lo complejo; muchas mujeres llaman a esto sobre-simplificación masculina. Él lo llamaría modelizar la realidad.
Guillermo hace años me hizo un diagramita donde es posible ubicar todos los príncipes azules posibles…trataré de explicarlo.

Primero imagínense una línea vertical donde en el extremo superior se ubica el nivel máximo de intelectualidad posible (en un hombre cualquiera) y en el extremo inferior el nivel máximo de sexualidad. Así tendremos un gradiente que va de la máxima intelectualidad (algo "psicológico") a la máxima sexualidad (algo "físico") pasando por N estados intermedios (digamos, por ejemplo, diez).
Ahora, tracemos una línea horizontal que corta al medio nuestra línea anterior (la vertical). En el extremo izquierdo ubicamos el máximo grado de frialdad / distancia y en el izquierdo el máximo grado de calidez /cercanía. Tenemos un segundo gradiente que va del máximo nivel de distancia al máximo nivel de cercanía, pasando por los N estados intermedios.
Estas dos líneas que se cruzan –al medio- determinan cuatro cuadrantes. Cada uno de esos cuadrantes encierra a un príncipe azul prototípico (un ejemplar perfecto, un modelo):

- El Premio Nobel: máxima intelectualidad / máxima distancia-frialdad
- El Novelista: máxima intelectualidad / máxima calidez-cercanía
- El Duro: máxima sexualidad / máxima distancia-frialdad
- El Jardinero Fiel: máxima sexualidad / máxima calidez-cercanía

Por supuesto, ya lo sé, son prototipos y por ello se ubican en los vértices del cuadrado (máximo/ máximo) cuando la mayoría de la gente no es tan extrema y se amontona en el centro (la famosa campana de Gauss).

Segundo, no significa que éstos sean los únicos atributos de un príncipe azul, pero ni trabajador ni lindo –en la práctica, se los aseguro- definen nada, aunque –obvio- puedan ayudar.

Si acordamos con estos módicos supuestos tenemos un modelo bastante predictivo.
Así, el Premio Nobel (de química molecular, por ejemplo) es un hombre muy focalizado en su microscopio y poco en el mundo; ideal para mujeres que valoran su libertad. Generan reconocimiento y levantan la auto-estima familiar, bueno para mujeres que valorizan el rol social de los más capaces. Bajo atractivo sexual, ideal para mujeres que sufren dolores de cabeza muy seguido. Existen candidatas para estos príncipes, pero no son muchas, aunque créanme, las hay.

El Duro (también llamado Chico Malo, o sea moto y campera de cuero). Sexo y distancia. Te quemo y me voy o (más apropiadamente) toco y me voy. Un animal inaccesible. Plan de vida: El juego de las Lágrimas. Increíblemente (¿Increíblemente?) muy ganador, aunque sea el terror de las madres. Ideal para isla desierta (aunque la pesca y la caza puedan ser dos alternativas de evasión que no debemos descartar).

El Jardinero Fiel (siempre está disponible). Sexo y calidez. Pasión y flores y velas y chocolates asegurados. Puede convertirse en celoso, cargoso, pesado, asfixiante, meloso, monótono, trivial, primario y exigente ¡Una plaga! Me parece que no he sido muy objetiva en mi descripción ¿No?

El Novelista. Si bien comparte con el Jardinero el grado de proximidad su propia intelectualidad le pone freno al carácter asfixiante del primero. Esa misma mezcla, lo hace una persona interesada por el otro y por el mundo. Siempre tiene algo, nuevo o diferente, natural o plagiado que compartir. Es creativo y divertido. Tiene que lucharla, necesitaría una pizca más de basic-instints, pero pese a todo ranquea bien.

Hoy estoy reservada y no les contaré en que cuadrante habita mi príncipe azul, que yo lo prefiero gris, porque combina mejor con todo.

Sólo diré que como toda sonámbula (y muchas de Ustedes me van a reprochar que sólo el 19% de la población mundial lo es) sueño con encontrar mi príncipe gris grafito, mientras hago mil cosas para sobrevivir en este mundo, que nada hace para semejarse a la realidad que modelizan los hombres.

