Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



martes, 16 de noviembre de 2010

57. La Edad de la Inocencia

En la estación de Segovia me esperaba el notario don Conrado Cevallos.

No sé qué imagen se harían Ustedes de un escribano con ese nombre, pero el real tiene poco más de treinta años y llevaba en su mano La edad de La Inocencia de Edith Wharton. Toda una sorpresa que me alegró la mañana. No tanto por su porte de surfer –estaba recién llegado de Guanacaste- sino por el libro que leía, el libro de una infidelidad que no fue.

El chico me llevó en una Nissan Xterra al despacho de don Conrado Cevallos padre -el notario que todos nos imaginábamos antes de encontrarnos con el hijo- donde firmé rápidamente los papeles para extender el arrendamiento de una finca y cumplir así con el objetivo del viaje.

Estaba en la ciudad del enorme acueducto romano. Ocho cuadras de longitud y veinticinco mil bloques de granito unidos sin ningún tipo de argamasa. Todas las piedras son bien diferentes entre sí, aunque todas estén cortadas en forma de cuña para ir construyendo el arco. Cuando lo vi por primera vez entendí el significado cabal de piedra angular, la última piedra que ponemos para cerrar el arco y al cerrarlo lo sostiene. Una arquitectura para distribuir el peso hacia abajo y los costados. Una arquitectura para resistir los rigores. Una arquitectura con terapia incorporada.

Segovia es la ciudad donde una niña fue coronada reina y esa reina fue la increíble Isabel de Castilla.

Cruzo un pórtico medieval con ángeles sucios amuchados como palomas, camino por el dédalo de la judería, me encanta la ciudad vieja pero sin embargo nada me distrae de mis recuerdos de La Edad de la Inocencia.

Debo reconocer que leí el libro luego de ver la película de Martin Scorsese.

Historia de un triángulo amoroso imposible, un triángulo de dos lados.

En la New York de fin de 1800, Newland Archer (Daniel Day Lewis) es un caballero que está comprometido con May Welland (Winona Ryder). Todo cambia cuando él conoce a la prima de ésta, la condesa de Olenska (Michelle Pfeiffer) que acaba de abandonar en Europa
a su infiel marido.

Los amantes mantienen una relación intensa pero platónica por meses. Repentinamente Olenska le anuncia a su amante que volverá a Europa
para establecerse sola. Newland planea romper con todos los esquemas sociales y abandonar a su mujer para seguir a Olenska pero May le informa que está embarazada. Newland renuncia a seguirla y ella parte sola. Nosotros nos enteramos, pero Newland no, que Olenska sabía por May de la llegada del bebé.

La historia continúa veintiséis años después y cuenta cómo se desarrolla el matrimonio
de Newland y May, sin amor pero cumpliendo con todos los deberes que la sociedad les impone. May muere. Tras enviudar Newland viaja a París. Ya en la ciudad vacila, duda de rencontrarse con su amante, le pide al hijo que entre solo a la casa de Olenska. Taciturno, recuerda los momentos pasados con esa mujer. Las imágenes lo atrapan, no precisa volver a ver a su antiguo amor. No me quedaré mucho tiempo, dice Newland, apretando los labios con esfuerzo.

Scorsese declara “Los temas de La Edad de la Inocencia son los que me atraen desde hace veinte años. La culpabilidad. El deseo. No poderlo cumplir. Estar obsesionado por alguien. No poder satisfacer esa obsesión”.

Me casé y viví amando a Patricio mi marido, pero siempre, en secreto, me pregunté qué hubiera pasado de haberme enamorado locamente de otro, las respuestas me las daba más la tradición religiosa que mi propio corazón (suena cursi, sí…bueno, entiéndame, estamos dentro del mundo de la novela romántica del siglo XIX).

Llego al Alcázar (en árabe casa del rey) tiene forma de barco, lo rodea un acantilado profundo, roca dura y negra como el acero. El castillo fue construido, reconstruido, incendiado y vuelto a levantar. Sin embargo hay elementos, dinteles, una columna, el arco de una ventana, que permanecen iguales a como los conoció Isabel cuando esperó escondida aquí que la coronaran.

En un balcón, una cruz sobre el piso de piedra. De allí se le cayó al vacío el hijo de un rey a su ama. La mujer no lo dudó, ella también se arrojó a la muerte.

Vuelvo sobre mis palabras (recuerden, en este blog no corregimos ni una sola línea) No es la religión, no, nuestros hijos son la piedra angular, ellos nos sostienen y hacen resistentes.

Martin Scorsese venía de filmar El Toro Salvaje cuando rodó La edad de la Inocencia, en ese entonces decía “Estar obsesionado por alguien y no poder satisfacer esa obsesión, la convierte en peligrosa. Es la obsesión de Travis Bickle en Taxi Driver, obsesión que termina explotando y destruyendo todo en un baño de sangre. Aquí la destrucción se hace más educada, más elegante. Tampoco es total. Hay mucha sangre derramada, pero se trata de otra sangre, la sangre de las emociones. La Edad de la Inocencia puede que sea el más violento de mis films”.

La sangre de las emociones.

Llueve ligero, a paso rápido doy con el hostal donde vivió Antonio Machado. Miro a través de una reja y espero que el santo me toque con su genio

“Alma quiero anotar en mi cartera,
La gracia de tu rama verdecida”


Fin del viaje.

Alicia Lis, Segovia, 16 de Noviembre, 2010


viernes, 12 de noviembre de 2010

56. El agua cubre un lagarto

Ricardo Güiraldes en 1915 paga de su bolsillo la publicación de El Cencerro de Cristal. Nula repercusión, sobran los ejemplares. No los quema, no. Los tira al fondo de una laguna para convertirlos en barro esencial.

Acabo de leer la entrada de Guillermo sobre la vida de las fotos.

Hace años que las evito. No hago una escena si alguien me pide una, pero las evito.

Como en las mudanzas, donde tratamos de reunir elementos afines en una misma caja, con el único propósito de poder rotularla de manera concluyente con un “CDs de Jazz” o “Repasadores”, creyendo así que el universo tiene un sentido, un orden, busco en plan Abaddon cada retrato –como decía mi abuela- que haya en casa.

Lo saben, vivo en un dos ambientes a excelente pulmón de manzana en la calle Las Heras. No sobra el espacio.

Indago los fondos del placard, los cajones del escritorio, el freezer, entre las hojas del diccionario Oxford, en el cubo de libros que oficia de mesita de luz, en los estantes de la biblioteca, en bolsillos, en carpetas, en sobres y en cajas debajo de mi cama. Desarmo álbumes y marcos, primero con delicadeza quirúrgica luego de cualquier manera, rápido, sin que importe el daño colateral. Dejo de contar cuando llego al número setecientos quince.

Estoy parado en el dintel de la puerta, el vidrio del espejo está empañado, el agua cubre un lagarto de fotografías en el fondo de la bañadera. En el borde, cerca de la canilla que gotea, una foto mía, muy chico, flaquito, al lado de una maceta con un gomero desangelado. La imagen es muy triste.

En mi cabeza se gatillan centenares de imágenes iguales.

Destruyo imágenes con la modesta ilusión de terminar con el pasado, pero el pasado siempre está ahí, en mi cabeza.

Williams James dice que lo recordado es el último recuerdo, no lo que nos pasó. Cada vez que recordamos, cargados con la particularidad del momento, vamos modificando irremediablemente lo ocurrido. Así las historias se hacen más esenciales, algunas se desdibujan otras devienen épicas.

Aunque pudiéramos extirpar con éxito nuestro pasado, como en Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos, creo que -sosteniéndose en una vivencia lateral y mínima- algo en nuestro interior, a su manera, lo volvería a reconstruir, porque somos lo que fuimos, con nuestras grandezas y mezquindades, con los amores perdidos y vueltos a perder, con las certezas y las vacilaciones y lo valiente y lo cobarde y lo seguros e inseguros y lo consecuentes y dispersos que pudimos ser. Somos lo que tejemos y si destejemos no somos nada.

Nuestro pasado es, de algún modo, nuestra conciencia moral.

Chuang Tzu fue el emperador que levantó la muralla China. También mandó a quemar todos los libros previos a su gobierno, quería borrar el recuerdo de su madre, una cortesana. Fracasó.

Abolir el pasado es un trabajo para dioses, remediarlo una iniciativa heroica pero posible a los hombres. Como Chuang Tzu, dos tareas enormes y de signo opuesto.

Todos tenemos un muro pendiente.

Mis fotos llegaron al mundo en un entorno líquido, como en los funerales de los pueblos del Amazonas, me dejan del mismo modo. El agua limpia las heridas pero no cicatriza.

Debería ser de noche y llover torrencialmente, pero no, es de tarde, hace calor y no se mueve ni una hoja. En el jardín de la planta baja, una tortuga.

Waldo Williams, 12 de Noviembre

jueves, 11 de noviembre de 2010

55. Dos minutos y cuarenta y cuatro segundos

Todavía hay fotos, muchas, copiadas en papel.

Las fotos tienen su ciclo de vida, en un primer momento atraen, son motivo de alegría; luego crean nostalgia, más tarde nos tienta cortarlas en dos; al final evitamos ciertos sobres, vuelven rápido a su caja.

Los equipos digitales cambiaron la cultura fotográfica. Hoy se registra todo, siempre hay a mano un dispositivo que recrea, casi, el cuadro a cuadro del cine. No hay distinción, no hay recorte, siempre el universo completo, siempre, sin sorpresas.

No existe sorpresa cuando todo está a la vista. Totalidad y repetición, tedio.

Antes (palabra propia de la vejez) cada disparo estaba precedido por un… Mirá que buena va a estar esta foto. Había evaluación, selección. Cuidábamos cada disparo. Era una cuestión técnica, económica y cultural. Elegíamos los temas y los planos. Imágenes -concentradas alrededor de claros momentos vitales- que aumentaban o disminuían según el va-y-ven del costo de la película. La adolescencia se llevaba gran parte de la cuota.

Fines de los setenta, inicio de los ochenta. Dólar barato, película para fotografiar.

Tengo en mi mesa los sobres de esos años. En cada foto aparece Daniel Rolleri, ente los quince y los veinticinco.

Estamos con Daniel en una mesa de Los Inmortales, con el elenco de Los Mellizos Menaechmi. Foto en blanco y negro compartida con mozos mirando a cámara. Otras al lado del rastrojero del inefable Alberto Estévez, en bicicleta y con las alpargatas en la mano; en cueros, muertos de calor en la cabina de sonido de un teatro; abrazados en posición fin-de-cuadro-musical a la salida de un ensayo en el San Martín; de pantalón gris y camisa blanca compartiendo la línea de coro al lado del maestro Albinarrate; en un asado del colegio sirviendo vino a Oscar Traversaro; con remeras Hering, pelo revuelto y sal y zapatillas Rahína caminando por la Ipanema del viaje de egresados; con blazer azul en la puerta del Jockey Club, en el Caribe con Esteban y Guillermo Martini, en el balcón de su casa, en Miramar, en todos lados… fotografiados por su (Asahi) Pentax, más precisamente por la de Carlos, su papá.

Daniel fue mi primer amigo. Lo conocí a los cinco, en el normal 6 de Palermo. Ahí fuimos los payasos que roban caramelos en la canción de María Elena Walsh. Terminamos juntos el jardín, entramos y egresamos del Guada, nos metimos en Derecho, él se recibió de abogado, yo de psicólogo. Los mejores años fueron los años donde el teatro nos ganó.

