Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



lunes, 26 de julio de 2010

37. Terapia

Son las 4 y 50 del domingo y el departamento está helado. El hijo de Oscar no prende la caldera los sábados.
El hijo de Oscar heredó de su padre el trabajo de portero. Oscar murió antes de que yo llegara al edificio y sin embargo nadie llama al hijo por su nombre. Yo ni siquiera lo sé. El chico (ya tiene más de cuarenta) se quedó con el trabajo pero el padre le robó el nombre (una verdadera fiesta para Eric Erickson).
Tengo puesto un pijama de franela y un sweater y un pañuelo al cuello.
Me repaso con los dedos la barba crecida del fin de semana, áspera e irregular. Me gusta la sensación de abandono planeado.
Silencio absoluto. Miento, escucho una canilla gotear (escucho una canilla gotear dentro de mi…).
Recorro con la mirada mi biblioteca. Ya saben, vivo en un departamento (dos ambientes a excelente pulmón de manzana) atestado. He tenido que tomar medidas drásticas, de los libros que me interesan, sólo guardo las páginas que he subrayado; doy por sentado que el resto no es más que relleno y lo mando a la basura.
A Emily Dikinson (¿Casualidad? es el segundo “son” de alguien – Dikin-son; Erick-son - justo cuando empecé hablando del robo del nombre por un padre muerto).
De nuevo, a Emily Dikinson su maestra la regañaba, en el siglo XIX, por anotar y subrayar los libros. Ella contestaba que nadie paga diez centavos por un kilo de libros viejos. Con el e-book pisándonos los talones yo uso la misma defensa con los que se horrorizan por mi método de archivo no-digital.

Acabo de ver en una maratón la primera temporada de In-treatment (en terapia) que me prestó Alicia.
Si no lo saben ya, la serie se organiza semanalmente a través de cinco sesiones de terapia de Paul, en las cuatro primeras como analista en la última como paciente.
La serie puede ser vista como la contra-cara de 24 Horas. Donde en una hay tortura, en la otra encontramos interpretación para hacer conciente-lo-inconciente.
Las dos simulan pasar en tiempo real (aunque tarden quince minutos para cruzar Los Angeles o la sesión dure escasos veintitrés).
Mientras que la principal audiencia de una es machos de derecha (concientes de ello o no) la otra es psicoanalizados varios, creo, preferentemente mujeres (habría que ver quiénes fueron los anunciantes cuando la pasaron por HBO).
Para los dos grupos, ambas ficciones son adictivas (no se puede dejar de ver un capítulo detrás de otro). A mí me pasó exactamente lo mismo en los dos casos ¿Seré un esquizofrénico moderado? ¿Ser-macho-de-derecha-y-psicoanalizado-con tendencias-femeninas será el inicio de un proceso de extrañamiento y de despersonalización como indicaría el inevitable Otto Fenichel?


Las sesiones lucen realistas pero no hay silencios embarazosos, tiempos muertos, reiteraciones o narración de banalidades. Sobra la tensión, los descubrimientos, los reproches, las amenazas, demandas, llantos, catarsis, actuaciones y enfrentamientos. Transferencias, contra-transferencias y re-contra-transferencias.

Al final de cada sesión digo ¡Qué actuación bárbara la de esta mujer, de este hombre, de esta chica! Todos son unos bárbaros. Pasa que todos los actores de Hollywood lo son, pero con tanta necesidad de salvar a su presidente, país o el mundo no tienen muchas oportunidades de dejar de saltar, patear, disparar y correr. No pueden darse el lujo de detenerse, conversar y emocionar-nos. Encerrados en un consultorio no tienen más remedio que hacerlo, es su única salida.

La serie nos propone el dilema de qué hacer cuando el paciente requiere algo más que la escucha del analista, hasta dónde llega nuestra responsabilidad por el prójimo y si alguien sumergido en profundos conflictos puede ayudar a otro (aquí mi respuesta preliminar es: Sí!).

El analista es Gabriel Byrne y su supervisora Dianne Wiest y todo acontece en un suburbio de clase media alta de la costa este. Todo muy americano, sin embargo la serie es la versión de un éxito israelí (Be Tipul) creado por Hagai Levi y producido para HBO por Rodrigo García, hijo del colombiano García Márquez (que se mutiló el nombre, para no pasar por lo mismo que mi portero).
Tuve curiosidad de ver la original (donde Paul se llama Dagan) pero en seguida recapacité y me di cuenta que para hacer frente a tanta adversidad psicológica se necesita de todo el glamour de Hollywood y no investigué más.

La serie es para los que disfrutan de la conversación y la re-flexión.

Les dije, vi la primera temporada en una versión trucha que me prestó Alicia (rarísimo en ella que hasta el trapo de piso lo compra de marca, Alpargatas en este caso). Todo bien, pero la grabación tiene la particularidad de que no permite poner pausa y cada vez que uno la detiene, hay que empezar todo desde el inicio nuevamente.

Siempre que nos detenemos, volvemos al principio y como ya todos lo sabemos En el principio fue el verbo (Juan 1,1)
(1).

(1) Nota. Así empieza la historia del hombre, perdón, del Dios que mandó a morir a su Hijo ¿Habrá hecho terapia? ¿Les habrá echado la culpa a los padres? ¿Habrá sabido perdonarse?

Waldo Williams, 26 de julio

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