Alicia Lis, 20 de Julio

jueves, 15 de julio de 2010

34. Eso es lo que me pasa a mí

Recuerdo tres sesiones en la historia de mi terapia.
Voy a compartir sólo una (a menos que decaiga mucho el número de lectores y debamos apelar a los golpes bajos).
Tendría no más de 21 años.
Llegué, me recosté en el diván y hablé con entusiasmo de Zelig, la cinta donde Woody Allen tiene la capacidad de transformarse psicológica y físicamente de acuerdo a la persona con quien esté: negro si es un jazzero, con mechones de pelos arreglados como tirabuzones (peyot) si es un rabino, gordo y blancuzco si comparte balcón con el Papa, delgado -con bigote ralo y jopo- si marcha junto al tercer reich.
Una escena me había llamado fuertemente la atención: Zelig está solo, sentado en una silla con la vista perdida en una ventana. La peli es en blanco y negro y la luminosidad del sol convierte al paisaje en una mancha color plata. Zelig está quieto y parece vacío, contemplando la nada misma.
Me quedo pegado a la escena, digo “claro… está tan pendiente de agradar, de sentirse parte que se transforma en el otro, pero cuando está solo…cuando está solo no es nadie…eso es lo que me pasa a mí…”.

* * *

Aquellos días cursaba Letras (una de las decisiones más equívocas de mi vida. Sólo recuerdo dos cosas de ese plan de estudios, ambas son construcciones gramaticales –rítmicas y muy sonoras- en griego: “kalós kosmetikos y autodidactos deimi”).
Tenía un compañero (creo que la palabra compañero también es equivoca para describir ese vínculo)… había otro estudiante (me pregunto ¿Había realmente estudiantes en esa facultad?) retomo, había otro estudiante –digamos- aficionado a sentarse a mi lado, las pocas veces que yo estaba presente.
Una tarde de primavera (nunca olvidaré los indescriptibles pantalones playeros de bambula colar arena que llevaba) me confesó estar perdidamente enamorado de una chica, que luego de una rápida descripción, termino siendo una antigua –pero no tanto- novia mía
¡Para que! Pasé a ser su confesor, guía y paño de lágrimas. Y yo muy Zelig, sin poder decirle que no me interesaba ninguno de esos roles, que se arreglara sólo que ¡Chau picho!
Nunca supe si me torturaba con su mal de amores por ingenuidad o perversidad, aunque con el tiempo intuí que podía haber algo de lo segundo.
Finalmente, espacié mi asistencia a clases pasando de ocasionalmente a nunca y me deshice del problema.

En mi vida, ejemplos como éste se cuentan por docenas.
Y como Zelig, estando con un obrero de la construcción mi sempiterna alergia muta del rosado-camarón a unas manchitas blancas idénticas a las rebeldes marcas que deja la cal y el hablar se me vuelve pastoso y paraguayo y el pelo luce mojado como saliendo de la ducha al final de la jornada.
En cambio, entrando a la Universidad de Belgrano, mi metro setenta se estira diez centímetros y la alergia luce como un tostado Saint-Barth y tartamudeo ligeramente –casi como Borges- y el rojo bermellón, el rojo carmín, el rojo óxido, el inglés y el de cadmio…se me vuelven un único y uniforme colorado.


* * *

Hace unos años (nada en esta entrada pasa en el presente) estaba mirando Desde el Actors Studio; James Lipton pasaba a David Lynch por el cuestionario de Bernard Pivot. Cuando le pregunta cuál es la palabra que menos le gusta, contesta corpiño (de acuerdo), cuando lo hace sobre la que más le gusta dice No! (completamente de acuerdo).

Me ha llevado décadas hacerme amigo del No!
Hoy es mi palabra predilecta.

-¿Te gusta el cine iraní? No!
-¿Las playas argentinas? No!
-¿La música dodecafónica? No!
- ¿Marguerite Yourcenar? No!
-¿Los grupos? No!
-¿Las mujeres en pantalones? No, No!!
-¿La comida francesa? No!
-¿Las cosas de diseño, de autor? No!
-¿Los animadores? No!
-¿Jacques Lacan? No!
-¿Lo nacional y popular? No!
-¿La cultura del vino? No!
-¿Los celulares? No!