Googleo. Presente del indicativo del verbo buscar.

Google viene de Googol, número compuesto por un uno seguido de cien ceros, no tiene más utilidad que representar una cifra enorme. El nombre fue dado por el matemático Edward Kasner quien se lo robó a su sobrinito. Repita en vos alta googol…no puede ser otra cosa que un balbuceo infantil.

Googleo Daniel Rolleri, 58,000 resultados. Una cifra inútil y enorme, donde se mezcla Daniel Alejandro Rolleri con un Deiniel Rolleri.

Daniel se recibió de abogado con la misma convicción que lo hizo Manuel Mujica Laínez. Le gustaba la náutica y ya había en su conversación un vocabulario ambientalista. Se fue a Estados Unidos a buscarse a sí mismo e hizo un post-grado en literatura. Aquí los blancos en mi registro comienzan a ser enormes. Se casó en España, recibí la participación, luego la historia se adelgaza hasta desaparecer. Soy el único responsable de esa pérdida.

Hoy veo su registro en U-Tube, hablando en un español que no es de aquí y no es de allá. Es el capitán del MarViva y su porte y decir nos recuerdan los documentales de Cousteau, que a él le gustaba parodiar. Lo que más me impresionó es cuánto se parece a su padre, al Carlos Rolleri que conocí con la edad que tiene Daniel hoy. Oscar Wilde decía, casi como una advertencia, Todas las hijas terminan siendo como sus madres. He comprobado una y otra vez, que la misma regla aplica a los varones.

El barco de Daniel está amarrado en Barcelona y es parte de una campaña para concientizar sobre el problema del atún en nuestros mares. Con lógica de hierro Daniel dice que mientras haya pescado en el super, la gente piensa que el único problema de los océanos es la basura que nos arroja de vuelta a la playa. Entonces allí está él para recordarnos que la cosa no es tan así. Quizá sea una causa perdida, que como dice Waldo, son las únicas por las que vale la pena pelear.

Recuerdo las líneas de Sábato, Leemos en la primera hoja del diario sobre un terremoto en la India que terminó con la vida de mil personas y nos asombramos una vez más de la fuerza destructora de la naturaleza, damos vuelta la página, leemos que nuestra selección fue derrotada en el minuto final y nos amargamos largamente mientras revisamos los comentarios. Lo único que sucede es lo que nos sucede a nosotros. Sólo lo muy cercano nos conmueve.

Vuelvo la vista sobre las viejas fotos, hay una muy chica que está perdiendo el color. Es un cumpleaños, tendremos no más de ocho, yo estoy bailando (¿bailando?) con Liliana, la hermana de Daniel, él nos hace muecas. Tan lejos y tan cerca.

Daniel, payaso, oficial naval, amigo, explorador, Joe Black, fotógrafo, defensor de causas perdidas, dos minutos y cuarenta y cuatro segundos de imagen en internet, donde quiera que estés un abrazo, como en Casablanca, por los buenos tiempos.

Las fotos vuelven rápido a su caja.

Guillermo García Avogadro, 11 de Noviembre, 2010


martes, 9 de noviembre de 2010

54. Una mala novela

Puedo llevarla a Segovia en el auto, dijo el abogado.

Suena a mala novela, quizá por eso me negué y no por temor a que la viudita fuera acosada en su Mercedes. El Dr. Menéndez y Pelayo sería incapaz de eso.
Una mala novela es donde sucede, todo aquello que, por previsible, decimos, no, no, esto no puede pasar… y sin embargo…pasa una vez más.
Es más probable que haya decido hacer el viaje en tren porque soy fiel a mis creencias “las autovías no son el mejor lugar desde donde mirar un paisaje”.

Y aquí estoy ahora viendo pasar la meseta castellana por mi ventana.
El cielo está cargado con mil tonos de grises. Llueve y el vidrio se cubre de gotas ligeras, cabecitas de alfiler.

Tengo puesto remera, jean y zapatillas básicas que compré en El Corte Inglés (¿No es un poco paradójico el nombre de la más emblemáticas de las cadenas españolas?). Vistiendo completamente no-logo, luzco lista para un casting de Gap.

El vidrio refleja mi perfil, no soy una nenita, aunque en el andén unos chicos de veinte y pico me miraban y no en plan de salida-con-mi-tía-abuela.

La vejez tiene tres etapas, la primera supone la pérdida de frescura; la mirada y la sonrisa no tienen el mismo brillo, los gestos se endurecen, aparecen líneas en el contorno de los ojos y en la comisura de los labios, el pelo olvida gracia y movimiento y a la larga hay que cortarlo un poco. Yo ya estoy ahí y se qué Gap no me llama ni loco para su próxima campaña. En la próxima etapa, lo sé (y espero que el gimnasio me ayude a mantenerla a raya) es cuando el cuerpo deja de respondernos como siempre, nos cansamos más, nos doblamos menos, nos duelen más cosas más seguido. La tercera y última es cuando se pierde el interés por lo que nos rodea, cuando cada vez son menos las cosas que nos retienen, quizás sea una preparación para la despedida.

Tres pérdidas. Primero perdemos la imagen donde nos gusta reconocernos (y que sólo los escritores logran perpetuar en la foto publicada en la solapa de sus libros). Luego, la pérdida de la confianza en nuestro físico, perdemos seguridad. Por último perdemos interés en el mundo, que es lo que más nos aleja de lo humano (vean en cambio, la avidez por el mundo de los chicos-chicos). Alejarnos de lo humano, nos acerca a otra cosa.

Este mismo viaje lo hice feliz, recién casada, hace veinticinco años. Hoy lo hago sola y estoy triste. Recuerdo que en ese viaje, como en un cuento de García Márquez, me hice un rasguño mínimo en la yema del índice que no dejó de sangrar durante más de dos meses. Toda la ruta quedó indicada con un hilito de sangre. Copio a Francoise Sagan, Conocía el remodimiento y el fastidio. La tristeza, no. Ahora siento algo que me envuelve, como una seda enervante y dulce, que me separa de los demás. Hay un secreto vínculo entre vejez y tristeza.

Ojalá (Oh! Alá) que salga el sol.
Ojalá que me encuentre ya, de sorpresa, con alguien querido.
Ojalá que me abracen.
Ojalá.

Alicia Lis, Segovia. 9 de Noviembre


viernes, 5 de noviembre de 2010

53. Sólo el color y la forma

Tomo el subte en la estación Nuevos Ministerios (¿Hay un nombre menos “Siglo de Oro Español” que Nuevos Ministerios?). En el viaje me dedico a observar rostros y ropas. Sin que la gente se ande matando de risa, se nota en la mirada cierta ilusión que no se refleja en la tristeza de Buenos Aires.

Me bajo en el centro y cerca de El Prado encuentro un restaurante con menú de nueve euros donde comen los locales. Empiezo por guisantes con jamón (arvejas. El mozo me pregunta ¿Punto medio? Las tratan igual que nosotros a la carne). Luego cocido, que es cerdo, tan exquisito como el primer plato. En cada mesa, al lado de la carta, una botella de medio litro de vino tinto. En cada mesa, inclusive en la de las abuelas.
Natilla, la cuenta y directo al museo Reina Sofía.

El edifico en el pasado fue un hospital. El frente da a una plaza seca ¿Hay alguna que no lo sea en Madrid?
Las salas generales, largas, blancas y de techos bien altos albergaron soledad, dolor y esperanza. Hoy lo mismo pero sublimado en –algunas- obras de arte.

Camino lento esperando que alguna pintura me gane el ojo. La primera alegría “Peña Literaria en el Bar Pombo”. Ramón González de La Serna (Greguerías) y sus amigos (Borges que lo mencionaba siempre con cariño ¿Se habrá sentado alguna vez a esa mesa?). Bodegón bien pintado y un sifón sublime, envidia de Duchamp y su mingitorio sin agua ni orines.

Juan Gris a veces sí (me gusta mucho) a veces no (me gusta nada). Éste me gusta, una guitarra que luce enorme, henchida y colombianísima, respirando con fatiga al lado del Journal y el Dubonet infaltable. Al frente un trabajo de no recuerdo quién (que mal Alice, que mal…). Nada más que la palabra Dubonet. Cada letra de color diferente. Una pintura que es sólo el color y la forma de cada sílaba del alcohólico y entrañable licor.

Salvador Dalí tiene un período cubista de no sé cuantas obras que no puedes dejar de ver. Describo una (tarea inútil si las hay) tres payasos (muy típicos de la escuela) en formato muy alargado, a un lado un velero resuelto por tres triángulos, un velero esencial. En el cielo flota una nube por demás algodonosa. El detalle en ese conjunto es más potente y significante que toda su colección de relojes a punto de caramelo.

Tome a cualquiera que alguna vez haya hojeado un libro del tipo 100 obras maestras de la pintura universal (libro donde es prácticamente imposible encontrar una estampa japonesa) y pregúntele ¿Qué cuadro recuerda de Picasso? y dirá Guernica, aunque lo único que recuerde sea la palabra Guernica.

El Guernica es un buen ejemplo de que puede existir arte por encargo. Picasso lo terminó en dos meses a pedido del gobierno Republicano para ser expuesto en la Feria Universal.

Impresiona el cuadro y cada uno de sus bocetos, algunos en blanco y negro y muchos en color.
La monocromía final fue una decisión meditada, tanto como los dientes que apuñalan encías o las manos que ciñen sus víctimas, quebradas, al igual que cada línea de la tela.

Nota de color (redundante en un museo de arte). La audio-guía presenta un locutor que lleva el peso de la narración y tres invitados especiales, los hijos de Picasso y Miró y la hija del escultor Caraballo. Cada invitado lee su texto con precisión evangélica. Sin embargo, en un momento la hija de Caraballo parece liberarse del ritual y la ortodoxia y se despide confesando que prefiere los trabajos clásicos de su padre, previos a la influencia de su amigo Picasso, el homenajeado.

En el segundo piso, más Tapies que en la Fundación Tapies de Barcelona; cedidos por Telefónica que me parece no sabía donde colgar semejante colección y un par de Bacon, que siguen sin decirme nada.

La parte nueva del museo debe haber costado su dinero y tanto su gramática como la solución propuesta no le llegan ni a los talones al viejo hospital. Encima parece que no sé que madera amazónica usaron medio de contrabando haciendo que los de Greenpeace se les pusieran bien en contra.

Fin del recorrido, cansadita hice esfuerzos para entrar al café, inútil, nunca entendí el mecanismo de apertura de las puertas. No lo lamento, adentro luce un barracón oscuro. Doy media vuelta y cruzo a un VIP donde pido un chocolate con manzanilla (la combinación es propia).

Alicia Lis, Madrid, 5de Noviembre

miércoles, 3 de noviembre de 2010

52. No hay

Jogging, jeans ajustados mostrando la raya, caídos, enormes, embutidos dentro de botas tejanas blancas, charol verde manzana, zapatillas que son chancletas porque no tienen talonera, zapatos taco aguja y puntera aguja, borceguíes, borcegos, calzas, polleras tubo, asimétricas con volados, gitanas, hindúes, minis y maxis de lona, de gasa, de cuero ¡De goma! Print animal, mandalas y camouflage, hello kitty, ben 10, negro, rosa chicle. Campera-puma, bolso-adidas, lycra, algodón, tres tiras, dorado, cobre, plateado, lentejuelas, piloto gris plomo hasta el piso, velo y tercer ojo, Kosiuko sin ruedo, tapado de hule, gorro peruano, mochila alpina.

