Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



viernes, 23 de julio de 2010

36. Ayer tomé un popopilo

Ayer tomé un popopilo, como dice mi hijo Andrés.

Era un 152. Con mi amigo Daniel Rolleri siempre citábamos a Carlos Perciavalle cuando decía que era una buena línea para levantar minas. Va de suyo que ninguno de los tres –por motivos diversos-nunca levantamos nada.

Había dejado la camioneta en el chapista, no pasaban taxis y me lo tomé, cosa que no hacía en años. Total, eran las tres de la tarde, no venía tan lleno y había poco tránsito.

Escribo y me siento un poco Alicia, pero me pasó a mí.

Al subir (luego de caminar unas cuantas cuadras) llevaba en la mano un puñado de monedas (que había sacado de ese cajoncito del auto donde uno las ahorra como si fuera una alcancía, para poder comprar la seguridad de un cuidador al momento de estacionar por ahí). No tenía ni idea cuanto costaba el viaje hasta Coronel Díaz y Santa Fé (aunque con cinco pesos en metálico estaba seguro que me alcanzaría). Intenté mirar el display cuando la señora que me precedía sacaba su boleto, pero sin anteojos fue imposible ver algo, metí siete monedas (de las grandes) me devolvió ocho (de las chicas, esas que son más un fastidio que una reserva de valor) las guardé junto a otras en el bolsillo y nunca supe cuánto me salió el paseo.

Aceleradas y frenadas. Desacostumbrado a vivirlas parado, me sentía como en un simulador de snowboard (digo esto e imagino lo que estarán pensando muchos. Despreocúpense, yo pensé lo mismo, hace años, cuando una mujer me contó su primer viaje en colectivo, recién a los dieciocho años).

Al ratito de subir experimenté una vieja sensación olvidada: tenía calor, estaba sobre-abrigado. Cuando uno va en auto desde el estacionamiento de la casa al del escritorio nunca siente calor ni frío: o te sacas la campera y el sweater o prendés la calefacción o el aire ¡Listo! Muy fácil. En el bondi, con las ventanillas cerradas, sin climatizador con termostato, cargando una mochila y haciendo equilibro, no es fácil ni da ganas de sacarse, ni llevar más cosas en la mano. Así uno sufre abrigado en la caldera, con la ropa que eligió para atravesar el polo.

Busco un lugar donde apoyar la espalda (como en una catedral gótica, trato de distribuir mi peso sobre arbotantes, para alivianar la carga) luego, extiendo un brazo para tomarme del pasamanos y de la manga asoma mi Rolex Explorer (diseñado para escalar el Himalaya, aunque conmigo sólo subió hasta la base de las Torres del Paine) me lo cubro –rápido y torpe- con la campera. Aunque estamos atravesando barrio norte, ese exhibicionismo no es muy apropiado.

Se desocupa un asiento, pero reacciono lento y me lo ocupan. Lo mismo me pasa dos veces más ¡He perdido todo el entrenamiento de años para analizar el pasaje, identificar parada posibles, diseñar una estrategia de acercamiento y finalmente ocupar la posición! No hay caso: conocimiento que no se utiliza, se pierde.

Finalmente logro sentarme en el último asiento, con la espalda sobre el motor gasolero pero del lado de la ventanilla. A mi lado un hombre enorme carga una valija y una caja también enorme, todo sobre su falda. Viajo, comprimido.

En realidad, uno de los motivos de mi decisión era experimentar el viaje por Santa Fé (ahora que es doble mano) en dirección contraria a la habitual y poder mirar por la ventana. Me pasé todo una vida haciendo el trayecto en sentido inverso y quería ver que se sentía. NADA. Sólo un poco de náusea al principio y luego nada.

Ya recompuesto (de la nausea) recordé que en mi pesada mochila (no estaba programada para viajes a tracción a sangre) llevaba un libro. Lo busqué, me calcé los anteojos (mezcla de Tato Bores y Malcolm X) y redescubrí el placer de leer mientras otro maneja: nada de radios AMs ni FMs ni CDs escuchado trescientas veces (no sé a ustedes, a mi me pasa que yo renuevo muy de tanto en tanto la música que cargo en el auto).

Tenía en la mano, recién comprado, el libro 100 Razones Para no ir a la Escuela de Norberto Siciliani (sí, es el padre de Griselda; docente, Conferencista y Consultor en temas de pedagogía. Si bien no figura, todavía, en Wikipedia, tuvo la previsión de tener una hija actriz que ya tiene su artículo en ese lugar).

Hojeo el libro (duda que me carcome, Dr. Zorrilla, será "ojear" de pasar el ojo sobre la letra escrita u "hojear" de pasar las hojas sin un plan determinado esperando ser sorprendido por una revelación literaria) reviso la introducción y luce auspiciosa. Voy a la contratapa y leo (hablando sobre la escuela)…”Y la vida está en lo que me pasa contigo. La vida hoy se encuentra en el desencuentro…” Mucha poesía para un libro de pedagogía, pero una línea que saboreo mientas el sol, apenas tibio, me pega en la cara.

Me tengo que bajar, contigo.

Guillermo García Avogadro, 23 de julio

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