Como todo converso hice del No! una cruzada.
Mi primera respuesta es No! después discutimos…es así, te guste o no.
El uso abusivo del No! me liberó del síndrome de Zelig y de encuentros, conversaciones, relaciones y tareas fastidiosas.
Es verdad, a veces estoy un poco sólo en mi departamento interno (excelente pulmón de manzana) de la calle Las Heras, pero nunca estoy vacío, siempre estoy lleno de yo.
¡Kalós kosmetikos y autodidactos deimi!

Waldo Williams, 16 de Julio

miércoles, 14 de julio de 2010

33. ¿Qué ves cuando me ves?

Nota inicial. Escribí éstas líneas sobre las formas de mirar antes que estallara la polémica Lis-Williams.
Sepan que no estoy de acuerdo ni con Alicia ni con Waldo. Tampoco conmigo.
Sólo estoy de acuerdo con Saramago cuando dice “dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, y eso es lo que somos”.

* * * *

Entro a una tienda de fotografías y pregunto si hacen revelado en 24 horas, la respuesta es ¡No! Entonces en… ¿48 horas? No, en 48 horas tampoco. ¿Y en 72? No, no, tampoco.
Desilusionado y sin saludar salgo del local, no disponía de tanto tiempo en San José (de Costa Rica). Curioso, doy media vuelta y desde la puerta insisto con fastidio ¿En cuánto tiempo revelan un rollo ustedes?... En dos horas, señor.

Los Ticos son completamente literales, linealmente literales.

San José de Costa Rica es el infierno de los picaflores.
En San José es tarea casi imposible conquistar a una cajera o empleada de comercio.

No existe el doble sentido y nadie lee entre líneas.

No conocí cómicos famosos, los oficinistas no se juntan en la máquina de café a contar chistes, nadie te pregunta ¿Sabés cómo le dicen al presidente?
Al juego de palabras se lo considera palabrota o nadería de niño.

Nadie que pase la comunión se permite dudar de lo que se pregunta. Nunca me tiraron la muy porteña ¿En que sentido me lo decís?

Estoy convencido que a los homónimos (palabras que siendo igual en la forma, tienen distinta significación) se los considera herejías que corrompen la lógica del universo.
Imagino a Tribunales del Santo Oficio juzgando a palabras que pronunciándose de modo parecido nos llevan a destinos diferentes según se las interprete ¡Sea Anatema!
El mundo es como es y todos lo miramos con el mismo cristal. Más aún, no hay cristal, sólo armazón.

Con mi amigo del alma Arturo Borbón (más Tico que el Gallo Pinto, arroz con pollo, plato típico que se sirve al desayuno, al almuerzo y a la cena) nos sentamos a comer en Il Pomodoro de Zapote.
Reviso la carta: espagueti con tomate, espagueti con pesto, espagueti con salsa blanca, espagueti con frutos de mar…
Arturo pide espagueti con pesto. Yo pido espagueti con tomate y salsa blanca.
Ese plato no está en la lista, me contesta el mozo.
No discuto, pido pasar a la cocina, Arturo transpira.

Me atiende el cocinero rodeado de ollas varias. Contengo la respiración e intento ser didáctico.
- Lo que yo quiero es fácil, pone en ese plato la pasta, un cucharón de salsa de tomate, de ésa (señalando) y otro de salsa blanca (señalando también).

No dudo de mi claridad y vuelvo a la mesa.
Al rato llegan los pedidos. El mío es una pirámide de fideos, de hecho son dos porciones amontonadas en un solo plato, una ladera bañada con salsa roja la otra con blanca.
Sólo me cobran una porción.