Describo lo que veo al pasar a mi llegada a Barajas.

Me pregunto ¿Existieron alguna vez los años 50 con esa moda disciplina-disciplina, completamente perdida y apenas entrevista en los comerciales de wiskies y champanes? Digo ¿Será que todo ese mundo tan Jackie se lo tragó para siempre la quiebra de Pan-Am, dejándonos sólo esos bolsitos celestes que tanto usaron ¡Oh paradoja! los obreros de la construcción que llegaron caminando desde Bolivia?

¡Una transfusión de Desayuno en Tiffany! ¡Urgente, por favor!

Juntos vamos creando nuestro estilo muy Me-pongo-lo-que-quiero-¿Y-qué? mientras nos recortamos sobre las vidrieras impecables, clásicas y precisas de Hermes, Bulgary y Burberry.


No hay contradicción alguna.


Alicia Lis, Madrid, 3 de Noviembre

jueves, 30 de septiembre de 2010

51. Disfrazado de cangrejito

Alicia es devota de los números primos, por eso quizá, no hizo ningún comentario al escribir la entrada cincuenta. Los números primos son los únicos divisibles por sí mismos y por la unidad…y no se descubrió todavía el algoritmo que permita identificar el siguiente en la serie. Matemática por intuición y prueba y error, quizá la más humana de las matemáticas. Alicia hubiera pagado por escribir la cincuenta y uno…y se le escapó por poco (en realidad por aplicada, al sustituir a Waldo un par de veces, cuando no cumplía con su aporte. Regla de vida número 1. Siempre es bueno incluir a una mujer en el equipo de trabajo).

Tengo la extraña habilidad de visualizar el resultado de una operación aritmética. En el secundario, mi proceder era regresivo, de una respuesta inicial intuitiva (digamos, 15.500) volvía hacia adelante tratando de encontrar la línea de causas y efectos que producían ese resultado. Así, a pesar de ser "rápido" con los números, va a ser poco lo que pueda ayudar a Benjamín y Andrés.

Hoy todos los padres hacen nuevamente el colegio, año por año, con sus hijos. Puede ir desde el dibujo de un cabildo hasta resúmenes y fichas de historia, pasando por trabajos del día del medio ambiente, dictation, matemática y física ¡No! Matemática y física es el espacio inexpugnable de la solidaria (y solitaria) profesora particular, pero sí geografía política y si me descuido música y gimnasia…Má! no me ayudás con las flexiones que no me salen…

La paradoja es que estos mismos padres aplicados, candidatos al cuadro de honor y abanderados honoris causa, recibieron poca o nula colaboración de sus propios padres. Lo digo, porque ellos eran mis compañeros de colegio y me acuerdo como intentábamos solitos y sin internet resolver el móvil del sistema planetario.

Segunda paradoja. Hoy buscamos colegios con estándares altos, exigentes, que preparen a nuestros hijos para sobrevivir en un mundo hostil y competitivo y terminamos nosotros haciendo su tarea.

Este año participé en no menos de cinco entrevistas de admisión para salita de tres años. Algunas reuniones de información la compartí con otros padres. Preguntas más frecuentes escuchadas ¿Hay actividades extra-programáticas –optativas, claro está- al finalizar la jornada? (recordemos, tres años) ¿Les dan tarea? Queremos que se acostumbren de chicos a cumplir con sus obligaciones (repito tres añitos)…Es bilingüe, claro… ¿Pero que carga de inglés tienen los chicos? ¿No piensan en taller de chino…Usted vio la importancia que está teniendo China? (no me rindo…tres añitos, recién cumplidos)…¿Clases de yachting? (primero tiene que aprender a nadar, señora) ¿Informática, iniciación en redes sociales? (a partir de los cuatro, señora) ¡Recién a los cuatro, escuché que en Singapur a las embarazadas le están pasando el mouse por la panza para que el bebé vaya tomando contacto con la tecnología!.. Digo…Usted es la directora, pero ¿No estaremos siendo poco exigentes, no estarnos creando una generación de holgazanes a los que le damos todo servido? (última vez, y lo digo de otro modo para no aburrir, treinta seis meses…)…y al final…nosotros terminamos haciendo la tarea. Somos alumnos ortopédicos.

Tercera Paradoja. Hoy los actos están a cargo de los padres. No son los chicos quienes actúan de príncipes, hadas o payasos sobre el escenario…no, son los padres, tengo amigos que han protagonizado pollitos, ogros, canguros y hasta árboles y buzones. Las madres defienden esta inversión porque les encanta hacer de Blanca Nieves o Bella y ver como las miran embelesados sus hijitos…pero yo no me veo disfrazado de cangrejito o de tomate. Pero no porque me reúse a ponerme un caparazón rosado y a cantar a coro We are the World con otros rehenes de esta paidocracia. Es porque creo que los protagonistas deben ser los chicos, ellos son los que deben aprender lo que se aprenda de estas experiencias. Nada, como diría una modelo, los padres pareciera que son felices de volver a la niñez, como cuando ellos eran chicos, porque en la de ahora estarían cómodamente sentaditos en la platea.

Suena el teléfono. Una madre amiga. Se queja, pero en realidad se regocija de estar ayudando a su hijo en Historia, materia que dice haber detestado toda la vida, aunque nunca dejó de ser buenísima alumna.

A mi siempre me gustó, seguramente porque nunca hice la distinción inglesa entre History and stories. Yo siempre la viví como una rama de la literatura.

Creo que es falso, eso que nos decían, que aprendíamos Historia para no cometer los mismos errores del pasado. Nunca cometeremos los mismos errores, serán nuevos, porque las situaciones siempre son nuevas aunque se parezcan mucho a sus abuelas. Creo que se empezó a enseñar historia para fortalecer la identidad de los estados, la nacionalidad, por eso la abundancia, la casi exclusividad de batallas y listas de gobiernos reales o democráticos. Agradezco a Oscar Traversaro, profesor de tercer año, por hacer un alto el fuego e incluir dos o tres clases sobre El Renacimiento Italiano que me inició en el mundo de las madonnas y no me refiero a Louise Veronica Ciccone.

Adolescente la historia Argentina me prendió fuego. Soy sobrino-nieto del general Pedro Aramburu, recuerdo en la casa de mi abuela una foto enmarcada de Paco Manrique conmigo en la falda. Su secuestro y asesinato, las circunstancias, el pedido a Firmenich que le atara los cordones antes de la ejecución, el frío proceda como última palabra…todo eso en casa era un mito familiar enorme, por el otro lado, en esos años de democracia naciente, la toma del poder, los fusilamientos de Tristán Suárez…yo quería saber…yo quería entender… la historia Argentina me prendió fuego.

Quizá la literatura nacional se inició con los escritores que se oponían al régimen de Rosas. Quizá Facundo es el mejor ejemplo, mezcla de ficción e historia, difícil identificar donde empieza una y termina otra.

Como en el tango Por una Cabeza, que al escucharlo no reconocemos cuando deja de cantarle al caballo perdedor para cantarle a la mujer que lo tiene perdido.

Esa es mi historia, una madeja confusa de mito y realidad y luchas de poder y amor y sexo y violencia y gestas heroicas y asesinatos y creaciones sublimes y sexo y batallas y conquistas y pérdidas y reconciliaciones y castillos y exilios y cordilleras y barcos a la mar y playas y ponientes…aunque claro, todavía dentro de esa tormenta pueda recitar de memoria -y por orden de aparición- los virreyes del Río de la Plata (Ojalá que mañana me tomen eso!).

Guillermo García Avogadro, 30 de Septiembre

martes, 28 de septiembre de 2010

50. Tinta azul lavable

L'Art c'est l'azur
Víctor Hugo


Me gusta como los muebles de rattan se amoldan a nuestro cuerpo, flexibles y acuáticos, como diseñados por Bauman, el filósofo de la sociedad líquida. Este juego de jardín es centenario, lo trajo de Ceylán Ricardo Güiraldes y se lo regaló a la tía Delfina cuando le comunicó que se casaría con Adelina del Carril. Mami decía que a Güiraldes le encantaba como Delfi preparaba el té. Delfi nunca se casó y siempre mantuvo el juego, bajo techo, en su cuarto. Creo que ella se había hecho ilusiones cifrando demasiado esperanzas en su té, para la época a mi tía –yo creo- le faltaba un poco de apellido.

Pero el té no es lo mío, me hice un cappuccino con café Britt, que me trajeron de Costa Rica y me lo estoy tomado mientras como un chocolate con chili de Lindt (el sólo peso de la tableta ya es sensual, no les digo el colorado profundo del chili, recortándose sobre el marrón tropical de la etiqueta). En la mano tengo el libro Kind of Blue de Gisella du Mée, edición de la autora.

Cuando éramos chicas –más chicas- con Quety jugábamos a cumplir colores en vez de años. Mi cumple preferido fue cuando cumplí Azul.

Escribe Gisella “mis primeras memorias se remontan a mirar un cielo azul sin fin mientras alguien colgaba sábanas blancas para secar al sol”.

Mi primer recuerdo es la tinta azul lavable sobre las hojas color tiza de mi cuaderno de clase Rivadavia. También los blazers pesados muy navy de papá, siempre con perfume Eau Sauvage.

El libro es un álbum de fotografías tomadas en cinco continentes de viajes familiares. Un libro sólo de color azul en todas sus variaciones. Las fotos están buenísimas. Buenísimas como lo puede estar una fusa, semifusa o corchea, pero lo mejor es como están dispuestas en las páginas, en el tiempo, una rhapsody in blue, aunque en mi galería esté sonando Charles Aznavour, el embajador de la música francesa, nacido con el nombre de Shahnourh Varinag Aznavourian en Armenia.

Gisella dice “este libro es puro capricho…las imágenes dan inspiración y energía instantánea, belleza visual a través del color y la forma”.

Me encanta sentarme las primeras tardes de primavera en el jardín. Tengo un vestidito viejo de cachemir color maíz que compré hace años en Ralph Lauren de Key Biscayne (no creo que Ralph tenga una tienda en el desierto de Gobi en Mongolia). El sol apenas me roza la falda, busco en el Cambridge International Dictionary (Cambridge University press 1995) y leo las acepciones de Blue.
Además de definir el color (el cielo sin nubes), también encuentro: gritarle a alguien hasta ponerse blue (perder el tiempo, sin conseguir resultados); si algo pasa out of the blue (es algo inesperado), once in a blue moon (algo muy ocasional), shouted blue (quejarse a los gritos), are in a blue funk (estar ansioso, confuso), blue joke (un chista verde), sólo blue, deportista que ha representado a Oxford o a Cambridge y finalmente tristeza…y…blues…blues… canciones, lentas, tristes, nacidas en el sur de los Estados Unidos donde la cantante nos cuenta de los problemas de su vida y de la mala suerte en el amor.

