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miércoles, 7 de julio de 2010

30. Pinceladas muy cargadas

Jaime Roullon es un arquitecto por un lado único (sus diseños son geniales) y por otro típico (sus presupuestos son incumplibles). Nació en Perú y nos hicimos amigos cuando coincidimos en Costa Rica. Ahora trabaja en Paris.
Una tarde me pidió lo llevara al aeropuerto, su madre luego de años de viudez había decidido desarmar la casa familiar y mudarse a un piso pequeño. Jaime la ayudaría con la mudanza.
No debe ser fácil desarmar la casa donde uno se crió. Jaime no quiso llevarse nada que le recordara su infancia, nada, estaba muy bien siendo el que ahora era. Entre la cantidad de cosas que removieron había un óleo de unos treinta centímetros de lado: un bodegón, un borrachín; pinceladas muy cargadas. El cuadro tenía un marco dorado que deslucía la obra. Jaime recordaba haberlo visto colgado en el cuarto de su madre alguna vez; hoy estaba apilado en el rincón de las cosas muertas.
Esa tela oscura fue lo único que Jaime se trajo a Costa Rica; la había pintado su tío Isidro en París a principios del siglo XX. Isidro había convencido a sus padres que tenía las condiciones necesarias para hacer carrera como pintor y la familia -de presupuesto holgado- apostó a tener un artista consagrado financiando maestros y estadía.
Varias semanas después, una noche lluviosa de diciembre (lluvia tropical) llego al estudio de Jaime y ese óleo pequeño me atrapa la mirada enseguida.
Me acerco a mirarlo en detalle, prestando atención al conjunto descuido al autor firmante: Pablo Picasso.
La firma de Picasso apareció cuando Jaime quitó el marco dorado de pacotilla.
Reconstruye Jaime una historia posible: al tío Isidro poco le interesaba la pintura o perdió ese interés, rápido, ni bien llegó a París. Prefería la vida bohemia y quizás ahí conoce al joven Picasso, tan hábil como necesitado de dinero. Es fácil imaginarse la escena,
Pablo, dale, píntame algo, cualquier cosa, rápido, para mandar a casa y asegurar la mensualidad.
Jaime con más voluntad que convicción trató infructuosamente que la
Fundación Picasso le reconociera el borrachito como auténtico. Pérdida absoluta de tiempo, una sola palabra fue la respuesta a una larga y documentada (¿?) presentación: Rechazado.

* * *

Cuenta
Juan Forn en Ningún Hombre es una Isla que el marchand inglés Anthony D’Offay decidió cerrar la galería y entregar su colección a la Tate Gallery. Una de las obras más valiosas era el Autorretrato en Rojo de Andy Warhol de 1965.
Ese año el
museo de Filadelfia le había ofrecido a Warhol la primera retrospectiva de su obra. Para celebrar el evento, se tomó unas fotos en una cabina de subte, eligió la más inexpresiva y la hizo estampar en veinte telas. Las primeras diez fueron coloreadas a mano por él. Para la segunda serie, sólo indicó al taller qué colores debían aplicarse. La idea de esta segunda serie era pagar deudas, pero cuando vio el perfecto acabado industrial, quedó tan encantado que mandó una de ellas para abrir la exhibición. El curador de la muestra la rechazó ofendido, a pesar de que Warhol argumentó que respondía fielmente a su ideario: hacer cuadros que carecieran de todo toque artesanal. Así las cosas, esas pinturas terminaron usándose finalmente para pagar deudas.

Cuatro años después, Warhol visita a su representante europeo
Bruno Bischofberger, quien tenía una de esas telas y le pide que, por favor, se la firmara. El artista accede y en el reverso le estampa la dedicatoria “To Bruno B, Andy Warhol, 1969”.
El “Bruno B” alcanzó su consagración cuando el respetado crítico
Rainer Crone lo incluyó en su catálogo razonado (especie de inventario canónico de la obra de un autor). La cosa no termina allí, Warhol lo elige como ilustración de tapa.
Desde ese entonces el “Bruno B” se convirtió en la pieza que todos los museos querían tener: es el primer cuadro en que lo único que hizo su autor fue posar para la foto y firmarlo cuando ya llevaba mucho tiempo terminado.
En otras palabras, el “Bruno B” es un Warhol precisamente porque Warhol no lo pintó.
Sin embargo, días después de la donación, la Fundación Warhol dictaminó que el Autorretrato en Rojo no era auténtico. La Tate lo devolvió y el valor de la obra cayó de seis millones de libras a cero.
Todo esto a pesar de que la obra fue autentificada tres veces por su autor: la firma, la dedicatoria al reverso y la inclusión en la tapa de un catálogo razonado.

* * *

Anthony y Jaime están atravesados por un secreto vínculo, aunque de modo especular.
Mientras Anthony siente que su honor y hacienda han sido irremediablemente afectados y continúa batallando, amargado, en todos los frentes posibles; a Jaime -que es un verdadero esteta- poco le importa la valuación de mercado. El goza todos los días de un Picasso auténtico cada vez que levanta la vista desde su mesa de trabajo.


Guillermo García Avogadro, 7 de julio

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