Playa Sámara, noche estrellada y luna llena, mar calmo, parador glamoroso.
Yo ya hice mi elección, Gaby, mi mujer, duda ¿Qué será más liviano, sano, sabroso, cremosito, tierno y menos engordante? Se ha detenido en cada línea de la lista evaluando los ingredientes, el tipo de cocción y los acompañamientos. Ha repetido esta operación cíclicamente por varios minutos. El cielo de Gabriela será la contemplación eterna de un menú de restaurante. Trato de disimular –mal- mi ansiedad escrutando el horizonte.
Llega el mozo ¿Qué se van a servir los señores?
Gaby pregunta (Gaby siempre tiene algo que preguntar. Gaby es periodista desde que nació) ¿Cómo es el pescado del día a la Playa Sámara?
Contesta el mozo, lento, orgulloso de recordar cada detalle: el pescado del día a la Playa Sámara, tal como su nombre lo indica es una pieza pescada en el día que se cuece al vapor sobre un colchón de finas hierbas, todo envuelto en un cartucho de algas y rociado con gotas de leche de coco y ron.
Se nos hace agua la boca. Gaby se decide: quiero eso. Yo cambio mi idea original, también quiero uno.
Les voy a quedar mal,
contesta el mozo, en el día de hoy no pescamos nada.

En Buenos Aires vivimos en La Pampa al tres mil quinientos. Nuestro domicilio es una convención. En la cuadra no hay un solo ombú ni crece soja en los canteros. Los terrenos se venden por metros, no por hectáreas.
Ni siquiera puedo afirmar con seguridad que habito exactamente a tres kilómetros y medio del inicio de la calle Pampa y si así fuera el valor cognitivo sigue siendo escaso si no sé dónde es el inicio.
Esta doble fuente de incertidumbre sería mortal para un Tico.

En San José los domicilios no son convenciones. Son objetivos, unívocos y mensurables.
Cuando vivíamos allí, nuestra dirección era “Del puente de los Anonos, trescientos metros al sur, cincuenta al oeste”.
Al puente se lo puede tocar, de la brújula no se duda, cada metro es contable. Nunca se perdió una carta.

Las cosas se ponen difíciles cuando se mantiene el nombre de la referencia, pero el mojón cambia o desaparece, como “El viejo palo de Mango” que fue talado, o la Bomba (estación de servicio) de la avenida central que devino en soda (bar al paso).

La Guía Filcar local es una sucesión de manzanas y manzanas dibujadas sobre la consabida cuadrícula, sin ningún nombre de prócer o batalla, sólo la trama urbana como una telaraña negra sobre sucesivas hojas en blanco. Tenerla en las manos, anonada.

Mes de Octubre, semana patria. Escena de video clip que muestra un correo trayendo al galope la carta. El locutor -en off- dice “…La independencia nos llegó…”.
¡La independencia nos llegó! Es verdad que no costó ni una bala, pero ¿Qué tipo de país evita caer en aceros y alboradas y leones y estridentes clarines, para conmemorar su liberación? Un país que llama a las cosas por su nombre, por su único nombre.

No hay cadenas de significados. La realidad es real y tiene un solo lado, no existe la perspectiva ni el revés de la trama.

Me pregunto ¿Qué verá un Tico cuando cruza el bosque lluvioso? ¿Qué le viene a la cabeza cuando entra en su mar tan American Express, se baña junto a un volcán en actividad o baila en la misma pista que Arturo y Mili?
Aunque la idea le repugne, este Tico no verá lo mismo que yo (argentino criado en la selva televisada del Tarzán de Ron Ely. Yo que creía que playa era la llanura metiéndose en el agua helada de Miramar…y volcán sólo el Krakatoa estallando en la pantalla del cine Gaumont en Congreso).
En cuanto al baile, huelgan las comparaciones, al lado de Arturo y Mili, todos nos sentimos una estaca pampa bien clavada en la pampa.

Guillermo García Avogadro, 14 de julio

viernes, 9 de julio de 2010

32. ¡Dios de los altares!

Soy Alicia Lis, tengo 48 años (pero no me dan más de 39) nací en Callao y Juncal, católica (como la reina) y leonina (como Madonna) size M, dicen –dicen- que me parezco a Gwyneth Paltrow, Oftalmóloga (nunca ejercí) viuda desde el 2003, madre de siete hijos (no le pedí al presidente que fuera padrino de ninguno) vivo de rentas, lectora curiosa, adicta al cine, me encantan los cocktails y la ropa cosida a mano; una tarada para muchos, la mejor compañía para pocos. Soy muchas, pero muchas cosas, pero por sobre todo, soy romaaaantica (y muy sensible, snif, snif…).