En Alta Fidelidad, John Cusack se encuentra con Bruce Springsteen (nota. , me gusta el ex camionero, pop, en el sentido más estricto de popular, con todo lo que eso significa en la América profunda. Lo admito, ninguna es perfecta, todas tenemos un elefantito de vidrio escondido en el placard). Durante el encuentro, Cusack cuenta sus penas de amor mientras Bruce comparte sus puntos de vista entre rasgueos de blues. La misma escena podría darse en una estancia argentina, a la sombra de un montecito rodeado por un cielo azul inclemente.

Azul fue el primer libro publicado por Rubén Darío y se lo considera el inicio del modernismo. Muchos se preguntaron si la sentencia de Víctor Hugo había tenido algo que ver en la decisión del título. Parece que no, Juan Varela nos dice en sus cartas “Al surgir el nombre, el cielo y el océano estaban en sus pensamientos. La totalidad de la bóveda celeste, cubriendo de horizonte a horizonte, y su pureza, como cuando se encuentra libre de nubes, representaba sus ideas. La inmensidad de los mares, con sus misterios y encantos, fomentó su decisión”.

Algunos daltónicos ven el verde como colorado… ¿A Ustedes le transmitiría paz un prado intensamente colorado? A mí no, creo que sólo podría contemplarlo con los ojos bien cerrados.
Otros daltónicos ven al azul de color amarillo, eso es otro cosa…me gusta el amarillo.

Quizá sería un buen punto de partida para el próximo trabajo de Giselle, pensar un libro sobre el color azul, editado desde la perspectiva de un daltónico. Por ejemplo, el mar a media mañana sería como un trigal que agita el viento de la tarde ¿Si esto fuera así, cuál es la imagen que le haría compañía en la siguiente página? ¿Cómo habrá de verse el limón que hace contrapunto con los alcauciles alineados en fila? ¿Sería como mirarse al espejo, donde todo es igual pero al revés? ¿Un alumno dilecto de Lewis Carroll tendrá por encargo el prólogo de esta obra?

La síntesis es el momento de la dialéctica que mejor me va. Recuerdo con placer una limonada azul-limón; sí lees bien, azul-limón que disfruté una vez, largamente, en un bar del barrio de Escazú.

Voy por un blue cheese. Chin-Chin.

Alicia Lis, 28 de Septiembre

viernes, 24 de septiembre de 2010

49. La casa de Asterión

¿Qué hice? ¿Qué idea les metí en la cabeza a mis amigos? ¿Qué vientos desaté cuando los empujé a escribir más allá de sus experiencias como padres? Las entradas son cada vez más oscuras, tristes, finales ¡Por Favor! ¡Un poco de frivolidad, glamour, burbujas y confeti! Sol, good locations, beautiful people, nice stories. Chocolates Godiva, Col Porter y Burberry ¡Nos vas a abandonar todos…nadie nos va a leer! ¡Hey! ¿Me escuchan? Please, vuelvan a ser los de siempre ¿Sí?... ¿Siií?

A ver… ¿Cómo salimos de ésta? …Guillermo dice que a veces, persistir en una idea empobrece. Me acuerdo que en el ingreso a Derecho, a principio de los ochenta, durante la dictadura, nos hicieron leer Antígona, allí un personaje decía “Es más fuerte el árbol que pierde sus hojas en el invierno, ningún viento puede con él”. A los dos nos parecía un sacrilegio, sólo los cobardes mudaban de ideas, sólo los cobardes las dejaban ir para protegerse. Hoy Guillermo lee las mismas líneas con otros ojos. Y aunque en aquel momento detestamos esa idea, la obra nos llevó a enamorarnos de la tragedia griega y el mundo helénico.

Nunca me voy a olvidar cuando estuve en Grecia por primera vez…

Ahí estaba el palacio del rey Minos en la isla de Creta, levantado mil años antes que naciera Cristo. Ese palacio es el padre de todos los laberintos y matriz del minotauro, mitad toro, mitad hombre.
Fue el albergue de la primera puesta teatral de Europa, siglos antes de que Europa existiera.
Cuna del primer escrito de la historia del hombre, el poco romántico Linear B.
Ruina arqueológica: patios posibles, escalones dispersos, silos subterráneos, corredores entrevistos, muros pintados: jóvenes desafiantes, escenas marinas, bellas esclavas.
Polvo y piedra y sol y polvo y piedra y sol.
Hasta las ruinas han perecido.
La imaginación trata de completar lo que la arquitectura y el tiempo roban.

¡Maldita suerte! Hacía la visita justo cuando desembarcaban las hordas de colegas turistas. Todos los cruceros llegan y se van el mismo día a la misma hora: misterio de la organización naviera mediterránea.

Recuerdo ordenarme estoicamente en la fila que lleva hasta el trono del rey Minos, el más antiguo que se conserva en occidente.
La razón me indica que nunca la cabeza de toro descansó sobre el pecho del rey y que jamás el hilo de Ariadna cruzó esta sala.
Sin embargo esas paredes inciertas pero verdaderas, hacen que Asterión el minotauro e Icaro su ejecutor, aparezcan ante mí como tipos reales, tipos de carne y hueso y cuernos y plumas.
Quizá la palabra “tipo” no sea la más adecuada para nombrar a semejantes sujetos.

Mientras espero, surgen –inevitables- recuerdos de Borges y mi expectativa aumenta.

Cruzo finalmente un dintel bajo, el recinto es pequeño y apenas iluminado, detrás de mi lo hacen dos parejas. El grito bestial de una española rompe el silencio ¡¿Y después de estas casuchas queeeéh…?!

El pequeño trono del rey Minos se deshace ante mi vista.
Gracias a Dios lo único que se deshace es mi ilusión a manos del grito de aquella señora.

Nuevamente la palabra “señora” parece no ser la más adecuada para nombrar a ese sujeto ibérico, alimentado a puro castillo de la revista Hola, con su pelo moldeado a fuerza de metros cúbicos de spray, educada por Corin Tellado, apretada en pantalones ya muy ajustados color rosa flamenco rosado.
A ese sujeto histórico que venía haciendo equilibrio sobre sus tacos agujas, tropezando y comiéndose su enojo y desilusión, la habían timado ¿Cómo llamar palacio a semejante baldío? Ella venía de visitar Buckingham palace y no esperaba menos del legendario palacio minoico.

Aquel momento fue para mí una revelación que me acompañaría siempre: cuando viajamos nunca salimos del museo de nuestra mente.

Viajar no es otra cosa que recordar. Nos desplazamos sólo para reencontramos con los artefactos que ya hemos juntado y venimos llevando de amigo en amigo, de siesta en siesta, de vida en vida.


Waldo Williams, 24 de Septiembre

jueves, 23 de septiembre de 2010

48. Yo escribo porque leo. Leo, creo, por mi papá. Mi papá no me lee

Yo escribo porque leo

La sentencia de Dolina “Escribimos para conquistar a una mujer” (levantarse una mina, en versión del autor) es universal (aplicable a todos, en todo el mundo y en todas las épocas) y por lo tanto no me escapo de ella. Podrá cambiar la mina, según pasan los años, pero siempre en el escribir hay un afán de conquista (y no me refiero a la conquista del auto-conocimiento).

Dicho esto, en segundo término, escribimos porque leemos. Primero uno lee la eme y luego la escribe, lee la a y la escribe… y así leyendo y escribiendo redactamos nuestra primera declaración de amor… mamá me ama, yo amo a mi mamá. Nota al paso: en el escribir siempre hay un vínculo especular.

Pasar a un segundo nivel de escritura, más sofisticado en el contenido y la forma supone la lectura de Otros. No es necesariamente así, pero lo cierto es que jamás encontré ejemplos de (grandes) escritores salvajes, trabajando, solitarios, en el bosque cerrado.

Leo, creo, por mi papá

Primer Acto. Mi papá tenía fama de muy lector, de leer sentado en el piso, encorvado sobre el libro (muy mala postura, que yo debía evitar, según mi abuela). Seguramente eso debe haber influido, no sé.

Segundo Acto. Yo era más de leer historietas (aunque me parece que las historietas se miran más de lo que se leen… el diálogo sigue a la imagen… parecido a cuando los chicos empiezan a ver dibujitos, ahora cartoons). Pero un verano hostil, en un cuarto sofocante en la terraza de mi abuelo, en Río IV, empecé a leer una versión de Tom Sawyer en entregas semanales de la revista Anteojito. Una siesta me ganó la ansiedad, no aguanté los siete días de espera y le pedí a mi papá que me regalara, por favor, el libro escrito por un Mark Twain. Papá me mandó por encomienda, desde Buenos Aires, un ejemplar de la colección Robin Hood comprado en una librería de usados de la calle Corrientes. Lo leí, lentamente (aunque me haya parecido muy rápido) y no paré más.

Tercer Acto. Cuando yo andaría por los trece (catorce, quizás) papá trabajaba –para redondear los ingresos- en el Círculo de Lectores. Recuerdo claramente el bolso de cuerina (hoy cuero ecológico) marrón que usaba para entregar los pedidos a los socios. Papá dejaba que me quedara con los libros que quisiera, recuerdo Grandes Enigmas de Nuestro Mundo (libro con mucha ilustración y poco texto, sobre Machu-Pichu; Las pirámides…allí vi por primera vez la foto de una momia, hasta ese momento creía que eran una ficción como el hombre-lobo o la máquina del tiempo)… esos libros del Círculo me llevaron a lecturas de adulto, el famoso Archipiélago Gulag, Las Tumbas de Enrique Medina, El Túnel… y un librito –seguramente menor- pero que jamás olvidé, Seis Meses con Una Mujer de Cierta Edad, que me descubrió a Magritte y me inició en el placer de la pintura…pero punto, esa es otra historia.

Mi papá no me lee

Ocasionalmente ha leído papá este blog. Lo ha hecho cuando le hice saber que lo mencionaría… aún en esos casos sus comentarios fueron generales, hechos con cierta distancia, tanta, que dudé si había sido una lectura o un mero pasar revista, un cumplir. Papá es un hombre afectuoso pero distante, quizá, con el tiempo los dos hemos acordado –tácitamente- mantener una distancia exquisita.

Papá se divorció de mamá cuando yo tenía diecisiete años. Papá se había enamorado de otra mujer. Nunca supe, nunca le pregunté si sólo se había enamorado de Cristina o si también había dejado de querer a mamá o si la quería menos o si la decisión de dejarnos era un desgarro o una liberación o si era completamente feliz o feliz a medias o si todos los trastornos habían valido realmente la pena o si se había enamorado sin querer o queriendo o si sentía culpa o no, o sí… pero igual tenía que seguir ese camino, porque era el único camino honesto, posible para él. Nunca le pregunté nada, ni siquiera estas preguntas se me pasaron por la cabeza y si hubieran pasado, igual jamás las hubiera hecho. Por un tiempo dejé de verlo, no estuve en su casamiento, por años no conocí su casa, su modo de vida, sus nuevos amigos, no compartí fiestas, aniversarios, vacaciones, nada de nada, distancia absoluta.

A veces el persistir en una idea empobrece.

El tiempo ha pasado, hoy con cuarenta y ocho años, soy mayor al papá que nos abandonó, hoy me arrepiento de muchas cosas. Mi corazón y la ideología me quitaron más de lo que me dieron.

