Borges describía al paraíso con forma de biblioteca infinita.
En ese contexto, le gustaba citar la paradoja de la triple dinastía de Directores ciegos de nuestra Biblioteca Nacional: Mármol, Grousac y él mismo, Borges.
Los conjuntos de tres, son los que estéticamente más me gustan (hagan su propia experiencia: ni dos, ni cuatro objetos crean el mismo efecto que tres, no sé por qué…pero es así).
Antes de ser padre soñaba con crear una triple dinastía de Guillermos: (por orden de aparición) mi padre, yo y mi hijo. Al nacer mellizos tuve que revisar la idea, llegando los dos el mismo día y a la misma hora no había excusas para justificar que sólo uno llevara ese nombre (fuera esto bueno, malo o neutro para él).
Así uno se llamó Andrés y el otro Benjamín. Me gustan los nombres sonoros, con acento ortográfico en la última sílaba.
El nombre Benjamín es parte de otra serie y creó su propia triple dinastía: mi tío, mi primo (ustedes ya lo conocen, es el Dr. Zorrilla) y mi hijo Benjy.
Pero hoy quiero hablar sobre mi tío Benjamín.
Mi tío Benjamín me enseño a cortar el bife con cuchillo y tenedor, atar los cordones de los zapatos y hacerme el nudo de la corbata (cuando deje el bochornoso corbatín con elástico). El proceso siempre fue igual, se negaba a ayudarme en esas tareas y me empujaba hacerlo por mí mismo.
Mi tío Benjamín era muy morocho y atlético, lo recuerdo en la casa de mi abuelo Papalito haciendo esa complicada figura gimnástica llamada bandera (se tomaba del pasamanos de la escalera con los dos brazos y a pura fuerza elevaba todo su cuerpo hasta ponerlo completamente horizontal y paralelo al piso, como una bandera desplegada en su mástil).
Cuando lo conocí era visitador médico, algunos veranos yo lo acompañé en su recorrida (no trabajaba mucho que digamos) por los pueblos de Córdoba. Al rayo del sol de una siesta implacable, dejaba abierta las puertas delanteras de su Citroën 2CV (si ustedes recuerdan, las puertas de ese auto estaban unidas por la bisagra al parante central, así se podían dejar abiertas con el auto en movimiento, ya que abrían en la misma dirección que la marcha) y allá íbamos nosotros refrescados (¿?) por el viento caliente de febrero. Yo no tendría más de once años y comentaba con mi tío una lectura que en ese entonces me aterrorizaba “El Exorcista” (tanto miedo me infundió ese libro que nunca pude ver la película, ni siquiera segundos de una sola escena).
Aún en ojotas y pantalones cortos transmitía seguridad, confianza en sí mismo, dominio de la situación.
Mi tío Benjamín me enseñó a ser un jugador decente de metegol prohibiéndome desde siempre el hábito infantil del molinete.
Ya grande estudió para recibirse de Ingeniero Agrónomo, era a mediado de los setenta y a las tardecitas salíamos por el campo a cazar bichos (se lo pedía algún trabajo práctico de vaya a saber qué materia). Me acuerdo todavía, de unas cajas de tabaco en lata, redondas y azules, donde él los guardaba.
También nos llevaba al río y nos metíamos en un bosquecito y cruzábamos arroyos, cubiertos de matas con espinas, nadando largos (¿?) trechos por debajo del agua. En esa época éramos expedicionarios.
Yo lo quería a mi tío Benjamín. Pero no era fácil, la familia lo tenía por poco trabajador, disperso y mujeriego, machista y conflictivo, un dolor de cabeza para mi tía July. Pero yo lo quería y no era fácil manejar esa tensión.
Como era previsible un día se separó de mi tía, se volvió a casar, tuvo otros hijos, se mudó y dejé de verlo por un largo tiempo.
Lo rencontré años más tardes en Buenos Aires, muy delgado, con pelo largo y barba, participando en el culto de Sai Baba. El gran hacedor de asados a leña, se había vuelto estrictamente vegetariano.
Así aparece en un video de esos años en los que me acompaña al aeródromo de Don Torcuato a tirarme en paracaídas.
Mi tío Benjamín no era el mismo. Tenía dificultades económicas y vendía masajeadores hechos por él mismo en madera, bajo el nombre de Ja-ben.
Dicen (dicen) que quiso sacar el registro de conductor profesional para manejar un taxi y lo bocharon. Yo no lo creo, no lo quiero creer. Mi Tío Benjamín había hecho hoyo en uno jugando al golf.
Unos días después, sin avisar, ni explicar por qué, muy fiel a su estilo, decidió irse y se fue para siempre, sin más, de modo brutal.
No fui a su entierro, nunca voy, escribo y se me llenan los ojos de lágrimas.
Cuando era muy chico estuve a punto de caer a un lago. Tamy la bóxer de mi tío Benjamín corrió, saltó y con sus patas delanteras me hizo a un lado empujándome sobre la tierra.
Yo lo quería a mi tío Benjamín.
Guillermo Garcia Avogadro, 29 de Julio
jueves, 29 de julio de 2010
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