Anoche estaba viendo un capítulo de In-treatment (ya hablaré de esto próximamente) cuando sonó el celular: era Quety. Cordial, como siempre, pero noté algo raro en su voz. Me di cuenta enseguida, no le había gustado mucho lo que había escrito el domingo sobre ella.
¿Qué cosa? Que di pistas sobre su edad, no; que confundí sus pantuflas de Victoria Secret con una copia local de Home & Harmony, tampoco; que cometí una infidencia al contar su no-affair (en francés) con Obama, menos ¿Entonces? Me parece que no le gustó nada cuando digo que todos buscamos alguien que nos complete y la incluí a ella en mi generalización de silogismo tipo A.

Hoy abro Lapicerápices y Waldo me tira con Brecht y Winnicott y cuando está a punto de decirme que soy una cuasi-psicótica, frena (porque me quiere, sólo por eso) se va por las ramas, habla de él (¡Qué raro!) y no deja que la sangre llegue al río (gracias abu por la frase hecha).

¡Dios de los Altares!

Waldo y Quety son tan autónomos, tan independientes, que si Aristóteles los hubiera conocido no habría tenido necesidad de crear el primer motor inmóvil. Waldo necesita de tan pocos alrededor que considera a la santísima trinidad –casi- como una barra brava.

Ustedes, amigos, son más fuertes…Yo necesito saber que hay alguien que me quiere, que me necesita… estoy diseñada (me parece menos fuerte que condenada) para buscar la mirada de los otros…todo lo que hago, lo hago para que me quieran, para que no me olviden.
Yo, más que yo y mis circunstancias, soy yo y todos los que me completan, como una puesta teatral que existe sólo cuando hay público (aunque sea literalmente un público) en la sala.

Amigos, creo, ustedes deberían conocerse (aunque –atención- hace siglos que ya no presento a nadie con nadie).

Alicia Lis, 09 de julio

jueves, 8 de julio de 2010

31. Varios desórdenes

En los Diálogos de Exiliados, Brecht presenta a dos amigos de paso en un bar de estación. Uno de ellos dice: «Esta cerveza no es una cerveza. Pero eso queda compensado por el hecho de que este cigarro tampoco es un cigarro. Si la cerveza no fuera una cerveza pero el cigarro fuera un cigarro, todo iría mal. »
Así, el orden se establece con la compensación armoniosa de varios desórdenes.

* * * *

Alicia dice en su entrada del domingo 4 de julio:

“…A todos nos hace bien que al menos una vez nos dejen, nos abandonen, que nos hagan sentir que tuvimos todo, todo lo que queríamos y que lo perdimos. Para siempre.
...Es tan necesaria la ilusión de que existe alguien que alguna vez nos va a completar perfectamente… Esta ilusión sólo la tienen los que han sido abandonados en el momento justo…”

Alicia en sesenta y dos palabras resume muchas –pero muchas- hojas de Brecht y Winnicott.

Ella termina su párrafo -con apariencia de revista del corazón- con la frase “… Esta ilusión sólo la tienen los que han sido abandonados en el momento justo…”.
Momento Justo
es la clave. Ella sabe o intuye que la desilusión va a sobrevenir, que sólo es cuestión de tiempo, que los afortunados son los que fueron abandonados antes de que pase lo inevitable, casi como el que muere durante el sueño. Alicia es romántica pero no ciega.

La ilusión es un error de interpretación.
Si bien las ilusiones distorsionan la realidad, son compartidas por la mayoría de nosotros. Todos, en algún momento, hacemos lo imposible por alimentar nuestras ilusiones. Alicia sabe que no existe nadie que la complete pero no se da por vencida.

Alicia elige (¿elige?) vivir en un mundo donde Brecht es Dios y el orden se establece con la compensación armoniosa de varios desórdenes.

Yo, aún siendo varón, soy del mismo club de Quety, el de las “las nunca abandonadas”.
Alicia, no es universal la necesidad de tener un compañero en la vida. No todos tenemos el sentimiento de que otro “nos completa”.
A mí me encanta estar solo. Yo nunca me aburro, nunca me deprimo, nunca me alcanza el tiempo para hacer todo lo que tengo ganas de hacer.
De modo que no siento una falta al no estar con otro.
Simplemente, cada tanto, alguien muy especial pasa por mi vida, alguien tan valioso para mí como para sacarme un tiempo de este lugar de unicidad y completud. Y después de un tiempo, vuelvo allí, con la felicidad de haber vivido algo bueno, y de volver a mi lugar preferido, a mi mundo feliz.
Alicia, yo no busco algo que no tengo, ilusionado. Disfruto de esta vida, que es mi elección, tal cual es.