Nacieron los nietos y eso limó las últimas asperezas, el domingo veía charlar amigablemente a mamá y a Cristina sobre las gracias de Andrés y Benjamín… entonces me preguntaba ¿Adonde se fueron las tormentas, adonde el tiempo perdido? Preguntas retóricas, sé con claridad la amarga respuesta, toda ciudad tiene baldíos y recodos yertos.

Guillermo García Avogadro, 23 de Septiembre

jueves, 9 de septiembre de 2010

47. Mis cartas en la cabeza

En La Decisión de Sophie, Meryl Streep debe elegir en las puertas del campo de concentración de Auschwitz cuál de sus dos hijos sobrevivirá y cuál mandarán a morir a una cámara de gas.

Guillermo tiene razón cuando dice que en toda decisión siempre hay una pérdida. En la raíz latina de la palabra decidir (decidere) se encuentra el concepto muerte (cida es compartido con la palabra homicida). También tiene razón cuando dice que la escena que concentra toda nuestra vida es una decisión que nos presenta o cobardes o valientes. Me pregunto ¿La diferencia entre ancianos alegres y tristes, será que unos y otros saben o intuyen –al final de sus días- el carácter de esa decisión fundamental?

Tampoco creo que Guillermo se haya confundido con su versión de los hechos que desembocaron en El Archipiélago Gulag. Guillermo cree que el universo sólo existe para ser disfrutado en forma de cuento entretenido (aceptemos que él entiende por entretenido algo muy diferente a lo que, por ejemplo, los hermanos Sofovich nos pueden proponer).

La única verdad es el asombro y la reflexión literaria, muy lejana del registro periodístico.

Leo en el libro de Di Giovanni que me prestó Quety, Whitman comentó una vez que le daban “miedo los historiadores, si no son mentirosos, está en gran medida a merced de los mentirosos”. A Guillermo le da lo mismo, la Historia para él son historias, fuentes de placer donde se aprende no por el contenido sino por la forma.

Cerrando, no opino igual que Asunción y Waldo (de todos modos la opinión es la forma más elemental de conocimiento, puede ser verdadera o falsa…no es más que una opinión). No creo que escribir sea un acto automático, una descarga motora un mero desahogo. Un diario intimo, la pintada en un baño o la catarsis en una sesión de análisis no son de por sí y necesariamente un acto literario. Escribir supone –para mí- decantar, reducir, eliminar.

Amigos, no busquen detectivescamente errores en las siguientes líneas, copié directamente del número de agosto del 99 del National Geographic:

...Agentes de seguridad del estado de China arrestaron al electricista Wei Jingsheng en 1979, por escribir ensayos a favor de la democracia. Pasó 18 años prisionero en una celda de 1,5 x 2,5 metros. La luz estaba encendida todo el tiempo y ni siquiera los guardias estaban autorizados para hablarle. No se le permitía leer o escribir. Sus pedidos de papel y lápiz eran ignorados.

Wei visualizaba los caracteres en su cabeza y se enorgullecía de su caligrafía mental. Dos años más tarde alguien le dejó un lápiz, clandestinamente, en su bandeja de comida. Wei escribiría cartas a su familia usando las ásperas hojas del papel para el baño. Descubrieron las cartas. Lo trasladaron pero logró llevar el lápiz consigo, furtivamente. Wei escribía ahora a los líderes chinos que criticaba. Las autoridades le quitan sucesivamente el lápiz que le encuentran, pero secretamente otros presos le hacen llegar un remplazo.

Las autoridades Chinas lo liberan a finales del 93 tratando de ganar apoyo para realizar los juegos olímpicos del 2000. Seis meses después, una vez rechazada la postulación de China, es arrestado nuevamente.

Entonces endurecen el confinamiento y dos de las paredes de la celda pasan a ser de vidrio, así la vigilancia constante se aseguraba que no escribiera. Durante seis meses ni siquiera su familia sabe si está vivo o muerto. Lo golpean frecuentemente y se le niega atención médica. Aún así, logra escribir algunas líneas precisas.

Finalmente, en noviembre de 1997, el gobierno Chino libera a Wei, como respuesta a las presiones internacionales. Ya en New York le responde a un periodista de National Geographic “Escribir me mantuvo vivo. Redactaba mis cartas en la cabeza durante una semana antes de escribir una sola palabra. Deberíamos hacer siempre esto, aún cuando no tengamos el tiempo que nos ofrece la cárcel”.

Alicia Lis, 9 de Septiembre

lunes, 6 de septiembre de 2010

46. Arrojo o cobardía

Somos una Fe de Erratas.

El error nos constituye y el señalamiento del error en el otro nos hermana (estuve en la duda y aún no estoy muy convencido si debería haber usado redime en vez de hermana).

Las últimas entradas fueron mera actividad detectivesca de incidentes menores. Pero lo último fue grave. Y no me refiero al neoplatonismo de un cielo poeta y de versos que devienen en traducciones siempre perfectibles. A la hora de escribir coincido con mi vieja amiga Asunción Prado, escribir es como ir al baño luego de aguantarse mucho tiempo: una liberación, algo físico y natural, que sucede casi de modo automático.

Pensar que en los ochenta Guillermo decía que esperaba que sus escritos se leyesen del mismo modo en que comemos un plato de pasta, rápido, sin preguntar por los ingredientes, con placer infantil. Una vez terminada la obra, el lector, llegado el caso, podía reflexionar –o no- sobre lo que había leído, como manteniendo una charla de sobremesa con el autor… Ahora Guillermo “re-traduce” y justifica su error (horror) con el gran Bernard Noël, en base a la romántica hipótesis de Alicia. Más respeto.

Pero tampoco esa “justificación” de su error es lo grave.

¿Cuál es el punto entonces? Guillermo señala que Aleksandr Isáyevich Solzhenitsyn escribió de memoria El Archipiélago Gulag en un campo de trabajo ruso. Es completamente falso, y he aquí el grave error que me cabe señalar, para no ser menos, en esta entrada.


Solzhenitsyn, graduado en Matemática y Física, luchó en el frente de Prusia Oriental, en la segunda guerra. Fue detenido en 1945 y condenado a ocho años de trabajos forzados y a destierro perpetuo por opiniones contrarias al régimen, escritas a un amigo.

Una vez cumplido los ocho años de condena, Solzhenitsyn tuvo que cumplir el destierro a perpetuidad. Fue enviado a Kok Teren y allí trabajó en secreto mientras daba clases en la escuela primaria.

Liberado y rehabilitado en 1956, a Solzhenitsyn se le permitió vivir en en el centro de Rusia, donde pudo llevar una vida normal, dando clases de matemáticas y escribiendo sobre su vida en la cárcel.

El Premio Nobel de Literatura de 1970 lo ayudó a terminar su obra más conocida, El Archipiélago Gulag (exactamente lo contrario de lo que dice Guillermo).

Ese libro enorme, compuesto por piezas autónomas, fue redactado entre 1958 y 1967 en la clandestinidad y sin archivos, pero no lo escribió de memoria durante su cautiverio (como también señala Guillermo).

La primera parte fue publicada en diciembre de 1973 en París, después de que una copia del manuscrito se perdiera al caer en manos del KGB en Rusia y su portadora, secretaria del autor, se suicidara tras haber sido torturada. “Con el corazón oprimido -explicó Solzhenitsyn en la primera página- durante años me abstuve de publicar este libro, ya terminado. El deber para los que aún vivían podía más que el deber para con los muertos. Pero ahora, cuando pese a todo, ha caído en manos de la Seguridad del Estado, no me queda más remedio que publicarlo inmediatamente”.

El Archipiélago Gulag describe el sistema de prisiones soviético y de la policía secreta. Enumera las atrocidades de un Estado enfrentado demencialmente a su propio pueblo. Entre 40 y 50 millones de personas fueron enviadas a cumplir condenas en lo campos de trabajo repartidos por toda Rusia. La mitad de ellas nunca regresaron.

Solzhenitsyn murió el 3 de agosto de 2008 en su casa en Moscú, a la que regresó luego de un largo exilio. La tumba del escritor se encuentra en el cementerio del monasterio Donskói, un camposanto del siglo XVI donde en el pasado recibían sepultura los miembros de la realeza.

¿Realmente Guillermo desconocía esto, o falseó la verdad histórica con algún propósito?

Digo esto pensando que toda historia, es, inevitablemente, un recorte de hechos. Podríamos tener dos biografías de la misma persona escrita por sendos autores y lo único que nos llamaría la atención es que habríamos leído sobre dos hombres muy distintos, que coinciden –extrañamente-en el nombre y en las fechas de nacimiento y muerte.

Recortando con dedicación, una vida podría ser resuelta en un solo momento que la define. Para asegurar que la escena transmite el peso de una vida completa se requiere acentuar los contrastes, la acuarela no sería la técnica indicada.

Un hombre de ciencia deviene en denunciante de un régimen sanguinario, sufre la cárcel y el exilio por la delación de una carta. Ahora trabaja a escondidas, jugándose la libertad y la vida, llevando en la cabeza más de doscientos testimonios, porque es la única forma de protegerse y proteger a los demás. El libro que produce, lo hace más célebre aún que el Nobel que ya había ganado. Guillermo niega los hechos, sí, pero sacrifica en el altar de la verdad cinco líneas que hacen más justicia a la vida real de ese hombre que toda su dramática biografía “Aleksandr Solzhenitsyn escribió de memoria las más de quinientas páginas de El Archipiélago Gulag, durante su cautiverio en un campo de trabajo ruso. Tras la liberación se encerró semanas y tipió sin parar el libro completo que llevaba dentro de sí, lo publicó y ganó el Nobel.”

La historia no sería el pasado, si no una imagen del pasado, una interpretación que concentra y superpone hechos dispersos y quizás contradictorios.

Toda una vida resuelta en un momento que la define.

Ese momento es, inexorable, un momento de arrojo o cobardía.
Sea cual fuere el resultado siempre supone una pérdida.

Waldo Williams, 6 de Septiembre

jueves, 2 de septiembre de 2010

45. Me veo como el que fui

Escribir es como abrazar un cuerpo que no se va

A los veinte años leí e hice mía esta cita. Todos los cuerpos, tarde o temprano se van, por decepción, hastío o de puro mortales que son. Hasta el nuestro, se nos va yendo todos los días. Dice mi padre con más de setenta años, mientras desayuno me siento el mismo de siempre, sólo cuando me miro al espejo me doy cuenta de lo viejo que estoy.

Pero escribir es algo que nos acompaña siempre, nunca nos deja aunque no tengamos ni siquiera papel. Aleksandr Solzhenitsyn escribió de memoria las más de quinientas páginas de El Archipiélago Gulag, durante su cautiverio en un campo de trabajo ruso. Tras la liberación se encerró semanas y tipió sin parar el libro completo que llevaba dentro de sí, lo publicó y ganó el Nobel. Es el caso más famoso pero no el único.

El abrazar supone pasión. Aferrarse con fuerza a quien nos sostiene. Alicia, Waldo y yo hemos escrito toda la vida y eso es lo que nos une. Siempre llevo conmigo la imagen de Waldo escribiendo sobre un boleto de colectivo cuando una buena réplica le aparecía durante cualquier trayecto.

Al igual que mi amigo, yo siempre estoy escribiendo, aunque poco quede escrito.

Hojeaba un suplemento cultural (suena a complejo vitamínico para fortalecer conversaciones raquíticas) mientras ataba los cordones de Benjy, servía un vaso de agua a Andrés y verificaba el pedido que el súper (súper-héroe que nos protege de las hambrunas mundiales) había dejado en la cocina. Entonces leí

Escribir es como abrazar un cuerpo que no se ve

Bernard Noël

Acostumbrado a mi versión, primero leí va -pero sin querer- tras un segundo golpe de vista vi claramente que decía ve ¿Escribir es como abrazar un cuerpo que no se ve? ¡Desilusión! Había pasado la mitad de mi vida equivocado.

¡Escribir es abrazar un cuerpo que no se ve! Perdón Bernard Noël, pero es una pavadita de Perogrullo, tan obvio como rimar Amor y Dolor en versos pareados.

Pintar, silbar, esculpir, calcular la tensión de un arco o soñar despierto es también como abrazar un cuerpo que no se ve. A toda actividad que requiere una causa formal, es decir, una idea -aunque sea más o menos vaga- de lo que la cosa terminará siendo, se le puede aplicar la sentencia “Escribir es como abrazar un cuerpo que no se ve” .

Todos los hombres son Aristotélicos o Platónicos. Noel es claramente Aristotélico (la causa formal es una de las cuatro que citaba el ateniense para explicar el pase de la potencia al acto, para explicar el cambio, la creación).

Después de leer la descripción del cielo Platónico de Alicia, cielo padre de todos los versos ¡Voto a Zeus! Y adopto esa filosofía. Platón forever, for all future time.
Escribir es como abrazar un cuerpo que no se va. El ritmo, la tensión y el sonido son los mismos, mi traducción es la que mejor me traduce.

En el mundo de Aristóteles todo cambia, en el de Platón todo permanece.

Como papá, yo también me veo como el que fui, digamos, a los veinte, aunque si me encontrara con ése los dos nos miraríamos recelando y tendríamos un reproche para hacernos. Aristóteles y Platón ¿Qué de nosotros se mantiene, cuánto de nosotros cambia?

¿Cerramos con Pablo? Dale, cerremos

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.


Guillermo Avogadro, 2 de Septiembre

martes, 31 de agosto de 2010

44. La música precede al significado

Como David Copperfield, nací un viernes a las doce de la noche.

Quizá esto influyó en mi gusto por la literatura inglesa. Mi madre siempre me recordaba que estando lista para salir al teatro tuvo que mudar de idea y correr al Mater Dei. Esa noche iba a ver La Importancia de Llamarse Ernesto de Oscar Wilde (no puedo creer que todavía continúe vigente esa absurda traducción de The Importance to Being Earnest, cuando podemos decir Lo Importante de ser Severo, dado que Severo es un nombre español y permite el juego de palabras que sugiere Wilde, juego de palabras –que por otra parte- la traducción consagrada confunde y pierde irremediablemente, Wilde escribe a propósito Earnest y no Ernest. En fin…).

Tiger, tiger, burning bright
In the forests of the night


Inicia Waldo, con unos versos que yo le leí.
A su vez Pompi me los había recitado a mí en South Bank una tarde de primavera, o al menos así lo recordaba yo.

Como es costumbre de nuestros lectores, en vez de dejar sus impresiones en el blog, Pompi me llama por teléfono y me dice que los versos que ella había aprendido en el colegio (inglés, en Richmond, a metros de la casa de Turner sobre el Thames) decían

Tiger, tiger, burning eyes
In the middle of the night

Pompi, luego, me recitó de memoria el poema completo, no había otras diferencias que esas dos palabras.

Vamos a internet y le preguntamos a Google por esta segunda versión (la que originó todo) 2,690 resultados –no es un mal número- pero ninguno hace referencia a los ojos o a las medianoches, todos perseveran en bosques y brillos de fuego.

Extraño.

El jueves comí con Quety en Azul Profundo. Tenía puesta una camisa colorada –Quety se esfuerza en corregirme diciendo que es roja- sea como fuere siempre le digo que ella le sienta muy bien al rojo, ella lo precede e ilumina. Había leído con interés los últimos artículos de Lapicerápices y me trajo el libro de Norman Thomas Di Giovanni La lección del Maestro, donde cuenta su experiencia de trabajo con Borges a mediado de los años sesenta, cuando juntos tradujeron lo más importante de su obra al inglés. Tuve la precaución de enfermarme y así poder leerlo de un tirón calentita en la cama.

Copio

“…A quien escribe, la preocupación por el estilo le implica una lenta y minuciosa búsqueda que ajuste los significados a los sonidos que lleva dando vueltas en la cabeza (dado que la buena prosa se escribe con el oído, la música precede al significado)…”

“…Una traducción como cualquier otra forma de escritura, siempre puede mejorar, más aún, puede mejorar la versión original…”

Blake escribe sus versos famosos, Pompi aprende una versión en el College y luego la comparte conmigo, muchos años después en Londres. Yo lo inicio a Waldo, él los hace suyos, tiempo después los emplea como epígrafe, para ello va a Internet y encuentra la versión original, Pompi lo lee, cree haber identificado un error y cuando vamos a verificarlo, no había tal, aunque su cuaderno de clase persistía en la versión infantil que ella nunca olvidó.

La música precede al significado. Una traducción, puede mejorar al original.

Porque no pensar entonces que hay un cielo platónico de poesías, donde habitan todos los originales, modelos que son pura música, tono, tensión y estilo. De algún modo versiones degradadas nos van llegando y unos y otros, como podemos, las vamos traduciendo e inducimos cambios mínimos. Traducir es traducirse, vaya saber qué ojos azules o castaños o profundos o inquisidores estaban perturbando a la teacher de Pompi, a que medianoche quería volver. La música es la misma, las necesidades, otras.


Alicia Lis, 31 de Agosto

jueves, 19 de agosto de 2010

43. Sobre listas y libros

Es cierto, Waldo tiene una mesa de libros en vez de una mesa de luz. Toda una declaración de principios.

El primer libro que cita es El Túnel de Sábato. Es falso, ese libro no es parte de la mesa, jamás lo vi allí (aunque sólo el inicio ya tiene mérito suficiente para ser incluido en esa construcción “…Basta con decir que soy Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne…”).

Sobre Héroes y Tumbas ocupa ese lugar. Ese es el texto iniciático de Waldo, él –quizá como todo adolescente que lo leyó- pasó en algún momento por el mismo desconcierto que su protagonista ¿Por qué no lo menciona, entonces? Paradójicamente, por cuestiones literarias. Waldo enumera sus preferencias y allí está el inevitable Dioses, Tumbas y Sabios de Ceram. En una lista, citar ambos títulos, genera confusión y cacofonía (palabra cacofónica por excelencia). Entonces elige El Túnel, la primera novela de Sábato -escrita en un rancho sin luz en las sierras de Córdoba- como inicio de la serie. Remplaza la luz de la mesa por algo que remite a oscuridad tanto en el producto final como en el proceso de su creación. Otra declaración de principios.

¿Cómo llega Waldo a interesarse por Dioses, Tumbas y Sabios? A mediado de los años ochenta, yo le conté algo que no constaba ni en reseñas periodísticas ni en reportaje alguno. Mi fuente era quizá la fuente más confiable. Sábato había titulado Sobre Héroes y Tumbas, por los ecos que producía en su cabeza el libro de Ceram Dioses, Tumbas y Sabios, casi un anagrama.

Con Waldo devoramos ese texto y lo regalamos en sucesivos cumpleaños. Cuenta cómo se descubrió Troya siguiendo la lectura de la Ilíada; el Valle de los Reyes yendo tras el rastro de familias de contrabandistas de varias generaciones; de Pompeya – congelada en su momento histórico por los gases y lava del Vesubio- de Nínive y Babilonia, de Machu Pichu y Copán en Honduras, de la piedra de Rosetta y de Champollion, el hombre que develó el misterio de los jeroglíficos.

Si a la lectura de Ceram le sumamos nuestro respeto incondicional por el doctor Indiana Jones, sólo nuestra raíz clase-mediera (madre de todos los miedos) pudo haberse interpuesto para que no abrazáramos la causa de la arqueología, aunque nos hemos pasado la vida recorriendo –felices- esos potreros regados de piedras llamados sitios.

Recuerdo que Waldo en esa época fue contratado por la multinacional Cargill para dar unas charlas sobre Creatividad en Honduras. Eran dos sesiones separadas por un intervalo de una semana. Waldo llegó a la caliente y húmeda San Pedro Sula (los locales le dicen San Pedro Sauna) y apenas saliendo del avión sintió sobre la cara el calor de un lanzallamas; hizo los trámites de migración en un galpón de cinc y por calles polvorientas y finales llegó a su hotel. El libro que leía era Dioses, Tumbas y Sabios y andaba más o menos por la mitad. Waldo sentía que respiraba en la atmósfera de Saturno. De inmediato, había decidido que la semana intermedia la pasaría en New York.

Allí, una de sus primeras visitas fue al Museo de Ciencias Naturales y una de las primeras cosas que le llamó la atención era una pequeña maqueta de la única escalera ritual donde cada escalón es una larga fila de jeroglíficos. La escalera se asienta sobre la pendiente de una colina en Honduras, eran las ruinas de Copan, coincidía con el capítulo que estaba iniciando y era lo que se había perdido de visitar cuando decidió venir a New York. En vez de subir, peldaño a peldaño por la monumental escalera, contemplaba embelesado y –muy- decepcionado la reconstrucción de no más de cincuenta centímetros de alto. Estaba furioso consigo mismo, nunca se lo perdonó.

Años después cuando yo vivía en Costa Rica y estaba a cargo también de las operaciones en los otros países de Centroamérica, mi jefe brasilero -ex oficial de marina- decidió visitarme y fijó Honduras como lugar de encuentro. Guillermo agradecido. Para agasajarlo contraté un helicóptero (dos meses después de mi viaje, se perdió en la selva para siempre) y volamos por el país hasta Copán. A diferencia de otros sitios arqueológicos, Copán es muy poco visitado, sobrevolamos las ruinas (que tienen muy poco de ruinas) y aterrizamos en un valle lindero. Casi en soledad cruzamos la plaza , la cancha de pelota, entramos a los templos construidos en las alturas y finalmente dimos con la escalera ritual que Waldo perdió. Círculo a punto de cerrarse.

Si en vez de mi, fuera Hercule Poirot, podría decir algo así cómo… Waldo inicia su texto con una cita en inglés, a sabiendas que Alicia recordaría que fue ella la que lo introdujo en esos versos evitando la cacofonía de las traducciones españolas. Y esa cita es a su vez, la clave para interpretar la sustitución de un libro de Sábato por otro, que sólo yo (perdón por el momento de omnipotencia) podía develar… Todo este mecanismo, seguramente fue urdido por Waldo para rescatarnos de la pirámide de pañales bajo la cual estamos sepultados. Círculo cerrado.

A Waldo, in memoriam.

Guillermo García Avogadro, 19 de Agosto

martes, 17 de agosto de 2010

42. Supraficial

La humilde Alicia, desde el supraficial (por encima de lo superficial) rincón Coco Chanel se hace algunas preguntas y se da otras tantas respuestas.

¿Mi amigo Waldo inicia su última entrada con los versos de William Blake sobre el tigre, para decir de sí mismo que es agudo y punzante (tigre que viene del iraní quiere decir exactamente eso)? Ay, Waldo… podrías ser más sutil, please.