Sin embargo, Alicia -antes de terminar- creo que tengo que corregirme de algo, todos vivimos en un mundo donde Brecht es Dios y el orden se establece con la compensación armoniosa de varios desórdenes.

Waldo Williams, 8 de Julio

miércoles, 7 de julio de 2010

30. Pinceladas muy cargadas

Jaime Roullon es un arquitecto por un lado único (sus diseños son geniales) y por otro típico (sus presupuestos son incumplibles). Nació en Perú y nos hicimos amigos cuando coincidimos en Costa Rica. Ahora trabaja en Paris.
Una tarde me pidió lo llevara al aeropuerto, su madre luego de años de viudez había decidido desarmar la casa familiar y mudarse a un piso pequeño. Jaime la ayudaría con la mudanza.
No debe ser fácil desarmar la casa donde uno se crió. Jaime no quiso llevarse nada que le recordara su infancia, nada, estaba muy bien siendo el que ahora era. Entre la cantidad de cosas que removieron había un óleo de unos treinta centímetros de lado: un bodegón, un borrachín; pinceladas muy cargadas. El cuadro tenía un marco dorado que deslucía la obra. Jaime recordaba haberlo visto colgado en el cuarto de su madre alguna vez; hoy estaba apilado en el rincón de las cosas muertas.
Esa tela oscura fue lo único que Jaime se trajo a Costa Rica; la había pintado su tío Isidro en París a principios del siglo XX. Isidro había convencido a sus padres que tenía las condiciones necesarias para hacer carrera como pintor y la familia -de presupuesto holgado- apostó a tener un artista consagrado financiando maestros y estadía.
Varias semanas después, una noche lluviosa de diciembre (lluvia tropical) llego al estudio de Jaime y ese óleo pequeño me atrapa la mirada enseguida.
Me acerco a mirarlo en detalle, prestando atención al conjunto descuido al autor firmante: Pablo Picasso.
La firma de Picasso apareció cuando Jaime quitó el marco dorado de pacotilla.
Reconstruye Jaime una historia posible: al tío Isidro poco le interesaba la pintura o perdió ese interés, rápido, ni bien llegó a París. Prefería la vida bohemia y quizás ahí conoce al joven Picasso, tan hábil como necesitado de dinero. Es fácil imaginarse la escena,
Pablo, dale, píntame algo, cualquier cosa, rápido, para mandar a casa y asegurar la mensualidad.
Jaime con más voluntad que convicción trató infructuosamente que la
Fundación Picasso le reconociera el borrachito como auténtico. Pérdida absoluta de tiempo, una sola palabra fue la respuesta a una larga y documentada (¿?) presentación: Rechazado.

* * *

Cuenta
Juan Forn en Ningún Hombre es una Isla que el marchand inglés Anthony D’Offay decidió cerrar la galería y entregar su colección a la Tate Gallery. Una de las obras más valiosas era el Autorretrato en Rojo de Andy Warhol de 1965.
Ese año el
museo de Filadelfia le había ofrecido a Warhol la primera retrospectiva de su obra. Para celebrar el evento, se tomó unas fotos en una cabina de subte, eligió la más inexpresiva y la hizo estampar en veinte telas. Las primeras diez fueron coloreadas a mano por él. Para la segunda serie, sólo indicó al taller qué colores debían aplicarse. La idea de esta segunda serie era pagar deudas, pero cuando vio el perfecto acabado industrial, quedó tan encantado que mandó una de ellas para abrir la exhibición. El curador de la muestra la rechazó ofendido, a pesar de que Warhol argumentó que respondía fielmente a su ideario: hacer cuadros que carecieran de todo toque artesanal. Así las cosas, esas pinturas terminaron usándose finalmente para pagar deudas.