Te recuerdo que cuando tu inglés no pasaba de I am a boy, you are a pencil; yo te leí esos versos del original, para que pudieras intuir -si no entender- porqué habían encendido el amor de Borges por los tigres (todos los amores de Borges comienzan con una cita literaria).

Vos leías

¡Tigre! ¡Tigre! luz llameante
En los bosques de la noche,
¿Qué ojo o mano inmortal
Pudo idear tu terrible simetría?

Donde se había escrito

Tiger! Tiger! Burning bright
In the forests of the night,
What immortal hand or eye
Could frame thy fearful symmetry?

O bien

¿En qué distantes abismos, en qué cielos,
Ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse? ¿Y qué mano
Osó tomar ese fuego?

En lugar de

In what distant deeps or skies
Burn the fire of thine eyes?
On what wings dare he aspire?
What the hand dare seize the fire?

En la poesía, la sonoridad es lo que el color a la pintura: siempre está por encima de la forma y el contenido. Cuando la poesía viene, viene con su propio ritmo, tono y melodía. Cada línea es dictada para una lengua y traducirla es traicionarla. Creo que si Blake hubiera escrito The Tiger en español, habría escrito otra cosa, porque la materia real para dibujar el tigre (las palabras) son esencialmente otras. Dos palabras pueden decir lo mismo de una tercera, pero nosotros lo vamos a percibir y anotar de modo diverso (no es lo mismo el efecto de Bright sobre mí que el de Brillante. Bright es como un estallido, Brillante como un lento amanecer). Un poeta no traduce, empieza siempre de nuevo y el tema aparece por la elección de las palabras que lo van construyendo. A lo mejor no hubiera sido un tigre el objeto del verso, quizá sí un rítmico yacaré.

Waldo no podía leer The Tiger, porque leía un monstruoso Tigre.

Waldito querido ¿Es esto lo que esperabas de mí?

Blake fue dejando la poesía por el grabado y la pintura.

La pintura no requiere intérpretes, es universal. Simultánea y no sucesiva (aunque el ojo se tome su tiempo para recorrer la tela). La pintura es tómame o déjame ya. Así soy yo, Waldo, sin hubieras, el hubiera es un tiempo de verbo que sólo puede conjugarse en la literatura fantástica.

Sin rencores,

Alicia Lis, 17 de Agosto

jueves, 12 de agosto de 2010

41. Un poco más de piel

Tiger, tiger, burning bright
In the forests of the night


William Blake

Tengo los nervios como agujas de crochet. Me levanto para ir al baño, son las dos de la madrugada. Piso un charco (mis canillas están sufriendo una perdida irremediable). Vuelvo a la cama con una media mojada, la sensación de asco está entre los Top Ten de los ascos domésticos. No veo la hora de irme a Italia, faltan pocos días. Saco la note-book que tengo debajo de la cama. Entro a Lapicerapices, no puedo creer lo que leo: príncipes azules, enfermedades infantiles, amores eternos ¡Sólo falta una apología de Barney! Pensar que invité a participar en el proyecto a Guillermo y Alicia porque eran mundanos, divertidos, educados, ocurrentes e informados… y ahí los tienen encerrados en un micro-cosmos de susurrantes nubes de gasa rosa. Guillermo escribió en su última entrada El amor es un fino bordado de ilusiones… y ni siquiera recuerda de donde viene, ni en qué conjunto de ideas se inscribe la frase.

Mi mesa de luz, es desde hace años, un cubo de 40 cm. de lado formado por libros sólidos y fundacionales. Están El Túnel; las obras completas de Shakespeare en papel biblia; Ficciones; El Padrino; Los Descubridores; Tumbas, Héroes y Sabios; Seis Personajes en Busca de un Autor; Facundo; un estudio sobre la obra de Magritte; una biografía de Van Gogh; Cien años de Soledad; Los Evangelios Apócrifos, La Piedra Lunar, La Tía Julia y el Escribidor; El Cerebro de Brocca; Moby Dick; Moisés y la Religión Monoteísta; Tom Sawyer; La Interpretación de los Sueños; Oliver Twist; Seis Meses con una Mujer de Cierta Edad; La Voluntad; Los Siete Locos; El Hombre Contra el Estado y los tres tomos del Diccionario Filosófico de Voltaire.

Los dos últimos (El Hombre Contra el Estado de Spencer y el Diccionario Filosófico de Voltaire) fueron regalos de sendos puestos de venta de papas (uno en Palermo y otro en Necochea). Los rescaté de la pila de diarios esperando ser usados para envolver (seguramente fueron mezclados de contrabando para aumentar el peso de los kilos de papel comprados por el papero). Todo me debe haber costado menos que una tortilla a la española servida en Herman (típica cervecería alemana, propiedad de los hermanos López).

Voltaire, sólo tres anotaciones:

1. fue articulista (literatura y filosofía) de la Encyclopédie, ese esfuerzo titánico (17 volúmenes de texto, 11 de laminas y 7 de suplementos) para ampliar las fuentes del conocimiento (la obra, como corresponde, fue parte del Índice de Libros Prohibidos por la Iglesia). Creo que nunca nadie cuando enseña esto en el colegio, le da la dimensión que tuvo. Sólo queda como una descripción del momento cultural previo a la revolución francesa. Todo empieza y termina –simplemente- con D’Alembert, Diderot y Voltaire redactaron la Enciclopedia (¡?)…casi lo mismo que subir un video tomado con el celular a U-Tube.

2. Escribió sobre todo en más de cuarenta y cinco títulos. En tiempos donde la monarquía empezaba a no ser muy bien vista, lo llamaban, cariñosamente, El Rey Voltaire.

3. El día de su muerte, la muchedumbre que acompañaba el cortejo quitó los caballos de sus arneses, tomó esos lugares y así lo condujeron hasta la tumba.


Abro el tomo I del Diccionario Filosófico y busco la palabra amor. Leo ”…Se llama falsamente amor al capricho de algunos días, a una fantasía novelesca, a un gusto que sigue a un rápido disgusto, se da ese nombre a una multitud de quimeras. El amor es una tela que borda la imaginación. ¿Quieres formarte una idea de lo que es el amor? Mira los gorriones de tu jardín, observa el toro que se acerca a la vaca, y al soberbio caballo que dos criados llevan hasta la yegua, presta atención a la chispa de sus ojos, oye sus relinchos, sus orejas tiesas, la boca que se abre nerviosamente. Pero no les envidies, porque debes comprender las ventajas de la naturaleza humana, que compensa en el amor todas las que la naturaleza concedió a los animales: fuerza, ligereza, belleza y rapidez. La mayor parte de los animales que se emparejan, disfrutan sólo en un sentido, y cuando satisfacen su apetito termina su amor. Ningún animal, excepto el hombre, siente que algo pasa en su corazón, a la vez que su cuerpo se estremece. Los hombres que recibieron el don de perfeccionar todo lo que la naturaleza les concedió, también perfeccionaron el amor, pero si bien nosotros disfrutamos placeres que aquellos desconocen, sufrimos pesares de los que las bestias no tienen la menor idea…”.

De aquí Guillermo tomó prestado El amor es una tela que borda la imaginación. Si Voltaire se levantara de la tumba y viera que mi amigo lo usa para ilustrar los amores (perdón, el amor) de Paulita se pega un tiro y vuelve rápido a las entrañas de la tierra.


Anotación final. Me encantan los escritores iluministas, ensalzan a la diosa razón en todo momento, pero en cada párrafo se les escapa, se les filtra, no pueden evitar su apego a lo terrenal, a lo visceral. Leen de todo, escriben mucho pero siempre están necesitados de un poco más de piel.


Waldo Williams, 12 de agosto

jueves, 5 de agosto de 2010

40. Sala Jirafita

Alicia publicó -hace varios días atrás- bajo el título Todas las Mujeres son Sonámbulas una tipología de Príncipes Azules que me atribuye. Recién pude leerla hoy ¡Falso! Si tuviera esa capacidad de análisis me ganaría la vida como jefe de redacción de Oh-la-la. Lo que puedo recordar de una conversación lejana, es haber opinado que la atracción entre dos personas está fuertemente determinada por la polaridad intelecto-sexualidad y cercanía/calidez-distancia/frialdad.

En ese entonces, Alicia objetó mi planteo diciendo que nunca la sexualidad es enteramente física ni lo intelectual completamente descarnado. A lo que seguramente le conteste que si Oscar Wilde no hubiera sido gay, jamás hubiera podido escribir lo que escribió, porque siempre hubiera tenido al lado una mujer tomándose todo al pie de la letra. No mucho más que eso. Creo que me llevó más tiempo poner en palabras este recuerdo, que la duración real de aquella charla.

Lo que me llama la atención (y cuando leí el título Todas las Mujeres son Sonámbulas pensé que sobre eso versaría la entrada) es que Alicia no mencionara la historia de Paula, que le conté esa misma tarde.

Paula Mazarelli en los años noventa era secretaria de Horacio Quirós, Director de Recursos Humanos de la multi-nacional Cargil. Paula tenía cinco hermanas y todas eran sonámbulas. Por las noches se despertaban al mismo tiempo y jugaban a la maestra o a Amo y Señor, según iba pasando el tiempo. Lo curioso es que era un sonambulismo de grupo, operaba sí y sólo sí todas las hermanas dormían juntas. Para no perder el hábito (ya casadas, algunas con hijos) se juntaban a dormir una vez al año. Desconozco a que jugaban en esa última época.

Su quinta parte de sonambulismo me recordaba los cuentos de Hoffman. Algo tan maravilloso que siempre quedará dentro del lado de lo insólito, alejado de la vida cotidiana y por lo tanto no mucho más que una anécdota de vitrina.

Lo realmente asombroso de Paula es que el novio de jardín de infantes se convirtió años más tardes en su marido ¡Sin interrumpir jamás el romance! No le creí. Me trajo una foto de la “sala Jirafita” donde los dos están dándose tímidamente la mano con cara cómplice, mientras que el resto -de pintorcitos azules- miran desangeladamente a la cámara. Releo el párrafo y me arrepiento de haber escrito en itálica el novio, haciendo justicia se merece un El Novio.

Me pregunto si en este caso la tipología de Alicia es válida, si permanecieron siempre en el mismo cuadrante o se fueron moviendo acompasadamente según pasaban los años ¿Cómo manejaron la tensión cercanía-distancia en cada etapa evolutiva (es fácil pasarse toda la tarde juntos jugando al papá y la mamá, cuando se tiene cuatro, pero la presión grupal no permite hacer lo mismo a los diez…)? ¿Cómo manejaron la tensión sexual (que siempre está presente. Ver Freud, Sexualidad infantil)? ¿Cómo manejaron cada transición? ¿Hubo transiciones?
Siempre fui demasiado prudente, nunca le hice a Pauli estas preguntas, los interrogantes me acompañaran siempre.

Si el amor es un fino bordado de ilusiones ¿Cómo resiste a la áspera realidad de todos los días? ¿Para que el amor sea eterno, habría que rescatarlo de lo cotidiano? ¿Convertirlo en un amor imposible? ¿Los únicos amores verdaderos serán los amores imposibles? ¿Será el caso de Pauli, la siempre conveniente excepción que confirma la regla? ¿Cuántas más Paulis conocen? ¿Qué Woody Allen y Mia Farrow vivieran en pisos diferentes, ayudó a sostener o a destruir la pareja? ¿Deberíamos proponer el retorno de las camas gemelas? ¿Deberíamos obligar por ley que todos los jardines infantes tengan una “sala Jirafita”?

No sé cómo llegue hasta aquí, pero ya saben, la regla del Blog es “escribir sin corregir, ni volver atrás”. Quizá un Head-hunter afiebrado me ofrezca ahora la gerencia de redacción de Cosmo (politan).

Guillermo García Avogadro, 5 de Agosto

martes, 3 de agosto de 2010

39. Sólo dos estaciones

Moquito, moco, resfrío, muy-muy-resfriado, tos, fiebre, un virus, gripe, otitis, garganta coloradita, faringitis, laringitis, faringo-laringitis, obstrucción, bronco espasmo, bronqueolitis. Las pasé todas.


Llamás a la pediatra, no-te-atiende, da-ocupado, no te-atiende. Te atiende (la secretaria): no te puedo pasar, Julia está a full, el consultorio está lleno de sobe-turnos. Insistís. Bueno, te paso. Se escucha un chico llorar, los tuyos también lloran y se te cuelgan. Le explicas que los tenés con mocos y tos y no sabés si te escuchó, sentís que te contesta cualquier cosa, entendés la mitad, agradecés y cortás.


Al Centro de Salud de Nordelta no vas ni loca, el estacionamiento al aire libre (y a los cuatro vientos) ya es caldo (puchero, locro) de cultivo de cuanto virus circula por los colegios de la zona ¡Imaginate la sala de espera!


Llamás médico a domicilio. Hay demoras, señora ¿Cuánto? No menos de cuatro horas. Esperás y esperás. Llega cuando estás cambiando un pañal o lograste meterles la primera cuchara de sopa en la boca ¿Quiere pasar a lavarse las manos, doctor?


El médico indica: quedarse adentro, hacer un hisopado para salir de dudas, nebulizaciones con agua destilada y Ventolín tres veces por días, si lo siente un poco obstruido cambiarle el Ventolín por Budesonide; Flixonase por la mañana y por la noche (descongestiona) dos puff de Flixotide (preventivos) y dos de Combivent mientras tenga tos seca, de perro. Airear, airear (sí, aunque viva en el medio del campo y afuera nieve) un toque de Hipersol antes de las comidas (para limpiar ¿Vio?) Humidificar (la calefacción seca el ambiente) mucho lavado de manos, mucho. Vapor, baños de vapor (es lo mejor señora) y si hay fiebre: Ibupirac (pero no más de tres veces por día, si la fiebre no baja, puede hacerle bañitos con agua fresca) además Amoxidal cada seis horas (siempre alguno le cae a la madrugada, y sí…) si vomita, que conociendo el paciente lo va a hacer: Taural (evitemos la acidez…) aspiración de mocos… quinesiología (se lo recomiendo eso le afloja todo). Usted evalúe y que la vuelvan a visitar en dos días, todos los chicos de Buenos Aires están igual, si ve que empeora, que se le hunde el pecho o se pone taquipnético llévelo a una guardia para que le hagan una plaquita…pero están bárbaros los chicos… ¿Cuánto tienen? ¿Mamá, necesitás recetas de algo o tenés?... ¿Me pasás los carnets?


Llama una abuela, la otra, te dan consejos divergentes. No estás de acuerdo con ninguna, querés que te vengan a dar una mano pero no querés que vengan. Estás a punto de volverte loca.


Memorizar las combinaciones, secuencias, dosis, preparados y precauciones.


¿Agua destilada con Ventolín? (¿Cuántas gotas cada cuántos cm3? ¿Cuál es la diferencia entre cm3 y mm.? ¿Dónde quedaron las recetas? ¿Cómo mido? ¿Vieron mis anteojos?)… Agitar antes de dar el puff de Flixotide (abre los bronquios) dejar pasar un rato (¿Un minuto, tres…? ¿Cuánto me dijo? ¿Me dijo?) Agitar y puff de Combivent (así entra mejor, esa es la secuencia). Preparar el Amoxidal: mezclar el polvo en agua asegurando las cantidades y mezclando sin que se hagan grumos (¡Yo que soy incapaz de hacer una choco-torta!). ¿Cuándo vence este remedio? ¿Alguien lee algo? Acá dice que puede producir visión doble y alucinaciones… no será mucho por un resfrío… Luchar con las nebulizaciones (¡Hijos! ¿Por qué tanta resistencia? ¿Por qué?) ¡No te digo: se rompió el termómetro! ¡Limpien, limpien, el mercurio es re-tóxico! ¡Cuidado con los vidrios, se los están comiendo! Poner el despertador a las tres menos cuarto e ir semi-dormida sin volcar con la cucharita desde la heladera hasta la boca… ¿Quién inventó los baños de vapor? ¿Qué universidad americana asegura que son tan efectivos? ¿Quién?... Señora, Belén vomitó… Y, y volver a empezar (se te contagió un hermano…y luego otro…) Y, y…un medico ahí ¡Para mí!


Antes me gustaba el invierno. Luego el año empezó a tener sólo dos estaciones: verano y chicos-enfermos. Una estación larga y atemorizante, la otra corta y abnegada (dejé de pensar adonde me gustaba ir de vacaciones, para pronosticar dónde la pasarían mejor ellos. Las vacaciones dejaron de ser mis para ser vuestras).


Los chicos se están poniendo grandes y ya no lucho tanto con mantener todos los cuartos a 26 grados, ni a taparlos veinte veces en la noche, ni volverle a poner la medias una y otra vez (no puedo entender cómo hacen para sacárselas dormidos). La reclusión es menos estricta y la capa de polars se la ponen solos aunque cada vez se resisten más a los gorros y bufandas (tendrían que habérselo cruzado, como yo, a Iván de Pineda, ayer en Paseo Alcorta, encasquetado dentro de un gorro de lana azul hasta las orejas, con la calefacción –técnica y humana- a full).


El tiempo pasa y ahora que empiezo a tener más tiempo, no sé que voy hacer. Debería mudarme a Calafate, no puedo evitar ser una madre sobreprotectora (y capitalista): si no tengo un mercado, me lo tengo que inventar.

Alicia Lis, 3 de Agosto.

jueves, 29 de julio de 2010

38. Cortar el bife con cuchillo y tenedor

Borges describía al paraíso con forma de biblioteca infinita.
En ese contexto, le gustaba citar la paradoja de la triple dinastía de Directores ciegos de nuestra Biblioteca Nacional: Mármol, Grousac y él mismo, Borges.


Los conjuntos de tres, son los que estéticamente más me gustan (hagan su propia experiencia: ni dos, ni cuatro objetos crean el mismo efecto que tres, no sé por qué…pero es así).

Antes de ser padre soñaba con crear una triple dinastía de Guillermos: (por orden de aparición) mi padre, yo y mi hijo. Al nacer mellizos tuve que revisar la idea, llegando los dos el mismo día y a la misma hora no había excusas para justificar que sólo uno llevara ese nombre (fuera esto bueno, malo o neutro para él).
Así uno se llamó Andrés y el otro Benjamín. Me gustan los nombres sonoros, con acento ortográfico en la última sílaba.

El nombre Benjamín es parte de otra serie y creó su propia triple dinastía: mi tío, mi primo (ustedes ya lo conocen, es el Dr. Zorrilla) y mi hijo Benjy.

Pero hoy quiero hablar sobre mi tío Benjamín.

Mi tío Benjamín me enseño a cortar el bife con cuchillo y tenedor, atar los cordones de los zapatos y hacerme el nudo de la corbata (cuando deje el bochornoso corbatín con elástico). El proceso siempre fue igual, se negaba a ayudarme en esas tareas y me empujaba hacerlo por mí mismo.

Mi tío Benjamín era muy morocho y atlético, lo recuerdo en la casa de mi abuelo Papalito haciendo esa complicada figura gimnástica llamada bandera (se tomaba del pasamanos de la escalera con los dos brazos y a pura fuerza elevaba todo su cuerpo hasta ponerlo completamente horizontal y paralelo al piso, como una bandera desplegada en su mástil).

Cuando lo conocí era visitador médico, algunos veranos yo lo acompañé en su recorrida (no trabajaba mucho que digamos) por los pueblos de Córdoba. Al rayo del sol de una siesta implacable, dejaba abierta las puertas delanteras de su Citroën 2CV (si ustedes recuerdan, las puertas de ese auto estaban unidas por la bisagra al parante central, así se podían dejar abiertas con el auto en movimiento, ya que abrían en la misma dirección que la marcha) y allá íbamos nosotros refrescados (¿?) por el viento caliente de febrero. Yo no tendría más de once años y comentaba con mi tío una lectura que en ese entonces me aterrorizaba “El Exorcista” (tanto miedo me infundió ese libro que nunca pude ver la película, ni siquiera segundos de una sola escena).

Aún en ojotas y pantalones cortos transmitía seguridad, confianza en sí mismo, dominio de la situación.

Mi tío Benjamín me enseñó a ser un jugador decente de metegol prohibiéndome desde siempre el hábito infantil del molinete.

Ya grande estudió para recibirse de Ingeniero Agrónomo, era a mediado de los setenta y a las tardecitas salíamos por el campo a cazar bichos (se lo pedía algún trabajo práctico de vaya a saber qué materia). Me acuerdo todavía, de unas cajas de tabaco en lata, redondas y azules, donde él los guardaba.

También nos llevaba al río y nos metíamos en un bosquecito y cruzábamos arroyos, cubiertos de matas con espinas, nadando largos (¿?) trechos por debajo del agua. En esa época éramos expedicionarios.

Yo lo quería a mi tío Benjamín. Pero no era fácil, la familia lo tenía por poco trabajador, disperso y mujeriego, machista y conflictivo, un dolor de cabeza para mi tía July. Pero yo lo quería y no era fácil manejar esa tensión.

Como era previsible un día se separó de mi tía, se volvió a casar, tuvo otros hijos, se mudó y dejé de verlo por un largo tiempo.

Lo rencontré años más tardes en Buenos Aires, muy delgado, con pelo largo y barba, participando en el culto de Sai Baba. El gran hacedor de asados a leña, se había vuelto estrictamente vegetariano.

Así aparece en un video de esos años en los que me acompaña al aeródromo de Don Torcuato a tirarme en paracaídas.

Mi tío Benjamín no era el mismo. Tenía dificultades económicas y vendía masajeadores hechos por él mismo en madera, bajo el nombre de Ja-ben.

Dicen (dicen) que quiso sacar el registro de conductor profesional para manejar un taxi y lo bocharon. Yo no lo creo, no lo quiero creer. Mi Tío Benjamín había hecho hoyo en uno jugando al golf.

Unos días después, sin avisar, ni explicar por qué, muy fiel a su estilo, decidió irse y se fue para siempre, sin más, de modo brutal.

No fui a su entierro, nunca voy, escribo y se me llenan los ojos de lágrimas.

Cuando era muy chico estuve a punto de caer a un lago. Tamy la bóxer de mi tío Benjamín corrió, saltó y con sus patas delanteras me hizo a un lado empujándome sobre la tierra.

Yo lo quería a mi tío Benjamín.

Guillermo Garcia Avogadro, 29 de Julio