Cuatro años después, Warhol visita a su representante europeo
Bruno Bischofberger, quien tenía una de esas telas y le pide que, por favor, se la firmara. El artista accede y en el reverso le estampa la dedicatoria “To Bruno B, Andy Warhol, 1969”.
El “Bruno B” alcanzó su consagración cuando el respetado crítico
Rainer Crone lo incluyó en su catálogo razonado (especie de inventario canónico de la obra de un autor). La cosa no termina allí, Warhol lo elige como ilustración de tapa.
Desde ese entonces el “Bruno B” se convirtió en la pieza que todos los museos querían tener: es el primer cuadro en que lo único que hizo su autor fue posar para la foto y firmarlo cuando ya llevaba mucho tiempo terminado.
En otras palabras, el “Bruno B” es un Warhol precisamente porque Warhol no lo pintó.
Sin embargo, días después de la donación, la Fundación Warhol dictaminó que el Autorretrato en Rojo no era auténtico. La Tate lo devolvió y el valor de la obra cayó de seis millones de libras a cero.
Todo esto a pesar de que la obra fue autentificada tres veces por su autor: la firma, la dedicatoria al reverso y la inclusión en la tapa de un catálogo razonado.

* * *

Anthony y Jaime están atravesados por un secreto vínculo, aunque de modo especular.
Mientras Anthony siente que su honor y hacienda han sido irremediablemente afectados y continúa batallando, amargado, en todos los frentes posibles; a Jaime -que es un verdadero esteta- poco le importa la valuación de mercado. El goza todos los días de un Picasso auténtico cada vez que levanta la vista desde su mesa de trabajo.


Guillermo García Avogadro, 7 de julio

domingo, 4 de julio de 2010

29. Ningún hombre la abandonó

Quety se quedó a dormir en nuestro cuarto de huespedes.
A ella le encanta, a mis chicos también.
Tiene puesta la remera blanca básica con la que llegó a casa.
Muy sensual, aún bordeando los cincuenta.
¡Increíble! Veo que al pie de su cama ha dejado (¿Las llevará siempre con ella?) unas pantuflas de guipiur negro de Home and Harmony.
Como adolescentes charlamos hasta pasadas la una de la mañana.
No puedo creer que todavía tengamos cosas que decirnos.
Antes de irse a dormir contó que su madre al casarse le entregó un álbum de recuerdos convenientemente censurado. Faltaban fotos y poesías y toda evocación a pasados amores ¡Secreto vínculo! Mi mamá hizo exactamente lo mismo conmigo.
Ambas madres pertenecen a la escuela soviética de censura y preservación (de matrimonios convenientemente celebrados).
A lo mejor ya lo conté, Quety es traductora pública. Habla y escribe en ingles, francés, portugués y árabe. Ahora estudia mandarín. Es divorciada y devota de sus hijos y el trabajo.
Quety arrastra un terrible estigma: ningún hombre la abandonó nunca ¡Jamás! No sabe lo que es eso ¡Pobre!

De adolescente, durante años, vestía sólo falda -y eso- unido a mirada y sonrisa chispeante, voz ligera de ardilla de Disney y a un increíble pelo brillante, largo y sedoso la convertía en el centro de atención donde todos querían atenderse.

En un intercambio, a los diecisiete -viviendo en Nueva York- un chico la invitó tardes y tardes con jugos de naranjas, le pedía que fuera su novia, le aseguraba que llegaría lejos, que sería la primera dama. Quety, nada o poco y nada. Ese chico es Barack Obama.

A Quety le conocí novios y marido. Tarde o temprano ella rompió cada relación. ¿Difícil, no? Creo que yo no soportaría esa sensación de eterna desilusión, de… ¿Puede ser que nunca las cosas sean como me gustarían? …de cómo pude ser tan ciega…de ¿Cómo llegué hasta acá ?...de mejor sigo sola… o de si no me voy, o me ahogo o exploto.

A todos nos hace bien que al menos una vez nos dejen, nos abandonen,
que nos hagan sentir que tuvimos todo, todo lo que queríamos y que lo perdimos. Para siempre.
...Es tan necesaria la ilusión de que existe alguien que alguna vez nos va a completar perfectamente… Esta ilusión sólo la tienen los que han sido abandonados en el momento justo.
Saber que existió esa persona nos permite seguir buscando. Y buscando.

Ilusionados.

Alicia Lis, 4 de Julio